Luis Fernando Afanador: EXEQUIAS
31 08 2007Comentarios : Deja un Comentario »
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Andrés Neuman: MARGARITA
28 08 2007
Es tan guapa. Me quiere. Tiene insomnio. No me quiere. Le gusta preparar el desayuno para los dos. Me quiere. Detesta que me cueste tanto levantarme. No me quiere. Cuando nos duchamos juntos, hacemos el amor en equilibrio. Me quiere. Se queda como absorta, como lejos, al terminar. No me quiere. Permite que le seque el pelo, cierra los ojos, ronronea. Me quiere. Hace extrañas llamadas, nunca sé con quién habla. No me quiere. Me regaló un anillo para mi cumpleaños. Me quiere. Apenas conozco a su familia ni a sus amigos. No me quiere. Tiene bastante dinero y disfruta compartiéndolo conmigo. Me quiere. Pregunta constantemente: ¿Qué hora es? No me quiere. No te preocupes, vida mía, dice. Me quiere. Espía por la ventana y pregunta por los vecinos. No me quiere. Al besarme, sonríe con ternura. Me quiere. Se separa de mí sobresaltada. No me quiere. Su vestido blanco le deja al descubierto casi medio pecho. Me quiere. Ahora no, me dice. No me quiere. Lleva puesto el modesto colgante que le regalé el mes pasado. Me quiere. Shh, exclama, no te muevas. No me quiere. Me toma del brazo de pronto. Me quiere. Es caprichosa, pienso. No me quiere. Shh, repite, muy quieta, moviendo los ojos en todas direcciones. ¿No me quiere? Margarita…, suspiro. ¿O me quiere? ¡Abajo!, chilla. No me quiere. Rodamos juntos por el suelo del salón hasta quedar debajo de la mesa. Me quiere. Algo impacta brutalmente contra el cristal de la ventana y lo hace añicos. No me quiere. ¿Estás bien?, me susurra al oído. Me quiere. ¿Y tú?, le digo con un hilo de voz, pero no obtengo respuesta. No me quiere. Se incorpora delicadamente y gatea juguetona por el pasillo. Me quiere. ¿Dónde vas?, ¿qué haces?, le pregunto, y desaparece. No me quiere. Regresa gateando, con su bolso al hombro, a nuestro rincón debajo de la mesa; se acurruca junto a mí. Me quiere. Abre el bolso, intento mirar, lo aparta. No me quiere. Ten cuidado con los cristales, mi vida, dice. Me quiere. Saca un arma del bolso, un arma con un cañón muy grueso. No me quiere. Me acaricia la mejilla. Me quiere. Desde debajo de la mesa la veo caminar agachada hacia la ventana, tratando de no pisar los cristales. No me quiere. La tela de su vestido se tensa como una piel pálida. Me quiere. ¡Tú, quieto!, insiste, cuando intento asomarme. No me quiere. Se pone en pie de un salto, con esa agilidad que tanto le admiro. Me quiere. Saca un brazo por el hueco de la ventana rota y dispara varias veces en dirección a los tejados. No me quiere. Al escuchar mi respiración entrecortada, se aparta de la ventana, me ayuda a salir de la mesa y dice: Ya ha pasado. Me quiere. Pero añade: Ahora tengo que irme. No me quiere. Me besa la comisura de los labios; huele a pólvora y perfume. Me quiere. Se marcha en silencio, apretando ese bendito bolso que uno nunca sabe qué puede contener. No me quiere. Antes de abrir la puerta y de salir tan rápida que parece hecha de viento, se vuelve para guiñarme un ojo verde. Me quiere. Jamás me dice cuándo me llamará de nuevo, adónde se va de viaje ni cuándo nos veremos otra vez. Definitivamente –pienso– no me quiere.
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JORGE MAJFUD: África mía
24 08 2007
Una vez en la mágica Pemba, tuve la oportunidad de cenar con Ntewane Machel, el hijo del famoso revolucionario africano Samora Machel. N. había estudiado en Europa y por entonces estaba dirigiendo operaciones militares en el norte de su país. Nuestra conversación de esa noche giró entorno a ciertas historias de espíritus animales que habían invadido una aldea. Considerando su origen capitalino y su formación europea, le pregunté si creía en la magia de los hechiceros. Ntewane frunció la frente y la boca como alguien que no se anima a reconocer que cree en Dios en medio de una reunión de ateos. Pero finalmente respondió que sí con una historia. Cuando más joven, una bruja había predicho que él o su hermano iba a morir pronto. Antes del mes, N. cayó enfermo y poco después su hermano tuvo un accidente automovilístico. Y murió. Cuando terminó su historia, N. me miró como un profesor que acaba de demostrar un teorema y mira a su alumno tratando de ver si ha comprendido. Con mi expresión más occidental, dije:
—Bueno, ¿y dónde está la prueba?
Alguien que estaba a mi lado suspiró molesto; no era posible que alguien tuviese tantas dificultades para entender una prueba irrefutable.
—Yo no veo la prueba —insistí—; lo único que veo es un crimen inducido.
Creo que mis amigos optaron por cambiar de tema cuando notaron que los puntos de vistas se habían radicalizado demasiado.
Pero veámoslo desde un punto de vista psicológico, que si no es el mejor tampoco ha de ser peor que la interpretación mágica. Consideremos que, después de la revelación, tanto N. como su hermano debieron quedar muy perturbados; sobre todo porque ambos eran africanos de pura ley y muy susceptibles a las palabras de una adivina con fama. La enfermedad de N. debió golpear directamente a su hermano, ya que eso indicaba quién sería el mortal aludido. ¿No es éste el mejor estado psicológico para que se produzca un accidente, real o involuntario?
Reconozco que estoy siendo algo injusto al exponer un razonamiento que es propio de nuestra mentalidad occidental a lectores que seguramente serán occidentales. No estoy afirmado que ésta sea la verdad, sino que ninguna de las dos realidades puede ser probada absolutamente. Las creaturas proyectamos sobre toda la realidad una determinada visión del mundo que ha sido sugerida o verificada por una parte mínima de esa realidad. Porque la Realidad es infinita y nuestras facultades intelectuales son limitadas; porque no podemos evitar generalizar una comprensión; porque no podemos ver el mundo a través de dos verdades diferentes. —Solo podemos decir que una proposición es verdadera cuando se integra a aquellas verdades básicas que no estamos dispuestos a modificar. Este compromiso es simple cuando relaciona axiomas y corolarios matemáticos, pero se vuelve harto complejo cuando escapa a esa ciencia tautológica.
* * *
En la prehistoria epistemológica no existía la discusión iluminista que separó razón y experiencia. Por entonces, no había alternativa; como para algunos modernos, la verdad era aquello que se podía ver: un búfalo, un cuchillo, el sol, la luna, el espíritu de los antepasados y la magia del brujo. No hace mucho, en la región norte de Mozambique, un macúa me contó, con fanáticos detalles, cómo una mujer había convertido un saco de arena en un saco de azúcar. No solo había visto cambiar de color la arena, de rojo a blanco puro; también había experimentado el nuevo gusto. Al mismo tiempo que reconocía que semejante transformación era imposible, afirmaba que era la pura verdad. ¿Por qué? Porque lo había visto con sus propios ojos y lo había probado con su propia lengua.
—Dígame, ¿usted sabe qué son los sueños? —le pregunté, no sin desconfianza en mí mismo.
—Sí, yo sueño todas las noches. —contestó el macúa.
—¿Qué fue lo último que soñó?
—Esta noche soñé que iba en un avión, volando entre las nubes.
—¿Viajó alguna vez en avión, entonces?
—No. Solo he visto aviones de lejos, volando.
—Pero usted estaba ahí. El señor vio y escuchó el avión desde adentro, volando entre las nubes.
—Sí.
—Entonces es verdad que estuvo alguna vez en un avión.
—No, no es verdad.
Como se puede ver, entonces yo abusé de las artimañas de la dialéctica. Pero ese es un juego válido solo para los hijos de Grecia, no para los otros. A mi amigo macúa no le produjo ningún efecto la conversación. Tal vez se quedó con la misma impresión novedosa que me quedé yo al conocerlos un poco.
Todavía más emocionadas son las historias que se cuentan en las aldeas del mato africano. Para las culturas “salvajes”, todo lo que se ve es real. Para los herederos de Grecia no: la verdad es lo que se esconde detrás de la apariencia. Se cuenta que una vez un crítico de Platón le reprochó que solo había visto caballos singulares, pero nunca había visto algo como una “caballosidad”. A lo que el filósofo respondió: “Eso es porque usted, señor, tiene ojos pero no inteligencia”. Ya antes de Platón inteligencia significaba algo así como el poder de ver lo invisible. Es decir, el fuego de Heráclito, la inercia de Galileo, la gravedad de Newton, la voluntad de Schopenhauer, la lucha de clases de Marx, la libido de Freud. En la negación de la experiencia nació el racionalismo griego (por lo cual no se puede hablar de “ciencia griega” en el mismo sentido que la entendemos hoy). Algo más tarde se propuso que esa Invisibilidad también (o solamente) podía ser percibida con otra facultad humana: la fe; y en ese conflictivo romance invirtieron años los escolásticos. Muchas religiones, desde las indianas hasta el cristianismo primitivo, concluyeron que todo lo visible era engañoso y, por lo tanto, perverso. (“Omnia quae visibiliter fiunt in hoc mundo, possunt firei per daemones”; es decir, “todo lo que ocurre visiblemente en este mundo puede ser hecho por los demonios”). Para los griegos, detrás de lo aparente estaba la razón; para los cristianos, Dios o el Demonio; para los modernos y para los vulgares detrás de todo está el sexo.
Bien, pero tanto a los hechizados africanos como a los que solo tienen ojos para ver caballos hay que recordarles que no es verdad todo lo que se ve ni se ve todo lo que es verdad.
* * *
Nunca más supe de Ntewane. En 1998 su madre, Graça, se casó con Nelson Mandela, y así se convirtió en la primera mujer que fue “primera dama” de dos países diferentes, Mozambique y Sudáfrica. Con su amigo de la adolescencia, el ingeniero Pedro Cruz, compitieron en las olimpíadas de Moscú 1980. Yo trabajé un tiempo para Pedro diseñando barcos en su Estaleiro Naval de Pemba. Mi buen amigo Pedro era —y debe ser aún— un extraordinario nadador. Recuerdo que con una amiga periodista de Suiza solíamos entrar tres horas mar adentro. Las aguas tropicales del Índico son tan transparentes y saladas que cuando uno se cansaba podía extender los brazos y las piernas y quedarse un rato largo mirando el brillo multicolor de los corales. Hasta que aparecía alguno de esos monstruos de formas y nombres indefinidos y se acababa el descanso y la magia de África.
* * *
Una vez alguien me dijo que yo no podía hablar de religión porque no era un hombre religioso. Me quedé pensando un instante, porque en algo tenía razón: yo soy un espíritu religioso, pero no soy un hombre religioso porque mi mente desconoce la seguridad. Obviamente, se equivocaba en lo demás.
—Señor —contesté, no sin timidez—, si los sacerdotes católicos desde siempre han dado consejos matrimoniales y ahora hasta dan clase de conducta sexual, por qué no podría un ateo enseñar teología?
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Sergio Ramírez: RECUERDOS DE LA MUERTE
21 08 2007Cuando descendí del autobús en la plaza de León un mediodía ardiente del mes de abril de 1959 para matricularme en la Escuela de Derecho, la única que había entonces en el país, iba de la mano de mi padre, tendero en mi pueblo natal de Masatepe y el único de una familia de músicos que no había aprendido a tocar ningún instrumento. Toda la vida había querido que yo fuera abogado, como suele ocurrir con los hijos de tenderos que tampoco quiere ver a sus hijos convertidos en músicos, y así en pobres de solemnidad.
Emprendía entonces ese viaje tan sabido de los adolescentes que desde los pueblos sin nombre llegan de estudiantes a las ciudades de provincia, como lo recuerdo en Los ríos profundos de Arguedas, ese momento cuando se entra en un territorio hasta entonces extranjero, y sabe Dios si hostil, y empiezan las enseñanzas sorpresivas, y a veces arteras, de lo que uno mismo habrá de llamar luego la escuela de la vida.
Era la Nicaragua de los Somoza. Yo había nacido bajo la estrella reinante del viejo Somoza, fundador de la dinastía, y cuando me tocó irme a León, reinaba su hijo Luis Somoza Debayle. Veinte años después, cuando sobrevino la revolución, participaría en la empresa de derrocar al último de la dinastía, Anastasio Somoza Debayle.
Mi familia de músicos era fiel al partido liberal desde los tiempos de la revolución de Zelaya que había impuestos tributos asfixiantes a los ricos y expulsado a lomo de mula a través de la frontera con Honduras, de cara a la cola, al Obispo de Nicaragua desde su sede en León, y esa lealtad la heredó a la familia Somoza, que reinaba en nombre del mismo partido liberal. Mi padre, el que me llevaba de la mano aquel mediodía, había sido alcalde de Masatepe.
El somocismo fue en mi infancia, y los seguía siendo en mi adolescencia, un paisaje inmutable, y la palabra dictadura era para mí sólo un término vicioso utilizado con maldad por los mismos que habían sido capaces de urdir una conspiración para asesinar al viejo Somoza, allí mismo en León, tres años atrás. Yo había formado parte de una delegación de mi colegio para llevar una ofrenda floral en sus funerales, donde lo más llamativo para mí fue el destacamento enviado por Trujillo desde la Dominicana, una guardia de honor junto con una banda militar, todos vestidos de negro con entorchados dorados.
Cuando me vi sólo en León, lejos de la mano de mi padre, el paisaje empezó a cambiar a una velocidad de vértigo y muy pronto estaba en las calles protestando contra los desmanes de la dictadura en ruidosas manifestaciones que eran estrechamente vigiladas por pelotones de la Guardia Nacional. Y la tarde del 23 de julio una de esas manifestaciones fue atacado a mansalva, primero con bombas lacrimógenas y luego con fuego nutrido de fusiles y ametralladoras.
Al sonar los disparos corrí en medio del tumulto por la banda izquierda y entré de cabeza por la puerta de servicio de un modesto restaurante que se llamaba El Rodeo. Como la ametralladora de trípode emplazada en una de las aceras disparaba hacia la banda derecha, de ese lado quedaron los cuatro muertos y la mayoría de los más de setenta heridos de la masacre. La atmósfera en que me movía seguía siendo irreal cuando en lugar de huir por la tapia del restaurante saltando hacia los patios de las casas vecinas, subí con pasos de sonámbulo al segundo piso, donde vivían los dueños, y en el pequeño aposento que daba a la calle encontré a dos niñas de bucles dorados que temblaban de miedo abrazadas en una cama. Entonces, como quien se asoma a un abismo atraído por el vértigo, me asomé al balcón.
Los cuerpos estaban regados a lo largo del pavimento como muñecos con la cuerda rota mientras los soldados, impasibles, conservaban sus posiciones de tiro en tres filas, los de atrás de pie, los de en medio con una rodilla en tierra, y los de adelante tendidos en el suelo, los fusiles todavía humeantes, mientras Fernando Gordillo, uno de mis compañeros que de todos modos murió a los pocos años de miastenia gravis, avanzaba hacia ellos a pecho descubierto, envuelto en la bandera de Nicaragua que había encabezado el desfile. Lo recuerdo como si fuera más bien la escena de una película que ahora me cuesta creer.
Un cura norteamericano que había bajado esa mañana de un barco en el puerto de Corinto para conocer León y estaba ya en la calle auxiliando a los heridos, detuvo a Fernando en su locura. Alguien me gritó al verme asomado al balcón que llamara a una ambulancia, y como las niñas me informaron que no había teléfono en el restaurante, bajé a la calle aún aturdido por los gases de las bombas lacrimógenas para ayudar a transportar a los heridos al hospital a como fuera. Empezamos entonces a forzar las puertas de los vehículos estacionados, y cuando ya alguien estaba al volante del taxi más a mano quisimos entre varios a levantar a uno de los caídos.
El cuerpo estaba de espaldas pero reconocí a Erick Ramírez, mi compañero de banca, a quien días antes habían rapado el pelo en la ceremonia de novatos, igual que a mí. Venía del pueblo de El Viejo y tenia diecisiete años, como yo. En su espalda se abría un orificio no más grande que el botón de una camisa, del que no manaba sangre. No te aflijás que te vamos a llevar al hospital, le dije al oído, pero cuando lo alzamos descubrí que tenía desflorado el pecho en un gran boquete.
Lo llevamos al hospital en el taxi, ya muerto, y en la morgue estaban ya sobre las losas de azulejos los otros cadáveres que junto con el de Erick empezaron a ser desnudados para lavarlos después con una manguera, y entonces desviscerarlos y zurcirlos porque debían viajar lejos, hacia sus pueblos natales, de donde habían llegado también de la mano de sus padres, tenderos, agricultores, empleados públicos, peritos mercantiles.
Nunca más olvidé el olor a formalina de la morgue, mi magdalena en la taza de tilo. Ese olor me enseña siempre que en mi vida los recuerdos de la adolescencia son los mismos recuerdos de la muerte, y nunca hallo otra cosa en que poner los ojos. Bastó aquella tarde para que yo cambiara mi visión del destino, del mundo, de la realidad, de la suerte, de la crueldad, de la justicia, y para que perdiera de una sola vez la inocencia. Pasé a verme a partir de entonces como un sobreviviente, y mis compromisos para siempre los adquirí esa tarde en que el paisaje cambió para siempre.. Compromiso, convicción, causa, se volvieron palabras que me ofrecían sin ningún velo un sentido real, no por adolorido menos verdadero, palabras tan desnudas como los cuerpos tendidos sobre las losas de la morgue.
Es el día más memorable de mi vida. Ni siquiera el día del triunfo de la revolución en otros mes de julio, veinte años después, es tan memorable como aquel. Un recuerdo persistente del olfato, un olor y un recuerdo de la muerte.
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Entrevista a Peter Stothard (Inglés)
15 08 2007Welcome, Mr. Stothard.
Peter Stothard. Foto Peter Nicholls
You have been the editor of The Times for 10 years, and now you are the editor of The Times Literary Supplement. A world about books tends to run at a much slower pace than a world about news. Is this a relief for a professional that has been the editor of a renowned newspaper for such a long time?
I was a lover of Greek and Latin literature long before I fell into British politics. I read as many contemporary novels as I could long before I read a Labour or Conservative pamphlet. I regularly read the TLS before I regularly read The Times. It’s good to be home.
The emergence of the Internet is radically changing the way we approach information, including the way the media communicate with the public. In this connection, what further evolution can be expected for the TLS in the near future?
The aim of the TLS is to identify and explain the best in literature and ideas. The internet is a way of communicating what we do – and finding readers. Evolving new ways of doing the latter is the more important.
I would like to know your personal appraisal of English contemporary literature. Along history, English literature has contributed phenomenal writers and thinkers to our culture. Is the current situation consistent with that trend? As things stand now, is it foreseeable the trend will continue in the future?
There have been great periods for producing English literature that lasts. We like to remember those. There have been periods better forgotten. We do forget them. Future trends? We can’t see them. Hard work and hard thinking have always been the doors to the good, whatever writers like to claim. In England today anyone can seek those doors, not only, or not even especially, the English.
Many writers have always been more or less influenced by the literary vogue of their time. This is probably more so nowadays, when books are often treated as one more product of a mass market. Are we perhaps overlooking any authors due to the overwhelming influence of more ‘trendy’ literary styles or subjects?
The mass market was as important at the end of the 19th century as it is now. Popular writers, by their very popularity, show something of their time. Literary writers – defined as those with higher intentions to last – sometimes did last and sometimes still will. I suspect we are overlooking fewer contributors to literature than at any time since the first words were written.
From your standpoint, what is the relative weigh of Latin American novel in the present world’s literature? Is it contributing more, or less, than during the boom of the 1970s?
I don’t know. At the TLS, unlike at many other places, if you don’t know, you don’t say.
As times passes, we often find ourselves looking at the past under a different light. Seen from that distance, was the boom of the 1970s the literary milestone it was then claimed?
I am tapping out these replies in a library of fiction that I began assembling in 1970. Many of the names around me are now wholly forgotten. When I am ready to throw them away I will be ready to answer this question.
As thousands of other critics all over the world, you have recently started your own blog. Would you say that blogs fill a gap that was there to be filled or, on the contrary, they are redundant and somehow becoming an obligation you would rather live without?
I write a blog as a way of bringing readers in to the TLS. I write about what I’m reading as a modern way – so it seems – of bringing readers to what our critics write.
This sudden mushrooming of bloggers is one more consequence of the emergence of the Internet, where any person can now communicate with any other one (almost) without restrictions. Will it be possible to keep the relation quantity/quality that prevailed before the Internet? Are we poised to a new Babel Tower for excess of information, or will an equilibrium be reached some day?
There will be no equilibrium. That would be death both for art and for the appreciation of art. There will be imbalances, sometimes swinging imbalances, and much good from that.
Do you now have as much spare time to mow your lawn as ten years ago?
I have more spare time. My children have grown up. I have lawns but, bad as this may sound, I don’t mow them.
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