Granizo y Cerezas

28 08 2006

Ramón Cote Baraibar

Todo sucedió en la primera semana de marzo

cuando por fin cayeron las cerezas.

Y no cayeron por maduras, por redondas, por rotundas,

cayeron por culpa del granizo y su inexplicable cólera.

Después de la tormenta, sobre la compacta blancura del parque,

empezaron a brotar aquí y allá

mínimas manchas de color púrpura,

como si fuera el vestido nupcial de una novia apuñalada.

Fue tanta la prohibición de febrero y la excesiva codicia

entre las altas ramas, las que provocaron esa avalancha de niños

a quienes no les importó cortarse los labios con esa nieve de vidrio

con tal de poder reventar su piel entre los dientes.

Cuando pasados los años alguien les pregunte

por el definitivo sabor que los devuelve a la infancia,

no dudarán en decir que el sabor de las cerezas,

el sabor a venganza que tenían esas cerezas heladas,

y enseguida añadirán que todo sucedió en un lejano marzo,

en su primera semana, después de una tormenta,

cuando el granizo del parque se fue tiñendo de rojo,

como después su vaho, como las puntas de sus dedos,

como también su memoria, desangrándose, ahora al recordarlo.





Marginalidad, violencia y realidad social en la narrativa cubana actual

22 08 2006

Por Amir Valle, Escritor cubano

www.amirvalle.com

“La especie humana fue una plaga. Existió alguna vez hace muchos siglos en un lugar del Universo que ellos mismos llamaron Tierra”. Así dice un espigado extraterrestre a uno de sus hijos en una pésima película de ciencia ficción que tuvo, al menos, la suerte de hacerme reflexionar con esa frase. Era el año 2002 y acababa de regresar de Gijón, impactado, entre otras muchas cosas, por las palabras apocalípticas de mi amigo, el escritor colombiano Mario Mendoza, cuando anunciaba algo similar: el mundo avanzaba hacia su propia destrucción, en un descenso a los infiernos que él quería atrapar en sus novelas; criterio que compartí absolutamente, lanzando la memoria hacia mi país, hacia la realidad social, convulsa y cambiante de mi país, a miles de kilómetros de la carpa donde escuchábamos aquellas palabras, creo que, por desgracia, proféticas.

De modo que, precisemos: la especie humana es una plaga que hoy vive en el Planeta Tierra. Que se autodestruye. Que se odia a sí misma. Hambre, miseria, desigualdad social, explotación, egoísmo, prostitución, drogas, violencia (y muchos otros términos que omito para no hacer demasiado e

Amir Valle

Amir Valle

xtensa esta lista de desgracias) se expanden hoy como una pandemia gracias al mejor y al peor invento del hombre moderno: la globalización. Me duele decirlo. Quisiera soñar que no es cierto.

Sigamos precisando: la marginalidad siempre ha estado asociada a las entes desposeídas de la sociedad. En palabras simples: nos encontramos ante una perfecta pirámide. En la punta, unos pocos, quienes distribuyen de modo desigual la riqueza del mundo, quienes explotan a sus semejantes, quienes siembran el mal del egoísmo y el existencialismo individualista, crean las bases para extender la pobreza, la miseria, el hambre, el desempleo, que a su vez es el caldo de cultivo más perfecto para que germine eso que toda la sociedad llama “Marginalidad”: el individualismo feroz, las formas múltiples de la prostitución, el deseo de escapar de la dura realidad mediante las drogas y el alcohol, la violencia social, para crear esas junglas salvajes donde se impone la ley de la fuerza por el instinto ancestral de conservación que posee toda raza animal, el hombre incluido.

He necesitado extenderme en algunas cuestiones generales que llevan el propósito de ubicar el fenómeno al que haré referencia: la existencia de la marginalidad y la violencia en la realidad social que sirve de material novelable a la promoción de Narradores del 90.

Vayamos al primer paso:

Cuba, donde se supone que existe un sistema creado para eliminar esa marginalidad, eliminando primero los males que la provocan, es hoy un país que bien pudiera llamarse Marginalia. Eso he dicho en muchos escenarios nacionales e internacionales. Me explico: si en otras naciones del mundo, incluso subdesarrolladas como Cuba, la marginalidad puede verse como una bestia que irrumpe en la vida de muchos no marginales escapando de su hábitat, generalmente bien localizado en esas sociedades; en la sociedad cubana esos márgenes, esas líneas limítrofes, se han perdido, y el cubano medio hoy se comporta como un marginal. El escritor argentino Abelardo Castillo, en una entrevista que le realicé hace unos años, en su casa de Buenos Aires, propuso una tesis interesante para entender este fenómeno. Decía Abelardo que el cubano “Era un nuevo modelo de socialismo. No era el socialismo tradicional. Era un socialismo hecho a ver cómo se puede hacer de cualquier manera. Era más criollo, menos teórico. Y con un sentido que no era distribuir la riqueza, porque Rusia, cuando hizo su revolución, era un país muy poderoso, y lo que se estaba distribuyendo era la riqueza. Acá, en Cuba, se estaba distribuyendo lo que había y había que distribuir hasta la pobreza”. Precisemos entonces: al distribuir la pobreza, cosa que hoy sigue sucediendo a pesar de los reconocidos (y cada vez más diluidos) logros en el terreno de la educación, la salud y la seguridad social, y de otros éxitos parciales en la cultura, el deporte y el desarrollo de las ciencias, se iban sembrando los terrenos de la nación con la semilla de la marginalidad, que, efectivamente, creció como la hierba mala, y alcanzó un verdor impresionante, alarmante, cuando cayó con todo estrépito el muro de Berlín, los países socialistas cambiaron de bandera y la Unión Soviética se dividió como una ameba, debilitándose.

Pese a todos los logros ya mencionados, hoy en Cuba se sobrevive gracias a la economía subterránea o mercado negro; la prostitución se ramifica y complejiza burlando la persecución oficial y contaminando cada vez más sectores institucionales y estatales; la droga es un escándalo que va creciendo, y lo peor, la doble moral (en los órdenes político y ético individual) forman parte del ropero usado por los cubanos para sobrevivir: un traje se usa entre las cuatro paredes de la casa (contestatario, crítico, inconforme, marginal) y otro se lleva para salir a la calle y hacer la vida social (complaciente, conformista, justificativo, aguerrido y militante, revolucionariamente hablando).

A esa realidad nos enfrentamos muchos cuando decidimos escribir lo que nos preocupaba, lo que ocultaba la prensa, lo que el discurso oficial obviaba. Nuestra tesis, la tesis de mi promoción, que es la de los nacidos a partir de 1960 era bien sencilla: Fidel y la Revolución nos habían enseñado a pensar; Fidel y la Revolución nos habían dicho: lee, cultívate, piensa, tienes la libertad y la capacidad para decir lo que piensas, ¿cómo era posible que alguien viniera a pedirnos que nos conformáramos con lo que veíamos mal?, ¿cómo podía alguien pensar que no haríamos lo que nos habían pedido: pensar y decir lo que pensábamos?

Por esa razón, a mediados de la década del 80 irrumpe en la Narrativa Cubana un grupo de muy jóvenes escritores que comienzan a tocar temas hasta entonces tabúes para la literatura: temas eternos pero contemplados desde la irreverencia, el desenfado, la rebeldía que nos imprimía nuestra juventud. Queríamos decir que las guerras en África no habían sido únicamente un hecho heroico, y escribimos historias humanas sobre las miserias humanas, ofreciendo la otra cara de la moneda, una cara que se ocultaba y aún se quiere ocultar. Queríamos decir que la juventud cubana no era un todo perfecto, monolítico, jóvenes colmados de virtudes, sin defectos, que asistían a las marchas y participaban en la Revolución, y escribimos sobre los jóvenes drogadictos, sobre los que se suicidaban, sobre los que abandonaban el país, sobre los que asumían la poética de los rockeros, marginándose. Queríamos decir que muchos de los logros de la Revolución eran falsos, mentiras fabricadas por malos funcionarios mientras la nación se desmoronaba, y escribimos en nuestras obras la otra cara de la educación, la otra cara de la salud, la otra cara de ese sistema que descubrimos era imperfecto, pero podía ser perfectible, mejorable si nuestros gobernantes abrían los ojos y dejaban la política a un lado para trabajar en el bienestar del pueblo. Queríamos hablar de males que se ocultaban y eran preocupantes precisamente porque no se quería verlos, y escribimos historias con esos males: la homosexualidad, la intolerancia religiosa, la pérdida de la individualidad, el mundo de los que se iban en balsa de la isla, el jineterismo o prostitución, la falta de libertades para hablar y escribir, y nuestro rechazo a ponernos los trajes dobles de la doble moral.

Fuimos un escándalo. Recibimos censuras, incomprensiones. Se nos marginó más aún cuando ya nos definíamos como marginales. Esos temas requerían nuevos tratamientos, experimentaciones en los planos lingüísticos, estructurales, rupturas con los estilos y corrientes establecidas. Nos toco cambiar la narrativa y dicen los críticos que lo hicimos. El resto de las promociones se alimentaron de nuestras conquistas y hoy la narrativa cubana atraviesa lo que he llamado en mis ensayos “confluencia generacional”, puesto que esos mismos temas, y otros muchos, son hoy abordados por escritores de las promociones del 50, el 60, el 70 y el 80.

Primera conclusión: esa efervescencia de la narrativa cubana que hoy se ratifica con premios internacionales, con el éxito de varios de sus escritores en el mundo editorial internacional, con la inclusión de nuestras obras en los programas de la inmensa mayoría de las universidades de ambos hemisferios, debe mucho a la existencia de estos narradores del 90 que abrieron caminos, rompieron muros, destrozaron tabúes, y recordaron a muchos que las obras de Alejo Carpentier, Lezama Lima, e incluso, más atrás, de nuestro José Martí, fueron obras absolutamente transgresoras, críticas, inconformes, pero siempre revolucionarias, en el sentido de movilidad, transgresión y desarrollo que tiene la palabra “revolucionario”.

Me resulta molesto poner este ejemplo, en momentos en que la intelectualidad cubana lucha interna y externamente por ser una sola dentro del amplio espectro de la Cultura Nacional. Pero debo decirlo: muchos editores, muchos agentes, muchos promotores del libro a nivel internacional, vuelcan sus ojos hacia una literatura que se escribe fuera siempre atacando a la Revolución, denigrando del país, revelando males que DICEN ELLOS nadie revela dentro de la isla. No mencionaré nombres, pues muchos son colegas, y algunos siguen siendo amigos, pero pensar eso demuestra o el desconocimiento total de lo que realmente sucede en la literatura que hoy se escribe y publica en Cuba o una muy mala y planificada voluntad de fastidiar mediante la cultura, y perdonen la palabra.

Esa marginalidad, esa fenoménica social distinta a la que ofrecen los medios de prensa cubanos, diferente a la que enseña al mundo el discurso oficial, ha sido desde mediados del 80, es, y estoy seguro, será, motivo y escenario para la reflexión y la creación de los escritores cubanos. Mencionaré algunos nombres ya internacionalmente conocidos:

Ena Lucía Portela, premio Juan Rulfo de cuento en el 2000, publicó en Cuba dos novelas: El pájaro, pincel y tinta china y La sombra del caminante, donde el lesbianismo, el descontento, el existencialismo, la abulia social, la droga, son ingredientes básicos. Ambas obras han sido publicadas fuera del país.

Karla Suárez, premio internacional Lengua de Trapo de España, con su novela Silencios, una hermosa oda al suicidio y a las causas heroicas perdidas, una rotunda crítica a la pérdida de los sueños de la izquierda latinoamericana y cubana, resultó una de las diez mejores obras publicadas en Europa en los últimos tres años. Y ahora acaba de lanzar La viajera, en mi opinión la mejor novela sobre el exilio cubano que hasta hoy se ha escrito.

Alexis Díaz Pimienta, ganador del premio Internacional Alba Prensa Canaria 2001, con su novela Prisionero del agua, se adentra en temas esenciales de la actualidad cubana: el éxodo del país hacia los Estados Unidos, la inconformidad social y la prostitución.

Aunque pudiera poner el ejemplo de mis novelas más recientes, publicadas en España y los Estados Unidos (ya que la crítica europea habla de que en ellas “se personifica la marginalidad, se marginaliza la ciudad”, hablaré de la saga novelística de Pedro Juan Gutiérrez, mi amigo y vecino, pues vivimos en la misma cuadra. Me refiero a sus obras Trilogía sucia de La Habana, El rey de La Habana y Animal tropical, en las que novela la vida en los barrios marginales donde respira la inmensa mayoría de los cubanos, en nuestro caso, ubicando las historias en dos lugares muy conocidos por quienes han visitado a Cuba: Centro Habana y La Habana Vieja, lugares que, debo aclarar, conforman el centro de la vida cultural, social, política y económica de la capital cubana.

La marginalidad en los barrios cubanos es tan aplastante que sobre ese tema han escrito otros importantes escritores como Daniel Chavarría; como Leonardo Padura (internacionalmente conocido por sus novelas de tema policial recogidas en su serie Las cuatro estaciones y por su divina La neblina del ayer, que acaba de ganar el Premio Hammett a la mejor novela negra publicada en lengua española este año); Abilio Estévez (cuya más reciente creación ficciona el peor drama de los cubanos de la isla actualmente: el de la vivienda, el de una ciudad que se va cayendo en ruinas, arquitectónicamente hablando, sin poder solucionar el problema habitacional); o los menos conocidos, Guillermo Vidal (siempre crítico hacia la intolerancia en la absurda y mísera vida en las capitales provinciales de la isla con su magistral La saga del perseguido, entre otras, por desgracia fallecido en la plenitud de su carrera); o Raúl Aguiar (que con su obra La estrella bocarriba, que muestra el universo del rockero cubano, llega incluso a tal grado de inconformidad que propone y crea en la novela un mundo alterno, con su cosmogonía propia, sus leyes, una ética humanista y hasta un lenguaje distinto); o Lorenzo Lunar (que asume la marginalidad desde la poética que se crea en los barrios marginales de los territorios más olvidados en el interior del país); o Aida Bahr (que pone sobre el tapete crítico la falsedad de los logros de la Revolución en materia del desarrollo social de la mujer, a través de una cotidianidad tan bien reflejada en sus cuentos que nos golpea y aturde).

Podría poner más ejemplos, pero creo que con estos basta. La marginalidad, en su relación con la realidad social cubana y su reflejo en la narrativa, es tan complejo que podemos encontrar matices disímiles, siempre interesantes, incluso en autores cubanos que escriben fuera de la isla, o de origen cubano que escriben en inglés o en otras lenguas. Toda esa literatura es la más pura muestra de que existimos, de cómo existimos, y si hace un par de siglos ya se dijo que para entender la Francia de Balzac había que leer sus novelas, hoy se puede decir que cuando se quiera comprender la verdadera cara de la realidad cubana actual, acudir a la prensa y al discurso oficial será un craso error: para eso están las novelas que hoy se escriben, los cuentos que hoy se escriben: un universo ficcionado que reconstruye una realidad literaria a partir de la mirada crítica a una realidad real. En simples palabras: será ése el más fiel documento histórico que recibirán las generaciones venideras sobre la problemática actual de la isla.

Finalmente, quiero seguir soñando con que la especie humana ha sido lo mejor que le ha pasado a este planeta. Quiero seguir soñando que el sistema en el cual vivo es el más humano y espero tener fuerzas y que mis gobernantes me permitan luchar para hacerlo más perfecto. Quiero seguir creyendo en la utopía de no ser una plaga extinguida. Quiero creer que no hemos sido el más terrible error de Dios. Quiero soñar, simplemente, en que lo que escribo, sirva para que mi especie rectifique, asuma su papel en la escala evolutiva y comprenda que Dios no nos trajo al mundo para destruirnos, si no para amarnos.





Fernando Iwasaki: “La española cuando besa”

17 08 2006

LA ESPAÑOLA CUANDO BESA

Por Fernando Iwasaki

Cuántas veces, a tientas, en la noche,

sueñan dos cuerpos fundirse en uno solo

sin saber que al final son tres o cuatro.

Eugenio Montejo

 

La Española 

 

Desde que llegué a Nueva York presentí que sería testigo de maravillas, pero nada fue comparable a lo que viví aquella noche de verano en el Village. Ni las tiendas, ni los museos, ni las multitudes, ni los rascacielos me impresionaron tanto. Fue como participar en el rodaje de una película y todavía se me pone la carne de gallina al recordarlo.

Mientras duró aquel tour recorrí los bohemios bares del Village durante las sofocantes madrugadas. ¿Sabes lo que te digo? En Sevilla ni siquiera salgo de día y no me iba a privar de las famosas noches neoyorkinas lejos de Arturo y de los niños. Los museos están bien y en los escaparates de la Quinta Avenida hay virguerías, pero era horroroso ir a todas partes en mogollón para luego terminar peleándonos por las rebajas de los bazares de la calle 14. Los viajes organizados son deprimentes y por eso me busqué la vida sola. Así descubrí el Goody’s, un bar de copas que está en la Avenida de las Américas, entre la 9 y la 10. Algo cutre, sí, pero era como en las películas.

En la barra había una pareja que no dejaba de discutir. Él parecía un hombre bueno. Quizás un poco lacio, pero su mirada irradiaba desamparo. No estaba mal. Ella había bebido demasiado y cada vez hablaba más fuerte. Su novio pasaba una vergüenza espantosa y me miraba como pidiendo disculpas por el papelón que hacía su chica. Me hubiera gustado saber inglés para enterarme de qué le decía a gritos, porque él tenía cara de estar deseando que se lo tragara la tierra. Me lo estaba diciendo también a gritos con sus ojos azules. Entonces ella comenzó a coquetear con el otro.

El otro también estaba sentado en la barra y de vez en cuando se interesaba por la pelea y le echaba unos reojazos descarados a la chica. Seguro que era por la bebida, pero el caso es que ella se dedicó a relamerlo con la mirada y a enseñarle sin pudor alguno la punta de la lengua, mientras el pobre novio buscaba mi solidaridad muerto de vergüenza. De pronto el chico no aguantó más y se fue, y ella avanzó como una gata borracha hacia ese hombre que la incendiaba de deseo.

Contemplando cómo se besaban y acariciaban indiferentes al mundo, me pregunté si a mí podría ocurrirme algo así. ¿Cómo saberlo si nadie jamás me ha mirado de aquella manera? Mi marido no es tierno, pero tampoco se pone animal como aquel hombre se estaba poniendo en la barra. Y la chica, qué fuerte, dejando al novio en la estacada. Esa mujer se estaba entregando a un desconocido tan sólo por una mirada que la había hecho sentir única, deseada y especial. Las bragas se me estaban empapando cuando el novio regresó al Goody’s dando un portazo.

El hombre se zafó de la chica y entró veloz en los servicios. Y como tampoco era plan quedarse ahí para presenciar una pelea yo me fui corriendo al de señoras. La luz era turbia y olía a sexo. Mientras me palpaba las braguitas escuché los gritos y los porrazos. Todo eran resuellos y palabras incomprensibles, tal vez obscenas. Me dolían los labios de tanto cerrarlos y mis dedos apestaban igual que el baño. Cuando todo terminó pensé en los ojos azules del novio y me alegré de haberle evitado otra sesión de vergüenza ajena. Entonces me animé a salir.

El novio se había marchado definitivamente y la chica estaba enroscada otra vez al hombre de la barra. Se besaron de nuevo, sin pasión, y de golpe él la abandonó también. Cerré la puerta del Goody’s mientras el camarero la atendía desplomada sobre la encimera de mármol, y descubrí que el novio la aguardaba, enamorado todavía, en el pasadizo oscuro que conducía a la Avenida de las Américas. La misma mirada de azogue, suplicante, avergonzada y melancólica. ¡Lo que daría porque me quisieran así!

Los primeros rayos de sol penetraban como una luz tuberculosa en esa especie de túnel, y me sentí conmovida por haber descubierto el lado oscuro del deseo: el deseo que conduce a la degradación, el deseo que te precipita al sexo a ciegas, el deseo que consigue abolir tu propia personalidad. Mientras los ojos del novio me barnizaban de su luz azul, ella vomitaba en la barra del Goody’s. La pobre.

El hombre de la barra

¿Quién dice que en Nueva York no pasa nada en verano? El Village ya no es lo que era, pero cuando menos te lo esperas ocurre algo extraordinario. La noche había sido agotadora, y apenas terminó mi turno en el subway me fui a un bar de putas. El Goody’s, creo.

Al entrar el barman me señaló con las cejas a una chica nueva que bebía Ginger Ale en una mesa del fondo. Parecía cansada, quizás enferma. No tenía las tetas gordas pero prometía un buen polvo. Pedí un Scotch para hacerme la idea cuando llegó la Cindy. Aunque Cindy está un poco desfondada sigue siendo la que mejor la chupa del Village. No hay como un giving head antes de irse al sobre, así que entre lo malo conocido y lo peor desconocido, me bebí el whisky saboreando el inminente mamazo de la Cindy.

Los chulos no deberían dejarse ver por los clientes porque es de mal gusto. Cindy quería saber qué hacía una nueva en su zona y el maromo le juraba que no era de su ganadería. Pero esa zorra tenía que ser una auténtica profesional porque le sostuvo la mirada al chulo sin pestañear. Cindy me preguntó cómo estaba y yo le dije que muerto de calor. En cuanto su hombre salió a preguntar de quién era la nueva chica del Goody’s Cindy me cogió la polla. Hay gestos que valen más que mil palabras.

La nueva resultó ser una que iba por libre y el chulo regresó furioso metiendo una patada en la puerta. Mierda de tío, justo cuando estaba empalmando. Cindy me pidió que la esperara en el baño de señoras y me metí sin encender la luz. Me la estaba machacando cuando alguien entró de golpe: era la nueva. Los neones del Jefferson Market iluminaban el baño con relámpagos de colores y entonces la vi más guapa que en el salón: tendría unos treintaitantos, estaba delgada y sus piernas todavía parecían duras. Cuando una tía cierra el pestillo delante de una polla tiesa sobran las presentaciones, pero yo le dije algo dulce y ella me llamó cariño.

Las hispanas son así de apasionadas. Me chupó hasta los huevos y no se cortó ni un pelo cuando el chulo comenzó a aporrear la puerta. Una gran profesional: se quitó las bragas y se encabritó sobre mi polla mientras me repetía con su idioma tan dulce: Cariño, cariño. Ay, cariño. No le importaron los golpes, no le importaron mis gritos, no le importó un carajo el escándalo. Si no fuera porque yo mismo lo creo imposible, juraría que también se corrió. Dejé un billete de cincuenta dólares en el lavabo y salí a cantarle las cuarenta al hijoputa del chulo.

Yo no le tengo miedo a los chulos. En cuanto me vio aparecer se largó cagando leches. Cindy me volvió a coger el nabo y yo me disculpé con un piropo. Pobre Cindy, tal vez ya no es la mejor comepollas del Village.

Cindy

¿Cuántos años llevo haciendo esta calle? ¿Cuatro? ¿Cinco? Ya he perdido la cuenta, pero yo veo una polla y te doy el carné de identidad. Con eso te digo todo. Por eso me enfrenté a Nicky, porque su obligación es despejarme la zona. Me revienta que una buscona cualquiera me levante los clientes, como la otra noche en el Goody’s.

Tú sabes que en verano lo tenemos más difícil que en cualquier otra época del año. No era del Village, no. Debía de ser de Queens o de La Guardia, porque tenía toda la pinta de esas húngaras y polacas que acaban de llegar para follárselo todo. La muy zorra iba con su mapa de Nueva York y hasta llevaba un crucifijo colgado del pescuezo. ¿Los polacos son católicos? Ni siquiera vestía bien. Seguro que era polaca.

Cuando entré en el Goody’s la vi tan fresca que le exigí a Nicky que la echara a la puta calle. Pero Nicky fue un cobarde y quiso asegurarse antes de que la húngara ésa no fuera de la cuerda de «Ironcock» Jones. Nicky se caga cuando le hablan de «Ironcok» Jones. A lo mejor me conviene chupársela a ese tío.

La noche no había sido buena y en la barra sólo estaba el cerdo de Nat King Kong. «¿Qué podemos hacer por treinta dólares?», me preguntó. Yo le dije que por treinta le hacía un manual, pero que si estiraba hasta cincuenta le hacía el genuino mamazo americano. En eso volvió Nicky y armó la gorda porque los hombres de «Ironcock» Jones le habían dicho que ninguna de sus muchachas estaba trabajando en nuestra zona. Yo le dije a Nat King Kong que se fuera lavando la polla en el servicio y esa zorra se metió detrás. Nunca me la habían jugado así. Todo fue tan rápido.

Nicky pateaba la puerta y amenazaba a la polaca con rajarle las tetas, pero la hija de la gran puta seguía en lo suyo mientras Nat King Kong se encaraba con Nicky desde el baño. Tengo que admitir que yo no hubiera podido hacer mi trabajo así, con tantos alaridos y porrazos. Nat King Kong salió del baño y aventó a Nicky contra la pared. «¡Ni se te ocurra tocarla, cabrón!», le advirtió a Nicky, metiéndole en la boca el cañón de su Smith & Wesson. Y Nicky siempre obedece cuando le piden las cosas a buenas.

«Esa no la chupa mejor que yo», le susurré a Nat King Kong mientras le acariciaba los huevos, pero me puse enferma cuando me dijo que la muy zorra se lo había tragado todo. En aquel momento la húngara salió del baño, y al verle la cara de mosquita muerta me vino a la memoria el semen apestoso de Nat King Kong. Creo que vomité sobre la barra del Goody’s.

Nicky

El verano debería ser la estación más tranquila porque todo el mundo está de vacaciones, pero está claro que para nosotros no hay descanso. Qué trabajo más ingrato el nuestro: ellos follan, ellas cobran y a nosotros nos dan de hostias. Pero bueno, a veces tiene sus compensaciones. Ya sabes.

La madrugada pasada estaba haciendo la última ronda por los garitos que están entre la 8 y la 10. Ya sabes, el Brevoort, el Aunt Clemmy’s, el Alice McCollister’s, lo peorcito del Village. En el Goody’s estaba esa guarra de Cindy. No la soporto. Con todos los kilómetros de polla que ha mamado se podría llegar hasta Los Angeles, pero se cree que todavía es la musa del Village. ¡Que le den por culo!

La Cindy cogió un rebote porque en el Goody’s había una chica nueva. Tenía la piel muy blanca y unos ojos como para comerle el coño. ¡Cómo me miraba la muy zorra!, pero yo no la conocía de nada. Podía ser de «Ironcok» Jones, de Billy «The Dick» o incluso de ustedes, pero me tuve que hacer el loco para que Cindy no sospechara nada. Ya sabes, si yo tuviera que vivir de la comisión de Cindy, mejor me dedico a aparcar coches. Así que me fui a preguntar quién había mandado la nueva mercancía al Goody’s.

La hijaputa resultó una espabilada y en nuestras propias narices se encerró en el baño con un madero del subway. Yo no sabía que era poli, pero la guarra de Cindy sí lo sabía y no me dijo un carajo. Y yo tratando de tumbar la puerta del baño y amenazándole con rebanarle la polla. Cuando el poli salió del baño me encajó la ferretería en el hocico y me largó gritando que la chicana era suya. ¿Chicana? Esa zorra no podía ser chicana. Al menos a mí me parecía húngara. Bueno, ya sabes, de por ahí.

De todas maneras me escondí en el corredor para esperar a que saliera y me dijera quién era su chulo. Cindy le hizo al poli su numerito musical. Ya sabes, el de «otra polla en la pared», pero le volvieron a dar por culo. El madero pasó delante mío tarareando la canción de Pink Floyd y la chicana húngara no tardó en salir. La guarra de Cindy vomitaba en la barra.

Yo he conocido muchas mujeres. Ya sabes, follando, pero esa tía en cuanto me vio se arrodilló y me cogió suavemente la polla. Yo quise saber si era húngara y me respondió que sí, que tenía hambre. No entendía qué estaba pasando, pero cómo te la chupaba la hijaputa. Ya sabes, como si te quisiera mucho: con la lengua, con los dedos, con los labios, con los ojos. ¡Qué manera de mirarme a los ojos! Cuando me corrí no derramó ni una gota, y con una voz que sonó muy dulce ronroneó: Cariño, pobrecito mío, cariño. Le pregunté si era cubana y me dijo que no, que era española. Y se marchó corriendo, como una ardilla asustada de Washington Square.

La he buscado por todos los garitos del Village y nadie sabe decirme nada sobre ella. El barman del Goody’s asegura que durante una semana estuvo allí todas las madrugadas, pero desde aquella noche no la ha vuelto a ver. A mí me la han mamado muchas mujeres, pero como esa española ninguna. Ya sabes, si viene por tu zona me avisas.

El barman

En verano la gente se vuelve loca, se calienta, te rompe el quiosco por cualquier huevada. La otra madrugada tuvimos una escenita. Una pelea de putas, qué otra cosa puede haber por aquí. Los de siempre: las putas, los chulos y la policía. Nada grave, dos sillas rotas y una vomitona sobre la barra. ¡Por lo menos me encontré cincuenta pavos en el lavabo! Tengo que llamar al fontanero porque ese retrete ya no va a aguantar otro polvo.

 





Pablo d´Ors: “Las bofetadas”

14 08 2006

Las bofetadas

 

 

por Pablo d´ORS

 

 

De niño siempre tenía miedo de que la maestra abriera alguno de mis cuadernos

Escena de la pelicula "La mala educación" de Pedro Almodovar
Escena de la película “La mala educación” de Pedro Almodóvar

y descubriera algún error: una mancha de tinta, una falta ortográfica, una caligrafía ilegible… Este temor no era infundado, pues eso era de hecho lo que sucedía siempre que mis profesores –cualquiera de los muchos, casi incontables, que tuve durante la llamada enseñanza primaria– abría uno de mis cuadernos. No importaba la página por la que lo abriera ni cuál fuera el cuaderno (el de lengua, el de geografía, el de matemáticas…): mi caligrafía era ilegible, cometía abundantes faltas ortográficas y no podía evitar que algún manchón de tinta embadurnase los márgenes, puesto que éramos obligados a utilizar unas estilográficas con las que, además de mis dedos, ensuciaba buena parte de mis cuadernos hasta dejarlos casi inservibles.

Durante las clases yo estaba atento a cualquier eventualidad, y no ya por interés en las materias que se impartían (ninguna llegó realmente a interesarme), sino porque sabía que las bofetadas de los profesores, así como las insoportables bromas de mis compañeros, podrían llegarme de donde menos lo sospechase. Los chicos de mi clase la tenían tomada conmigo, aunque todavía más, por fortuna, con un tal Thomas Mindernickel, que era el auténtico chivo expiatorio del curso. Yo quedaba como suplente –por así decir–, para cuando Mindernickel no venía al colegio (cosa que sucedía con frecuencia, pues era más bien enfermizo). Aunque las bromas de mis amigos (durante largos años estuve llamándoles, pese a todo, “mis amigos”) eran terroríficas, a quien yo más temía era a los profesores, que aprovechaban cualquier descuido por nuestra parte para propinarnos sus bofetadas. En realidad, yo era uno de los que más bofetadas recibía; y no porque fuera un mal estudiante o porque mi comportamiento dejara que desear, sino porque me sentaba en el primer banco de la primera fila. Era, por tanto, quien más a mano tenían. Yo no había escogido ese sitio; aquel era el puesto que me correspondía por orden alfabético: aquel lugar –el maldito primer banco de la primera maldita fila– fue el que me correspondió durante todos los tristes y largos años que pasé en aquella escuela de provincias.

Al no poder abofetearnos a todos –conforme habría sido su deseo–, para intimidarnos los profesores abofeteaban sólo a uno, que solía ser yo. “¡Eso por estar distraído!”, me decían tras la bofetada. O, “¡por mirar a las musarañas!”: una razón que también se esgrimió más de una vez. Por aquel entonces, yo no sabía bien lo que eran las musarañas; y ni siquiera hoy estoy seguro de saberlo con precisión. El caso es que mis profesores de la llamada primera enseñanza (luego fue diferente, acaso peor) me abofeteaban sin cesar, obligándome a llevarme la mano a la cara, fuera antes de que la bofetada se produjese o después, en el vano intento de calmar la picazón.

Más que el dolor en sí (mucho más soportable de lo que antes de recibir aquellas bofetadas imaginaba), lo que más me fastidiaba de aquellas injustas bofetadas es que llegasen cuando menos las esperaba. Más aún: por mucho que las esperase, ¡nunca logré adivinar el momento en que iban a producirse! Así que me sorprendían, humillándome muchísimo por su carácter imprevisible. Por esta razón, en cuanto veía que un profesor o profesora bajaba de su tarima (sobre todo las profesoras, que eran las que más me pegaban), me cubría las dos mejillas para así amortiguar el posible golpe. Pese a mis precauciones, no podía impedir quitar las manos del rostro alguna vez, fuera para pasar de página, para abrir el estuche o para ordenar la cartera, que solía tener incomprensiblemente desordenada. Para mi desgracia esos eran los momentos, precisamente esos, que aprovechaban mis profesores. Tal era la coincidencia entre mis escasos descuidos y sus intolerables bofetadas que parecía como si estuvieran esperando estos brevísimos instantes de flaqueza para flagelarme como sólo sabe hacerlo un adulto con un niño. Todo esto me llenaba de una rabia e impotencias infinitas. Porque eso era lo más enojoso, la impotencia. Yo no podía levantarme, como habría sido mi deseo, y pelearme con el profesor o profesora que me había abofeteado. Yo sólo podía quedarme donde estaba, quieto y callado, con la mano en el carrillo ardiendo y humillado como nunca más he llegado a estarlo en la vida.

– ¿Por qué me pega? –pregunté una vez sin pensar, harto de aquella injusticia, tan sistemática como incomprensible para mi mente infantil.

Pero la profesora no me contestó. Se limitó a mirarme con indiferencia, acaso con extrañeza, como si mi pregunta estuviera completamente fuera de lugar. Esa profesora, la “señorita de Religión” (una de las que más abofeteaba, dicho sea de paso), prosiguió la clase impertérrita. Yo no podía comprender cómo podía aquella mujer abofetear tanto al tiempo que se emocionaba tan visiblemente al hablar de Dios; pero, al parecer, mi señorita no sentía ningún escrúpulo por esta incoherencia y nos abofeteaba a todos con total impunidad, casi como si le gustara o, al menos, como si aquello formara parte del deplorable oficio de enseñar.

Aquellas bofetadas (y no había clase de religión en que no se produjeran al menos dos o tres) tenían una particularidad respecto a las que se propinaban en Geografía o Matemáticas, y es que eran las que más resonaban. “¡Plas!”, estallaban, y todos levantábamos los ojos de nuestros cuadernos. Estábamos aterrorizados. O, “¡Plas, plas!”: en esa ocasión habían sido dos los golpes; al parecer, al pobre Thomas Mindernickel (y aquel era el día que regresaba a la escuela tras una larga convalecencia) le habían cruzado la cara. Aquel año yo apenas recibí bofetadas cruzadas, y no porque –como presumo– los profesores no me las hubieran querido dar, sino porque casi nunca tenía las dos mejillas descubiertas, por lo que aún queriéndolo no podían.

Por todo lo dicho, yo estaba siempre muy tenso en la escuela, con los nervios en punta, esperando en qué momento y con qué motivo (porque nunca renuncié a buscarlos) me llegaría la bofetada. Esta atención mía se redoblaba cuando, por casualidad, habían pasado varias jornadas sin que ningún maestro, ni siquiera la señorita de Religión, me hubiera abofeteado. Aquello era inadmisible, me decía yo, iniciado desde muy niño en la crudeza de la vida; la bofetada llegaría de un momento a otro, me lamentaba, concentrándome al máximo para que no me enganchara desprevenido. Por este supremo y constante esfuerzo de concentración, acababa las clases agotado.

El último día del año, en la última clase, cuando ya creía haberme librado –al menos hasta después del verano– de aquellas brutales bofetadas, recibí la última, tan inesperada e inmerecida como todas las demás. Me la propinó la profesora de geografía, quizá por la fuerza de la costumbre. Ahora bien, yo no reaccioné como otras veces, llevándome la mano a la mejilla y tratando de calmar su ardor, mientras me sorbía las lágrimas y deseaba ser invisible. Poseído por una fuerza desconocida –la fuerza amasada durante meses de humillaciones–, salté de un brinco de mi banco y devolví la bofetada con idéntica fuerza (si no mayor). La maestra quedó petrificada. Nadie había hecho nunca en aquella escuela algo así: yo mismo había quedado estupefacto y paralizado. No se oía nada, ni una mosca. Todos estaban mudos, expectantes. Las rodillas me temblaban.

Antes de que su rostro se descompusiera por la convulsión del llanto –que ya empezaba a asomar en sus ojos–, la profesora de geografía salió del aula en una carrera; y fue entonces cuando sonó el timbre que anunciaba el fin de la clase y el fin del curso. Tal vez también el fin de mi infancia y mi liberador y definitivo ingreso en la adolescencia.

Todos mis compañeros irrumpieron entonces en un grito de victoria. Y uno a uno, sin excepción, fueron pasando junto a mí para felicitarme con elogios y dulcísimas palmaditas en la espalda. No había duda: en pocos segundos me había convertido en el colegial más popular, en el más valiente, en el más apreciado y valorado por todos. Inesperada e involuntariamente, yo era en un héroe: todos me miraban con respeto, con admiración, y yo sentía perfectamente todas esas miradas sobre mi cuerpo, y las registraba con avidez. Fue en ese instante cuando comprendí que la vida tenía otra cara, de la que yo había sido privado hasta entonces; fue ahí cuando entendí que yo podía ser alguien, puesto que tenía poder. El orgullo me henchía el pecho hasta dificultarme la respiración. Y una rabiosa alegría se apoderó de mi ser, haciéndome comprender que abandonaba el bando de las víctimas para ingresar por fin, y por la puerta grande, en las filas de los verdugos.

 

 





Andrés Neuman: “La Traducción”

9 08 2006

La traducción

Andrés Neuman


 

 

 

 

 

Un poeta de los llamados mayores recibe una carta con un poema. Se trata de una mañana algo ventosa, y se trata de un poema suyo: unos señores de cierta revista se lo han traducido a una lengua vecina. Su intuición lingüística le sugiere que la traducción es lamentable. Así que, con la sincera intención de comprobar si se equivoca, decide entregarle esta versión extranjera a cierto amigo suyo, profesor, traductor, poeta, miope. Le hace llegar una notita amable rogándole que traduzca aquel texto a su común lengua materna. El poeta sonríe, se diría que travieso: ha omitido, por supuesto, la autoría del poema.

Como su amigo pertenece a la vieja guardia postal, no ha transcurrido una semana cuando el poeta encuentra en su buzón un esmerado sobre con la respuesta requerida. En ella, algo extrañado, el remitente se aventura a suponer que se trataba de un texto de lectura relativamente sencilla para alguien tan sagaz como su querido poeta, y por añadidura tan conocedor de las lenguas, pese a lo cual le propone con todo gusto una versión autóctona esperando que sea de su agrado y despidiéndose con afecto atentísimo. Sin perder un segundo, el poeta se sienta a leer la traducción. El resultado es desastroso: analizado con detenimiento, este tercer poema no guarda semejanza alguna con el ritmo, ni con el tono, ni con las evocaciones del texto original. Más que menos, él se considera un lector comprensivo con las libertades literarias de los demás. Pero, en este caso, no es que su amigo se haya permitido ciertas licencias, sino que más bien parece haberse tomado todas las licencias a la vez. Los matices se han perdido. La dicción parece turbia. De la sonoridad, ni rastros.

Recuperado del espanto, le escribe a vuelapluma a su amigo agradeciéndole su diligencia y, sobre todo, aquella traducción que se le antoja sin lugar a dudas exquisita. Pese a todo, el poeta decide no darse por vencido y le remite esta versión tercera a otro traductor, menos amigo suyo aunque más reputado, para que se la vierta, si fuera tan amable, a cierta lengua vecina. El pretexto alegado es que cierta revista extranjera le ha propuesto que traduzca un poema de un amigo suyo y, con franqueza, él se siente incapaz de acometer tan delicada tarea sin incurrir en deslices. Y, presentándole su más respetuosa admiración y gratitud, se despide, le promete, le desea, etcétera.

A aquellas alturas, el resultado poético comenzaba a ser lo de menos para nuestro inquieto poeta; quien, nada más recibir la aplicada respuesta del segundo traductor, vuelve a despacharla, bajo firma apócrifa, a un riguroso filólogo calvo al que no ha tratado personalmente pero que en alguna ocasión le ha dedicado una reseña elogiosa. La petición es que vierta a su lengua común aquel texto de un importante poeta extranjero, para poder estudiarlo más a fondo. Semanas más tarde, con cortés demora universitaria, el académico le devuelve el poema reescrito y le propone que cenen algún día juntos para hablar de su autor. Pues, si bien su interés literario es a todas luces menor, le extraña sobremanera no haber tenido antes noticia de él.

Esta cuarta versión de su poema, si el gusto no le falla, está llena de tropiezos y roza lo ininteligible. Los referentes han volado, el tema se desvía hasta las periferias más remotas, los encabalgamientos hacen ruidos de serruchos. Desolado, aunque también divertido, imagina por un momento todos sus libros juntos traducidos a aquella lengua o a cualquier otra lengua. Suspira abrumado. “La poesía -piensa entonces- es definitivamente intraducible”. Y, sin importarle nada, le regala este lejano poema a una apreciada colega extranjera: es obra de un amigo fraternal -le escribe-, y me alegraría mucho que pudiese usted darlo a conocer, traducido, en la publicación de su país que considere más oportuna. Confío plenamente en su criterio y bla bla. Y más abajo los mejores deseos, siempre suyo, y todo lo demás.

Contentémonos con señalar que el poeta repite esta operación de ida y vuelta otras cuatro veces, siempre con idénticas peticiones y parecidos pretextos. Cada contestación que recibe lo incomoda, lo indigna y lo fascina a partes iguales. Unas veces le encomian el poema, otras se lo censuran sin piedad. Como quien se dedicase a un débil pasatiempo, sin repasar apenas las respectivas traducciones y retraducciones, él se limita a meterlas en un sobre para enviárselas de nuevo a algún colega bilingüe.

El tiempo pasa, bobo.

Y es así como, una mañana gris, en su séptimo intento, a la traducción decimocuarta, el poeta rasga el sobre y sostiene entre sus manos una versión de factura familiar y alcance exacto: es, según va recordando, palabra por palabra, como por coma, su propio poema, el primero de todos. En un principio lo asalta la tentación de correr a su escritorio para comprobarlo. Luego, más calmado, se dice que está bien así, tal como suena, original o no. Y se dirige a su escritorio, aunque ya con otro objetivo. “La poesía es definitivamente intraducible -anota en su libreta- pero, tarde o temprano, un poema será siempre traducible”. Luego abre una novela, perezoso, y se pone a pensar en otra cosa.