Es tan guapa. Me quiere. Tiene insomnio. No me quiere. Le gusta preparar el desayuno para los dos. Me quiere. Detesta que me cueste tanto levantarme. No me quiere. Cuando nos duchamos juntos, hacemos el amor en equilibrio. Me quiere. Se queda como absorta, como lejos, al terminar. No me quiere. Permite que le seque el pelo, cierra los ojos, ronronea. Me quiere. Hace extrañas llamadas, nunca sé con quién habla. No me quiere. Me regaló un anillo para mi cumpleaños. Me quiere. Apenas conozco a su familia ni a sus amigos. No me quiere. Tiene bastante dinero y disfruta compartiéndolo conmigo. Me quiere. Pregunta constantemente: ¿Qué hora es? No me quiere. No te preocupes, vida mía, dice. Me quiere. Espía por la ventana y pregunta por los vecinos. No me quiere. Al besarme, sonríe con ternura. Me quiere. Se separa de mí sobresaltada. No me quiere. Su vestido blanco le deja al descubierto casi medio pecho. Me quiere. Ahora no, me dice. No me quiere. Lleva puesto el modesto colgante que le regalé el mes pasado. Me quiere. Shh, exclama, no te muevas. No me quiere. Me toma del brazo de pronto. Me quiere. Es caprichosa, pienso. No me quiere. Shh, repite, muy quieta, moviendo los ojos en todas direcciones. ¿No me quiere? Margarita…, suspiro. ¿O me quiere? ¡Abajo!, chilla. No me quiere. Rodamos juntos por el suelo del salón hasta quedar debajo de la mesa. Me quiere. Algo impacta brutalmente contra el cristal de la ventana y lo hace añicos. No me quiere. ¿Estás bien?, me susurra al oído. Me quiere. ¿Y tú?, le digo con un hilo de voz, pero no obtengo respuesta. No me quiere. Se incorpora delicadamente y gatea juguetona por el pasillo. Me quiere. ¿Dónde vas?, ¿qué haces?, le pregunto, y desaparece. No me quiere. Regresa gateando, con su bolso al hombro, a nuestro rincón debajo de la mesa; se acurruca junto a mí. Me quiere. Abre el bolso, intento mirar, lo aparta. No me quiere. Ten cuidado con los cristales, mi vida, dice. Me quiere. Saca un arma del bolso, un arma con un cañón muy grueso. No me quiere. Me acaricia la mejilla. Me quiere. Desde debajo de la mesa la veo caminar agachada hacia la ventana, tratando de no pisar los cristales. No me quiere. La tela de su vestido se tensa como una piel pálida. Me quiere. ¡Tú, quieto!, insiste, cuando intento asomarme. No me quiere. Se pone en pie de un salto, con esa agilidad que tanto le admiro. Me quiere. Saca un brazo por el hueco de la ventana rota y dispara varias veces en dirección a los tejados. No me quiere. Al escuchar mi respiración entrecortada, se aparta de la ventana, me ayuda a salir de la mesa y dice: Ya ha pasado. Me quiere. Pero añade: Ahora tengo que irme. No me quiere. Me besa la comisura de los labios; huele a pólvora y perfume. Me quiere. Se marcha en silencio, apretando ese bendito bolso que uno nunca sabe qué puede contener. No me quiere. Antes de abrir la puerta y de salir tan rápida que parece hecha de viento, se vuelve para guiñarme un ojo verde. Me quiere. Jamás me dice cuándo me llamará de nuevo, adónde se va de viaje ni cuándo nos veremos otra vez. Definitivamente –pienso– no me quiere.




