Si mi abuelo no soportaba la sola presencia de los libros de García Márquez, a mi abuela simplemente le eran indiferentes. Y no porque lo despreciara, sino porque le parecía aburrido y sin gracia. Para ella García Márquez no era
poseedor de ese encanto y sobre todo, de ese sentimiento especial que los autores costumbristas y románticos de la literatura colombiana habían reflejado en sus obras. Mi abuela fue esa conexión con las historias de la tierra, con los autores regionales que habían tomado una instantánea, en sus cuentos y novelas, de las costumbres y la ideología de épocas remotas en el tiempo, pero no en la esencia del devenir histórico. Lo que impresionaba a mi abuela era que esos autores habían novelado la esencia del hombre, y para ella, la esencia del hombre era la suma de sus sentimientos más ocultos. Para mi abuela, el hombre demostraba sus mejores cualidades intelectuales, y su mejor capacidad de razonamiento, en la lucha oscura en pos de ambiciones sin límites y en el esfuerzo transparente por cumplir sueños más posibles en el terreno de lo ideal que de lo real. O bien tenemos la cabeza en las nubes, o bien la tenemos dentro de un hueco profundo en la tierra.



