ALVARO VALVERDE: Ciudad

27 09 2007

 





LA MANTECA QUE NOS UNE

25 09 2007

Por Alberto Salcedo Ramos

En una calle de Estocolmo, un haitiano tal vez piense que el jamaiquino que está a la vista, en la misma acera por donde él anda extraviado, es uno de los suyos. Cuando lo oiga hablar en inglés, quizá sienta la decepción del sediento que, en el desierto, acaba de ver un oasis donde no lo había.

Si al frente de los dos está una mesa de fritangas que no es ni jamaiquina ni haitiana sino venezolana, uno y otro – y por supuesto también el señor de Venezuela que vende las frituras – se sentirán en familia.

Lo que nos divide en el Caribe, según el poeta dominicano Pedro Mir, es la lengua. Lo que nos une, según la escritora puertorriqueña Magali García Ramis, es la manteca. Empanadas repletas de carne grasosa y vísceras de res que chorrean aceite, encuentra uno en Kingston y en Cartagena, en La Habana y en Portobello. En el Caribe inglés y en el español, en el holandés y en el francés.

Hay otras cosas comunes, desde luego. En nuestro territorio principió la colonización de América. El mar en el que nuestros antepasados buscaban la armonía con el Universo, nos fue arrebatado por las grandes potencias, que no lo usaron como fuente de belleza sino como teatro de guerra. También nos une el predominio de la luz sobre la penumbra y un cierto garbo de danza que convierte el acto de caminar en la antesala de la fiesta. Luego está el tambor, que nos pone alas en los pies y nos hace pensar, como Giradoux, que el cuerpo no debe ser la primera sepultura del esqueleto. Nadie quiere matar ni matarse cuando suena el tambor, ya sea en un bolero cubano o en un reggae de Jamaica. Tal vez por eso, pese a afrontar los más agudos problemas sociales, el Caribe es la región del mundo que presenta el menor índice de suicidios.

Entre todas las cosas que nos unen, nada tan sabroso como una fritanga que extiende ante nuestros ojos su variedad de colores y texturas. Pienso, por ejemplo, en una Reina Pepiada caraqueña o en un mofongo de San Pedro de Macorís. Se trata de un placer que, en principio, es óptico y después visceral. No importa que, como dicen algunos, esta adicción a la grasa sea la opción que elegimos en el Caribe para, de todos modos, suicidarnos. Para perder lentamente en la mesa la vida que nos había devuelto el baile.

Si nos quitaran la manteca, no habría manera de que el pobre haitiano extraviado en Suecia pudiera hermanarse con el jamaiquino que también anda perdido y con el venezolano de la acera de enfrente, para sentir de una vez por todas que no hay aburrimiento que dure cien años ni hombre del Caribe que lo resista.





VALENTI PUIG: Acerca del dolor

21 09 2007

En unos meses el periodista y escritor mallorquí Valentí Puig, publicará el ensayo “La Casa Eterna”. En exclusiva, un fragmento de adelanto.

Por cada victoria del hombre contra el dolor, millones de vía crucis sin orden sacro ni esperanza accesible. A veces se abren las puertas de la fe, unas puertas enormes que requieren cada vez el esfuerzo de batallones de guerreros, forzando los goznes que chirrían, abriendo poco a poco la puerta del castillo. La constatación de que el hombre no ha sido nunca capaz de calcular —y mucho menos prever— su potencial negativo, entra en estado de paradoja con el estupor ante la sospecha de que un creador todopoderoso, una divinidad que genera y no gestiona, pueda mantener la presencia del dolor del mundo. Entenderíamos más bien que el mundo esté mal hecho y, en consecuencia, que exista el mal; un mal abstracto, moral, que no la continuidad genética del sufrimiento físico, del dolor que resquebraja y prolifera. ¿Y si fuera cierto que el sufrimiento es redentor, una fuerza que obtiene el espíritu individual y trasciende hacia los demás y mucho más allá? Nada que ver con el lodo histórico, sino con la gloria. Existe una culpa que es como un polen maligno que destruye las vegetaciones de menor resistencia y se lo lleva todo por delante, dejando un paisaje de troncos pelados y ramas sin hojas. Es una culpa sin origen personal, innominada, sin identificación fiscal.

Es muy peculiar la confrontación que representan el dolor y la sensualidad: ni el destino ni el deseo mitigan el choque entre la carne lacerada y los ciclos concupiscentes, del mismo modo que padecemos y morimos en el mismo lecho donde hemos hecho el amor o, sencillamente, copulado. La misma cama en la que nacimos puede ser el lecho de muerte, tras años de vida sensual, de combinar cuerpos, presencias, insomnios y enfermedades. La misma cama, recibiendo la misma luz de la calle, sin variar ni un centímetro la orientación nordeste según la brújula, la misma materia de sueños o supersticiones, el mismo intríngulis de intereses y pasiones.

Tanto dolor solo puede relacionarse con la recurrencia de la imperfección soberana, destructiva, aniquiladora. No existe ninguna edad idónea para el dolor y el sufrimiento. Tener sesenta años es hoy una razón para dedicarse al golf, practicar natación o fumarse un habano los domingos, en el fútbol. Del mismo modo, no aceptaríamos que el dolor posea un significado sagrado porque no aceptamos ningún precio feudal, ni trueque alguno. Las células del mal negro buscan nuevas rutas, bajan por los pedregales y superan líneas Maginot bajo todo el fuego de artillería. La humanidad va y viene por templos, clínicas y tanatorios que conocen al detalle la embriaguez del dolor hasta la concreción física, el sufrimiento del alma hecha soma, pérdida irreparable que, instituida como ausencia, encanece una cabellera o mina la consistencia de un sistema nervioso. Es un territorio que corresponde a dioses barrocos y sentenciosos, tan lejos de la idea de amor como de la perfección pastoral





RICARDO SILVA ROMERO: 101 – 102 – 202

14 09 2007





Sobre la pertinencia del análisis sociopolítico en la literatura

7 09 2007

Por Amir Valle

 

 

Un viejo amigo, el escritor Armando León Viera, me escribió hace un tiempo, preocupado por una marca que ha visto demasiado en la narrativa cubana: la insistencia en realizar un análisis sociopolítico a través de las historias contadas. Me pregunta: ¿hasta dónde es lícito? Y a partir de esa pregunta, escribí estos apuntes sobre el tema, que son, además de apuntes, mi opinión personal o, sería mejor decir, el modo en que me enfrento a ese dilema que existe para los cubanos desde que en 1959 triunfó una Revolución, hoy traicionada y en agonía, pero entonces foco de luz para todas las naciones pobres del mundo.

Nacido del reporterismo político, puede decirse que el análisis sociopolítico se refleja en los estudios literarios precisamente a través de dos grandes novelas, en las cuales se le ha analizado como una pieza básica, pero tipificadora de lo que sucedía entonces en el discurso político oficial: Guerra y Paz, de León Tolstoi, y Los Miserables, de Víctor Hugo.

En ambas obras se producen largas disquisiciones donde los autores se entrometen en el hilo novelado, lo interrumpen, e intentan explicar situaciones históricas y movimientos del pensamiento social, generalmente vinculadas a la política que se vivía en esos instantes en sus países respectivos: Rusia y Francia.

El discurso teórico literario de la novela en esas primeras etapas del género aceptaba la intromisión del autor y era normal que se permitieran las opiniones del autor como parte del cuerpo novelado, aún incluso en aquellos casos en que se tratara de críticas moralistas que el autor le hacía al propio personaje por él creado. La opinión política y moral del autor se mostraba, de ese modo, en toda su transparencia.

Como en todo, cientos de novelas comenzaron a “teorizar” sobre esos temas, a criticar moralmente a los personajes creados, a juzgarlos a manera de juicio hecho dentro de la obra contra los males o supuestos desvíos morales (de acuerdo con la época) del personaje o de la historia. Se agotó el recurso de tal modo, que hoy solamente suelen citarse esas dos novelas (y alguna que otra, pero menos trascendente) como ejemplos de lo anterior.

Eso también sentó una pauta: al tratarse de obras que dieron paso a la novela moderna, y en las cuales (por mayoría absoluta) ese modo discursivo no resultó eficaz, cuando irrumpe la novela moderna (en la cual se busca la invisibilidad del autor) quedó como premisa que no podía permitirse el discurso sociopolítico como parte de la obra. Comenzaron a buscarse variantes, especialmente por aquellos autores cuyas zonas temáticas estaban justamente en el centro de la política. En todos los casos, el discurso político y moral del autor (o las resonancias antes directas del pensamiento social de la época) perdió presencia y se enmascaró detrás de la técnica.

Esta variante, poco tiempo después y con el triunfo de la Revolución de Octubre en Rusia, tuvo que enfrentarse a la tesis del realismo socialista de que “el adoctrinamiento político puede ser la esencia de la obra literaria”. Bajo esos cauces empezó a escribir una literatura doctrinaria, nuevamente cargada de referencias directas (y hasta discursos en lenguaje tan político que resultaba antiliterario), obteniéndose el más lógico de los resultados: hoy sabemos que se produjo tanta pésima literatura en apenas treinta años que el modelo fracasó, y sobrevivieron aquellos pocos autores con obras donde el humanismo socialista nacía de la propia historia y no de la imposición ideológica del autor.

El reto, según se entiende hoy, está en incluir el discurso sociopolítico (cuando sea necesario) sin que se opaque la historia narrada. Esto se debe a una tesis que asegura que el buen discurso sociopolítico aplaca, opaca, dulcifica y enmascara la realidad por dura que ésta sea, y que el mayor mérito de un orador político está en revertir una situación de crisis social a través del discurso. ¿Consecuencia? El pueblo, la gente común, a lo largo de los tiempos (básicamente como resultado de lo ocurrido en el campo político en el siglo XX, tanto en la izquierda como en la derecha) rechaza o simplemente no escucha lo que se le dice en los códigos del discurso político. Es, según diría la sociología norteamericana, un “mecanismo de defensa racional e inconsciente de la masa social”.

 

 

La literatura, cuyo objetivo es crear un mundo vivo dentro del universo literario, también tiene que luchar contra ese comportamiento, referido al lector, por supuesto. En simple palabras, el mayor reto del escritor que necesita hablar de ciertos asuntos político-sociales, es romper ese mecanismo de defensa que se ha creado en la mentalidad del autor moderno en contra de los discursos políticos.

Algunos ejemplos:

William Faulkner (Las palmeras salvajes) - El análisis sociopolítico (que buscan mostrar la animalización de la sociedad) está centrado en el contrapunteo de dos historias: la del preso y la del matrimonio. Las reflexiones de corte crítico hechas en el momento del pensamiento de los protagonistas y distribuidas en frases muy sutiles dentro de los diálogos, no llegan a opacar jamás el sentido de naturalidad de la historia. En su caso, mezcla la reflexión pura con un sentido de la ironía muy agudo y en otras ocasiones con un lirismo realmente alto, pero eficaz porque resulta natural a la psicología del personaje.

John Dos Passos (Paralelo 42 y Manhattan Transfer) - En éstas, sus dos más conocidas novelas, el análisis sociopolítico está dado en el encabalgamiento de las historias contadas a manera de viñetas cortas, independientes una de la otra, y su relación contrapuntual con los titulares de prensa, los recortes de periódicos, los anuncios, que aparecen en ambas novelas.

Alexander Solzhenitzin (Un día en la vida de Ivan Denisovich) – Solamente aparece en los diálogos de los autores, generalmente enmascarados en frases cortantes, irónicas, o cargadas de depresión, buscando en todos los casos la configuración psicológica de los personajes y que el discurso aparezca bien camuflado, casi invisible. Son básicos en este caso la fotografía nítida, vívida, que hace Solzhenitzin de la vida en el campo de trabajos forzados donde está su personaje.

Alejo Carpentier (El siglo de las luces) – El discurso político aparece envuelto en una absoluta maraña de descripción del mundo en que se produce el discurso, que se hace prácticamente invisible. El contrapunteo de las tesis políticas entre algunos de los personajes principales se establece dentro de un escenario histórico de presencia tan magníficamente absolutizada que el discurso político pierde fuerza y se convierte en un río subterráneo poderoso, pero del cual sólo escuchamos su rumor.

Heinrich Boll (Opiniones de un payaso) – No se ha escrito, en mi opinión, una obra de tan profundo contenido anticatólico en el mundo como ésta. El discurso sociopolítico se hace contra la falsa moralidad que el catolicismo le ha impregnado a la política alemana de todos los tiempos. Un payaso venido a menos, a quien su mujer deja por un católico con cargos en el mundo religioso y en el mundo político, empieza a analizar las razones de su fracaso y eso se convierte en un discurso sociopolítico aplastante. Pero no lo hace mediante el discurso, sino a través de una reconstrucción dolida de los recuerdos que tiene de ella, de su vida íntima, en todos los casos a través de escenas.

 

En el caso cubano, los escritores deben enfrentar una situación resultado de dos procesos literarios vitales: el influjo del realismo socialista en la literatura de las dos primeras décadas de la Revolución (donde surge el término “teque” como figura literaria, para denominar los amplios discursos sociopolíticos en las obras siempre a favor de la Revolución y el socialismo); y el influjo de toda la literatura producida a fines de los 80 y del 90, en respuesta a esa literatura anterior, donde se criticaba sin tapujos y casi directamente los problemas de la Revolución (surgiendo entonces el “antiteque” como término literario). Por ese entorno de reacción, existe el consenso en Cuba de que el escritor no debe escribir sobre este tipo de asuntos, a riesgo de que su obra caiga en la mediocridad. Es la novela negra cubana, con autores que han logrado gran impacto en el público lector cubano y en el mercado internacional, quienes más directamente se han lanzado a escribir y analizar la sociedad en sus obras, aunque existen algunos otros autores que en Cuba, y mayormente en el exilio, cuentan con obras de interesantes aportes en este sentido de cómo enfrentar el análisis sociopolítico en la literatura.

Recuerdo que en 1992, en un evento literario de carácter nacional, celebrado en Cienfuegos (al centro del país), muchos amigos se asombraron de un cuento mío que jamás quise publicar y que luego destruí. Un muchacho, a quien su madre le ha dicho ese día que su padre no murió, como le habían contado de niño, sino que se fue al Norte y la familia entera decidió darlo por muerto para protegerse políticamente y proteger al niño, se sienta en un banco del parque cercano a su casa, se pone a mirar cómo unos niños juegan pelota (uno tiene una gorra de los Yanquis de Nueva York), y lee un fragmento de la carta que su padre le envió hace muchos años y que su madre jamás le dio. La línea dice “un día descubres que nadie podrá pagarte el tiempo en que te arrancan de los tuyos”. Sólo esa frase se lee. Y al final, luego de seguir mirando un rato a los niños (sin pensar nada, solo describiendo lo que ve), arruga la carta y la tira hacia atrás. El muchacho no se ha dado cuenta de que detrás, casi oculta entre las matas de marpacíficos, sucia y descolorida, y cagada por los gorriones, hay una estatua de José Martí (considerado el más grande de los cubanos, un símbolo del pensamiento independentista cubano). El papel da justo en la frente de Martí y va a caer al suelo, junto a las hojas secas, un pomo plástico y un viejo preservativo seco.

Me dijeron entonces que era una de las mejores cosas escritas sobre el tema en Cuba. No lo dudo. Recuerdo el cuento con mucho amor. Puede que fuera realmente bueno, porque era de esos cuentos que me dejan insatisfecho, y siempre me ha pasado que los cuentos que me dejan insatisfechos han sido siempre los mejores. No quiero escribir aquí las razones que me llevaron a romper aquel cuento, pero diré que tiene que ver, de modo muy personal, con la historia fabulada del personaje.

Para resumir: soy de los que piensan que una escena puede más que mil palabras, por justas y precisas que éstas sean. Y pienso que la función de un escritor es crear esas escenas, darles vida a esas escenas: si lo haces bien, la escena, por sí sola, podrá trasmitir todo el pensamiento de la época, todas las ideas políticas, morales o de cualquier índole de tus personajes. El reto, siempre, es lograr la vida en la literatura.

 

 





Ramón Cote: NOCTURNO DEL JAGUAR

4 09 2007





Mi abuela, la inmortal: Raquel Garzón

2 09 2007

“Todos, seamos nobles o no, tenemos nuestras genealogías”, escribe la mexicana Margo Glantz al abrir el libro en el que cuenta la historia de su propia familia y desovilla, entre recuerdos que sus padres le susurran al grabador y aromas de platos tradicionales, qué significa ser judía en México. Asomarse a la gran historia escondida en el pequeño relato es lo que propone también otro texto que acaba de distribuirse en Buenos Aires: Vicente Rojo, retrato de un general republicano (Tusquets), la intensa biografía escrita por José Andrés, nieto de ese militar católico que encabezó la defensa de la República durante la Guerra Civil Española, en un intento por (lo cuenta él mismo en el prólogo) recuperar el perfil y la carnadura de ese abuelo mítico al que no llegó a conocer. Armar el rompecabezas familiar y desentrañar el lugar que ocupamos en esa foto son funciones vitales para el entramado de la propia identidad y para integrar la experiencia individual en el fresco colectivo.

La memoria activa es siempre memoria emocionada. Por eso, entiendo, no desentona una historia en primera persona que va más allá de mi abuela, María Georgina Jiménez Cantuarias, muerta en Córdoba el 26 de junio de 2007, a los 104 años, de quien heredé el perfil, la piel blanquísima y la sed gitana por los viajes. No le tocaron batallas salvo la esencial de campear los cambios y conservar la cordura a lo largo de una vida que empezó cuando no existía siquiera la radio y se apagó cuando Internet dispara universos paralelos a piacere. Esa sola cabalgata vital, atravesando la compleja coctelera del siglo XX, convertía una hora de charla con ella en una lección de historia encarnada, con ecos de dos guerras mundiales, la sorpresa ante el cinemascope y opiniones políticas sobre presidentes, de Julio A. Roca a Kirchner. De yapa, el personaje: capaz, bordeando las ocho décadas, de recibir el año nuevo bailando en las calles de Río Janeiro (con los tacos altos que usaría hasta los 97 años), no los valses que le enseñaron en discretos salones sino la batucada aprendida en las veredas. Una muestra más del vértigo, cultura de época del siglo que cruzó a nado.

Si es cierto que la infancia es una patria, los abuelos son sus embajadores naturales. Perderlos nos desnuda de toda niñez y nos catapulta como adultos a la responsabilidad de fogonear la memoria no como un consuelo sino como un legado de raíces y alas para los que siguen. Fundar un recuerdo, dice Mario Benedetti en un poema, es como fundar una ciudad, una dinastía, un estilo, una doctrina, un sueño. Sólidamente fundado, el recuerdo “es tan frágil que dura para siempre”. Mi abuela ya se recibió de inmortal.

 

 

 

 

 

 

Raquel Garzón (Córdoba, 1970) es poeta y periodista. Especializada en temas culturales desde hace más de una década, actualmente trabaja como editora en Ñ, la Revista de Cultura de diario Clarín de Buenos Aires, y colabora con el periódico madrileño EL PAÍS y su suplemento Babelia. Ha publicado cuatro libros de poemas: Crucigramas, Cataclismos, Poemas grises, Riesgos de la noche y Monstruos Privados