La traducción
Andrés Neuman
Un poeta de los llamados mayores recibe una carta con un poema. Se trata de una mañana algo ventosa, y se trata de
un poema suyo: unos señores de cierta revista se lo han traducido a una lengua vecina. Su intuición lingüística le sugiere que la traducción es lamentable. Así que, con la sincera intención de comprobar si se equivoca, decide entregarle esta versión extranjera a cierto amigo suyo, profesor, traductor, poeta, miope. Le hace llegar una notita amable rogándole que traduzca aquel texto a su común lengua materna. El poeta sonríe, se diría que travieso: ha omitido, por supuesto, la autoría del poema.
Como su amigo pertenece a la vieja guardia postal, no ha transcurrido una semana cuando el poeta encuentra en su buzón un esmerado sobre con la respuesta requerida. En ella, algo extrañado, el remitente se aventura a suponer que se trataba de un texto de lectura relativamente sencilla para alguien tan sagaz como su querido poeta, y por añadidura tan conocedor de las lenguas, pese a lo cual le propone con todo gusto una versión autóctona esperando que sea de su agrado y despidiéndose con afecto atentísimo. Sin perder un segundo, el poeta se sienta a leer la traducción. El resultado es desastroso: analizado con detenimiento, este tercer poema no guarda semejanza alguna con el ritmo, ni con el tono, ni con las evocaciones del texto original. Más que menos, él se considera un lector comprensivo con las libertades literarias de los demás. Pero, en este caso, no es que su amigo se haya permitido ciertas licencias, sino que más bien parece haberse tomado todas las licencias a la vez. Los matices se han perdido. La dicción parece turbia. De la sonoridad, ni rastros.
Recuperado del espanto, le escribe a vuelapluma a su amigo agradeciéndole su diligencia y, sobre todo, aquella traducción que se le antoja sin lugar a dudas exquisita. Pese a todo, el poeta decide no darse por vencido y le remite esta versión tercera a otro traductor, menos amigo suyo aunque más reputado, para que se la vierta, si fuera tan amable, a cierta lengua vecina. El pretexto alegado es que cierta revista extranjera le ha propuesto que traduzca un poema de un amigo suyo y, con franqueza, él se siente incapaz de acometer tan delicada tarea sin incurrir en deslices. Y, presentándole su más respetuosa admiración y gratitud, se despide, le promete, le desea, etcétera.
A aquellas alturas, el resultado poético comenzaba a ser lo de menos para nuestro inquieto poeta; quien, nada más recibir la aplicada respuesta del segundo traductor, vuelve a despacharla, bajo firma apócrifa, a un riguroso filólogo calvo al que no ha tratado personalmente pero que en alguna ocasión le ha dedicado una reseña elogiosa. La petición es que vierta a su lengua común aquel texto de un importante poeta extranjero, para poder estudiarlo más a fondo. Semanas más tarde, con cortés demora universitaria, el académico le devuelve el poema reescrito y le propone que cenen algún día juntos para hablar de su autor. Pues, si bien su interés literario es a todas luces menor, le extraña sobremanera no haber tenido antes noticia de él.
Esta cuarta versión de su poema, si el gusto no le falla, está llena de tropiezos y roza lo ininteligible. Los referentes han volado, el tema se desvía hasta las periferias más remotas, los encabalgamientos hacen ruidos de serruchos. Desolado, aunque también divertido, imagina por un momento todos sus libros juntos traducidos a aquella lengua o a cualquier otra lengua. Suspira abrumado. “La poesía -piensa entonces- es definitivamente intraducible”. Y, sin importarle nada, le regala este lejano poema a una apreciada colega extranjera: es obra de un amigo fraternal -le escribe-, y me alegraría mucho que pudiese usted darlo a conocer, traducido, en la publicación de su país que considere más oportuna. Confío plenamente en su criterio y bla bla. Y más abajo los mejores deseos, siempre suyo, y todo lo demás.
Contentémonos con señalar que el poeta repite esta operación de ida y vuelta otras cuatro veces, siempre con idénticas peticiones y parecidos pretextos. Cada contestación que recibe lo incomoda, lo indigna y lo fascina a partes iguales. Unas veces le encomian el poema, otras se lo censuran sin piedad. Como quien se dedicase a un débil pasatiempo, sin repasar apenas las respectivas traducciones y retraducciones, él se limita a meterlas en un sobre para enviárselas de nuevo a algún colega bilingüe.
El tiempo pasa, bobo.
Y es así como, una mañana gris, en su séptimo intento, a la traducción decimocuarta, el poeta rasga el sobre y sostiene entre sus manos una versión de factura familiar y alcance exacto: es, según va recordando, palabra por palabra, como por coma, su propio poema, el primero de todos. En un principio lo asalta la tentación de correr a su escritorio para comprobarlo. Luego, más calmado, se dice que está bien así, tal como suena, original o no. Y se dirige a su escritorio, aunque ya con otro objetivo. “La poesía es definitivamente intraducible -anota en su libreta- pero, tarde o temprano, un poema será siempre traducible”. Luego abre una novela, perezoso, y se pone a pensar en otra cosa.



