Por Luis Fernando Afanador.
Jorge Edwards nació en Santiago de Chile en 1931. Obtuvo el Premio Nacional de literatura de su país y en 1999 el Premio Cervantes, uno de los máximos galardones de la lengua española. Ha sido cuentista, novelista y diplomático. Sus libros más conocidos son Persona non grata, la primera crítica de un intelectual latinoamericano a la revolución cubana y Adios Poeta, un retrato íntimo de Pablo Neruda.
Edwards estuvo en Bogotá para presentar su última novela El inútil de la familia, la cual ha tenido una recepción muy favorable en Chile y en España por parte de la crítica y de los lectores. Allí, a la manera de una biografía ficticia, cuenta la historia de su tío abuelo Joaquín Edwards Bello, un escritor y periodista de vida escandalosa que llegó a ser muy conocido en su época y que terminaría suicidándose a los 81 años.
El crítico Julio Ortega dijo que El inútil de la familia es su obra maestra, ¿usted qué opina?
Yo no sé si es mi obra maestra. Si uno a la edad mía –que es una edad bastante avanzada- escribe su mejor novela
no está mal. Es mejor que digan eso a que digan que uno está en decadencia.
¿Qué lo llevó a escribir sobre Joaquín Edwards Bello, ese familiar suyo que fue una leyenda por su vida escandalosa y bohemia?
A Joaquín lo vi muy poco. No le gustaba que lo vieran porque había quedado paralizado en la mitad de la cara y se ponía una máscara. (Cuando le conté a Borges esta anécdota, dijo con el humor lapidario que lo caracterizaba: “el hombre que ríe”). Pero en fin, sabía cosas de Joaquín, conocía gente que lo conoció y que recibía cartas de él. Fui absorbiendo ese material sin el ánimo de escribirlo y, de repente, hace unos 5 o 6 años, me vino la idea de escribir sobre este hombre.
Escribir sobre personajes literarios es una tendencia de la literatura actual.
Ahora se escriben muchas novelas sobre personajes literarios –que a veces me parecen un poco forzadas- pero como yo tenía este personaje en la familia me salió natural.
Usted ha dicho que encontró la clave de la novela cuando decidió contar la vida de Joaquín como si fuera la suya.
Esa voz es lo esencial en este libro, esa voz permite que este libro funcione como novela, eso permite entrar en la conciencia de este personaje, entrar en la realidad con un acto de ficción. Por ejemplo, el primer capítulo en el que Joaquín pierde todo su dinero. Yo conocía esa historia del hipódromo de Chile y las apuestas, pero entrar en esa mañana, entrar con él a ese hipódromo, ver a los personajes apostar por el caballo, me lo inventé. La galería, los personajes, el número de los boletos: ya ahí estás en la ficción.
Usted imagina los detalles. Algo parecido deben hacer los historiadores.
La historia es ficción, este texto hace pensar que ficción e historia están en terrenos cercanos.
Sin embargo, ¿porque aclara desde la primera frase de su novela que Joaquín Edwards es real?
Me interesó hacer notar que eso no es un invento mío, que se trata de un personaje que existió. Es como dar una sensación de realidad, un elemento necesario para un lector no chileno.
También es una tendencia de la literatura actual mezclar los géneros: lo biográfico con lo novelístico y lo ensayístico en una suerte de mestizaje.
Yo había hecho ficción y no ficción pero separadas. Cuando hice no ficción lo hice con el tono, el ritmo del novelista: en Persona non grata describí atmósferas, diálogos. Y cuando hice ficción, lo hice a la manera de la no ficción, haciendo que pareciera historia o crónica. Soy muy lector de escritores que son cronistas-novelistas, como Stendhal.
Entonces Joaquín Bello tiene mucho de Jorge Edwards.
Cuando un novelista escribe sobre un personaje que es novelista está escribiendo sobre él. Cervantes cuando escribe sobre El Quijote lector, escribe sobre él. Cuando dice que El Quijote era poeta a sus horas, bueno, Cervantes era ocasionalmente poeta a sus horas. Esa novela es más autobiográfica de lo que se cree. Flaubert dice que Madame Bovary es él, y yo puedo decir que Joaquín soy yo. Siempre es una broma, es una invención tuya que se parece mucho a ti y que te permite exorcizar cosas y desahogarte. Para mí esta novela es el problema de la escritura. Reflexiono deliberadamente sobre la escritura a través de otro escritor, pero otro escritor que existió.
¿Quién fue en realidad Joaquín Edwards?
En el fondo fue un romántico. Y, en cierto modo, más personaje que escritor, siendo muy buen escritor. No hay que olvidar que era muy buen escritor, sobre todo gran cronista. En la crónica llegó a momentos de una soltura y de una libertad narrativa fantástica. Quiso tener el gran éxito literario de los personajes que lo fascinaron: Salgari, Blasco Ibáñez, Ponson Du Terrail, el protagonista de las novelas de Rocambole. A él le habría gustado ganarse millones de dólares como Blasco Ibáñez y llegar en un yate a Valparaíso, impresionando a todos. Aunque tuvo siempre conflictos con el dinero, le gustaba mucho.
En su investigación, ¿qué descubrió de él que no conociera?
Descubrí su lado tierno. Al final, su enamoramiento de viejo con una mujer mucho más joven que él, con una mujer popular de otro mundo social, fue algo muy auténtico. Abandonar su clase social fue algo que lo transformó y lo conmovió por entero. Escribió una crónica muy bonita sobre esto donde dijo: “cambié de familia, cambié de barrio, de clase, y soy feliz”. Y fue verdad, alcanzó un tipo de felicidad.
¿Se queda en gloria local?
Se queda en gloria local. Aunque tuvo algunas ediciones españolas y fue más o menos conocido en Buenos Aires. Casinos- Assens escribió un prólogo muy bueno a su novela El chileno en Madrid.
¿El drama de Joaquín Edwards finalmente es el de haber querido ser un artista en una época mojigata y en un medio burgués intolerante?
Tiene razón, pero le digo algo más: no creo que se pueda hacer verdaderamente novela sobre un tipo de gran éxito. Por ejemplo, hacerla sobre un escritor triunfal. Sobre Vargas Llosa yo no podría escribir una novela. Creo que se puede escribir sobre héroes parciales; por lo menos a mí me resulta mejor escribir sobre alguien que tenga un lado luminoso y simpático, pero también un lado oscuro, incompleto.
Eso del escritor marginal, ¿no resulta un poco anacrónico?
Para su familia, Flaubert fue un inútil. Llegaron a decirle “el consumidor”. A Joaquín le sucedió lo mismo: en mi familia se conocía como “el inútil”. Cuando yo empecé a escribir me decían esas cosas, mi padre se puso muy violento. Sí, ese un tema del pasado, como otra forma de literatura. Ahora los escritores hacen parte del establishment, aspiran a ganar dinero y ganan. Pero yo todavía pertenezco a ese mundo donde escribir era una vocación y no una profesión. Si a mí me dicen te vamos a dar el premio Planeta pero debes hacer una novela en 6 meses no sería capaz a pesar de que me vendrían muy bien los euros del Planeta.
Su generación tenía otra idea de la literatura.
Sí, la literatura como un destino. Cuando de chico leí unos versos, esos versos me conmovieron y de repente ya estaba escribiendo versos: ya me había embromado, ya estaba condenado. La condena es el destino. El destino indicó que tu leyeras a Fray Luis de León, a San Juan de la Cruz, quedaras deslumbrado y te convirtieras en un ser aparte. El destino es el gran tema de la tragedia. Por eso yo insinúo en mi novela que la familia es el coro de esa tragedia. La familia siempre está haciendo advertencias –no hagas esto, no hagas lo otro- como el coro.
¿Qué significa que el Jorge Edwards de la ficción compre el revólver con que se suicidó Joaquín Edwards?
Heredar un destino. La literatura es una forma de suicidio.




