Por Amir Valle, Escritor cubano
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“La especie humana fue una plaga. Existió alguna vez hace muchos siglos en un lugar del Universo que ellos mismos llamaron Tierra”. Así dice un espigado extraterrestre a uno de sus hijos en una pésima película de ciencia ficción que tuvo, al menos, la suerte de hacerme reflexionar con esa frase. Era el año 2002 y acababa de regresar de Gijón, impactado, entre otras muchas cosas, por las palabras apocalípticas de mi amigo, el escritor colombiano Mario Mendoza, cuando anunciaba algo similar: el mundo avanzaba hacia su propia destrucción, en un descenso a los infiernos que él quería atrapar en sus novelas; criterio que compartí absolutamente, lanzando la memoria hacia mi país, hacia la realidad social, convulsa y cambiante de mi país, a miles de kilómetros de la carpa donde escuchábamos aquellas palabras, creo que, por desgracia, proféticas.
De modo que, precisemos: la especie humana es una plaga que hoy vive en el Planeta Tierra. Que se autodestruye. Que se odia a sí misma. Hambre, miseria, desigualdad social, explotación, egoísmo, prostitución, drogas, violencia (y muchos otros términos que omito para no hacer demasiado e

Amir Valle
xtensa esta lista de desgracias) se expanden hoy como una pandemia gracias al mejor y al peor invento del hombre moderno: la globalización. Me duele decirlo. Quisiera soñar que no es cierto.
Sigamos precisando: la marginalidad siempre ha estado asociada a las entes desposeídas de la sociedad. En palabras simples: nos encontramos ante una perfecta pirámide. En la punta, unos pocos, quienes distribuyen de modo desigual la riqueza del mundo, quienes explotan a sus semejantes, quienes siembran el mal del egoísmo y el existencialismo individualista, crean las bases para extender la pobreza, la miseria, el hambre, el desempleo, que a su vez es el caldo de cultivo más perfecto para que germine eso que toda la sociedad llama “Marginalidad”: el individualismo feroz, las formas múltiples de la prostitución, el deseo de escapar de la dura realidad mediante las drogas y el alcohol, la violencia social, para crear esas junglas salvajes donde se impone la ley de la fuerza por el instinto ancestral de conservación que posee toda raza animal, el hombre incluido.
He necesitado extenderme en algunas cuestiones generales que llevan el propósito de ubicar el fenómeno al que haré referencia: la existencia de la marginalidad y la violencia en la realidad social que sirve de material novelable a la promoción de Narradores del 90.
Vayamos al primer paso:
Cuba, donde se supone que existe un sistema creado para eliminar esa marginalidad, eliminando primero los males que la provocan, es hoy un país que bien pudiera llamarse Marginalia. Eso he dicho en muchos escenarios nacionales e internacionales. Me explico: si en otras naciones del mundo, incluso subdesarrolladas como Cuba, la marginalidad puede verse como una bestia que irrumpe en la vida de muchos no marginales escapando de su hábitat, generalmente bien localizado en esas sociedades; en la sociedad cubana esos márgenes, esas líneas limítrofes, se han perdido, y el cubano medio hoy se comporta como un marginal. El escritor argentino Abelardo Castillo, en una entrevista que le realicé hace unos años, en su casa de Buenos Aires, propuso una tesis interesante para entender este fenómeno. Decía Abelardo que el cubano “Era un nuevo modelo de socialismo. No era el socialismo tradicional. Era un socialismo hecho a ver cómo se puede hacer de cualquier manera. Era más criollo, menos teórico. Y con un sentido que no era distribuir la riqueza, porque Rusia, cuando hizo su revolución, era un país muy poderoso, y lo que se estaba distribuyendo era la riqueza. Acá, en Cuba, se estaba distribuyendo lo que había y había que distribuir hasta la pobreza”. Precisemos entonces: al distribuir la pobreza, cosa que hoy sigue sucediendo a pesar de los reconocidos (y cada vez más diluidos) logros en el terreno de la educación, la salud y la seguridad social, y de otros éxitos parciales en la cultura, el deporte y el desarrollo de las ciencias, se iban sembrando los terrenos de la nación con la semilla de la marginalidad, que, efectivamente, creció como la hierba mala, y alcanzó un verdor impresionante, alarmante, cuando cayó con todo estrépito el muro de Berlín, los países socialistas cambiaron de bandera y la Unión Soviética se dividió como una ameba, debilitándose.
Pese a todos los logros ya mencionados, hoy en Cuba se sobrevive gracias a la economía subterránea o mercado negro; la prostitución se ramifica y complejiza burlando la persecución oficial y contaminando cada vez más sectores institucionales y estatales; la droga es un escándalo que va creciendo, y lo peor, la doble moral (en los órdenes político y ético individual) forman parte del ropero usado por los cubanos para sobrevivir: un traje se usa entre las cuatro paredes de la casa (contestatario, crítico, inconforme, marginal) y otro se lleva para salir a la calle y hacer la vida social (complaciente, conformista, justificativo, aguerrido y militante, revolucionariamente hablando).
A esa realidad nos enfrentamos muchos cuando decidimos escribir lo que nos preocupaba, lo que ocultaba la prensa, lo que el discurso oficial obviaba. Nuestra tesis, la tesis de mi promoción, que es la de los nacidos a partir de 1960 era bien sencilla: Fidel y la Revolución nos habían enseñado a pensar; Fidel y la Revolución nos habían dicho: lee, cultívate, piensa, tienes la libertad y la capacidad para decir lo que piensas, ¿cómo era posible que alguien viniera a pedirnos que nos conformáramos con lo que veíamos mal?, ¿cómo podía alguien pensar que no haríamos lo que nos habían pedido: pensar y decir lo que pensábamos?
Por esa razón, a mediados de la década del 80 irrumpe en la Narrativa Cubana un grupo de muy jóvenes escritores que comienzan a tocar temas hasta entonces tabúes para la literatura: temas eternos pero contemplados desde la irreverencia, el desenfado, la rebeldía que nos imprimía nuestra juventud. Queríamos decir que las guerras en África no habían sido únicamente un hecho heroico, y escribimos historias humanas sobre las miserias humanas, ofreciendo la otra cara de la moneda, una cara que se ocultaba y aún se quiere ocultar. Queríamos decir que la juventud cubana no era un todo perfecto, monolítico, jóvenes colmados de virtudes, sin defectos, que asistían a las marchas y participaban en la Revolución, y escribimos sobre los jóvenes drogadictos, sobre los que se suicidaban, sobre los que abandonaban el país, sobre los que asumían la poética de los rockeros, marginándose. Queríamos decir que muchos de los logros de la Revolución eran falsos, mentiras fabricadas por malos funcionarios mientras la nación se desmoronaba, y escribimos en nuestras obras la otra cara de la educación, la otra cara de la salud, la otra cara de ese sistema que descubrimos era imperfecto, pero podía ser perfectible, mejorable si nuestros gobernantes abrían los ojos y dejaban la política a un lado para trabajar en el bienestar del pueblo. Queríamos hablar de males que se ocultaban y eran preocupantes precisamente porque no se quería verlos, y escribimos historias con esos males: la homosexualidad, la intolerancia religiosa, la pérdida de la individualidad, el mundo de los que se iban en balsa de la isla, el jineterismo o prostitución, la falta de libertades para hablar y escribir, y nuestro rechazo a ponernos los trajes dobles de la doble moral.
Fuimos un escándalo. Recibimos censuras, incomprensiones. Se nos marginó más aún cuando ya nos definíamos como marginales. Esos temas requerían nuevos tratamientos, experimentaciones en los planos lingüísticos, estructurales, rupturas con los estilos y corrientes establecidas. Nos toco cambiar la narrativa y dicen los críticos que lo hicimos. El resto de las promociones se alimentaron de nuestras conquistas y hoy la narrativa cubana atraviesa lo que he llamado en mis ensayos “confluencia generacional”, puesto que esos mismos temas, y otros muchos, son hoy abordados por escritores de las promociones del 50, el 60, el 70 y el 80.
Primera conclusión: esa efervescencia de la narrativa cubana que hoy se ratifica con premios internacionales, con el éxito de varios de sus escritores en el mundo editorial internacional, con la inclusión de nuestras obras en los programas de la inmensa mayoría de las universidades de ambos hemisferios, debe mucho a la existencia de estos narradores del 90 que abrieron caminos, rompieron muros, destrozaron tabúes, y recordaron a muchos que las obras de Alejo Carpentier, Lezama Lima, e incluso, más atrás, de nuestro José Martí, fueron obras absolutamente transgresoras, críticas, inconformes, pero siempre revolucionarias, en el sentido de movilidad, transgresión y desarrollo que tiene la palabra “revolucionario”.
Me resulta molesto poner este ejemplo, en momentos en que la intelectualidad cubana lucha interna y externamente por ser una sola dentro del amplio espectro de la Cultura Nacional. Pero debo decirlo: muchos editores, muchos agentes, muchos promotores del libro a nivel internacional, vuelcan sus ojos hacia una literatura que se escribe fuera siempre atacando a la Revolución, denigrando del país, revelando males que DICEN ELLOS nadie revela dentro de la isla. No mencionaré nombres, pues muchos son colegas, y algunos siguen siendo amigos, pero pensar eso demuestra o el desconocimiento total de lo que realmente sucede en la literatura que hoy se escribe y publica en Cuba o una muy mala y planificada voluntad de fastidiar mediante la cultura, y perdonen la palabra.
Esa marginalidad, esa fenoménica social distinta a la que ofrecen los medios de prensa cubanos, diferente a la que enseña al mundo el discurso oficial, ha sido desde mediados del 80, es, y estoy seguro, será, motivo y escenario para la reflexión y la creación de los escritores cubanos. Mencionaré algunos nombres ya internacionalmente conocidos:
Ena Lucía Portela, premio Juan Rulfo de cuento en el 2000, publicó en Cuba dos novelas: El pájaro, pincel y tinta china y La sombra del caminante, donde el lesbianismo, el descontento, el existencialismo, la abulia social, la droga, son ingredientes básicos. Ambas obras han sido publicadas fuera del país.
Karla Suárez, premio internacional Lengua de Trapo de España, con su novela Silencios, una hermosa oda al suicidio y a las causas heroicas perdidas, una rotunda crítica a la pérdida de los sueños de la izquierda latinoamericana y cubana, resultó una de las diez mejores obras publicadas en Europa en los últimos tres años. Y ahora acaba de lanzar La viajera, en mi opinión la mejor novela sobre el exilio cubano que hasta hoy se ha escrito.
Alexis Díaz Pimienta, ganador del premio Internacional Alba Prensa Canaria 2001, con su novela Prisionero del agua, se adentra en temas esenciales de la actualidad cubana: el éxodo del país hacia los Estados Unidos, la inconformidad social y la prostitución.
Aunque pudiera poner el ejemplo de mis novelas más recientes, publicadas en España y los Estados Unidos (ya que la crítica europea habla de que en ellas “se personifica la marginalidad, se marginaliza la ciudad”, hablaré de la saga novelística de Pedro Juan Gutiérrez, mi amigo y vecino, pues vivimos en la misma cuadra. Me refiero a sus obras Trilogía sucia de La Habana, El rey de La Habana y Animal tropical, en las que novela la vida en los barrios marginales donde respira la inmensa mayoría de los cubanos, en nuestro caso, ubicando las historias en dos lugares muy conocidos por quienes han visitado a Cuba: Centro Habana y La Habana Vieja, lugares que, debo aclarar, conforman el centro de la vida cultural, social, política y económica de la capital cubana.
La marginalidad en los barrios cubanos es tan aplastante que sobre ese tema han escrito otros importantes escritores como Daniel Chavarría; como Leonardo Padura (internacionalmente conocido por sus novelas de tema policial recogidas en su serie Las cuatro estaciones y por su divina La neblina del ayer, que acaba de ganar el Premio Hammett a la mejor novela negra publicada en lengua española este año); Abilio Estévez (cuya más reciente creación ficciona el peor drama de los cubanos de la isla actualmente: el de la vivienda, el de una ciudad que se va cayendo en ruinas, arquitectónicamente hablando, sin poder solucionar el problema habitacional); o los menos conocidos, Guillermo Vidal (siempre crítico hacia la intolerancia en la absurda y mísera vida en las capitales provinciales de la isla con su magistral La saga del perseguido, entre otras, por desgracia fallecido en la plenitud de su carrera); o Raúl Aguiar (que con su obra La estrella bocarriba, que muestra el universo del rockero cubano, llega incluso a tal grado de inconformidad que propone y crea en la novela un mundo alterno, con su cosmogonía propia, sus leyes, una ética humanista y hasta un lenguaje distinto); o Lorenzo Lunar (que asume la marginalidad desde la poética que se crea en los barrios marginales de los territorios más olvidados en el interior del país); o Aida Bahr (que pone sobre el tapete crítico la falsedad de los logros de la Revolución en materia del desarrollo social de la mujer, a través de una cotidianidad tan bien reflejada en sus cuentos que nos golpea y aturde).
Podría poner más ejemplos, pero creo que con estos basta. La marginalidad, en su relación con la realidad social cubana y su reflejo en la narrativa, es tan complejo que podemos encontrar matices disímiles, siempre interesantes, incluso en autores cubanos que escriben fuera de la isla, o de origen cubano que escriben en inglés o en otras lenguas. Toda esa literatura es la más pura muestra de que existimos, de cómo existimos, y si hace un par de siglos ya se dijo que para entender la Francia de Balzac había que leer sus novelas, hoy se puede decir que cuando se quiera comprender la verdadera cara de la realidad cubana actual, acudir a la prensa y al discurso oficial será un craso error: para eso están las novelas que hoy se escriben, los cuentos que hoy se escriben: un universo ficcionado que reconstruye una realidad literaria a partir de la mirada crítica a una realidad real. En simples palabras: será ése el más fiel documento histórico que recibirán las generaciones venideras sobre la problemática actual de la isla.
Finalmente, quiero seguir soñando con que la especie humana ha sido lo mejor que le ha pasado a este planeta. Quiero seguir soñando que el sistema en el cual vivo es el más humano y espero tener fuerzas y que mis gobernantes me permitan luchar para hacerlo más perfecto. Quiero seguir creyendo en la utopía de no ser una plaga extinguida. Quiero creer que no hemos sido el más terrible error de Dios. Quiero soñar, simplemente, en que lo que escribo, sirva para que mi especie rectifique, asuma su papel en la escala evolutiva y comprenda que Dios no nos trajo al mundo para destruirnos, si no para amarnos.