Por Laura García
Apuntes para «El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé» de Alberto Salcedo Ramos
Son escasos los buenos periodistas literarios actualmente. Yo conozco a uno que es un manojo de pasión por su oficio. Y es un referente en cuanto a su oficio se trata. Un cronista que sabe ver, con su afiladísima mirada periodística, la historia más grande, detrás de una sencilla realidad. Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) es extremadamente joven para la madurez periodístico-literaria que tiene y a sus 44 años carga una pesada maleta de importantes premios en los que se reconoce su trabajo periodístico, por ejemplo el premio Rey de España (1998) y tres veces el premio de periodismo Simón Bolívar. Algunas de sus crónicas han sido incluidas en antologías tan importantes como los premios ganados, por ejemplo, la antología Citizen of fear – Ciudadano de miedo – publicada por la Universidad de Rütger.
¿De qué habla Alberto Salcedo Ramos en sus crónicas que atraen a tantos lectores y que son imprescindibles en las antologías periodísticas? Me aventuro a proponer que sus crónicas pueden considerarse documentos vitales para el patrimonio popular colombiano a través de ciertas temáticas que comparten algo en común: la sencillez y a su vez la complejidad de lo cotidiano – juglares olvidados, deportistas en decadencia, hombres comunes y corrientes que viven alguna situación extraordinaria, tradiciones populares, entre otras –, tratado con el mismo cuidado e importancia que una noticia o un tema de moda, pero sin caer en las frivolidades que de por sí conllevan éstos. Y en un país como Colombia, tiene doble valor el hecho de que tengan su propia inscripción en la memoria del trabajo periodístico, los seres comunes y corrientes, que no son sicarios, no son guerrilleros, no son paramilitares, no son políticos corruptos y no están en la cresta de la ola mediática, pero sí pueden trasladarse a la experiencia colectiva a través de una crónica bien narrada.
Alberto Salcedo Ramos ha publicado libros de crónicas que hacen las veces de altavoz para estas historias cotidianas, pero sin duda uno de los mejores viene a ser el último que ha publicado bajo el sello Random House Mondadori: El oro y la oscuridad, la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, en donde el contraste de gloria y decadencia son narrados de forma magistral. Lo digo sin exagerar el término y después de haber leído cuidadosamente la obra. La investigación sobre la vida, gloria y posterior declive de uno de los ídolos deportivos más grandes que ha existido en Colombia, Antonio Cervantes, más conocido como “Kid Pambelé”, le tomó dos años en los que reunió cientos de testimonios de familiares, amigos, gente que trabajó con el boxeador y principales periodistas que cubrieron los eventos deportivos de la época (años 1972 a 1980 aproximadamente), material documental y algunas conversaciones con el mismo Pambelé. Todo esto, por supuesto, bien depurado. Nada de sobre exposición o sensacionalismo. La investigación sobre el mayor ídolo deportivo que ha tenido Colombia desembocó en una extraordinaria narración en la que Salcedo Ramos expone todo ese material acumulado, debidamente seleccionado. Así surge la historia de cómo se inició Pambelé, de sus primeros pero poco exitosos pasos en el boxeo, del viaje a Venezuela en donde luego vendrían las peleas más profesionales, paulatinamente el boxeador “bruto” se convierte en un boxeador profesional, más técnico y finalmente un campeón mundial en su categoría: walter junior (peso 140 libras). Sus puños eran imbatibles. Los contrincantes más testarudos caían vencidos por su fuerza descomunal. Los contrincantes menos testarudos simplemente eran noqueados en los primeros rounds. Fue idolatrado por todo el pueblo que seguía muy de cerca sus peleas. Presidentes y políticos cayeron rendidos a sus pies, llenándolo de homenaje y tributos y hasta pudo conseguir que en la humilde población en donde había nacido, San Basilio de Palenque, se inaugurara el servicio básico de alcantarillado. La estrella fulguró como nunca en un cielo de gloria. Le llovían las mujeres, la vida que tan duramente lo había tratado parecía sonreírle y él le respondía con férrea disciplina en sus entrenamientos y preparación boxística. Y, por supuesto, de la mano de la fama y el poder, llegó el dinero. Mucho dinero. Y poco después, el transito de rey a mendigo. Aunque ya Pambelé traía un problema siquiátrico heredado de su madre, su situación se agravó con el alcohol y las drogas. Estaban las drogas por todos conocidas: la marihuana, la cocaína, el bazuco, etc. Y también estaba la droga más importante, más dañina y destructiva que las otras: el poder. El poder que lo emborrachó y lo hizo alucinar. El poder que le dieron sus 91 peleas ganadas, 45 por nocaut. El poder que le dio el ser uno de los deportistas más importantes del país, el primer boxeador colombiano en ganar un título mundial. El poder que otorga el solo hecho de hacer vibrar a un pueblo. Ese mismo que abruma y abruma tanto, que cuando Pambelé no supo qué hacer con tanto poder que le sobraba, empezó su camino a la decadencia. Y de la gloria llegó a la tragedia con tan solo dar un paso en falso hacia el abismo de la adicción. A la hora de su retiro ya la historia era diametralmente opuesta. De la memoria colectiva quizás no se ha borrado el recuerdo de sus victorias, pero sí convive junto a él la imagen del ídolo recluido en un hospital de rehabilitación, o del ídolo que vagabundea por las calles de Bogotá o Cartagena o cualquier parte de Colombia, protagonizando excesos y desmanes, creyendo que aún tiene una corona sobre su cabeza y que aún lo espera en cualquier parte que se encuentre, un trono con sus respectivos cortesanos. Hasta el momento, nadie se había preocupado oficialmente de ordenar y reconstruir la vida del hombre, que aún no termina. Por el contrario. Pambelé todavía transita a saltos entre la gloria del pasado y el declive de su presente. Y su batalla más larga y difícil la viene enfrentando contra su propia sombra, ni siquiera contra sí mismo. No es casualidad que la prueba de ello quede de manifiesto en la que considero la escena más impresionante dentro de la obra y de un tremendo valor literario. En la Plaza de Toros Cartagena de Indias, durante un evento boxístico, Pambelé en medio de una tremenda borrachera, desató un conflicto y se ganó las rechiflas del público. Cuenta el autor que cuando se acercó atraído inevitablemente hacia a su personaje, éste le pidió una cerveza pero él le respondió que mejor se calmara y se fuera a dormir, entonces el boxeador lo llenó de improperios y le aclaró que él era «el campeón mundiaaalllll» y se cuadró, listo para defender su título; el personaje se enfrenta a su autor, lo desafía y perfectamente habría podido propinarle una golpiza.
El oro y la oscuridad es una crónica sobre la vida de un héroe, narrada con todo profesionalismo, sentada sobre las bases de una investigación rigurosa y manchada en cada línea escrita, del talento de su autor. Quizás no sea complicado, al final, descubrir que una de las claves por la que esta crónica sobre una vida que todos en Colombia creían conocer de sobra a través de las constantes noticias en las que se veía involucrado Pambelé, pueda ser seductora para un lector cualquiera, está en encender la luz dentro del cuarto oscuro de lo que aparentemente no parece ser extraordinario.






