Literatura y mercado son palabras opuestas que se repelen inmediatamente pero que se juntan en la realidad. Es difícil el camino de la Literatura, dama honorable e impoluta, cuando se tropieza con el mercado, bandolero salvaje que la corrompe y la ultraja. Bah, dejémonos de tonterías. No es así necesariamente, lo que pasa es que todos los días parecemos acostumbrarnos menos al mundo que nos va tocando vivir. Hace 15 años, en 1993, yo tenía ocho y en mi casa estaba terminantemente prohibido leer Cien años de soledad. So pena de castigarme «feo» o, peor aún, de quitarme el resto de los libros de la biblioteca, mi abuelo José Miguel desterró el libro a lo más alto del estante que estaba empotrado en la pared de su oficina, lo que le permitía tenerlo a la vista. No le faltaban ganas de quemarlo o de hacerlo picadillo, pero no podía porque el ejemplar ni siquiera le pertenecía: la que leía a García Márquez en la casa era mi mamá, y a mi abuelo le provocaba tragarse el libro cuando lo veía, porque lo consideraba plata botada a la basura. Para su desgracia, mi mamá no tenía solamente Cien años… sino una biblioteca completa del Nobel, que incluía títulos que yo en ese entonces no entendía del todo muy bien, como De viaje por los países Socialistas…
Bien dicen que lo prohibido es lo atractivo, porque a pesar del profundo respeto que sentía por mi abuelo y de que él hizo las veces de mi padre, yo corría cada que podía a buscar el libro, a fisgonear entre sus líneas la verdadera razón por la cual él me gritaba ofuscado, desde la sala: «¡Que no agarre sumercé eso!¡Que ya le dije que eso no se lee en esta casa!» Y, efectivamente, no lo pude leer durante siete años más. Ese y todos los demás libros del mismo autor permanecieron vedados, porque a mi abuelo era mejor tenerlo feliz: si se enojaba era capaz de acabar hasta con el infierno, y las pocas veces que me sorprendió leyéndolo salía refunfuñando y vociferando por la casa que ¡por qué nadie le obedecía!, que ¡todos se habían empeñado en faltarle al respeto! Mi abuela, para evitar mi curiosidad y la furia de mi abuelo, decidió guardar la biblioteca entera de García Márquez en su armario, bajo llave.




Teresa, ya graduada del Colegio de La Merced, tenía un trabajo en la perfumería de Isabelita Argáez, esposa de uno de los de la cofradía del aguardiente, en el Centro. Elisa le ayudaba a Eugenita Núñez en Caperucita, un lindísimo almacén de ropa para niño, que Eugenita había abierto en Chapinero. Helena, venía a mitad de camino en el bus del Colegio de las Terciarias, cerca al apartamento vecino a la vieja de los globos. Mi papá puso el radio, un Philco con botones de baquelita protegido por una de las carpetas tejidas por Elvira. Álvaro llegó con su maleta y la dejó en la sala, sobre una de las silletas Luis Algo. Eran la una y treinta del nueve de abril de 1948. Mi hermano José Francisco hacía tiempos había llegado de la Marina y se había instalado con una mujer mayor que él, compañera de trabajo en la Cervecería. Vivían juntos. Carlos, que hacía el papel de hermano mayor, ya tenía novia y luego sería el primero en casarse con Lucía Romero, una encantadora jovencita del más puro carácter chapineruno. Los locutores hablaban de algo terrible. Acaba de conocerse la noticia del asesinato de Gaitán. La descripción de los incendios, el saqueo, la muerte y el terror que azotaban a Bogotá eran narrados en un estilo que Leopardi llamó la afanosa grandiosidad española, del cual los locutores ya no se liberarían jamás. Instaban al pueblo a armarse de machetes en las ferreterías y propugnaban desde los micrófonos el robo, la destrucción y la venganza. La vehemencia pasaría a convertirse en un fin en sí mismo y el énfasis aplicado a todo cuanto existe canceló para siempre la posibilidad de asombro. Mi mamá salió de la cocina transfigurada de espanto. La muerte de Gaitán atacaba sus fibras más íntimas de liberal de cepa. La política, en su sentido más profundo de relación con los semejantes era la convicción más definida de su carácter. Mi madre era un ser político. La inmolación del caudillo representaba, a la luz de su pura intuición femenina, el último intento para la liberación de un pueblo martirizado por los atavismos retardatarios que su abuelo había contribuído a erradicar. Si hubiera nacido unos años después, seguramente se habría destacado en la política como una líder tallada como esmeralda. La rabia sólo fue controlada por el llamado de su afán de madre que le hizo preguntarse por la suerte que estuviesen corriendo sus hijos. A Teresa la trajeron en una volqueta cargada de leña, pero la dejaron botada a la altura de Teusaquillo cuando la chusma los detuvo para usar los garrotes como armas de guerra. Eugenita nos hizo saber que se llevaría a Elisa para su casa, pero eso no impidió que mi papá, arriesgándose a que los cogiera el toque de queda se fuera con Carlos y Álvaro, ya entrada la noche, hasta las empinadas cuestas del Bosque Calderón a emprender el rescate. Helena llegó sana y salva en el bus del colegio y José Francisco se dio trazas para enviar noticias de que estaba resguardado de las balas en la cama de su amante. La noche trajo consigo un sentimiento irremediable de desolación y despojo. Como si el mismo Dante hubiera escrito de su puño el mensaje aterrador en letras de fuego sobre las ruinas ensangrentadas, quedó lacrado el aquí termina toda esperanza, anatema que se sigue cumpliendo.



