Por Laura García.
DISCURSOS DELIRANTES
Después de un fallido intento de golpe y en un viejo avión Ylushin se trasladan, de vuelta a Moscú, el presidente ruso Mijail Gorbachov y su jefe de seguridad, coronel de ejército Efim Geller, acompañados de otros altos mandos y miembros del gobierno ruso. El pollo grasiento con papas fritas que les dieron en el avión les ha caído muy mal a todos, especialmente al coronel Geller quien se ha intoxicado; se está pudriendo por dentro prácticamente y el dolor lo castiga con alucinaciones. La carne moribunda ha tomado la palabra y la realidad se ha deformado en un juego de ficciones y delirios. Uno tras otro llegan los recuerdos, hilados en una serie de relatos en los que Geller repasa entre la burla y la ironía y con un finísimo humor negro, su desaforada vida: Entre otras cosas, ha sido violado de niño por un viejo pederasta, ha violado a su primera esposa, aún cuando se amaban profundamente, la denunció como traidora y la entregó a las autoridades rusas. Repasa como cada mujer que llegó a su vida, bajo circunstancias tan simples como marcadoras, barrió en su corazón y le hizo vivir muchos tipos de desenfreno. Aquí el sexo no da placer, sino que es una actividad enfermiza en la búsqueda de un absoluto casi perverso. Geller es, además, un genial escritor, incomprendido, rechazado por editores y editoriales, andando con su libro más ambicioso bajo el brazo y con una esperanza siempre puesta en él, que pronto se desvanece. De repente la historia da otro giro y ya Geller no delira con mujeres, sino con hombres. Ha sido poseído por algunos y ha amado con obsesión a un travesti. No deja de escribir. Ni de llevar su obra más ambiciosa bajo el brazo.
El ritmo cascada de esta novela está marcado principalmente por un juego literario en donde las imágenes sufren una ligera transformación, cada cierto tanto – en capítulos que son distinguidos con letra cursiva – y en donde ya no es de Geller de quien se habla, sino de otro tipo muy parecido a él, quien también parece pudrirse agonizando en un hospital, mientras recuerda un libro que ha escrito, sobre Gorbachov, sobre un tal coronel Geller, sobre una tal URSS. Un tipo confuso, pero clave dentro de la obra.
Estamos, sin duda, frente a una novela oscura. Una novela túnel. Los relatos confluyen y explotan. Una situación se mimetiza con otra que aparece capítulos más adelante, en otros escenarios, con otros personajes.
Pero es la oscuridad de esta obra la que proporciona, irónicamente, reflejos de otras cosas: una temática muy novedosa dentro de lo que se ha escrito en los últimos años en Chile, cuidadosamente trabajada. Una estructura narrativa fuerte, que se semeja muchísimo a una partida de ajedrez, ya que Discursos de la carne es un juego en donde las piezas han sido movidas con maestría. Un juego en donde el fin es arrebatar el aliento, por completo, a quien lo lee atentamente. Pero ante todo, esta es una novela que despliega genialidad, inteligencia y exquisito atrevimiento. Se salta de la lujuria a la más absoluta miseria espiritual, sin puntos medios. Del dolor insoportable a la risa desternillante. Cada personaje es visto con una constante burla, que se hace cada vez más infinitamente necesaria. Aquí se unen pasajes que recrean vejaciones a mujeres y hombres, cruentas muertes, dolor, miseria, alegrías eufóricas, sexo despiadado, descritos con una pasmosa precisión de relojero y con lenguaje amplio y acertadísimo. Aquí no se admiten susceptibilidades y a pesar de que vagan entre párrafos Gorbachov, Chernobyl, la URSS, el socialismo y el comunismo, esta no es una novela política y está muy lejos de serlo.
Estos discursos merecen lectores que tengan la oportunidad de amar y odiar al desgarrador Geller. Que tengan la oportunidad de hastiarse, solidarizar o compadecerse de la figura «ese» que escribe a Geller, sí, ese «otro ser» que se atreve a entrometerse, a desenmascararse y a disfrazarse al mismo tiempo entre las letras cursivas.
Es la carne moribunda que hace su discurso: y reclama ser atendida.




