El oro y la oscuridad y también la luz

28 05 2007

Tapa del libro "El oro y la oscuridad"

Tapa del libro "El oro y la oscuridad"

Por Laura García

 

Apuntes para «El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé» de Alberto Salcedo Ramos

Son escasos los buenos periodistas literarios actualmente. Yo conozco a uno que es un manojo de pasión por su oficio. Y es un referente en cuanto a su oficio se trata. Un cronista que sabe ver, con su afiladísima mirada periodística, la historia más grande, detrás de una sencilla realidad. Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) es extremadamente joven para la madurez periodístico-literaria que tiene y a sus 44 años carga una pesada maleta de importantes premios en los que se reconoce su trabajo periodístico, por ejemplo el premio Rey de España (1998) y tres veces el premio de periodismo Simón Bolívar. Algunas de sus crónicas han sido incluidas en antologías tan importantes como los premios ganados, por ejemplo, la antología Citizen of fear – Ciudadano de miedo – publicada por la Universidad de Rütger.

 

¿De qué habla Alberto Salcedo Ramos en sus crónicas que atraen a tantos lectores y que son imprescindibles en las antologías periodísticas? Me aventuro a proponer que sus crónicas pueden considerarse documentos vitales para el patrimonio popular colombiano a través de ciertas temáticas que comparten algo en común: la sencillez y a su vez la complejidad de lo cotidiano juglares olvidados, deportistas en decadencia, hombres comunes y corrientes que viven alguna situación extraordinaria, tradiciones populares, entre otras –, tratado con el mismo cuidado e importancia que una noticia o un tema de moda, pero sin caer en las frivolidades que de por sí conllevan éstos. Y en un país como Colombia, tiene doble valor el hecho de que tengan su propia inscripción en la memoria del trabajo periodístico, los seres comunes y corrientes, que no son sicarios, no son guerrilleros, no son paramilitares, no son políticos corruptos y no están en la cresta de la ola mediática, pero sí pueden trasladarse a la experiencia colectiva a través de una crónica bien narrada.

 

Alberto Salcedo Ramos ha publicado libros de crónicas que hacen las veces de altavoz para estas historias cotidianas, pero sin duda uno de los mejores viene a ser el último que ha publicado bajo el sello Random House Mondadori: El oro y la oscuridad, la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, en donde el contraste de gloria y decadencia son narrados de forma magistral. Lo digo sin exagerar el término y después de haber leído cuidadosamente la obra. La investigación sobre la vida, gloria y posterior declive de uno de los ídolos deportivos más grandes que ha existido en Colombia, Antonio Cervantes, más conocido como “Kid Pambelé”, le tomó dos años en los que reunió cientos de testimonios de familiares, amigos, gente que trabajó con el boxeador y principales periodistas que cubrieron los eventos deportivos de la época (años 1972 a 1980 aproximadamente), material documental y algunas conversaciones con el mismo Pambelé. Todo esto, por supuesto, bien depurado. Nada de sobre exposición o sensacionalismo. La investigación sobre el mayor ídolo deportivo que ha tenido Colombia desembocó en una extraordinaria narración en la que Salcedo Ramos expone todo ese material acumulado, debidamente seleccionado. Así surge la historia de cómo se inició Pambelé, de sus primeros pero poco exitosos pasos en el boxeo, del viaje a Venezuela en donde luego vendrían las peleas más profesionales, paulatinamente el boxeador “bruto” se convierte en un boxeador profesional, más técnico y finalmente un campeón mundial en su categoría: walter junior (peso 140 libras). Sus puños eran imbatibles. Los contrincantes más testarudos caían vencidos por su fuerza descomunal. Los contrincantes menos testarudos simplemente eran noqueados en los primeros rounds. Fue idolatrado por todo el pueblo que seguía muy de cerca sus peleas. Presidentes y políticos cayeron rendidos a sus pies, llenándolo de homenaje y tributos y hasta pudo conseguir que en la humilde población en donde había nacido, San Basilio de Palenque, se inaugurara el servicio básico de alcantarillado. La estrella fulguró como nunca en un cielo de gloria. Le llovían las mujeres, la vida que tan duramente lo había tratado parecía sonreírle y él le respondía con férrea disciplina en sus entrenamientos y preparación boxística. Y, por supuesto, de la mano de la fama y el poder, llegó el dinero. Mucho dinero. Y poco después, el transito de rey a mendigo. Aunque ya Pambelé traía un problema siquiátrico heredado de su madre, su situación se agravó con el alcohol y las drogas. Estaban las drogas por todos conocidas: la marihuana, la cocaína, el bazuco, etc. Y también estaba la droga más importante, más dañina y destructiva que las otras: el poder. El poder que lo emborrachó y lo hizo alucinar. El poder que le dieron sus 91 peleas ganadas, 45 por nocaut. El poder que le dio el ser uno de los deportistas más importantes del país, el primer boxeador colombiano en ganar un título mundial. El poder que otorga el solo hecho de hacer vibrar a un pueblo. Ese mismo que abruma y abruma tanto, que cuando Pambelé no supo qué hacer con tanto poder que le sobraba, empezó su camino a la decadencia. Y de la gloria llegó a la tragedia con tan solo dar un paso en falso hacia el abismo de la adicción. A la hora de su retiro ya la historia era diametralmente opuesta. De la memoria colectiva quizás no se ha borrado el recuerdo de sus victorias, pero sí convive junto a él la imagen del ídolo recluido en un hospital de rehabilitación, o del ídolo que vagabundea por las calles de Bogotá o Cartagena o cualquier parte de Colombia, protagonizando excesos y desmanes, creyendo que aún tiene una corona sobre su cabeza y que aún lo espera en cualquier parte que se encuentre, un trono con sus respectivos cortesanos. Hasta el momento, nadie se había preocupado oficialmente de ordenar y reconstruir la vida del hombre, que aún no termina. Por el contrario. Pambelé todavía transita a saltos entre la gloria del pasado y el declive de su presente. Y su batalla más larga y difícil la viene enfrentando contra su propia sombra, ni siquiera contra sí mismo. No es casualidad que la prueba de ello quede de manifiesto en la que considero la escena más impresionante dentro de la obra y de un tremendo valor literario. En la Plaza de Toros Cartagena de Indias, durante un evento boxístico, Pambelé en medio de una tremenda borrachera, desató un conflicto y se ganó las rechiflas del público. Cuenta el autor que cuando se acercó atraído inevitablemente hacia a su personaje, éste le pidió una cerveza pero él le respondió que mejor se calmara y se fuera a dormir, entonces el boxeador lo llenó de improperios y le aclaró que él era «el campeón mundiaaalllll» y se cuadró, listo para defender su título; el personaje se enfrenta a su autor, lo desafía y perfectamente habría podido propinarle una golpiza.

 

El oro y la oscuridad es una crónica sobre la vida de un héroe, narrada con todo profesionalismo, sentada sobre las bases de una investigación rigurosa y manchada en cada línea escrita, del talento de su autor. Quizás no sea complicado, al final, descubrir que una de las claves por la que esta crónica sobre una vida que todos en Colombia creían conocer de sobra a través de las constantes noticias en las que se veía involucrado Pambelé, pueda ser seductora para un lector cualquiera, está en encender la luz dentro del cuarto oscuro de lo que aparentemente no parece ser extraordinario.





Para no ser el olvido.

15 05 2007

Algunos apuntes para El olvido que seremos.

 

Es El olvido que seremos (Planeta 2006), el libro más doloroso de Héctor Abad Faciolince, que se publicó a finales del año pasado y que llegó a Chile a

Tapa de El olvido que seremos
Tapa de “El olvido que seremos”

finales de Abril en su novena edición, aunque el éxito de ventas lo lleva ya por la undécima. Tras su lectura quiero unirme al sentimiento del autor, expresado en algunas de las líneas finales del libro, en las que se precisa el corazón, la esencia de lo que una memoria de vida debe lograr: ecos.

 

«(…) y como todos los hombres somos hermanos, en cierto sentido, porque lo que pensamos y decimos se parece, porque nuestra manera de sentir es casi idéntica, espero tener en ustedes, lectores, unos aliados, unos cómplices, capaces de resonar con las mismas cuerdas en esa caja oscura del alma, tan parecida en todos, que es la mente que comparte nuestra especie».

 

***

 

En 1987, a la entrada de la sede del sindicato de maestros fue asesinado el doctor Héctor Abad Gómez, por un mandato de los paramilitares, ejecutado por sicarios. En la lista de amenazados que circuló días antes por Medellín, aducían la triste y absurda razón: «Héctor Abad Gómez: Presidente del Comité de Derechos Humanos en Antioquia. Médico auxiliador de guerrilleros, falso demócrata, peligroso por simpatía popular para elección de alcaldes en Medellín. Idiota útil del PCC-UP». Su injusto asesinato, es uno de tantos que se han sucedido en Colombia durante casi 40 años de violencia continuada, pero ahora sin duda es un referente, gracias este libro de memorias. Las memorias de amor y dolor con las que su hijo, Héctor Abad Faciolince, reconstruye el recuerdo que tiene de su padre, desde que tiene uso de razón, hasta cuando fue asesinado. Este es un trabajo bastante difícil, porque hablar sobre la vida del padre a través del tiempo y las circunstancias y hechos que lo marcaron, implica retratar también a toda la familia con sus tensiones internas, sus luchas diarias, sus sueños muchas veces logrados, otras tantas frustrados y sus momentos felices y trágicos, sin caer en sentimentalismos y cursilerías.

 

Independiente de la intención con que fue escrita esta obra y de lo que representa para su autor (porque también es una forma de catarsis para él), este libro reconstruye además una parte importante de la historia violenta de Colombia, de la intolerancia y pacatería de sus Instituciones, especialmente la académica y la religiosa, de la impunidad, la injusticia y el desangramiento, a través de la historia particular de una familia pacífica, común y corriente (la familia del autor) y desde ella, a través de la lucha del doctor Héctor Abad Gómez, un médico epidemiólogo, higienista y defensor incansable de los derechos humanos que creía con todas sus fuerzas en la posibilidad de la paz, la educación y la vida digna de aquellos que se levantaban – levantan aún – todas la mañanas, en blanco y se acuestan todas las noches, tal cual, en blanco. En blanco el estómago de comida, en blanco la cabeza de educación y que no se quedaba callado, porque este es un grito, una denuncia, un altavoz disfrazado de libro de memorias noveladas. Por no quedarse callado, por no hacerse cómplice con un silencio enfermo de las atrocidades que sucedían a su alrededor, fue que asesinaron al doctor Abad Gómez. Y por no dejar que el silencio sepulte la verdad y el horror, es que su hijo Héctor Abad Faciolince tampoco se queda callado. Quizás él, como su padre, también tiene vocación de médico, uno que quiere ayudar a erradicar la epidemia de la indiferencia, que ha terminado azotando a Colombia. Ya no nos asombra el horror, porque el horror ha pasado a ser una triste película que se nos repite todos los días.

 

Héctor Abad Faciolince. Foto de El Espectador

Héctor Abad Faciolince. Foto de "El Espectador"

Sin embargo, el valor literario de una obra no está única y exclusivamente en las buenas intenciones o el profundo sentimiento que contiene la temática del libro, de lo contrario, su autor no habría demorado casi veinte años en escribirla con el fin de tomar el pulso necesario y darle una forma literaria específica, una alejada de los sentimentalismos y que evitara que las líneas salieran «untadas de esa inevitable sustancia lacrimosa», como él mismo lo ha dicho. Esta es una pieza literaria preciosa, desgarradora y arrobadora, porque siendo contada por uno de los protagonistas de los hechos reales, el autor ha sabido tomar una distancia muy similar – si no la misma – que se toma cuando se escribe ficción y con los recursos literarios de los que se han valido grandes autores, como Kafka o V.S Naipaul, cuando han hablado de la figura paterna en sus obras, distancia producida por el inevitable hecho de que esta realidad tiene todos las características de la más lograda ficción, aunque lamentablemente no lo es.

 

Al leer este libro y separar los aspectos literarios, del contexto y los sentimientos que provoca en los lectores la historia como tal, llegué a valorar algunos aspectos sobresalientes por su lucidez, que están implícitos en las reflexiones muy personales del autor, con las que éste matiza la narración específica de la historia. Lo primero son los fundamentos críticos con que aborda el tema religioso, la creencia o no creencia en Dios. Teniendo en cuenta que en esta familia había una tensión interna por las creencias religiosas (mamá creyente, papá no creyente), es bastante difícil intercalar con el ejercicio de la memoria, el pensamiento muy personal, pero muy bien argumentado, sobre por qué Dios es una pura invención y la clara prueba, con hechos contundentes, de que la iglesia católica siempre ha sido y será mucho más pecadora que sus piadosos feligreses y la muestra vívida de que en los momentos más críticos de la historia de los pueblos, incluido el contexto de violencia y rechazo que enfrentó el doctor Abad Gómez en Medellín, esta Institución se comporta de forma muy contraria a todo lo que predica: sin caridad, sin justicia.

Segundo: a pesar del amor profundo, más que amor, de la adoración y veneración que siente Héctor Abad Faciolince por su padre y que está marcada en cada palabra, se ve reflejado el natural criterio de dejar en claro que no está escribiendo la vida de un santo o algo por el estilo, sino de un ser humano como todos nosotros, que también cometió errores graves y leves y que tenía sus defectos y manías propias.

Tercero: la que considero la reflexión más acertada del libro; aquella que se refiere a la condición humana, desde el punto de vista más profundamente humano, valga la redundancia, que pueda verse. Vale decir que más que una reflexión, esta es una conclusión de vida a la que el autor llegó sobre todo, por lo que su padre le transmitió. Transcribo el párrafo que contiene la reflexión mencionada: «Por algunas de esas cartas que conservo todavía, y por el recuerdo de los cientos y cientos de conversaciones que tuve con él, yo he llegado a darme cuenta de que no es que uno nazca bueno, sino que si alguien tolera y dirige nuestra innata mezquindad, es posible conducirla por cauces que no sean dañinos, o incluso cambiarle el sentido. No es que a uno le enseñen a vengarse (pues nacemos con sentimientos vengativos), sino que le enseñan a no vengarse. No es que a uno le enseñen a ser bueno, sino que le enseñan a no ser malo. Nunca me he sentido bueno, pero sí me he dado cuenta de que muchas veces, gracias a la benéfica influencia de mi papá, he podido ser un malo que no ejerce, un cobarde que se sobrepone con esfuerzo a su cobardía y un avaro que domina su avaricia.»

 

Muchas cosas especiales me pasaron con este libro. Sé por ejemplo que la memoria es una cosa frágil, pero estoy segura de venir leyendo desde que tengo unos trece años, artículos desperdigados de Héctor Abad Faciolince en diferentes revistas y publicaciones. Primero leía una columna que escribía para Cromos, que se llamaba «Todavía» y después en las revistas Semana y SoHo. Y claro, también sus libros, pero lo que más me llama la atención es que todas esas columnas y artículos, se referían muchas veces al recuerdo amoroso de su padre y al dolor de una pérdida que nadie puede superar: la pérdida obligada, no natural. Y todas esas pistas que se fueron regando por ahí, como si fueran piedras que se van tirando por el camino de un espeso bosque para no perderse, o mejor aún, eran las piezas de un rompecabezas que aparecen reunidas y ordenadas con sentido en este libro, agregadas a ellas la historia completa de la familia. Literariamente, esa repetición de pistas en el libro es una apuesta peligrosa, porque el autor es un columnista muy leído y se arriesga a que esa gran mayoría de lectores que llegan a su obra, por la referencia que como columnista y articulista tienen de él, se detengan en algún momento a decir: «pero yo ya leí esto antes, en tal parte…». Sin embargo, acá no hay tal peligro de ese riesgo, porque todos los demás lectores, que como yo, habíamos leído antes muchas o todas esas piezas de rompecabezas que se reúnen en el libro, llegamos a la misma conclusión de que todo hace parte del contar constante, perseverante, incansable, de un hecho, de una muerte, no para pedir consuelo por el dolor del ser perdido, consuelo que por cierto es imposible de proveer, sino para no olvidar, no pasar de largo o «tragar entero».

 

Quizás el recuerdo amoroso inunde las líneas de cada capítulo. Quizás el autor proponga metas muy sencillas, cuando explica para qué escribe este libro, para «que simplemente se sepa», esa es una meta muy sencilla, casi absurda al decirla, como parecían absurdas las metas del doctor Abad Gómez, que tan sólo pretendía vacunas periódicas, condiciones de limpieza mínimas y agua potable para aquellas masas de pueblo que conocemos como «pobres», pero que significan tan poco en la práctica, como mucho se habla de ellos en la teoría, pero esa meta tan sencilla, no fue lograda. Para que «simplemente se sepa», están los diarios y los noticieros y sin duda se logró algo más: la imposibilidad de olvidar, esa que llevó a que los lectores se abalanzaran a comprar el libro y a leerlo admirados y conmovidos y aunque el autor no deseara precisamente caer en el sentimentalismo, no pudo evitar que esos lectores derramaran (derramáramos, lo confieso) algunas lágrimas en algunos de los episodios narrados. Porque para no ser el olvido, la literatura ayuda mucho y unas palabras desprovistas de toda ambición y bien escritas, desde todos los puntos de vista, sin duda son una venganza mucho más poderosa que devolver el daño con plomo. Esta es la única venganza verdaderamente efectiva y posible frente al asesinato del padre amado: la venganza del «decir». Decir lo que pasó. Decir cómo pasó. Y hasta intentar decir por qué pasó.

Una venganza, que no es del todo venganza, porque es dulce, triste y dolorosa y porque no se termina para nada con la caída inminente del asesino (lamentablemente las palabras no hacen y me temo que no harán la suficiente justicia aún con los actos de paramilitares y guerrilleros en Colombia), sino que por el contrario, deja abierto eternamente el libro de la violenta realidad, para lectura y consulta constante de quienes no desean, de quienes saben, sabemos, que es imposible y dañino olvidar.