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Muere hoy, domingo 17 de Mayo, Mario Benedetti. 88 años. Un grande.

Un poco después que los medios anunciaran oficialmente su muerte un buen amigo uruguayo y compatriota de don Mario, Jorge Majfud, me envía una bellísima nota en donde agradece al maestro y me dice «Se fue un parte del Uruguay valiente».

Creo que no voy a extrañar tanto al Benedetti poeta, pero sí mucho al Benedetti novelista. Coincidencialmente hace poco quise releer La Tregua, una obra imprescindible en la literatura lationoamericana. El diario de Martín Santomé, un hombre viudo que ya llega a los cincuenta, a punto de jubilarse y sólo aguarda por el descanso venidero, más que eso, él dice:
«Verdaderamente, ¿Preciso tanto el ocio? Yo me digo que no, que no es el ocio lo que preciso, sino el derecho a trabajar en aquello que quiero».

La Tregua es una novela luminosa: un hombre enfrentado a su vida con toda honestidad, permitiéndose soñar. Permitiéndose mirar al pasado y al futuro, con toda sencillez. Con el dolor que puede resultar desde la verdad. Pero, sin duda, lo que más me conmueve de esa obra hoy, es esta reflexión de Martín acerca de su esposa muerta: «Tengo una pregunta mejor: ¿qué pensaría yo si viera hoy a Isabel? La muerte es una tediosa experiencia; para los demás, sobre todo para los demás».

Entonces, por no hacerla tan tediosa: Gracias, Benedetti.

En la historia del pensamiento filosófico la razón ha estado teñida de racismo. En el siglo XX, un filósofo africano, especialista en filosofía postcolonial, teoría social crítica y filosofía europea y africana, se encargó de investigar y entender el verdadero color de la razón a lo largo del tiempo y sin duda su mejor investigación fue la realizada en torno a Kant.

Empecemos por las presentaciones: el filósofo se llama Emmanuel Chukwudi Eze, nació en Agbokete, Nigeria. Sus padres eran católicos y él se educó en un colegio jesuita. Posteriormente también estudió en Nigeria, Zaire (República Democrática del Congo), Benin City y en las Universidades de Fordham y Bucknell. En el año 2000 se trasladó a Chicago y allí fue profesor asociado de la Universidad de DePaul.

Chukwudi Eze desarrolló ampliamente la tesis del racismo en el pensamiento filosófico y sobre todo antropológico y uno de sus objetos de investigación fue nada menos que Immanuel Kant y el texto en el que deja constancia de su investigación en torno al filósofo alemán se titula The color of the reason: the idea of `race´in Kant´s anthropology. Debo agregar que nunca había leído en la filosofía contemporánea, un texto tan lúcido y brutalmente crítico en medio de su academicismo, como este.

Chukwudi Eze estudió todos los libros, textos y manuscritos que se conservan de Kant sobre Antropología y geografía física, dos materias que desarrolló ampliamente mientras dictó clases en la Universidad de Königsberg. Hasta ese momento, las universidades alemanas no impartían el estudio de la Antropología como un ramo separado y por lo tanto Kant innovó en dicho aspecto, agregándole una variante: para él era inconcebible estudiar la Antropología separada de la geografía física.

Si bien Kant es conocido por sus obras críticas, Chukwudi Eze nos entrega un dato muy relevante: Kant dictó, en cuarenta años a contar de 1756, muchos más cursos de Antropología y/o geografía física, que cursos de metafísica, lógica, ética y física teórica. Por lo tanto Kant pensó e investigó mucho más de lo que podríamos imaginar la relación raza-razón y todo eso que pensó e investigó está inevitablemente ligado a conclusiones de carácter racista.

Kant partió haciendo una clasificación «racial» de la humanidad, dividiéndolos en blancos (europeos), amarillos (asiáticos), negros (africanos) y rojos (indios americanos). A partir de esta clasificación, Kant estableció la «geografía moral» o «geografía cultural» que estudia las costumbres que practican colectivamente estas razas y a partir de las mismas los juzga. De esta forma, muchos de los cursos de Kant se referían a manifestaciones culturales como la permisión del robo en África, el abandono de niños en China, o el entierro de niños vivos en Brasil. Posteriormente, Kant estableció que la filosofía moral tenía como objeto mostrar la falta de principios éticos en todas aquellas usanzas o costumbres, al ser producto de un impulso natural e irreflexivo, carecen de principio ético y por lo tanto no son humanos.

Si rebobinamos un poco el casete, esta lógica presentada por Kant, establecía prácticamente que sólo los blancos (europeos) eran humanos propiamente tal. La razón de esto era, según Kant, la falta de «talento» de las otras razas, puesto que ese «talento» es un don de la naturaleza. Este don consiste, simplificando bastante, en la distinción que existe entre la capacidad de ser «educado» o «educarse» por sí mismo, y la necesidad de «entrenar» a otro. A modo puramente de ejemplo, Kant solía recomendar una caña partida de bambú, en vez de látigo, para «entrenar» al esquivo negro, puesto que su piel gruesa debía encontrar una salida no infecciosa a la sangre y la caña partida de bambú permitía esto. En segundo plano, el castigo físico al negro africano estaba completamente justificado, puesto que este era haragán. ¿Por qué el negro era haragán para Kant? Porque «todos los habitantes de las zonas más calientes son, sin excepción, haraganes». ¿Y por qué para don Immanuel eran los blancos (europeos) la única raza capaz de progreso? Bueno, porque «la raza blanca posee en sí misma todas las fuerzas motivadoras y talentos, por lo tanto debemos examinarlos un poco más de cerca».

Creo que todos los que de alguna manera hemos acercado a Kant, lo hemos hecho a través de sus obras críticas (Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica), que son por lo demás sus más reconocidas y difundidas. Los textos y cursos antropológicos con los cuales Chukwudi Eze trabajó no son precisamente de lectura obligatoria y esto genera un «desconocimiento» generalizado de una parte del pensamiento de Kant que nos deja de piedra.

A medida que va avanzando, Chukwudi Eze va desplegando el abanico de este tratado casi raciológico que elaboró Kant durante toda su vida académica y llega a la conclusión de que «la antropología filosófica de Kant se revela como el guardián de la imagen que tiene Europa de sí misma como superior y del resto del mundo como bárbaro».

No es fácil leer a Chukwudi Eze. Personalmente fue todo un descubrimiento que no me canso de releer y agradecer. El nombre de este filósofo negro muerto en 2007 a la edad de 44 años, debería inscribirse con mayor fuerza en la historia del pensamiento filosófico contemporáneo. Su trabajo es valorable no por el hecho de que él sea negro, ni por el hecho de que se haya especializado en postcolonialismo, tampoco por el hecho de criticar con fuertísimos argumentos y una investigación impecable a grandes filósofos y desentrañar el henchido racismo que se escondía detrás de sus más brillantes teorías filosóficas, no. El mayor mérito de Chukwudi Eze radica en la valentía con la que mira hacia atrás en la filosofía, buscando algo más que dejar un documento de constancia de los hallazgos: replantear e inducir variaciones al pensamiento filosófico de cara al futuro. Al menos eso es lo se refleja en este texto que conmueve desde su bellísimo título: El color de la razón…


 

Madeinusa, Claudia Llosa, Perú-España-Cuba, 2006

La película

Cuando el «tiempo santo» llega, el pueblo de Manayaycuna, ubicado en la serranía blanca peruana, hay celebración. Dios ha muerto, es verdad, y también hay tristeza por ello. Pero la tristeza religiosa no pesa sobre los pobladores tanto como la creencia de que, precisamente por estar muerto, Dios no puede ver sus pecados. En el lapso de tiempo que va desde las tres de la tarde del Viernes Santo, hasta las seis de la mañana del Domingo de Resurrección, el pueblo se sale de su rutina; el carnaval llega con todo su esplendor y con algunos toques bacanales. Todo está permitido, incluso que Cayo Machuca (Juan Ubaldo Huamán), alcalde de Mayaycuna, tenga relaciones con su hija de catorce años, Madeinusa (Magaly Solier) y que planee al año siguiente tenerlas con su otra hija, Chale (Yiliana Chong). Esta tradición es sólo un marco – mítico y anticristiano, si se quiere – que permite ir encuadrando y entendiendo la vida de la protagonista, Madeinusa, una joven indígena de 14 años, de aspecto inocente, tímido, que provoca una inmensa ternura desde el principio. Una sirena, sería la expresión más correcta para definirla: una sirena serrana. Justo para las fiestas de tiempo santo, llega en el camión de los transportes Salvador Ariende (Carlos De La Torre), un ingeniero limeño que se ve forzado a detenerse en el pueblo por un tiempo indefinido, mientras la empresa para la que trabaja puede ir a buscarlo. Su presencia no pasará desapercibida. Los pobladores son ariscos ante la presencia de forasteros y su aislamiento geográfico y cultural se condensa en la denominación que recibe el limeño, a quien todos llaman «el gringo», lo que denota que ya Lima es un lugar lejano y mal visto por ellos. Salvador Ariende, sin embargo, es un limeño despistado, un tanto ingenuo, que logra conmoverse con las muchas cosas de las que se da cuenta mientras está en el pueblo y es retenido por el alcalde durante las fiestas. La pequeña sirena serrana logra cautivarlo con su canto y su inocencia, pero termina convirtiéndose en su perdición.

La polémica

Cuando Madeinusa fue estrenada en 2006, la crítica en Perú se dividió entre el amor y el odio. Mientras unos la acusaban de racista y de presentar una visión deformada de la serranía peruana, sus habitantes, sus costumbres y sus ritos, otros dijeron que se trataba de una de las mejores películas peruanas de todos los tiempos, y una gratísima sorpresa al tratarse de la ópera prima de Claudia Llosa.

Por mi parte, desde hace rato que no veía una película latinoamericana tan buena y desde hace rato quería decir algo sobr ella. Debo confesar que fue un poco por la polémica desatada que me animé a ver esta película. De todas formas, la vi como – a mi juicio – se debe ver toda obra de arte, o leer toda obra literaria: sin prejuicios y con apertura de mente. Hay quienes dicen que esto es imposible. A mi no sólo me parece posible, sino honesto.

Madeinusa es una película bellísima y me permito la licencia de tomar este adjetivo tan despreciado por considerarse fatuo, porque lo es realmente en todos los sentidos. Los escenarios dispuestos según cada situación. La actuación de Magaly Solier tan natural e impactante, tan bien lograda, sobre todo teniendo en cuenta que Magaly no es actriz profesional. Esta película es bella ya desde la imaginación puesta sobre el mito del tiempo santo. Es bella porque está construida a base de momentos y de escenas memorables, cargadas de valor estético y social. Es bella porque se vale de celebraciones típicas de las poblaciones peruanas – especialmente la semana santa ayacuchana, caracterizada por la prolijidad de su celebración – que son recreadas en la película con verosimilitud y respeto por el reflejo real. Es bella porque sus personajes, naturales y sencillos, parecen arrastrar al espectador, envolverlos en un mundo aparentemente también sencillo y natural y luego de caer en esa trampa, los observamos desnudos: con sus desafíos personales, sus taras, sus ambiciones. Madeinusa quiere ir a Lima, huir como lo hiciera su madre, ser como ella y guarda, para tratar de soñarla – porque no puede recordarla – una caja de objetos sagrados que pertenecieron a ella y que ocupan un lugar imprescindible en su corazón. Un lugar por el que es desplazado su padre, su hermana, cualquier tradición. La llegada de Salvador al pueblo podría fácilmente interpretarse con el famoso cliché «choque de dos culturas», (y de hecho muchos lo hicieron así), pero aquí no hay nada de eso, es tan sólo la ambición de una chica indígena y la caída providencial de un limeño que servirá de medio para alcanzar sus propósitos. Para contar esta historia, Claudia Llosa se armó de escenas que no se pueden olvidar, mis preferidas, cuando Madeinusa le dedica algunas canciones en quechua a Salvador y aquellas que muestran la fiesta de celebración de Semana Santa.

Sin duda que hay algunas escenas cargadas de valor simbólico que seguramente fueron el detonante de la polémica, lo cierto es que no por ser esta una historia que involucra a una indígena y un capitalino, es racista. Más allá de eso, Madeinusa es una ficción muy bien contada, que, además, permite repensar las relaciones, conflictivas si se quiere, entre dos culturas, pero desde otra perspectiva.

En el próximo post, algo más sobre Madeinusa…

TRAILER DE LA PELÍCULA


ESCENA: MADEINUSA CANTA EN QUECHUA A SALVADOR

Haňt’a lleva treinta y cinco años prensando papel viejo y esta es su love story. Haňt’a lleva treinta y cinco años prensando papel viejo y lo hace en un sótano frío, oscuro, escapándose para beber cerveza y descansar un poco en la barra de un bar, pero sobre todo, deteniéndose cuidadosamente a seleccionar los miles de libros que se cuelan entre las toneladas de papel viejo que caen en su sótano y que lo convierten en un hombre culto a pesar de sí mismo. Haňt’a es el narrador y protagonista de Una soledad demasiado ruidosa y es sin duda uno de los personajes literarios más bellos y mejor creados de la literatura. Su culpable es el escritor checo Bohumil Hrabal y esta historia desborda sencillez, además de ser un homenaje al oficio de leer.

Haňt’a es un lector voraz, atento, vivaz y su vida transcurre en las profundidades de un sótano en donde es operario de una prensa. A pesar de que desarrolla su oficio entre ratas, suciedad y las reprimendas de su jefe, Haňt’a se considera afortunado y durante treinta y cinco años no ha pensado ni por un instante dejar de ser operario de esa prensa. Él sabe que la palabra progreso implica ciertos convencionalismos y lo reconoce: «Hace treinta y cinco años que prenso papel viejo y sé perfectamente que para salir del paso necesitaría un título universitario en clásicas, además de haber pasado por un seminario». Sí. Tal vez. Pero los libros son la verdadera vida para Haňt’a y aunque lo normal sería ir en busca de ellos a una biblioteca o a una librería, en el caso de Haňt’a son las toneladas de papel viejo que caen en su sótano las que lo proveen de preciosas joyas. La prensa, entonces, es para Haňt’a lo que para Borges es la biblioteca: el universo, la felicidad.

Haňt’a se convierte con el correr de la historia en un personaje adorable. No tiene grandes pretensiones, pero la sabiduría que ha ido moldeando con sus lecturas es aún mayor que las toneladas diarias de papel que prensa. La vida en lo oscuro y frío de un sótano, o el hecho de beber la cerveza aún con la suciedad del trabajo encima, o conocer el amor en la ingenuidad y pobreza dulce de una gitana, desplegaron lo más humilde de su carácter. Su visión de la vida y de la sociedad desde el subsuelo, desde lo bajo, es la gran apuesta estilística y crítica de Hrabal. Cuando Haňt’a se sentía infeliz con su trabajo o muy cansado, se tomaba la licencia (reprimendas de su jefe de por medio) de recorrer a quienes consideraba sus colegas y hermanos, los trabajadores del subsuelo. Salía de su propio subsuelo para observar otros subsuelos que no eran mejores que el suyo y entonces iba a visitar a sus mejores amigos, los chicos de las calderas y los que limpian las cloacas, todos ellos profesionales universitarios que también ven, como Haňt’a, la sociedad de Praga desde abajo. Hrabal asesta el mensaje: en el excremento y los desechos de las alcantarillas, los amigos de Haňt’a pueden saberlo todo sobre la ciudad. En la suciedad y penurias de un sótano que tiene una prensa de papel viejo, un hombre descubre el mundo y la felicidad en los libros y la lectura atenta.

Para resaltar la riqueza del pensamiento de Haňt’a, Hrabal recurre al uso de metáforas impresionantes, deslizadas con una sutileza encantadora en la narración. Que Haňt’a se decida en cierto momento a «embellecer» las toneladas de papel viejo prensado con obras de arte de Gauguin y las disponga de tal forma que el resultado final se transforme en belleza y color, es una metáfora de la fe en el arte y su capacidad de transformación. Y cuando la prensa se llena de papel viejo proveniente del matadero, papel sangriento, asqueroso, lleno de moscas, Haňt’a coloca el Ecce Homo de Nietzche para que «la palabra se hiciera carne sangrienta».

A pesar de toda la adversidad, de saberse casi un par de lo ratones que aplasta con su prensa, a pesar de esa soledad demasiado ruidosa de su subsuelo, Haňt’a dice que sonríe, «porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mí mismo, algo que todavía desconozco».


 

Dissidences

La revista académica de Literatura Dissidences es editada por Gustavo Faverón  y se han publicado recientemente los números 4 y 5 de la misma y, aunque la mayoría de los artículos están en inglés (para quienes leen en inglés se los recomiendo todos), también hay artículos en español y quiero recomendar muy especialmente el de Sandra Garabano «Los Detectives Salvajes y la novela del archivo cultural latinoamericano».  La autora hace alusiones extensas a dos manifiestos con los cuales discrepo totalmente: el de la generación del Crack (Jorge Volpi a la cabeza) y McOndo (Alberto Fuguet a la cabeza), pero este detalle es, a su vez,  el preludio de un artículo con una mirada muy interesante sobre una de las obras más importantes de la literatura latinoamericana de siglo XX como es Los Detectives Salvajes.

Dice Garabano:

¿Es Bolaño, entonces, aquel escritor que vuelve a instalar, después del interregno del post-boom, la idea misma de escritor latinoamericano tal como había ocurrido con los escritores del boom o,  por el contrario, hay que leer su obra como producto del fracaso de los proyectos de formación de la nación moderna y aceptar el rechazo a la idea misma de identidad como consecuencia de ese fracaso? ¿Qué perdería y qué ganaría Bolaño si optáramos por una u otra lectura? ¿Implicaría la universalización de Bolaño, como sugiere el profesor Berry, la desaparición de la literatura latinoamericana o sería un acto de justicia para un escritor para quien el triunfo que significa esta universalización llegó con cierto retraso? ¿Se invalidan estas posiciones entre sí o los textos de Bolaño admiten ambas lecturas? La crítica que priva a Bolaño de su nacionalidad no solo estaría avalada por el recorrido geográfico de los personajes que se desplazan por varios continentes y hablan un mexicano latinoamericanizado, como señala Juan Villoro en su reseña, sino por otro mito, aún más poderoso: el mito de la propia biografía del autor en la que se mezclan, en diferentes momentos de su vida, la nacionalidad

Puente Aéreo

Ya ha sido invitado de ArcoLibris, y hace rato quería hablar un poco más de su blog al que vale la pena seguirle la pista. Me refiero al crítico, profesor y periodista peruano Gustavo Faverón y su blog Puente Aéreo. Gustavo es uno de los pocos críticos a los que sigo con gusto y admiración, porque es, además, uno de los pocos que  ofrece argumentos de peso por cada idea que plantea o defiende, armado de datos, de información y no de meras percepciones y prejuicios. Y aunque muchos de sus post están, digámoslo así,  en contexto de «pelea» (debates, polémicas, controversias etc.), y aunque más de una vez he estado absolutamente en desacuerdo con lo que dice, creo que esa es precisamente la gracia de lo que escribe Gustavo: que siempre quedan ganas de leerle de nuevo. 

 

El Cronopio Mayor era amante del jazz; éste era parte integrante de su escritura y en la lectura de la mayoría de sus cuentos y novelas se pueden sentir las cadencias  y los acordes  – roncos, fuertes, débiles, casi como un hilo, ascendentes, descendentes, abruptos, planos o en relieve – de  Charlie Parker (su favorito), Louis Armstrong o Dizzy Gillespie, entre otros. En Rayuela, la lógica de Oliveira, sus pensamientos e imaginaciones, parecen  tener cierto sentido para él, solamente si están precedidos o mezclados con las notas graves de los saxos y las trompetas.

Sin embargo, es en El Perseguidor en donde la presencia del jazz trasciende al tono del texto, para  imponerse en la historia misma. El atribulado genio del jazz llamado Johnny Carter, devenido por las drogas, es enaltecido hasta las cumbres en el corazón de su biógrafo (admirador) y amigo, el periodista Bruno V…

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Todo un Melodrama

Melodrama, Bogotá, Ed. Planeta Colombiana, 2006, 394 páginas.

 

Vidal se enfrenta a la muerte después de haber luchado en una vida plena belleza; de su belleza. Que su nombre sea Vidal es casi un cinismo del autor: Vidal no parece nombre adecuado para un personaje condenado a muerte por su misma fuerza vital. Y es él quien nos cuenta una historia inserta en otra historia. Un juego de matrioskas que pone a todos los personajes en un lugar y luego los revuelve. Es Vidal quien huye cobardemente de lo inevitable. También es un hombre celestialmente hermoso, demasiado para el Medellín en que nació y que lo vio crecer y que en esta novela aparece reflejado con cierta distancia. Es imposible evadir al “monstruo” de la violencia sobre el que la ciudad duerme, esperando a que despierte con estertores para destruirlo todo, pero ya no es Medellín la protagonista del dolor y la tragedia. Antes de verse enredado en asuntos de sicarios y de tener que rendir cuentas al narcotráfico (aunque estuvo a punto de ello), Vidal se aferra de su belleza indescriptible y parte a París. Allá la vida será lo que su belleza dicte. Trabaja como estilista, pero eso es sólo el primer escalón de dos que necesita para alcanzar lo que se propone, el siguiente será la pareja de condes millonarios, por supuesto, quienes le hacen su heredero. Pero Vidal es quien lleva el ritmo de toda esta historia; es quien fabrica y acomoda las matrioskas; es quien se desprende de su vida mientras muere y la va desgranando en páginas por las que discurren su madre, Perla; la vieja criada de la casa, Anabel; la odiosa abuela, Libia; la mudita que lo ama en secreto y, valga la redundancia, en silencio. Vidal los abarca a todos. Se permite licencias de vanidad cuando afirma las huellas que ha dejado en cada uno de los que lo rodearon. Vidal tiene una firme postura ante la muerte que defiende hasta el final: la odia porque destruirá su belleza.

Sin embargo, lo más destacable de Vidal es su humor. Vidal desliza en cada línea su venenillo, su cuota de humor negro. El melodrama queda restringido sólo al título de la obra, porque si hay algo que no tiene Vidal es precisamente actitud melodramática. Puede ser el mismo miedo, el alcohol a veces, el intenso juego de matrioskas (leí hace poco que hay matrioskas de hasta 75 unidades), quizás Ilinka, la mujer de Sarajevo que lo ama y cuida mientras él se refugia en su cobardía a la muerte, quizás es todo eso junto, pero Vidal, el condenado a muerte, el que un día se levantó pleno porque su belleza todo lo podía en este mundo y ese mismo día perdió el sueño porque se enteró de que estaba contagiado de sida, nunca perdió la gracia para decirnos que su vida fue más una novela en caricatura que un melodrama.

Jorge Franco, el responsable de ese gran personaje que es Vidal y de esta gran novela que es Melodrama, ya transitó por la fama y el éxito editorial con Rosario Tijeras y de Paraíso Travel, novelas en donde reflejó con maestría la violencia del sicariato y los avatares de los inmigrantes, temas que atraviesan a Colombia y que inevitablemente marcan todo, hasta su literatura. En Melodrama la violencia, el narcotráfico y la inmigración quedan relegados a la periferia y el gran reto es darle voz a este personaje, Vidal, que se reta a sí mismo a labrarse un camino hacia la muerte. El cambio lingüístico es drástico y riesgoso para un autor que venía colocando en los labios de sus protagonistas la jerga de la violencia y el narcotráfico y que se traslada a la frase directa, mordaz, a la amargura contenida y la ironía pura que logra sacar algunas risas mientras nos lleva de la mano por sus penas.

Hay pasajes notables en esta novela, pero quiero rescatar uno en el que Vidal suma a todos los personajes y se incluye al final, trazándolos según la visión que según él tuvo cada uno del amor. Y con esto concluyo que Melodrama supera ampliamente la expectativa por la continuidad de Jorge en la literatura, después del éxito arrollador de Rosario Tijeras. Y que es imposible, un poco como le sucedió a Ilinka en la novela, que el lector/a no se enamore de Vidal, aunque este sea finalmente, claro, un amor imposible.

«Uno confunde el amor con cualquier cosa. Perla creía que el amor fue lo que pasó aquella noche. Osvaldo creía que el amor era desprecio. Fanny creía que el amor estaba en muchos hombres. El conde y la condesa sintieron que el amor era yo. Libia sentía que el amor era la culpa. Para Clémenti sería el pedazo de cara que le hacía falta. Anabel había oído del amor, pero no lo conocía, no estaba segura de haberlo vivido, como no fuera aquello que sentía últimamente por Tiburión. La mudita creía que encontraría el verdadero amor cuando encontrara la voz para decirme lo mucho que me quería. Y yo también me confundí y creí que el amor era yo mismo.» (págs.. 194-195)

 

ALGO SOBRE JORGE FRANCO RAMOS:

Jorge es uno de los jóvenes y representativos escritores colombianos, nacido en Medellín. Su consagración llegó en 1999 con Rosario Tijeras, novela en la que cuenta la vida de una sicaria durante los más tristemente célebres momentos del narcotráfico en Medellín. Esta obra le entregó el reconocimiento en Colombia e Iberoamérica, fue traducida a varios idiomas, llevada con éxito al cine y reconocida con el Premio de Novela Dashiel Hammet International en Gijón, España. Para todos los colombianos (y me incluyo) es bastante desagradable desayunar, almorzar y cenar con los temas de la violencia y el narcotráfico y verlos reflejados en el cine y la literatura, sin embargo, Jorge logró unirse a un grupo muy reducido de autores (Fernando Vallejo, Alonso Salazar Jaramillo) que tratan estos aspectos con gran maestría y talento. Estudió cine en The London International Film School, lo que se refleja en todas sus obras en las que el lector puede estar presenciando perfectamente una película, debido a la cantidad de recursos cinematográficos con los que trabaja, especialmente los saltos en el tiempo. Ha publicado el libro de cuentos Maldito amor y en 1997 la novela Mala noche. En la misma línea, sigue Paraíso Travel publicada en 2001 y llevada también al cine y su más reciente obra, Melodrama, publicada en 2006.

Entrevista al escritor y periodista colombiano Alberto Salcedo

Por Laura García*

 

En los años `60, con la publicación de su obra A sangre fría, Truman Capote profundizaba en un nuevo género que fue bautizado primero como non-fiction-novel y que posteriormente se llamó, simplemente, nuevo periodismo. Hoy lo conocemos también con el nombre de crónica literaria.

Lo cierto es que no importa el nombre que se le dé, este nuevo género exploraba otra forma de narrar lo sucedido sin falsear datos y hechos. El nuevo periodismo se atrevió a pedirle a la literatura que fuera su amante y, como todas las relaciones prohibidas que se hacen públicas, causó gran polémica y revuelo en su momento.

Además de Truman Capote, otros devotos periodistas aceptaron ser los celestinos de la pareja periodismo y literatura, entre ellos, Gay Talese, Norman Mailer y Tom Wolfe. Todos ellos tomaron el reto de contar la realidad a través de las técnicas con las que se escribe la ficción, enfrentándose no sólo a lo polémico que esto resultaba en la época sino al desinterés de los periódicos, cuyas páginas no tenían suficiente espacio para estas crónicas y cuyos dueños no estaban interesados en publicarlas. Los nuevos cronistas fueron entonces acogidos por las revistas: Esquire, Playboy y The NewYorker se especializaron en publicar las historias que el nuevo periodismo estaba produciendo y el resultado no se hizo esperar: los lectores agradecieron – y agradecen – a los innovadores.

Hoy en día, mientras Jon Lee Anderson escribe desde el corazón de la guerra con el corazón de la literatura, en Latinoamérica hay un cronista que se encarga de perfilar a los perdedores, rescatar a los héroes de la cultura popular, testimoniar la cruda realidad de su país o de ser la voz de los que alguna vez fueron la luz y hoy son la oscuridad. Se llama Alberto Salcedo Ramos, es colombiano, es barranquillero y a estas alturas, ya es un maestro en su oficio y su obra va camino de convertirse en un clásico del periodismo narrativo colombiano.

En medio de un viaje para ser jurado en un concurso de cuentos en Barrancabermeja y regalándome minutos preciosos de una noche muy corta porque a las cinco de la mañana saldría su avión para Bogotá, Alberto Salcedo Ramos me regaló esta conversación por chat:

 

Enanos toreros, futbolistas de menor carrera, boxeadores derrotados por la vida, enterradores de perros, transexuales que tienen un equipo de fútbol, juglares de tu tierra, víctimas de la violencia… Y podría seguir haciendo una lista de los personajes que has inmortalizado con tu pluma. ¿Podrías contarnos un poco sobre el proceso que hay detrás de estas crónicas?

 

Muchas de mis crónicas son sugeridas por los editores de los medios en los cuales colaboro. Otras son planteadas por mí a esos editores. En ambos casos, se trata de temas que reflejan los conflictos esenciales del ser humano: sus metas no alcanzadas, sus problemas cotidianos, sus estados de ánimo, sus desventajas en la sociedad por el hecho de ser minorías o pertenecer a grupos segregados. Últimamente, ando enchufado con el tema del conflicto colombiano. Me parece que en este terreno no solo hay buenas historias sino que existe la posibilidad de practicar un periodismo que ayude a construir un mejor país, aunque suene un poco rimbombante.

Sin duda, pero… ¿cómo hace el periodismo un mejor país?

Haciendo un esfuerzo serio por ir más allá de las verdades oficiales. Prestándole toda la atención a los excluidos. Untándose de barro para mostrar el país que no le interesa a la gran prensa. Denunciando a los bárbaros, a los corruptos. Algunos de estos retos no son tradicionalmente un asunto del periodismo narrativo, pero uno puede contribuir desde acá. Me he dado cuenta de eso.

¿Recuerdas algún personaje que haya sido especialmente difícil de abordar?

Bueno, el que te voy a mencionar no ha sido difícil sino imposible: Diomedes Díaz, el cantante vallenato. Llevo más de dos años dedicado a recoger toda la información posible sobre su vida: he hablado con más de 70 personas, entre familiares, colegas, compositores, allegados, amigos, gente de la industria fonográfica, periodistas, hijos, mujeres, ex mujeres… pero el propio Diomedes no ha querido hablar ni lo va a hacer. De todos modos, yo contaré la historia con las muchas voces que he ido recopilando.

¿Y por qué no habla él?

Bueno, yo lo entiendo. Si yo estuviera en sus zapatos también le huiría a ese cronista de mirada fisgona.

Fisgona pero respetuosa…

Mi idea no es exaltarlo ni lincharlo, sino mostrar su vida — que es apasionante — con todo el respeto del caso y, sobre todo, aprovechar su historia para hacer un retrato profundo del país que tenemos; y un retrato de las relaciones que ese país construye con sus ídolos populares. Diomedes ha sobrevivido como artista sin la prensa. Es consciente de que no necesita un relato hecho por mí. No le va a servir, acaso, para vender más discos. Si yo fuera un redactor farandulero que solo quisiera decir cuáles son las canciones que va a incluir en su próximo cd, seguramente hablaría conmigo. Pero él sabe que lo que yo busco es otra cosa, rigurosa, profunda y, si se quiere, un tanto indiscreta.

¿Y esa es su principal razón para no aceptar?

Sospecho que sí…

Difícil misión…

Debo decir que yo contaré su vida con respeto, que valoraré cada dato que consiga, pues aunque él haya sido una persona de conducta dudosa, tiene derecho a su buen nombre y al respeto de su intimidad.

Hablemos de los perdedores. Son recurrentes los perfiles de perdedores en tus crónicas ¿Qué es lo fascinante de contar sus historias?

Bueno, los perdedores me empezaron a gustar de manera espontánea, sin ser consciente de eso y sin ponerle mucho misterio. Cuando me hicieron notar esa preferencia, entonces vinieron las preguntas: que cuáles eran las razones, que cuáles eran mis motivaciones estéticas o profesionales. Los perdedores quizá son más humanos. Más cercanos a la desnudez original. Es más fácil apuntar al centro de sus corazones. Los ganadores suelen blindarse contra las miradas que escarban muy adentro, porque son rehenes de su propia imagen de vencedores, y por tanto lo que muestran es el ángulo de la foto y no el alma. Hay, además, mucha gente encargada de rodearlos, de esconderles los defectos, de taparlos, de resguardarlos en los búnkeres de su fama… Últimamente han surgido voces que nos cuestionan a los cronistas el hecho de no mirar con mayor atención a los poderosos. Marianne Ponsford, la directora de la revista colombiana Arcadia, escribió un editorial brillante sobre el tema. Y también lo hizo Martín Caparrós, en una diatriba que escribió en la revista Etiqueta Negra contra los cronistas. Sin duda, los dos tienen razón. Esa es una falencia gruesa en el nuevo periodismo narrativo de América Latina. Quizá hay mucho miserabilismo, mucha obsesión por mostrar las mataduras de los pobres, y en contraste nos falta que ayudemos con nuestras plumas a retratar el universo de quienes manejan los hilos del poder en la región. No es que esté mal hablar de los problemas de los excluidos. Ni más faltaba. Pero hay que admitir que tenemos esa tremenda deuda de mostrar también ese otro mundo del poder, que es una parte importante de la realidad.

En tu crónica sobre el batallón del ejército que opera en el páramo del Sumapaz, a 3600 metros de altura, decías que los medios «nos presentan la balacera y nos ocultan el país que está detrás» y llamas a Colombia «el país de nunca jamás». ¿Qué ha descubierto Alberto Salcedo, detrás de la balacera, en sus periplos por Colombia?

Bueno, es complejo reducir todo lo que he descubierto a una respuesta, pero te diré algo breve sobre el particular. Hace poco salió publicada en Gatopardo la mejor crónica que he publicado en los últimos tiempos. Es la historia de dos hermanos ex combatientes que estuvieron en bandos enemigos: el uno era paramilitar y el otro, guerrillero. Haciendo esa crónica, y haciendo otras relacionadas con el conflicto (como la que escribí sobre las minas antipersonales en el Oriente de Antioquia), uno aprende que el país está muy fracturado. Hay lugares que, desde el confort en el que viven las élites del centro del país, parecen una lejura. Lugares que son vistos como un problema remoto. Hubo un tiempo en que la guerrilla era vista como un problema de ciertos colombianos que viven lejos. Pobrecitos, allá ellos, tan negritos, tan indios o tan pobres. Pero cuando el problema tocó las puertas del poder central, cuando la infamia del secuestro dejó de ser una plaga que solo afectaba a los gamonales de la periferia y empezó a alterar la vida de los poderosos del centro, entonces cambió la percepción. Así ha ocurrido con casi todo. Esa fractura social es muy honda y muy dolorosa, y me temo que se necesitarán cambios verdaderamente serios para mejorar la situación. Digamos que, entre todo lo que he aprendido caminando, eso es lo que quiero resaltar en esta respuesta.

Fuiste a Chile en el marco de algunas actividades de la UDP. Allí hablaste de televisión cultural. Tú eres director de programas televisivos de investigación periodística. Sin embargo, hablar de «televisión cultural» o de «programas culturales» está generando malos entendidos cada vez más enredados en Latinoamérica. Yo he tenido la oportunidad de ver televisión distintos países latinoamericanos: México, Perú, Chile, Argentina, Venezuela y Colombia. En casos como el de Argentina y Chile, la llamada «televisión cultural» ha sido desplazada a los canales estatales. Quisiera saber, en tu opinión, qué pasa con la «televisión cultural», cómo haces tus programas, qué dificultades se te presentan, qué experiencia queda de hacer televisión en medio de las tantas contradicciones que presenta este medio.

Bueno, hace rato no dirijo televisión. Me he apartado porque quiero escribir y decepcionado por el manejo que se le da a eso en Colombia: presupuestos de miseria, tráfico de influencias en las licitaciones. Hacen una licitación para adjudicar unos pocos capítulos y después repiten eso hasta la saciedad, porque no hay más presupuesto. Es verdaderamente terrible y penoso. Yo siento que a través de una crónica de prensa que haga viajando a pie, hago más cultura que en un programa de televisión cultural con tantas restricciones. Sin embargo, la culpa no es del medio — la televisión — sino de quienes lo manejan.

Cuéntanos alguna novedad que estés escribiendo, algún personaje que esté siendo «víctima» placentera de tu pluma ahora.

Además de lo de Diomedes, tengo otras ideas pendientes, que seguramente verán la luz el próximo año. Casi no me gusta anunciar lo que está pendiente pero haré una excepción para decirte que quisiera escribir una crónica sobre los tambores de Palenque, el pueblo de negros cimarrones que queda a una hora de Cartagena y que tanto ha dado de que hablar en los círculos académicos y literarios.

Alberto Salcedo Ramos ha publicado los libros de crónicas De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, Los golpes de la esperanza, Diez juglares en su patio (en colaboración con Jorge García Usta) y El oro y la oscuridad: la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé. Con esta última obra coronó dos años de intensa investigación, primero bibliográfica y después con la familia y el mismo Antonio Cervantes «Kid Pambelé», para reconstruir magistralmente la vida y obra de este ídolo del deporte colombiano, que estuvo en la cima de la gloria y cayó en la bajeza de la miseria.

Las revistas colombianas El Malpensante y especialmente SoHo, recogen el trabajo de Alberto: sus perfiles, crónicas y reportajes, entre los que se cuenta el aclamado «El testamento del viejo Mile», reportaje al compositor vallenato Emiliano Zuleta.

Yo sé que sería poco profesional escribir acá sobre un amigo muy querido, aunque no exagere al decir que su extraordinario talento es directamente proporcional a su amabilidad, generosidad y profesionalismo. Entonces le pregunté cómo se describiría a sí mismo Alberto Salcedo Ramos. Aunque mi pregunta lo complicó un poco, su respuesta fue la de un cronista de pura cepa:

«Se me viene a la memoria una frase que me dijo la hija de Gustavo Arango, un periodista amigo que vive en Nueva York. La niña tenía apenas dos años cuando yo estaba de visita en su casa, almorzando con su padre. De pronto, la niña llegó a la mesa y sin ningún tipo de rodeos me disparó esta pregunta textual e inolvidable: «oye, Albertosalcedo: ¿tú por qué eres tan divertido?» pongo como testigo a Gustavo Arango, que es un tipo serio, de que la historia es absolutamente cierta. Si yo mismo dijera eso, sonaría catastrófico. Pero lo dijo una niña y a los niños hay que creerles. Digamos que yo quisiera creerle.»

—-

 

* Esta entrevista fue publicada originalmente en la Revista Hispanoamericana de Cultura OtroLunes

Un listado de lujo:

Le pedí a varios escritores, periodistas y bloggers, que me contaran cuál fue el mejor libro que leyeron durante 2008 y por qué. A continuación los dejo con sus respuestas y de paso agradezco a cada uno ellos por la gentileza con que acudieron a mi petición especial.

 

Junot Díaz (Santo Domingo, 1968) Escritor dominicano, nacionalizado estadounidense. Autor de Negocios y de La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, obra ganadora del premio Pulitzer 2008 en la categoría de ficción.

[The novel that I think is beyond beautiful is Eduardo Lago's LLAMAME BROOKLYN.  I re-read it a second time this year and it took me over and hasn't yet let me go.  The other book that I would recommend is Aleksandar Hemon's THE LAZARUS PROJECT.  Simply astonishing.]  La novela que en mi opinión es hermosísima es «Llámame Brooklin» de Eduardo Lago. La he releído por segunda vez este año, me absorbió, y no me suelta. El otro libro que recomendaría es «The Lazarus Project» de Aleksandar Hemon. Simplemente impresionante.

 
 

Escritor y periodista francés, autor del blog más leído de Francia: la rèpublique des livres, que se publica en la edición digital del diario Le Monde. Ha escrito una decena de biografías y varias novelas.

["Léonard et Machiavel" (éditions Verdier) car, à travers cette rencontre énigmatique entre deux génies une nuit à Urbino, Patrick Boucheron a réussi à renouveller le genre très conventionnel du livre d'histoire] 
«Léonard et Machiavel» (éditions Verdier), ya que, a través de este enigmático encuentro entre dos genios una noche en Urbino, Patrick Boucheron ha logrado renovar el género, marcadamente convencional, de los libros de historia.

  
 

Iván Thays. (Lima, 1968) Escritor peruano, autor del blog Moleskine Literario y reciente finalista del premio Herralde de novela, por su obra Un lugar llamado oreja de perro.

«Circo Familiar»«La enciclopedia de los muertos» de Danilo Kis. Este año se ha ido publicando, en Acantilado, toda la obra de ese extraordinario escritor que es Danilo Kis. Yo escogería esa recuperación como libro del año. Difícil encontrar un escritor como Kis, tan lúcido en la tragedia, tan poético y al mismo tiempo tan duro y tan irónico. Un escritor sin el que no se puede entender el siglo XX.

 
 

Fernando Iwasaki (Lima, 1960). Escritor peruano radicado en Sevilla, España. Autor, entre otras, de las obras Ajuar Funerario,
Neguijón, El descubrimiento de España
.
En el año 2008 obtuvo el premio Ediciones Algaba de ensayo con su obra RePUBLICANOS.

El mejor libro que he leído en este 2008 que termina ha sido «Crítica de la razón cínica»
(Siruela, 2003) del filósofo alemán Peter Sloterdijk. Sloterdijk es -para mí- el filósofo vivo más importante y sus ideas me han permitido releer a Nietzsche bajo una nueva luz. Y aunque no es un autor de ficción, sus puntos de vista acerca del humanismo han influido en mi ambición como narrador.

 

Pedro Ángel Palou (Puebla, 1966). Escritor mexicano. Autor, entre otras, de  lasobras  Malherido finalista del premio Rómulo Gallegos y Cuahutémoc. La defensa del quinto sol.

El libro que más me gustó este año fue «La historia de Edgard Sawtelle», aún no traducido al español. Es de David Wroblewski
y es su primera novela. Es una versión moderna de Hamlet en el midwest de los Estados Unidos y esta contada por un niño que no es sordo pero no puede hablar. Y al lector, claro, lo deja sin habla…

 

Jorge Franco (Medellín, 1962) Escritor colombiano, autor de exitosas obras como Rosario Tijeras y Paraíso Travel.

«La carretera», de Cormac McCarthy. Creo que este libro es su obra maestra: es una historia donde todo está insinuado, tal vez pudo haber ocurrido un holocausto y han pasado algunos años, y entre los sobrevivientes hay un padre y uno hijo que nació luego del holocausto. El padre quiere llevar al hijo al sur, para que conozca el mar, pero tienen que sobrevivir toda la destrucción y toda la maldad que quedó en la Tierra. Me gusta porque sin caer en el abuso de la tragedia logra hacerla sentir, y transmite al lector todos los temores del padre. Los diálogos son bellísimos; es un libro que te aprieta el corazón al leerlo

 
 

Ricky Mango podcaster y escritor.


«The trouble with physics. The rise of string theory» del físico estadounidense Lee Smolin. Me gustó por razones estrictamente personales. Trata del callejón sin salida en que parece estar metida la física teórica, que está ya entrando en el terreno de la metafísica, o quizá de la patafísica, o de la burocrafísica. Smolin defiende a los «chiflados» de la ciencia, los que ponen todo en tela de juicio porque, de ellos, quizá uno de cada mil da con algo trascendental.

 

Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) Escritor colombiano, autor de Angosta (Seix Barral, 2004), premiada en China como la mejor novela extranjera del año y El olvido que seremos (Planeta, 2006), la novela más leída y editada durante 2006 en Colombia.

«La carretera», de Cormac Mcarthy. Es un libro sobre la tierra desolada, sobre la desesperación que nos espera si el mundo sigue por el camino que va. La escritura es impecable y la historia desgarradora.

 
 

Roka Valbuena, periodista.

«Los mejores relatos de Manuel Vicent» (Alfaguara). Son cuarenta y cinco cuentos muy imaginativos que están escritos, a mi humilde juicio, con una calidad impresionante. Por eso, más allá de que sea mi libro del año, o incluso más allá de los mismos cuentos, lo importante de este año fue haber descubierto (tarde) a este escritor y periodista  español. Un lujo, una joya, inigualable. Etcétera.

 
 

Fernando Villegas, escritor y periodista.

«Third Reich a new history»
de Michael Burleigh. Una vision original, profunda y llena de estilo, del tercer reich, como nunca antes habia leido.

 

 

 

(Jineteras, Amir Valle, Bogotá, Editorial Planeta Colombiana, 2006)

Primeros datos para reflejar una idea sobre esta obra:

El escritor cubano Amir Valle entrevistó aproximadamente a 125 jineteras, 32 proxenetas, 15 dueños de casas de alquiler, 3 dueños de burdeles, 2 dueños de casas de juegos, 14 dueños de casas para shows de travestismo, 9 travestis, 6 taxistas particulares, 4 gerentes de hotel, y 27 personas de diferentes oficios y profesiones

¿El resultado?:

El trabajo periodístico más exhaustivo sobre el fenómeno social de la prostitución en Cuba y el acercamiento más respetuoso y profesional a sus protagonistas: las Jineteras.

Perfil:

Ellas son negritas, indiecitas o rubitas, pueden tener 13 años o 30, lo hacen con cubanos o con yumas (extranjeros), lo hacen por devoción o por obligación. Son profesionales con capacidades insuperables, conocimientos de idiomas y mucha cultura o simplemente jovencitas que dejaron la escuela porque allí no había futuro. Están las que ganan grandes cantidades y las que con suerte viven de eso. Están las que se van a la yuma (el extranjero) y logran conseguir nuevas vidas lejos de ese oficio y están las que se mueren de sida o son asesinadas a manos de sus chulos (proxenetas).

La competencia:

Pisando los talones al jineterismo ejercido por las mujeres, se encuentra el jineterismo homosexual, una variante bastante apetecida por los turistas y por lo tanto muy bien aprovechada por los mercaderes del sexo.

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