HURACAN

15 10 2007

Por Carlos Seror

 

El botones depositó las maletas en el suelo. Para ahorrarle las explicaciones de rutina, el inspector Yukka le dio tres dólares y lo acompañó hasta la puerta. Estaba impaciente por asomarse a la ventana.

 

Y no sólo para vigilar a su hombre, como era su misión. Nunca había estado en un hotel tan lujoso. Ni remotamente. Ante sus ojos, jardines entreverados de palmeras exhalaban perfumes tropicales, y alrededor de la piscina central las mujeres más bellas del mundo bebían daikiri con una pajita o, simplemente, leían tumbadas en top-less, aguardando a que el mar se calmara para festejar algo en el yate.

 

Con el tiempo fue descubriendo que casi todas aquellas mujeres pertenecían a Dos Santos. Simplemente, las compraba. Los envíos semanales, que le llegaban puntualmente en un maletín, daban de sobra para pagar todos sus lujos y los de aquellas bellezas de cine que se dejaban invitar a todo.

 

Excepto una: la pelirroja de melena leonada. Todos los intentos de Dos Santos por conquistarla habían fracasado. Era también la única que no usaba top-less. Como no conocía su nombre, decidió llamarla Windy. Dos Santos no parecía contrariado. Tenía otras mujeres. Además, cada viernes la llegada del maletín borraba todas sus preocupaciones. Los viernes eran el día de las orgías en el jacuzzi y de las grandes barbacoas.

 

Sólo que aquel viernes, Yukka lo sabía, iba a ser el último. Sentado bajo una sombrilla de paja, miraba melancólicamente los cabellos de Windy, en la mesa contigua a la suya, agitados por el fuerte viento que venía del océano. Entre tanto, el correo, un oriental atildado con un pequeño diamante en la corbata, hizo una leve reverencia, dejó el maletín en una silla y se sentó junto a Dos Santos. Ninguno de ellos dos sospechaba nada, pero a la semana siguiente toda la policía de Los Ángeles ocuparía discretamente el hotel y desarticularía la trama.

 

El oriental dejó el martini a medias y se despidió. El viento había arreciado, y algunas sombrillas empezaron a volar. Entonces, inesperadamente, Windy volvió el rostro hacia Yukka y dijo: “Mal día para contar billetes”. Y le sonrió.

 

Esa noche, cuando acudió al restaurante para cenar con él, Windy estaba deslumbrante. A los postres, ella y él intercambiaban ocurrencias divertidas y reían con ganas. Decidieron rematar la noche en el casino. Una buena racha en la ruleta, y se fugarían a Hawaii, bromearon.

 

No ganaron mucho. El casino estaba menos concurrido de lo habitual. En la radio habían emitido un aviso de huracán, les dijo el croupier en un aparte. Pero ni ella ni él prestaron atención. ¿A quién podía preocuparle un huracán? Un huracán era el deseo que los poseía, las miradas de fuego con que, de regreso al hotel, en la penumbra suave de la limusina, jugaron a desnudarse antes de abandonarse a un beso furioso.

 

Desayunaron con champagne, y contrataron otra limusina para ir de tiendas a Sunset Boulevard. A la hora del almuerzo, el dinero de la ruleta se había terminado. El restaurante de Santa Monica aceptó la tarjeta de crédito de Yukka, pero el lunes por la mañana, en una joyería donde Windy acababa de escoger una diadema, el empleado le devolvió la tarjeta y denegó con la cabeza. Yukka encargó que se la reservaran para el día siguiente. Windy, aparentemente distraída, fingía no oír nada.

 

Esa noche, cuando sus cuerpos se separaron exhaustos, Yukka sintió en su espalda, por primera vez, unos surcos ardientes marcados por las uñas de Windy. Entre la vigilia y el sueño, concibió un plan. Sabía exactamente dónde guardaba Dos Santos su maletín. No le sería difícil apoderarse de él. Si calculaba bien el momento, el caos provocado por el huracán les daría tiempo suficiente para huir.

 

Todo sucedió en un solo día. A media mañana recibieron instrucciones de evacuar el hotel. Cuando Dos Santos descubrió que su maletín había desaparecido, las primeras ráfagas del huracán descuajaban ya árboles en las afueras de Long Beach. El cielo se veía plomizo, y empezaba a llover. Pero para entonces Yukka y Windy, en un descapotable blanco, estaban ya en San Diego. Para no atravesar la frontera, alquilaron una avioneta. Volarían hasta la Baja California, y harían el amor en el avión, dijo Windy. Yukka la miró. Ella misma podía pilotarlo, añadió. Había sido piloto en una compañía aérea escandinava.

 

Despegaron antes de ponerse el sol. Dejaron atrás Tijuana y, sin esperar más, en el suelo, hicieron el amor. Cuando Windy regresó a la cabina, la avioneta volaba sin rumbo sobre el Pacífico. La tempestad los había desviado de su camino, y el combustible se agotaba. Avistaron una isla diminuta, poblada de palmeras peinadas por el vendaval, y consiguieron a duras penas aterrizar en la playa.

 

A la mañana siguiente se calmó el viento. Salieron de la pequeña gruta donde se habían refugiado y acudieron a la playa. La avioneta, que había sido arrastrada por la marea, estaba semihundida en el mar, a unos cien metros de la orilla.

 

Yukka se sentó, y miró el maletín repleto de dólares. Estaban juntos, sí. Pero los teléfonos móviles no funcionaban, y la isla estaba desierta.

 

Tenían ante sí aquella larga eternidad que con tanta vehemencia se habían prometido.

 

 

 

 





El discípulo del padre Merrindacotxea

2 10 2007

Por Fernando Iwasaki

El único episodio conocido de la vida del padre Berriartúa S.I. se limita a la Nochebuena de 1995, aquella Navidad rocambolesca que el cineasta Alex de la Iglesia rescató de los archivos policiales para producir la película El día de la Bestia. Sin embargo, gracias a la tesis doctoral del padre Ahitori Tsurunaga S.I. de la Universidad de Sofía (Tokio), hemos podido descubrir que el malogrado Catedrático de Teología empezó a estudiar el Apocalipsis bajo la dirección del padre Merrindacotxea S.I., quien antes de morir en 1973 impartió un seminario de Exorcismo y Demonología en la Universidad de Deusto, al que asistieron los jóvenes jesuitas Arzallus y Berriartúa.

Deusto, 1970

EL PADRE MERRINDACOTXEA era un viejo cascarrabias que dictaba sus clases a una velocidad vertiginosa, como si disfrutara con la superioridad lingüística que exhibía sobre sus perplejos alumnos.

- Padre Merrindacotxea, ¿por qué no damos la clase en castellano? Nuestro euskera todavía no es muy bueno.

- Joder, Arzallus. Estoy hablando en swahili, coño. La lengua que aprendí combatiendo al demonio en Kenia.

Merrindacotxea no toleraba la ignorancia de sus estudiantes. ¿Cómo pretendían someter al Maligno si eran incapaces de hablar en otros idiomas? Satanás tenía don de lenguas y los ministros de Dios no podían ser menos, pero esos jóvenes jesuitas no querían admitir la realidad: el diablo tampoco hablaba euskera.

- Padre Merrindacotxea, ¿para cuándo está prevista la llegada del Anticristo?

- Ahí va la hostia, Berriartúa, según mis cálculos será dentro de veinticinco años, cuando se repita la alineación planetaria que alumbró el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.

Poseídos por ese santo furor que debían conservar hasta el inexorable combate contra el demonio, los jóvenes padres Arzallus y Berriartúa apretaron los puños y dieron gracias al cielo, porque su misión era la más importante desde los tiempos de los Hechos de los Apóstoles.

- Hijos míos –resopló apesadumbrado el padre Merrindacotxea-, no me queda mucho tiempo en este mundo y debo encomendaros una tarea divina a cada uno de vosotros. Tú, Berriartúa, tú tendrás que averiguar el día exacto del nacimiento del Anticristo, porque tu misión será acabar con la Bestia.

- Sí, padre Merrindacotxea.

- Me cago en Dios, padre Merrindacotxea. ¡No es justo! Yo también quiero darle hostias a Satanás.

- ¡Joder, Arzallus! Tú no puedes luchar contra el demonio, porque tú tendrás que proteger al Mesías que nacerá de nuevo, pues cojones.

Dos lagrimones chorrearon por las mejillas montaraces del padre Arzallus.

- ¿Nuestro Señor Jesucristo nacerá de nuevo, padre Merrindacotxea?

- Así es, Arzallus. Y además será vasco.

- ¿Del mismo Bilbao?

- ¡Joder, Arzallus! ¿Y eso qué coño importa?

Y así, cuando el seminario de Exorcismo y Demonología terminó, el padre Merrindacotxea voló hacia Washington en compañía del padre Karrasko, donde ambos libraron su batalla definitiva contra Satán. Ellos sabían que sería la última, pero partieron jubilosos porque las semillas de la Venida del Reino ya habían sido sembradas en la Universidad de Deusto.

Madrid, 1995

EL PADRE BERRIARTÚA dormía arrebujado entre gurruños de trapos sucios, cuando sintió que alguien pateaba los cartones del quiosco que había levantado al pie de las Torres KIO.

- Ahí va la hostia, Berriartúa. Sí que estás hecho una mierda, pues.

- ¿Y tú quién eres, joder? … Coño… ¡Arzallus! Me cago en la hostia.

Los viejos amigos se abrazaron emocionados, porque para poder cumplir su misión habían tenido que seguir caminos muy diferentes e ingratos a los ojos de Dios. Berriartúa tuvo que pecar, descender a los infiernos y regresar del lado oscuro escarnecido y transfigurado. Hecho una mierda, vamos. Por su parte, Arzallus simuló abandonar la Compañía de Jesús para convertirse en un líder político y así recorrer de incógnito los caseríos de Alava, Vizcaya y Donosti en busca del Salvador.

- Son las señales, Berriartúa. Nuestro Señor ha nacido, joder. ¿Ya te habrás cargado al Anticristo de los cojones, no?

- Yo ya hice mi parte, Arzallus. ¿Y tú habrás encontrado ya al Niño Lendakarico, no? ¿Cuántos kilos levanta el cabrón?

- No lo he encontrado, joder. Por eso he venido a buscarte. Para que me ayudes, joder. Merrindacotxea nos ha jodido bien jodidos, joder.

Veinticinco años más tarde, los viejos condiscípulos del seminario de Exorcismo y Demonología volvían a reunirse para terminar su misión. Ya estaban a punto de partir cuando el profesor Cavan saltó como un resorte de abajo de otro montón de trapos.

- Un momento, caballeros. De aquí no se va nadie sin mí.

- Ahí va la hostia. ¿Tú también eres jesuita, joder?

- Por supuesto que no.

- ¿Tú también eres vasco, joder?

- Por supuesto que no.

- Entonces aquí te quedas, joder. ¡Debajo de las putas torres de los cojones!

A lo largo del camino de regreso a Deusto, los antiguos camaradas recordaron una y otra vez el sacrificio de los padres Merrindacotxea y Karrasko, cuya memoria querían desagraviar restituyéndoles las sílabas que les amputó la dictadura franquista cuando estrenaron El Exorcista en 1973.

- Hay que joderse, Berriartúa. Nadie sabe que el padre «Merrin» era Merrindacotxea.

- ¿Y el padre «Karras», joder? Ahí va la hostia, es como si a ti te llamaran el padre «Arza». ¿No te jode?

Arzallus había tratado de calcular el día del segundo nacimiento del Mesías, pero no quería pensar que el Niño Lendakarico fuera «maketo». Por eso lo buscó primero entre familias con apellidos, lengua y conciencia nacional, pero no lo encontró. Luego se concentró en las familias con apellidos y lengua ideales, pero nada. Finalmente se resignó a que el Salvador sólo tuviera un apellido vasco, pero más de lo mismo. ¿Y si Nuestro Señor Jesucristo de Bilbao no hablara euskera, ni tuviera los cuatro apellidos vascos, ni fuera nacionalista? Aterrado por las perspectivas, Arzallus se dirigió al colegio de la Compañía de Laguardia, donde los padres teatinos custodiaban el nombre del Elegido, del Salvador y del Mesías, revelado a los hermanos Arana Goiri por un misterioso jesuita vasco del siglo XIX.

- Joder, Arzallus. Y yo que me creía que el Mesías era Sabino.

- Me cago en la hostia, Berriartúa. Los jesuitas de Laguardia sólo me dieron un papel que decía «Tokio: 666». ¡El número de la Bestia otra vez!

- Menos mal, coño. Entonces Sabino sigue siendo el Mesías.

Tokio, 2006

EL PADRE TSURUNAGA los recibió en la Facultad de Teología de la Universidad de Sofía con una profunda reverencia.

- Padre Tsurunaga habrando euskera mejor que castellano. ¿Queriendo habrar euskera conmigo, padres jesuitas de Bilbao?

- Ahí va la hostia, joder. ¡Si su castellano es mejor que nuestro euskera! ¡Nos ha jodido el japonés de los cojones, Berriartúa!

Como no había tiempo que perder, Arzallus y Berriartúa le explicaron al padre Tsurunaga que Nuestro Señor Jesucristo nacería de nuevo en Tokio, en el sexto día del sexto mes del sexto año del nuevo milenio, tal como había sido revelado a los hermanos Arana Goiri en el colegio jesuita de Laguardia. El padre Tsurunaga no sólo los había escuchado con interés teológico sino lingüístico, pues como buen japonés quería imitar el habla de los padres Arzallus y Berriartúa para mejorar su castellano:

- ¿Cómo «conio» puere nacer Niño Dios de nuevo en día de la Bestia, joder? 666 pareciendo fecha rara de los cojones, ¿no?

- Ahí va la hostia, Tsurunaga. Qué rápido aprendes los idiomas, joder. ¡Nos ha jodido, Berriartúa!

Sin embargo, la pregunta del padre Tsurunaga era de lo más pertinente y razonable. ¿Por qué el Anticristo nació el 25 de Diciembre de 1995 y el Salvador tenía que volver a nacer el 6 del 6 del 6? ¿No debería ser al revés?

- ¡Me cago en la hostia, Berriartúa! ¿A ver si no te cargaste al Niño Lendakarico, joder?

- ¡Es imposible, Arzallus! Si hasta se me apareció el demonio de los cojones, joder.

- ¿Por qué cojones vosotros no revisando papeles de padre Merrin, que Universidad Sofía de Tokio guardando como tesoro, joder?

Mudos de estupor, los padres Arzallus y Berriartúa leyeron los papeles del padre Merrindacotxea, enviados por los jesuitas de la Universidad de Georgetown a los jesuitas de la Universidad de Sofía. Así descubrieron que el demonio que mató al padre Merrindacotxea en Washington era el perverso Pazuzu («¡Me cago en sus muertos, joder!»), que el segundo nacimiento de Cristo sería el 25 de Diciembre de 1995 en Madrid («¡Ahí va la hostia, Berriartúa!»), que el Anticristo nacería en Tokio el sexto día del sexto mes del sexto año («¡Coño, 666 es mañana, joder!»), que la lengua del exorcismo definitivo tenía que ser el euskera («¡Nos ha jodido, Berriartúa!») y que sólo un jesuita vasco puro tendría el poder de aplastar por completo a Satanás («¡Me voy a cagar en todos tus muertos, cabrón!»).

- Padre Arzallus-san, sólo teniendo una puta noche para estudiar ritual euskera de exorcismo, joder.

- No me toques los cojones, Tsurunaga. Mientras alguien le lee la cartilla de los cojones yo me lo cargo.

Como el demonio en todo desea imitar a Dios, el padre Berriartúa dedujo que el Malo tenía que nacer en el parque Ueno, donde los tres jesuitas se encajaron armados hasta los dientes: estacas, crucifijos y dos garrafas de agua bendita. Protegidos por la oscuridad avanzaron canturreando la Salve, hasta que advirtieron la música teckno y el olor a azufre. Alrededor de una hoguera, los seguidores de Satán danzaban en frenético aquelarre.

- ¡Coño, Arzallus! ¡Una hembra de macho cabrío está pariendo una criatura, joder!

- Me cago en la hostia, Berriartúa. O será hembra o será macho, cojones. Pero las dos cosas no puede ser, joder.

Y así, en medio de unos gritos histéricos los jesuitas comenzaron a repartir mamporros entre los desprevenidos satánicos, aunque gracias a los lunchacos del padre Tsurunaga el ataque sorpresa fue de verdad contundente. De pronto, la hembra de macho cabrío profirió un berrido infernal y seguro que habría atravesado al padre Berriartúa con sus cachos retorcidos, de no haber intervenido a tiempo el padre Tsurunaga, quien le lanzó al pescuezo cinco estrellas metálicas mojadas en agua bendita.

- ¡Ahí va la hostia, Arzallus! Un poco más y te empitona el borrico de los cojones.

- Menos mal que los jesuitas también tenemos ninjas, joder.

Sin embargo, la misión no había terminado todavía, porque el monstruito que había salido de las entrañas de la bestia gruñía y resoplaba entre vaharadas de azufre.

- ¡Me cago en tus muertos, Satanás! Volvemos a encontrarnos, cabrón. ¡Ahora vengaré a Josemari y al padre Merrindacotxea, joder!

- ¡Berriartúa!, recita el exorcismo en euskera mientras yo le doy de hostias al «Chucky» de los cojones. Tsurunaga, ¡quieto parado! Que esto ya es un asunto de los vascos, joder.

Así, los padres Arzallus y Berriartúa pronunciaron los exorcismos en euskera, regaron al monstruito con agua bendita y le arrojaron todas las piedras que pudieron levantar, pero aquella criatura se reía y los vomitaba recochineándose. De improviso, el pequeño demonio se abalanzó contra Arzallus y lo derribó de un soplamocos, y ya mismo se preparaba para brincar sobre la yugular de Berriartúa cuando el padre Tsurunaga le endiñó una patada voladora.

Mientras el monstruo lo miraba atónito, Tsurunaga le soltó un discurso a gritos («¡Coño, Berriartúa! ¿Está hablando en japonés o en euskera?») y la criatura comenzó a convulsionar en el suelo («Ahí va la hostia, Arzallus. Yo creo que es euskera»). La decapitación fue breve, fulminante y más bien japonesa.

- Tsurunaga, joder. ¿Cómo has podido derrotar al demonio si tú no eres vasco?

- Padre Ahitori Tsurunaga siendo vasco, Arzallus-san. Caráneo y erehache corectos, Arzallus-san. Porque yo siendo descendiente directo de mártir jesuita del Japón.

- ¿Cómo dices que te llamas, joder?

- Ahitori Tsurunaga, Arzallus-san.

- ¡Coño, Arzallus! A ver si va a ser descendiente del padre Aitor Urrunaga, compañero de San Francisco Javier.

- Padre Tsurunaga siendo ilustre antepasado mío, Beriatúa-san.

- ¿Pero cómo? ¿Por qué no nos…? ¡Coño, Urrunaga! ¡Aitor, cabrón!

Gracias al plan del padre Merrindacotxea, la existencia del jesuita vasco-japonés Ahitori Tsurunaga permaneció en secreto, para que fuera el martillo de Dios en la lucha definitiva contra el demonio. Sólo una duda reconcomía el pensamiento del padre Berriartúa. ¿Cómo se atrevió el padre Aitor Urrunaga a tener una familia en el Japón del siglo XVI?

-¡Ahí va la hostia, Berriartúa! ¿Qué no ves que Aitor Urrunaga ya era muy independiente, joder?