Si bien, “Mírame cuando te ame” no es la novela más conocida – es más, ni siquiera sé si ha sido publicada – de Fernando Iwasaki (Lima, 1961), es, dentro de lo que he leído de Fernando, uno de sus mejores trabajos narrativos. Ambientada en los años setentas, esta novela corta – ¿o cuento largo, como se cuestionaba un personaje de García Márquez en una de sus obras? – es el extracto de una radiografía de la burguesía peruana, vista desde un punto de vista particular. ¿Por qué particular?. Hace cuatro años, más o menos, José Saramago conversó en el Teatro Gaitán de Bogotá, Colombia, con el periodista Germán Castro Caycedo, una de las cosas que dijo Saramago es que la historia no ha sido escrita, no ha sido contada y no ha sido estudiada, desde el punto de vista de los vencidos, sino de los vencedores, no desde el punto de vista del esclavo, sino del amo. Entonces, por consecuencia, nos hemos perdido una gran parte de la historia, quizás la más verdadera, la más sincera… Pilar, la protagonista de esta novela, es la ficción de algo parecido a esa realidad, ella cuenta la historia, desde el punto de vista de los decepcionados. Su personaje, una mujer madura, inteligente, con un pensamiento muy crítico y autocrítico, que un día se encuentra con Enrique, un joven, muy educadito, hijo de papi y mami, burguesito políticamente correcto, profesor, a esas cortas edades, de su hijo Juan Carlos – Enrique era un caso atípico de hombre romántico que se guardaba para la mujer que sería su esposa y su mujer para siempre – enfrenta el choque de generaciones, como la metáfora de los ecos del pasado, que se encuentran cara a cara, con el futuro que no se podía predecir, y que es a la vez su presente. Presente, representado por el protagonista y que se rebela, reclama y cuestiona, pero no teme aprender, empaparse de la experiencia. Y qué puede suceder cuando hay una colisión temporal entre un hombre y una mujer, en el momento adecuado, bajo las influencias de pensamiento precisas? Esa es una parte importante de las excelentes maniobras narrativas del autor, que vuelca, con mucho estilo, entre las líneas, cargas de fino erotismo, de pasión, pero no de pasión desmedida, sin ton ni son, sino de esa pasión que nace, cuando Enrique, que no tiene ninguna experiencia, puede beber de la fuente inagotable de placeres, que le ofrece Pilar. Una forma, también, de enfrentar al sexo, con los acartonamientos e hipocresías de esa sociedad enviciada. Pero que sin duda guarda el fondo emocionante, de una relación que aparentemente solo va a girar en torno a fogosas escenas, y que nos sorprende con pasajes de una tremenda fuerza emocional, gracias a esa concepción del amor que se refiere al sentimiento que nace, de darlo todo, de entregarse, sin el egoísmo de esperar la vuelta de mano, el cambio de la moneda. (De hecho Enrique no se sentía celoso de los otros hombres que imaginó tenía Pilar). El jovencito inexperto, aprendió, de todas formas, como hacer feliz a una mujer, como tratarla, como controlarse, pero eso fue solo el preludio, para aprender la verdadera forma de amar, esa que quizás es única y es aquella que inunda los momentos de los amantes, con miradas que no traicionan. Miradas directas a los ojos. Para Iwasaki, esta no es una forma nueva, ni una temática casual, es muy recurrente en sus obras – narrativas, por supuesto – el ensalzamiento de la mujer madura, con las experiencias y huellas importantes para marcar en el corazón. Solo ella, la que puede enseñar sobre mirar cuando se ama.
MIRADAS QUE NO TRAICIONAN.
20 12 2005Comentarios : Deja un Comentario »
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