ROBERTO GOMEZ BOLAÑOS: HAY RISAS QUE SON ETERNAS

29 11 2005
La vecindad del Chavo

La vecindad del Chavo

Hay cosas que trascienden épocas. En mi infancia, la televisión no fue precisamente una protagonista, porque la desconfianza que por ella sentían mis abuelos, me impidieron verla con la misma libertad que un niño de ahora. Solo a los catorce años, y gracias a los esfuerzos que nos llevaron el cable, pude ver sin restricción otros programas, que no fueran solamente los de la National Geographic, los noticieros y “El Chavo del Ocho”. Y acá quiero detener mis líneas. Se sabe que de todos los niños latinoamericanos que tienen acceso a la televisión desde de los años setenta, han sido asiduos de un programa que ha trascendido las barreras idiomáticas e incluso culturales muy importantes. “El Chavo del Ocho”, “Chespirito” y “El Chapulín Colorado”, son solo algunos nombres que el inagotable ideario de Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, convirtió, hace más de treinta años, en indiscutibles éxitos televisivos. Y fueron, en mi caso particular, los únicos programas que se me permitieron ver durante los primeros años de mi infancia. Cuando, incluso, ya llevaban muchos años de existir, pero que nunca han muerto. Años más tarde, cuando hacíamos un trabajo que analizaba las influencias positivas y negativas que los medios de comunicación masivos ejercen sobre niños y jóvenes, entre los ocho y los quince años, me di cuenta que yo sólo conocía un buen programa de humor entre los muchos que podían pulular en los canales. Cualquiera que se tratara del inventario de Roberto Gómez Bolaños. Y ¿qué puede suceder especialmente con estos programas, que hoy por hoy se transmiten en toda Latinoamérica, que hacen reír igual que al principio, que han sido vistos por muchas generaciones? Curiosamente, aunque sean muy diferentes y hayan marcado una época, los personajes creados por Roberto Gómez, son tremendamente comerciales. Hoy en día, en países como Perú, Paraguay, Bolivia y México, se comercializan diferentes productos alusivos al Chavo, La Chilindrina, Kiko ó el Chapulín Colorado, entre los que se pueden contar álbumes de las series, dulces con la forma de los personajes, figuras de plástico, o accesorios como el chipote chillón. Esto, es sin duda, una forma de mantener vigente y de sacarle el mayor provecho, también, a todos esos personajes entrañables. Pero esa vigencia comercial, que les permite a distintas empresas atraer a su público infantil, no sería nada, sin las

El Chapulin Colorado

El Chapulín Colorado

vivencias, ocurrencias y gracias con que nos han sorprendido los personajes de Gómez Bolaños, tras la pantalla. Tiempo antes de que surgiera la idea del Chavo del Ocho y su vencidad, Gómez Bolaños había ideado a los Súpergenios de la mesa cuadrada y a “Chespirito”, un hombrecito que hacía sketches de mesero, limpiador o barrendero, acompañado además por los inigualables actores que más tarde también fueron parte de la vecindad del Chavo del 8, Rubén Aguirre, María Antonieta de las Nieves y Ramón Valdés. Y los únicos que tuvieron el talento suficiente, para materializar y dar vida, a las creaciones de Gómez Bolaños. Para la llegada de personajes como el Chapulín Colorado, Los Caquitos y sus desternillantes historias en el hotel de don Cecilio, Gómez Bolaños se había ganado un importante lugar dentro de la televisión Mexicana que lo reconocía con respeto y una inminente internacionalización, que puede parecer ilógica, si se tiene en cuenta que esas obras eran muy mexicanas, creadas con el lenguaje y llevadas a vida, en una cultura muy local, que corría el peligro de no ser precisamente universal. Pero por sobre todas las cosas, el humor de Gómez Bolaños fue siempre universal, por una razón: El hábil manejo del absurdo. La burla constante de nosotros mismos. Y es que no pudo lograrlo de otra manera. El Chapulín Colorado era un héroe atípico, cobarde, nervioso y torpe, que no representaba ninguna salvación para los desprotegidos que lo llamaban, pero que gozaba de la confianza del pueblo por ser mexicano, porque en medio de esas ridículas situaciones de peligro, ni Batman, ni Superman hubiesen podido actuar. Otro es el caso de personajes como los Caquitos, La Chimoltrufia y el Chavo, que, además de tener en común la tan importante letra CH, son una constante burla de la sociedad, a través de sus personajes más emblemáticos, los pobres y los niños. Los Caquitos, ladrones e ignorantes y la Chimoltrufia inocentona y deslenguada, dejaron la vida de delitos, en el minuto en que consiguieron un empleo en el Hotel de don Cecilio. Pero ninguna de estas cosas puede siquiera sugerírsenos al momento de ver los distintos programas, porque la misión que llevan implícita en sus guiones e historias, es simplemente hacernos reír de los absurdos, de las estupideces y defectos de seres, que no son otra cosa que el reflejo de nosotros mismos y de nuestra sociedad. Es decir, reírnos de nosotros mismos.

Con el Chavo del Ocho, Gómez Bolaños generó muchas polémicas y aversiones en contra suya en México, ante la considerada “bestialidad”, de ese niño ignorante, que hablaba tan mal y que seguramente no sería un ejemplo para los demás niños mexicanos, acostumbrados a personajes más clichés como los de la “Carabina de Ambrosio”. El Chavo era la suma máxima de las ironías, en una vecindad donde se juntaban personajes que caricaturizaban la pereza, la envidia, el arribismo, la pobreza y la dulzura, con la presencia, más clara que en otros programas, de crítica social, vista con el lente del humor y sin duda también la burla de algunos típicos mexicanos. Estas deben ser razones suficientes para homenajear el inmenso talento de Roberto Gómez Bolaños, que logró sacar risas a más de una generación, por más de treinta años. Mi primer y más grande recuerdo televisivo, se lo debo a sus programas. En especial cuando durante tres años, el canal peruano América Televisión, que veíamos a través del cable, transmitía diariamente en su franja infantil de las 17:00 horas, una hora del Chavo del Ocho, imperdible en mi casa y los fines de semana, después de las 13:00 horas y hasta las 18:00 horas, inclusive, capítulos memorables, brevemente interrumpidos, del Chapulín, Vicente Chambón, Los super genios de la mesa cuadrada, Los Caquitos, Los Chiflados y las talentosas parodias del Gordo y el Flaco y Charles Chaplin, que nos unieron frente a la televisión, en horas de risas hasta las lágrimas a mi abuelo y a mí. Lo cual fue, en mi caso personal, uno de los mayores sucesos de Gómez Bolaños, y el único que ha conseguido hacer que mi abuelo viera la televisión, sin dormirse, por más de una hora. El mismo Cantinflas quiso hacer uso de los guiones de Roberto Gómez Bolaños en alguna película, que nunca llegó a rodarse. Son inolvidables las particularidades del Chavo, las rabietas de la Chilindrina, el amor de doña Florinda y el Profesor Jirafales, las tonterías de Kiko, y los amores de doña Cleotilde para don Ramón. Pero también como son memorables sus escenas, llevadas a término hacia 1984, son también lamentables las discusiones públicas que se han generado entre Gómez Bolaños, y los actores que dieron vida a sus personajes, que hoy todavía son un pleito legal, como el llevado a cabo con Carlos Villagrán, Kiko, y María Antonieta de las Nieves, la Chilindrina, por el uso y usufructo de estos personajes.  Pero nada ha logrado empañar, ni opacar, la fuerza mediática de todos los programas, que son diariamente transmitidos, en uno o más canales de las televisiones desde México hasta Chile y Argentina, que se mantienen vigentes comercialmente (Una estadística reveló hace años, que el Chapulín era el personaje infantil más popular después de Mickey Mouse, entre los niños latinoamericanos) y que trascendieron las barreras, que mencioné en un principio, de la lengua y la cultura, siendo programas vistos en Italia, Paris y Rusia. Y que aún hoy, cuando ya no está mi abuelo para acompañarme y cuando ya no soy la niña de antes, siguen causándome risa y pasando por la pantalla de mi televisión, cada vez que pueden verse. Porque hay risas que definitivamente son eternas: las que saca un buen humor.


Sobre Roberto Gómez Bolaños

Nacido el 21 de Febrero de 1929, en una familia de clase media, Roberto Gómez Bolaños fue cercano al mundo de los medios, de las artes y las letras, por su padre que era un reconocido pintor, dibujante e ilustrador de distintos diarios y revistas. El apodo de “Chespirito”, le fue puesto por Agustín Delgado, director de cine, en una ocasión en que le dijo que él era un “Shakespeare chiquito”. Con estudios en ingeniería, carrera que nunca ejerció, Roberto Gómez Bolaños se convirtió en guionista de Radio y Televisión, poniendo en la década del los sesenta dos de sus programas en los primeros lugares de sintonía en México: El Estudio de Pedro Vargas y Cómicos y Canciones. En el 66 Mario Moreno “Cantinflas”, quiso trabajar con los guiones de Gómez Bolaños, en una serie que se  llamaría eventualmente “El Estudio de Cantinflas”, pero que no contó con el apoyo del patrocinador. En el 68, llegarían programas como Los Supergenios de la mesa cuadrada y El ciudadano Gómez, primero en sintonía. En el 70, vino la consagración, cuando el canal le extendió el tiempo de transmisión de sus programas, surgiendo así con el nombre de “Chespirito”, en donde se interpretaban diferentes sketches, que a su vez empezaron a dar a luz personajes emblemáticos como “El Chapulín Colorado” y “El Chavo del Ocho”, cuyo éxito fue tal, que todos fueron tomados como series independientes en horario estelar, con los promedios más altos de sintonía, así durante 25 años ininterrumpidos y retransmisiones en toda Latinoamérica y España. En el 78, la película El Chanfle, escrita, dirigida, producida y actuada por Roberto Gómez, fue record de taquilla. En el 99, la obra 11 y 12, fue puesta en escena con una permanencia en cartelera de cuatro años, confirmando la vigencia y talento de su autor. Las giras que acercaron al público Latinoamericano con “Chespirito” y todos sus personajes y programas, fueron gigantescas, llenando por dos veces en el 77 el Estadio Nacional de Santiago, Chile y el auditorio Luna Park de Argentina, en donde tuvo que dar catorce funciones más de las programadas. En el 83, fue el turno del Madison Square Garden y de nuevo en Chile, desbordaría la Quinta Vergara en Viña del Mar, con todos sus aficionados.  Entre los personajes mas destacados que ha creado Roberto Gómez se encuentran: ‘El doctor Chapatín’ (1968-1995), ‘Chespirito’ (1968-1995), ‘Charles Chaplin’ (1970-1994), ‘El Chapulín Colorado’ (1970-1993), ‘El Chavo del Ocho’ (1971-1992), ‘El Chompiras’ (1973-1995), ‘El Gordo y el Flaco’ (1974-1993), ‘Chaparrón Bonaparte’ (1980-1995), ‘Vicente Chambón’ (1980-1984).





RODRIGO LIRA: LA LOCURA VUELTA EXTRAVAGANCIA POETICA

22 11 2005

Es todo un personaje dentro de la literatura chilena. Se trata de RodrigoLira (Santiago, 1949 – 1981). Un

Rodrigo Lira

Rodrigo Lira

irreverente polémico y loco, cuya poesía no debe ser excluida, ni obviada dentro de las antologías poéticas chilenas. Su carácter solitario y esa manía de la reacción exagerada frente a los autores que eran sus contemporáneos, lo llevaron a cometer algunos excesos, como corregir, hasta la fatiga, una novela del también escritor Enrique Lihn, su contemporáneo. El atrevimiento de Rodrigo, fue respondido por Enrique Lihn con un soneto que expresaba su disconformidad:

“Halagándome siento don Rodrigo
de un ejemplar de vuestra mano pía
- La Orquesta de Cristal – se me confía
a mi que (¿soy su autor?) mi buen amigo.

Veo que ese pasquín le importa un higo
Lira, pues de otro modo no sería
Plausible que se enferme de miopía
Mendandolen la plana que le digo:

Enrique Lihn – mi invento – el escribano
De erratas tales y a granel, le tiende
Confusamente mi interpósita mano.

Ha trabajado usted como un enano
Y eso, Lira ejemplar, muy bien lo entiende
Otro gigante, Respetable Hermano.”

El soneto tiene dos firmas, la del mismo Enrique Lihn y la del álter ego de este y protagonista de la obra “La Orquídea de Cristal” Gerardo de Pompier.

Rodrigo Lira estaba loco, literalmente. Los médicos le habían diagnosticado “esquizofrenia hebrefénica”. Un desorden mental que influyó en su decisión terrible del 26 de Diciembre de 1981, cuando cumplía 32 años y se suicidó. Y esa locura, ¿también influyó en su excelente poesía?. Seguro. Un autor puede ser influido directa o indirectamente por su propia enfermedad, pero eso no lo hace mejor, ni peor, simplemente lo hace más humano. Rodrigo Lira fue un exponente de la poesía con visos de cultura pop, de una escritura nada pulcra, desordenada, como su mente, desprovista de la claridad lírica de autores como el mismo Lihn. Y es precisamente la forma, los trazos que hace con las palabras, lo que dibujan un mapa sin norte ni sur, de sus temáticas con muchos contenidos: social, emocional, personal, entre otros. Leído, un poema de Lira puede resultar al oído, lo más atípico a un poema, pero las mismas palabras se resisten al sonido de ser solo palabras y se convierten, gracias al ritmo que él sabía controlar perfectamente, en un diálogo fluido, dentro de uno
mismo, con el autor y su pensamiento. A pesar de esto, la sensación que deja después de su lectura, es de estar frente a un túnel muy oscuro. Quizás la mejor palabra para definir esa sensación es vértigo. Y es al vértigo al que hace alusión Roberto Merino, en el prólogo de un libro póstumo del autor, publicado como reedición en 2003, llamado: “Proyecto de Obras completas”. Este mismo, ya había sido publicado por primera vez en 1984, editado y compilado por Enrique Lihn y Oscar Gacitúa, con una tirada de 500 ejemplares. Esta obra tiene su origen en una carpeta que Rodrigo elaboró cuidadosamente con varios de sus poemas, para participar en el concurso de poesía de la Municipalidad de Santiago y que envió poco antes de morir. Oscar Gacitúa, conserva, además, la obra pictórica de Rodrigo Lira, que no es menos impactante que su obra poética. Con intrincamientos y laberintos insondables. Eso sí. En ambas hay una mirada bien definida, ni profunda, ni marcada, solo bien trazada, hacia lo abstracto. Lira es uno de esos autores de vidas intensísimas, que dejan una huella y una tremenda inquietud por los ríos desbordantes de talento, que navegaban en medio de horribles pantanos de soledad, licor y demencia. Su poesía es una parte importante en la historia literaria chilena, como ya lo dije, pero no por la intensidad de su vida, no por el odio tan cercano al cariño que expresaba por sus contemporáneos, como el mismo Lihn y que generaba tanta polémica entre los de su generación, sino por
la capacidad, en medio de los evidentes problemas que tenía, de transmitir esa misma intensidad, desordenada y febril, en una obra que hoy debe ser leída con respeto y considerada con actitud atemporal. Rodrigo Lira puede estar tan vigente para los lectores hoy, como lo estuvo para los amigos y colegas de clandestinidad de su época (entiéndase Gregory Cohen, Roberto Brodsky, Mauricio Electorat, Francisco Zañartu y Diego Maquieira, entre otros). Clandestinidad por gusto y no por necesidad. Cuando todos eran más jóvenes y hacían juntos locuras, mucha literatura y veían decaer a un hombre que era la encarnación misma de la locura vuelta extravagancia poética.


MUESTRA DE POESIA DE RODRIGO LIRA

Nada ha muerto
sólo mi mirada
Desolada
Os digo que nada ha muerto
Que me jugué las cartas,
Los poemas
Y todo se carcome
Hasta la bestial soledad
El inencontrable muerto amor,
Que no vale la pena
Un vino tibio. Rojo
Alegorías
La puerta se ha cerrado.
De ahora referencias

Los golpes hermano, los rudos golpes
En la crónica roja documentando
Mi silencio
Los golpes hermanos, los rudos golpes.

COMUNICADO
A la Gente Pobre se le comunica
Que hay Cebollas para Ella en la Municipalidad de Santiago.
Las Cebollas se ven asomadas a unas ventanas
desde el patio de la I. Municipalidad de Santiago.
Tras las ventanas del tercer piso se divisan
unas guaguas en sus cunas y por las que están un poco más abajo
se ve algo de las Cebollas para la Gente Pobre.
Para verlas hay que llegar a un patio
al patio con dos Arboles bien verdes
después de pasar por el lado de una como jaula
con una caja que sube y baja
después de atravesar una sala grande con piso de baldosas
y con tejado de vidrio
con unas señoritas detrás de unos como mostradores
después de subir unas escaleras bien anchas
después de pasar unas puertas grandes
en la esquina de una plaza que se llama”de Armas”,
en la esquina del lado izquierdo
de una estatua de un señor a caballo, de metal,
con la espada apernada al caballo
para que no se la roben y hagan daño.
Ahí, debajo de las ventanas con las guaguas,
están las Cebollas.
No sé si podra conseguir
unas poquitas.
El caballero que maneja el ascensor ese, con paredes de reja,
me dijo que eran para la gente pobre.
Después, dijo algo del Empleo Mínimo.
Yo tenía que irme luego a comprar un plano de Santiago y una máquina de
escribir.
(sucedido y escrito en junio de 1979).

SOBRE RODRIGO LIRA
Rodrigo Lira nació en Santiago en 1949 y realizó sus estudios en el colegio Verbo Divino y luego en la Escuela Militar. Intentó varias carreras universitarias: sicología, filosofía, arte y lingüística. Su campo de actividades se centró en el ex-pedagógico de la Universidad de Chile, al cual llamaba su “nicho ecológico”. Su trabajo poético tuvo difusión en el ámbito universitario y en revistas literarias publicadas por pequeñas agrupaciones surgidas en los años ‘80. Durante su vida ganó algunos concursos, siendo el más significativo el organizado por la revista “La Bicicleta” en 1979, triunfando con el poema “4 tres cientos sesenta y cincos y un 366 de onces”. A temprana edad se le diagnosticó esquizofrenia, la que influyó de manera decisiva en los principales aspectos de su vida. Pero nunca perdió la característica del humor y el sarcasmo. Fue un hombre necesitado de mucho afecto y quizá sea por eso que su manera de vestir o lucir su figura era una permanente necesidad de llamar la atención. Esto también se manifestó en su obra poética. De hecho en sus presentaciones -como recuerda Roberto Merino- “Lira se presentaba en los escenarios con un grueso rollo de papel, que se iba desparramando por el suelo en la medida en que leía”. Poco antes de su suicidio el 26 de diciembre de 1981, a los 32 años, se presentó en el programa de televisión “Cuanto vale el Show”, donde interpretó un parlamento de Otello de manera excéntrica y gesticulaciones sobreactuadas. Tras su muerte sus amigos y pequeños grupos literarios transformaron a Rodrigo Lira en una especie de mito urbano-transgresor.





JORGE FRANCO RAMOS: LA REALIDAD VIVE DE LA FICCION

15 11 2005

Leo con atención la nueva narrativa latinoamericana, desde México hasta Chile y Argentina. Lo hago solo por estar al corriente con lo que las “nuevas voces dicen”. Las “nuevas voces”, por supuesto, es una forma de llamar al grupo de talentosos y no tan talentosos escritores modernos, que nacidos en distintos lugares de latinoamérica, tienen una forma muy interesante de escribir, de contarnos sus cosas y que han traspasado fronteras, precisamente escribiendo fuera de ellas. De mis lecturas saco muchas conclusiones. Algunos son aventajados alumnos de las figuras del boom, aunque se empeñen en negarlo y en diferenciarse de todas las formas. Álvaro Castillo, fuente inagotable de lecturas, un lector de marca registrada, me da un consejo: me dice que la vida es muy corta para todo lo que hay que leer, y que por tanto no me enfoque “principalmente” en la literatura contemporánea. Tiene razón. Pero no puedo evitar encontrarme con sorpresas muy bien escritas, con historias muy bien contadas y que me permiten llenar algunas cuartillas con conclusiones agradables. (Porque de las cosas que no me gustan, prometí nunca escribir, después de conocer un desagradable caso). De Héctor Abad a Santiago Gamboa y Fernando Iwasaki, me encuentro con obras interesantes, en las que muchas veces me he visto reflejada. Pero en esa línea trazada por los diferentes autores contemporáneos, hay una curva. Una especie de descanso en el camino, en el cual me detuve hace cinco años ya, y que volví a encontrar hace poco. Los libros no son los mismos cuando se leen en distintas épocas y es por eso que Rosario Tijeras de Jorge Franco Ramos (Medellín, 1964), ya no es la misma después de todo ese tiempo. La historia delirante de una mujer hermosa, fuerte y agresiva, detrás de la que se esconde una vida de situaciones extremas
de miseria y dolor que la llevan a meterse en el mundo de la mafia y el sicariato y a compartir su amor y sus desmanes de locura, con dos amigos de familias ricas. El narrador en la obra, es uno de los hombres que sucumbió al encanto de Rosario, y que sin duda fue el que más la amó. Desde los pasillos del hospital donde Rosario se está muriendo, el recuerda todas las vivencias que junto a Emilio su mejor amigo, experimentaron en compañía de Rosario, usando la técnica cinematográfica del “flash back”, para darle la cuota de suspenso, emoción y fluidez a la narración. La vida de Rosario es fuerte. Todo, de la forma en que lo cuenta Franco, da una tácita justificación a las acciones de Rosario y esboza la situación real de un Medellín adolorido, tanto para la alta
sociedad, de familias acomodadas e ilustres e hipócritas, como para esa parte de la sociedad humilde y humillada, que vive en la periferia y que como Rosario, soportan una vida cruel. Y es en Rosario y sus dos amigos que se concentran todos los contextos sociales, todas las verdades de esa realidad que muchos autores, de un tiempo hasta ahora, intentan esbozar de una u otra forma, con las palabras y argumentos que son parte de esa realidad. Una forma, quizás, generalizada en los autores de ahora en Colombia, de romper lazos con ese realismo mágico que los precedió, para afrontar las verdades como son. Con las historias que ocurrieron. Pero el mérito de Jorge Franco no está en ese punto solamente, su validez, que le da a “Rosario Tijeras” (y a sus otras obras, sin duda) la fuerza de una historia imprescindible para el lector, radica en ser consecuente con la ficción. En la literatura, especialmente en los géneros que corresponden a la narrativa, la ficción es el insuflo de vida de la realidad. Es la ficción, es la aplicación de la imaginación y en ocasiones la fantasía (como decir que los besos de Rosario saben a muerto) lo que nos hace, a los lectores por lo menos, ver la realidad claramente, dilucidar algunas verdades, nuestras verdades, a través de un cúmulo de mentiras. Pero no cualquier clase de mentiras. Tampoco cualquier clase de ficción. Solo las mentiras bien contadas. Solo la ficción bien escrita.

Así, Rosario Tijeras elogiada y respetada por una nutrida crítica, y por quien esto escribe, es una obra que me suscita ahora, más que ayer, las mejores sensaciones, entre ellas, de encontrarme con un autor pulcro, con una obra apasionante de principio a fin, atrapante, en donde crujen juntos, la muerte, el dolor, la tristeza, la alegría y el sexo, vistos desde sus ámbitos más extremos, vueltos realidad y leyenda delirante, en la vida de una mujer: la misma vida de Rosario Tijeras.

SOBRE JORGE FRANCO RAMOS

Escritor colombiano nacido en Medellín. Estudió Literatura en la Universidad Javeriana y realización de cine en la London International Film School. Fue miembro del Taller Literario de la Biblioteca Pública de Medellín que dirigió Manuel Mejía Vallejo, ganando su primer concurso literario con el libro de cuentos Maldito amor (1996). Ha publicado las novelas Mala noche (1997), Rosario Tijeras (1999), su obra más conocida, traducida a varios idiomas, y Paraíso Travel (2000). Ha publicado cuentos y artículos en diversas revistas. Reside en Bogotá. (edlp)

Más del autor en:

www.jorge-franco.com





SOBRE BUENOS VINOS…

10 11 2005

Con humor, como todo lo suyo, DANIEL SAMPER escribió para la revista “CARRUSEL”, que publica el diario “EL TIEMPO”, que para describir un buen vino, no se necesita de complicados cursos de enología. La solución está en darle al vino las mismas características de un personaje reconocido públicamente. Siguiendo sus indicaciones, yo decidí en una reunión, comentar sobre un vino, dándole las caraceterísticas del mismo DANIEL SAMPER, y esto fue lo que resultó. “Es un vino con muchísimo cuerpo, más robusto que delgado. Con un gusto muy fuerte a frutos silvestres ácidos, que le da el buen toque al paladar. Se nota que está influido por un proceso que involucra una encantadora e innovadora mezcla de maderas viejas y esencias de menta fresca. Me parece que puede caer pesado con carnes tan lúgubres como este filete con salsa de espárrgos a la griega, y, por el contrario, debe ser exquisito acompañado de esas empanadas chilenas de pino que tienen MUCHO MUCHO AJI PICANTE. Ah! – y aquí dije con gravedad – Nótese también los tintes rojos que le dan cierta alegría al romerío de copas en esta buena mesa.





LOS HOMBRES QUE NO SON DE MI GENERACION (RESPUESTA AL ARTICULO DE SANTIAGO GAMBOA: “LAS MUJERES DE MI GENERACION”)

3 11 2005

Es el único tema en el que soy radical e intolerante. En el que no escucho razones: los hombres que no son de mi generación, son los mejores. Y punto.  Y pido sinceras disculpas a Santiago por plagiar abierta y descaradamente el inicio y la línea de su artículo, pero esta es la primera respuesta que se me viene a la cabeza cuando lo leo.

Por muchas razones, tantas que no las podré mencionar todas, los hombres que no son de mi generación, son los mejores. Nacieron entre el amplio espacio de tiempo que va del 58 al 69, por su edad podrían ser mis padres, mis tíos, mis hermanos muy mayores, los primos viejos de mi familia, pero nunca los podré ver así. Son demencialmente seductores, aún cuando estén quedando calvos, tenga la tremenda panza y se les empiece a entintar de cano el cabello. Aún cuando mis amigas los encuentran “viejos” y “aburridos”. Y es que no hay remedio, yo confieso que a sus pies caigo rendida. No todos son así, no. Menudo mundo que tendríamos si fueran iguales!. No. Son aquellos que tuvieron sueños de verdad desde jóvenes, que nacieron y se criaron en cualquier ciudad de Latinoamérica elevando cometas, o jugando con carritos de madera. Aman el lugar donde crecieron, pero no por eso se estancaron ahí, sino que abrazaron Europa para estudiar, para abrir sus mentes. Y no solo Europa, porque además son viajeros incansables. Se atrevieron a contrariar las voces más fuertes del momento y defendieron hasta el final sus ideas, sin dejarse arrastrar por los embrujos mediáticos. Son especiales. Son diferentes. Son otra cosa. Ahora son abogados, ingenieros, doctores, y sin desmerecer a éstos, los mejores son periodistas y escritores. Están en las ferias de libros, en las portadas de las revistas, invaden el google y tienen una mirada irresistible, ya sean vistos personalmente o desde la foto que corona sus artículos, que publican en las mejores revistas. Y aquí hago otra fuerte confesión: son mejores revistas porque están ellos allí. No más.

Algunos, la mayoría, están felizmente casados y tienen hijos. Otros están divorciados o divorciados y vueltos a casar. Otros simplemente tienen una pareja. Lamentablemente me he encontrado con pocos de ellos en mi vida. Tienen la mente abierta como un hermoso abanico japonés que alguna vez tuve, son de gustos multiculturales y aunque nacieron y vivieron en plenitud el mareante boom latinoamericano, supieron darle la espalda y decirles “en buena onda” a todos que no harían más de lo mismo, a pesar de las críticas. Son innovadores, se reinventan en cada cosa que hacen, se la juegan hasta el final, tienen para todo argumentos sólidos. En resumen, se puede sostener con ellos una conversación interesante, aunque solo se hablen nimiedades y frivolidades. Qué diferencia a los hombres de mi generación! Esos que andan por ahí, pensando en dejar correr la vida, sin mayores ilusiones, con un pensamiento atascado en el play station y la basura de la televisión, que desperdician, sin miramientos, cualquier cosa buena que tienen. Esos que aún siendo universitarios o hijos de familias con educación, tienen la cabeza infestada de “modernidad” y excusas para vagar. Los jóvenes de ahora, – no digo que todos, pero la gran mayoría – no son como los jóvenes de esa época, que ahora son unos interesantísimos hombres maduros. Y no hay vuelta de hoja, solo hay que aceptarlo. No estoy segura si es bueno o no sentir nostalgia por tiempos pasados que no he vivido, porque no estaba ni siquiera en los proyectos de vida de mi madre, pero es inevitable comparar, aunque para muchos sea odioso. Los hombres que no son de mi generación, tienen el encanto que da la intelectualidad y la propiedad de sentimientos claros y firmes. Ellos, son capaces reconocerse en el cuerpo de las mujeres que tienen a su lado, y marcando una profunda
diferencia frente a otros hombres, son capaces de ver en una mujer primero su mirada y su sonrisa, antes que los pechos o la cola, son caballeros, son alegres y divertidos, tienen un fino y especial sentido del humor. A pesar de ser famosos – algunos, incluso, venir de familias famosas – son humildes, te firman sus libros, te hablan con su acento de cuna, a pesar de haber vivido años en otros países, mientras yo ya perdí lo que quedaba de mi acento con tan poco tiempo de autoexilio. Hasta sus defectos los hacen interesantes. Yo, de hecho, les puedo perdonar que sean mujeriegos unos o muy fieles otros, que de repente sean tercos, que no les guste la música pop, que me encuentren muy joven (o muy “niña”) que odien responder los mails y que se lleven de pelea con la computadora. Todo lo compensan siendo como son. Aceptan que la mujer tome la iniciativa, que los seduzcan, porque no son para nada machistas y son tiernamente educados. Sin conocerlos, se que puedo escuchar con ellos a Silvio Rodríguez y a Pablo Milanés, y a Santana. Ó ver a Kubrick, a Fellini y a Woody Allen, ó hablar de Kafka, de Dickens, de Joyce o de Cortázar. Podemos hablar también de política y de religión, temas peludos y espinozos, desde todas las perspectivas, y hasta aventurarnos a sacarle algo de lustre al mundo actual, porque están embrujados con la mezcla perfecta de experiencia y deseos de aprender cosas nuevas.  Se que me tratarían como a una rareza, si les digo que, a diferencia de las demás mujeres de mi edad, ellos son mi equivalente de Brad Pitt y Tom Cruise. (Y nótese que éstos, tampoco son de mi generación). He aprendido y de seguro aprenderé todavía mucho más de ellos. Son hombres que no tienen afán de transformar el mundo, pero que dejan sentir su voz y la hacen correr fluidamente en lo que escriben, presumiendo que no hacen nada particularmente especial, que solo siguen una vocación o dan rienda suelta a los mandatos de una imperiosa necesidad, sin medir el termómetro de ideas, opiniones, discusiones y aportes que alborotan alrededor, como se alborota el polvo con una corrida de caballos. No entienden de armas pero usan la literatura como si fuera un arsenal y ellos unos perfectos y entrenadísimos militares.

Son apasionados. Llama siempreviva.

Son capaces de ser muy amigos entre ellos, a pesar de sus diferencias de pensamiento tan marcadas y son capaces de reconocer que les gusta mucho el sexo (Bueno, a quién no?). No andan buscando una mujer perfecta, con cuerpo de diosa. Pero les encantan las diosas con piel de humanas. De hecho, ellos quizás no lo sepan, pero son dioses con piel de humano. A mi me enloquecen y me atraen. Persigo sus artículos, y hasta los echo de menos de vez en cuando y casi ninguno sabe que existo. Son tenaces y me contagian su perseverancia. Se impregnan de la realidad de sus países, pero no la llevan a cuestas como exprimiéndola, simplemente la condenan y la alaban – según la circunstancia –.

Y son tan especiales, que me provocan todo esto que escribo y hasta más. Para mí que nací en el 85, no hay ninguno como ellos, y hasta me atrevo a sugerir que también provocaron mi reticencia al matrimonio y los compromisos, porque, hombres como ellos, siempre están comprometidos o muy ocupados, y si yo no puedo estar con uno de ellos, pues no vale la pena estar con nadie!. Y en esto último también soy tajante: no acepto por respuesta el típico: “estas muy joven aún” ó “te falta tanto por conocer…”.

Los admiro desde que tengo catorce años, cuando los descubrí en el revistero viejo de mi abuela, en la moderna biblioteca de algún papá de una compañera de colegio o en las tantas veces que me escapé de mi abuelo, para ir a un “cibercafé”, cuando éstos recién comenzaban a pulular en Cartago (yo conocí la tecnología a los catorce, también). Recorté sus fotos, a escondidas, para pegarlas en las murallas de mi cuarto, junto a una del Che y otra de Tom y Jerry, haciendo un mural que con el tiempo sobrevive, a pesar de las mudanzas de casa y de país. Me inspiran y me sonrío cuando los llaman “nuevas voces”, “nueva generación”, “jóvenes talentos”, porque ellos no lo creen así. Todos tienen un viejo en su interior, que se mezcla exquisitamente con el Joven. Y así me gustan.

Definitivamente sólo puedo concluir: ¡Qué guapos son, por Dios, los hombres que no son de mi generación! Confieso que me hacen suspirar.