CRÓNICAS VARIAS II. NADA DE SINVERGÜENZAS.

10 09 2008

Si mi abuelo no soportaba la sola presencia de los libros de García Márquez, a mi abuela simplemente le eran indiferentes. Y no porque lo despreciara, sino porque le parecía aburrido y sin gracia. Para ella García Márquez no era

poseedor de ese encanto y sobre todo, de ese sentimiento especial que los autores costumbristas y románticos de la literatura colombiana habían reflejado en sus obras. Mi abuela fue esa conexión con las historias de la tierra, con los autores regionales que habían tomado una instantánea, en sus cuentos y novelas, de las costumbres y la ideología de épocas remotas en el tiempo, pero no en la esencia del devenir histórico. Lo que impresionaba a mi abuela era que esos autores habían novelado la esencia del hombre, y para ella, la esencia del hombre era la suma de sus sentimientos más ocultos. Para mi abuela, el hombre demostraba sus mejores cualidades intelectuales, y su mejor capacidad de razonamiento, en la lucha oscura en pos de ambiciones sin límites y en el esfuerzo transparente por cumplir sueños más posibles en el terreno de lo ideal que de lo real. O bien tenemos la cabeza en las nubes, o bien la tenemos dentro de un hueco profundo en la tierra.


Para ella, las obras maestras eran las de Tomás Carrasquilla que escribió clásicos como La marquesa de Yolombó y San Antoñito; Eustaquio Palacio, autor de El Alférez Real; Jorge Isaacs, el de la muy trágicamente romántica María; y Eduardo Caballero Calderón, el de El Cristo de espaldas. Y para dormirme en las noches, o para enseñarme a pronunciar mis primeras letras, no valían Blancanieves, La bella durmiente o Cenicienta, sino las fábulas de Rafael Pombo: un clásico para los niños colombianos. Mi abuela me hacía recitarlas de memoria y ya nunca se me olvidaron, las más famosas son El renacuajo paseador, La pobre viejecita y Simón, el bobito.

Hace poco me encontré casualmente, en el sitio de la Biblioteca Luis Angel Arango, la versión completa de El Alférez Real, una novela de corte costumbrista, escrita por Eustaquio Palacio y publicada por primera vez en 1886, y ese fue el detonante que hizo explotar en mi cabeza, con un estruendoso estallido, el recuerdo de todas esas obras que leíamos con mi abuela por aquellos años (no sé si más felices, pero sí con más tiempo para leer), y que comenzaron precisamente con El Alférez Real: la historia de Daniel, el humilde escribano que se enamora de doña Inés, la hija del Alférez don Manuel Caicedo. Un amor absolutamente imposible, claro, que al final de cuentas, y tras una serie de ataduras de cabos, termina siendo posible, debido a que el origen de Daniel no es del todo humilde. Esta historia fue especial dentro de la época, por ser una de las pocas que tenían final feliz, y más que la historia, tan romántica en sí, lo mejor de esta obra es el retrato tan cuidadosamente elaborado de Cali en tiempos de su fundación. La descripción de su sociedad, de su economía, de sus personajes entrañables, su arquitectura y la ideología de la época, absolutamente influenciada y dominada por España, en tiempos de la esclavitud y el mestizaje. Eustaquio Palacios realizó una prolija investigación en los archivos históricos, y el fruto de ese trabajo fue esta pequeña obra maestra del costumbrismo, que retrata una ciudad, una sociedad, una cultura que ya son humo.

Después de El Alférez Real vino el turno de La Marquesa de Yolombó, la historia de doña Bárbara Caballero, mujer luchadora y fuerte, que se hace digna del título de marquesa por la gracia de Carlos IV y se convierte en heroína del pueblo de San Lorenzo de Yolombó (Antioquia) por la gracia de su garra y su tesón. Esta mujer, hija del prestigioso alcalde don Pedro Caballero, aprendió a leer y escribir sola, se inició en las labores (muy de machos) de la minería del oro, y gracias a esa actividad adquirió mucha fortuna que invirtió en caridad y escuelas y con la que ayudó cuanto más pudo al progreso del pueblo. Pero su rendición a los encantos de la corona, y la falsa creencia (muy popular en la época, por cierto) de que un hombre que proviniese de España, con actitud más o menos elegante y con aspecto e ínfulas de inteligente, era un gran partido, la llevaron a dar un mal paso: casarse con Fernando de Orellano, un estafador que la engañó, dejándola sin dinero y con las ilusiones rotas. La pobre marquesa vivió el resto de su vida pobre y enloquecida y vino a recuperar su cordura poco antes de morir. Esta obra la leímos muchas veces y a mi abuela le gustaba mucho detenerse en el carácter y el personaje de la marquesa. Para ella era más que una novela, era una suerte de fábula mucho más elaborada que las de Pombo, y la marquesa y su historia eran una forma de mantenerme advertida constantemente, solía repetirme que tuviera mucho cuidado en la vida, que la marquesa la había pasado mal y había terminado sus días triste, solitaria y arruinada. Años más tarde, sobre esta misma novela, leí ensayos muy sesudos y elaborados, largas disertaciones académicas que analizaban la forma en que Carrasquilla había elaborado un perfil sicológico y social de sus personajes y un retrato del tipo de sociedad etc, etc. Para mi abuela esas cosas hubiesen sido puro bla, bla bla: ella que vivió entre dos épocas, que conoció los matrimonios por conveniencia y por elección libre, que vivió en carne propia las épocas en que las mujeres dependían del hombre en muchos aspectos, y las épocas en que las mujeres ya se mandaban solas, ella, que vivó entre dos aguas –así diría –, sólo quería que yo-viera-claramente-la-realidad. «Nada de sinvergüenzas», era la lección que más provecho le dejaba esa novela. Y me lo repetía cada vez que podía, sin cansarse: «Nada de sinvergüenzas, mire como terminó la marquesa». Y luego se largaba a demostrarme, línea por línea, como la marquesa primero estudió y salió de ignorante, antes de luego buscar novio, pero eso sí: «Usted, nada de sinvergüenzas». Y después me decía que no había que leer a los franceses o a los ingleses para divertirse o para salir de ignorante (pues para ella leer significaba, primordialmente, salir de ignorante), porque en los autores de la propia tierra estaba lo mejor de la comedia y la tragedia y, sobre todo, la esencia de lo que somos realmente.

¿Qué libros se nos quedan en la cabeza grabados a fuego y no se mueven nunca de nuestra memoria, pase lo que pase? Hasta hace poco yo creía que esas grandes obras maestras que puedes recitar de corrido y que te atrapan de principio a fin (ya saben, En un lugar de la Mancha…) Pero no sé si el impacto de lo que se lee nos venga de ellas. Yo recordé sin tropiezo, ni duda, uno a uno, aquellos instantes maravillosos que pasé leyendo las de un lugar que alguna vez llamé mi país. Y recordé a mi abuela, y que quizás me embutió todas esas obras para que tuviera un recuerdo indeleble de ella y de sus simples enseñanzas. Entonces, ¿qué libros son los que nos quedan…? Yo diría que sólo aquellos (son pocos) que dejan una huella doble: la de su autor y la de ese ser querido que vio en ese preciso libro todo lo que hubiese querido ser y no pudo. Y todo aquello que deseó profundamente para uno.


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3 respuestas

10 09 2008
Marta

Leerte me deja la cabeza llena de pensamientos como papas que bullen en una olla, tropiezan unas con otras y hacen saltar la tapa amenizando con su musica ruidosa la mañana en la cocina.

Un libro importante es aquèl que nos dejo una huella como las rayas de las cebras, esas que ve su cria al nacer y no olvida y por eso la reconoce. Es como un negativo que retrata una època de la historia que cuenta, del que la escribe y de la del que la lee, son como tres lecturas superpuestas que solo se amalgaman a los ojos del lector y producen esa luz màgica que nos deja una impresiòn indeleble en el cerebro.
Buen post amiga, un placer visitarte por recomendaciòn de Ricardo Bada, te invito a que me visites.

1 10 2008
Ruben Gonzalez

Hola Laura, aquí otro visitante recomendado por Ricardo Bada y por el azar.
Muy lindo blog. Leí por allí Zweig, Stendhal, Maupassant ¡Maupassant!), Balzac, Flaubert, Tolstoi, Dostoievsky, Faulkner, Homero y Esquilo, Cervantes (cuanto hace que lamentablemente no leo eso, que tanto disfrutaba).

Decías “enferma terminal”. Pensé en “enferma inmortal”.

“Terminal” me suena al conocido e infranqueable muro de nuestro corto recorrido en contraposición al universo infinito.

Saludos y avanti!

14 11 2008
Bismark

Un texto que me atrajo por que habla de mas que Garcia Marquez en la literatura de Colombia…

Pero sobre todo por la nostalgia de las primeras letras, que llegan a veces de formas tal vez no esperadas, pero que se quedan para siempre…

En mi caso nadie me leyo nada, yo siempre busque leer, tal vez sea por eso que me daba igual Verne, que Saint Exupery, o una enciclopedia de astronomia o una de ciencias naturales…

Fue muy chido leerte, el post previo a este tambien me parece interesante pero regresare luego a leerlo.

Saludos.

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