Dissidences y Puente Aéreo

17 02 2009

Dissidences

La revista académica de Literatura Dissidences es editada por Gustavo Faverón  y se han publicado recientemente los números 4 y 5 de la misma y, aunque la mayoría de los artículos están en inglés (para quienes leen en inglés se los recomiendo todos), también hay artículos en español y quiero recomendar muy especialmente el de Sandra Garabano «Los Detectives Salvajes y la novela del archivo cultural latinoamericano».  La autora hace alusiones extensas a dos manifiestos con los cuales discrepo totalmente: el de la generación del Crack (Jorge Volpi a la cabeza) y McOndo (Alberto Fuguet a la cabeza), pero este detalle es, a su vez,  el preludio de un artículo con una mirada muy interesante sobre una de las obras más importantes de la literatura latinoamericana de siglo XX como es Los Detectives Salvajes.

Dice Garabano:

¿Es Bolaño, entonces, aquel escritor que vuelve a instalar, después del interregno del post-boom, la idea misma de escritor latinoamericano tal como había ocurrido con los escritores del boom o,  por el contrario, hay que leer su obra como producto del fracaso de los proyectos de formación de la nación moderna y aceptar el rechazo a la idea misma de identidad como consecuencia de ese fracaso? ¿Qué perdería y qué ganaría Bolaño si optáramos por una u otra lectura? ¿Implicaría la universalización de Bolaño, como sugiere el profesor Berry, la desaparición de la literatura latinoamericana o sería un acto de justicia para un escritor para quien el triunfo que significa esta universalización llegó con cierto retraso? ¿Se invalidan estas posiciones entre sí o los textos de Bolaño admiten ambas lecturas? La crítica que priva a Bolaño de su nacionalidad no solo estaría avalada por el recorrido geográfico de los personajes que se desplazan por varios continentes y hablan un mexicano latinoamericanizado, como señala Juan Villoro en su reseña, sino por otro mito, aún más poderoso: el mito de la propia biografía del autor en la que se mezclan, en diferentes momentos de su vida, la nacionalidad

Puente Aéreo

Ya ha sido invitado de ArcoLibris, y hace rato quería hablar un poco más de su blog al que vale la pena seguirle la pista. Me refiero al crítico, profesor y periodista peruano Gustavo Faverón y su blog Puente Aéreo. Gustavo es uno de los pocos críticos a los que sigo con gusto y admiración, porque es, además, uno de los pocos que  ofrece argumentos de peso por cada idea que plantea o defiende, armado de datos, de información y no de meras percepciones y prejuicios. Y aunque muchos de sus post están, digámoslo así,  en contexto de «pelea» (debates, polémicas, controversias etc.), y aunque más de una vez he estado absolutamente en desacuerdo con lo que dice, creo que esa es precisamente la gracia de lo que escribe Gustavo: que siempre quedan ganas de leerle de nuevo. 

 





El Cronopio Mayor y el Jazz

14 02 2009

El Cronopio Mayor era amante del jazz; éste era parte integrante de su escritura y en la lectura de la mayoría de sus cuentos y novelas se pueden sentir las cadencias  y los acordes  – roncos, fuertes, débiles, casi como un hilo, ascendentes, descendentes, abruptos, planos o en relieve – de  Charlie Parker (su favorito), Louis Armstrong o Dizzy Gillespie, entre otros. En Rayuela, la lógica de Oliveira, sus pensamientos e imaginaciones, parecen  tener cierto sentido para él, solamente si están precedidos o mezclados con las notas graves de los saxos y las trompetas.

Sin embargo, es en El Perseguidor en donde la presencia del jazz trasciende al tono del texto, para  imponerse en la historia misma. El atribulado genio del jazz llamado Johnny Carter, devenido por las drogas, es enaltecido hasta las cumbres en el corazón de su biógrafo (admirador) y amigo, el periodista Bruno V…

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Todo un Melodrama

9 02 2009

Melodrama, Bogotá, Ed. Planeta Colombiana, 2006, 394 páginas.

 

Vidal se enfrenta a la muerte después de haber luchado en una vida plena belleza; de su belleza. Que su nombre sea Vidal es casi un cinismo del autor: Vidal no parece nombre adecuado para un personaje condenado a muerte por su misma fuerza vital. Y es él quien nos cuenta una historia inserta en otra historia. Un juego de matrioskas que pone a todos los personajes en un lugar y luego los revuelve. Es Vidal quien huye cobardemente de lo inevitable. También es un hombre celestialmente hermoso, demasiado para el Medellín en que nació y que lo vio crecer y que en esta novela aparece reflejado con cierta distancia. Es imposible evadir al “monstruo” de la violencia sobre el que la ciudad duerme, esperando a que despierte con estertores para destruirlo todo, pero ya no es Medellín la protagonista del dolor y la tragedia. Antes de verse enredado en asuntos de sicarios y de tener que rendir cuentas al narcotráfico (aunque estuvo a punto de ello), Vidal se aferra de su belleza indescriptible y parte a París. Allá la vida será lo que su belleza dicte. Trabaja como estilista, pero eso es sólo el primer escalón de dos que necesita para alcanzar lo que se propone, el siguiente será la pareja de condes millonarios, por supuesto, quienes le hacen su heredero. Pero Vidal es quien lleva el ritmo de toda esta historia; es quien fabrica y acomoda las matrioskas; es quien se desprende de su vida mientras muere y la va desgranando en páginas por las que discurren su madre, Perla; la vieja criada de la casa, Anabel; la odiosa abuela, Libia; la mudita que lo ama en secreto y, valga la redundancia, en silencio. Vidal los abarca a todos. Se permite licencias de vanidad cuando afirma las huellas que ha dejado en cada uno de los que lo rodearon. Vidal tiene una firme postura ante la muerte que defiende hasta el final: la odia porque destruirá su belleza.

Sin embargo, lo más destacable de Vidal es su humor. Vidal desliza en cada línea su venenillo, su cuota de humor negro. El melodrama queda restringido sólo al título de la obra, porque si hay algo que no tiene Vidal es precisamente actitud melodramática. Puede ser el mismo miedo, el alcohol a veces, el intenso juego de matrioskas (leí hace poco que hay matrioskas de hasta 75 unidades), quizás Ilinka, la mujer de Sarajevo que lo ama y cuida mientras él se refugia en su cobardía a la muerte, quizás es todo eso junto, pero Vidal, el condenado a muerte, el que un día se levantó pleno porque su belleza todo lo podía en este mundo y ese mismo día perdió el sueño porque se enteró de que estaba contagiado de sida, nunca perdió la gracia para decirnos que su vida fue más una novela en caricatura que un melodrama.

Jorge Franco, el responsable de ese gran personaje que es Vidal y de esta gran novela que es Melodrama, ya transitó por la fama y el éxito editorial con Rosario Tijeras y de Paraíso Travel, novelas en donde reflejó con maestría la violencia del sicariato y los avatares de los inmigrantes, temas que atraviesan a Colombia y que inevitablemente marcan todo, hasta su literatura. En Melodrama la violencia, el narcotráfico y la inmigración quedan relegados a la periferia y el gran reto es darle voz a este personaje, Vidal, que se reta a sí mismo a labrarse un camino hacia la muerte. El cambio lingüístico es drástico y riesgoso para un autor que venía colocando en los labios de sus protagonistas la jerga de la violencia y el narcotráfico y que se traslada a la frase directa, mordaz, a la amargura contenida y la ironía pura que logra sacar algunas risas mientras nos lleva de la mano por sus penas.

Hay pasajes notables en esta novela, pero quiero rescatar uno en el que Vidal suma a todos los personajes y se incluye al final, trazándolos según la visión que según él tuvo cada uno del amor. Y con esto concluyo que Melodrama supera ampliamente la expectativa por la continuidad de Jorge en la literatura, después del éxito arrollador de Rosario Tijeras. Y que es imposible, un poco como le sucedió a Ilinka en la novela, que el lector/a no se enamore de Vidal, aunque este sea finalmente, claro, un amor imposible.

«Uno confunde el amor con cualquier cosa. Perla creía que el amor fue lo que pasó aquella noche. Osvaldo creía que el amor era desprecio. Fanny creía que el amor estaba en muchos hombres. El conde y la condesa sintieron que el amor era yo. Libia sentía que el amor era la culpa. Para Clémenti sería el pedazo de cara que le hacía falta. Anabel había oído del amor, pero no lo conocía, no estaba segura de haberlo vivido, como no fuera aquello que sentía últimamente por Tiburión. La mudita creía que encontraría el verdadero amor cuando encontrara la voz para decirme lo mucho que me quería. Y yo también me confundí y creí que el amor era yo mismo.» (págs.. 194-195)

 

ALGO SOBRE JORGE FRANCO RAMOS:

Jorge es uno de los jóvenes y representativos escritores colombianos, nacido en Medellín. Su consagración llegó en 1999 con Rosario Tijeras, novela en la que cuenta la vida de una sicaria durante los más tristemente célebres momentos del narcotráfico en Medellín. Esta obra le entregó el reconocimiento en Colombia e Iberoamérica, fue traducida a varios idiomas, llevada con éxito al cine y reconocida con el Premio de Novela Dashiel Hammet International en Gijón, España. Para todos los colombianos (y me incluyo) es bastante desagradable desayunar, almorzar y cenar con los temas de la violencia y el narcotráfico y verlos reflejados en el cine y la literatura, sin embargo, Jorge logró unirse a un grupo muy reducido de autores (Fernando Vallejo, Alonso Salazar Jaramillo) que tratan estos aspectos con gran maestría y talento. Estudió cine en The London International Film School, lo que se refleja en todas sus obras en las que el lector puede estar presenciando perfectamente una película, debido a la cantidad de recursos cinematográficos con los que trabaja, especialmente los saltos en el tiempo. Ha publicado el libro de cuentos Maldito amor y en 1997 la novela Mala noche. En la misma línea, sigue Paraíso Travel publicada en 2001 y llevada también al cine y su más reciente obra, Melodrama, publicada en 2006.





Más allá de las verdades oficiales

6 02 2009

Entrevista al escritor y periodista colombiano Alberto Salcedo

Por Laura García*

 

En los años `60, con la publicación de su obra A sangre fría, Truman Capote profundizaba en un nuevo género que fue bautizado primero como non-fiction-novel y que posteriormente se llamó, simplemente, nuevo periodismo. Hoy lo conocemos también con el nombre de crónica literaria.

Lo cierto es que no importa el nombre que se le dé, este nuevo género exploraba otra forma de narrar lo sucedido sin falsear datos y hechos. El nuevo periodismo se atrevió a pedirle a la literatura que fuera su amante y, como todas las relaciones prohibidas que se hacen públicas, causó gran polémica y revuelo en su momento.

Además de Truman Capote, otros devotos periodistas aceptaron ser los celestinos de la pareja periodismo y literatura, entre ellos, Gay Talese, Norman Mailer y Tom Wolfe. Todos ellos tomaron el reto de contar la realidad a través de las técnicas con las que se escribe la ficción, enfrentándose no sólo a lo polémico que esto resultaba en la época sino al desinterés de los periódicos, cuyas páginas no tenían suficiente espacio para estas crónicas y cuyos dueños no estaban interesados en publicarlas. Los nuevos cronistas fueron entonces acogidos por las revistas: Esquire, Playboy y The NewYorker se especializaron en publicar las historias que el nuevo periodismo estaba produciendo y el resultado no se hizo esperar: los lectores agradecieron – y agradecen – a los innovadores.

Hoy en día, mientras Jon Lee Anderson escribe desde el corazón de la guerra con el corazón de la literatura, en Latinoamérica hay un cronista que se encarga de perfilar a los perdedores, rescatar a los héroes de la cultura popular, testimoniar la cruda realidad de su país o de ser la voz de los que alguna vez fueron la luz y hoy son la oscuridad. Se llama Alberto Salcedo Ramos, es colombiano, es barranquillero y a estas alturas, ya es un maestro en su oficio y su obra va camino de convertirse en un clásico del periodismo narrativo colombiano.

En medio de un viaje para ser jurado en un concurso de cuentos en Barrancabermeja y regalándome minutos preciosos de una noche muy corta porque a las cinco de la mañana saldría su avión para Bogotá, Alberto Salcedo Ramos me regaló esta conversación por chat:

 

Enanos toreros, futbolistas de menor carrera, boxeadores derrotados por la vida, enterradores de perros, transexuales que tienen un equipo de fútbol, juglares de tu tierra, víctimas de la violencia… Y podría seguir haciendo una lista de los personajes que has inmortalizado con tu pluma. ¿Podrías contarnos un poco sobre el proceso que hay detrás de estas crónicas?

 

Muchas de mis crónicas son sugeridas por los editores de los medios en los cuales colaboro. Otras son planteadas por mí a esos editores. En ambos casos, se trata de temas que reflejan los conflictos esenciales del ser humano: sus metas no alcanzadas, sus problemas cotidianos, sus estados de ánimo, sus desventajas en la sociedad por el hecho de ser minorías o pertenecer a grupos segregados. Últimamente, ando enchufado con el tema del conflicto colombiano. Me parece que en este terreno no solo hay buenas historias sino que existe la posibilidad de practicar un periodismo que ayude a construir un mejor país, aunque suene un poco rimbombante.

Sin duda, pero… ¿cómo hace el periodismo un mejor país?

Haciendo un esfuerzo serio por ir más allá de las verdades oficiales. Prestándole toda la atención a los excluidos. Untándose de barro para mostrar el país que no le interesa a la gran prensa. Denunciando a los bárbaros, a los corruptos. Algunos de estos retos no son tradicionalmente un asunto del periodismo narrativo, pero uno puede contribuir desde acá. Me he dado cuenta de eso.

¿Recuerdas algún personaje que haya sido especialmente difícil de abordar?

Bueno, el que te voy a mencionar no ha sido difícil sino imposible: Diomedes Díaz, el cantante vallenato. Llevo más de dos años dedicado a recoger toda la información posible sobre su vida: he hablado con más de 70 personas, entre familiares, colegas, compositores, allegados, amigos, gente de la industria fonográfica, periodistas, hijos, mujeres, ex mujeres… pero el propio Diomedes no ha querido hablar ni lo va a hacer. De todos modos, yo contaré la historia con las muchas voces que he ido recopilando.

¿Y por qué no habla él?

Bueno, yo lo entiendo. Si yo estuviera en sus zapatos también le huiría a ese cronista de mirada fisgona.

Fisgona pero respetuosa…

Mi idea no es exaltarlo ni lincharlo, sino mostrar su vida — que es apasionante — con todo el respeto del caso y, sobre todo, aprovechar su historia para hacer un retrato profundo del país que tenemos; y un retrato de las relaciones que ese país construye con sus ídolos populares. Diomedes ha sobrevivido como artista sin la prensa. Es consciente de que no necesita un relato hecho por mí. No le va a servir, acaso, para vender más discos. Si yo fuera un redactor farandulero que solo quisiera decir cuáles son las canciones que va a incluir en su próximo cd, seguramente hablaría conmigo. Pero él sabe que lo que yo busco es otra cosa, rigurosa, profunda y, si se quiere, un tanto indiscreta.

¿Y esa es su principal razón para no aceptar?

Sospecho que sí…

Difícil misión…

Debo decir que yo contaré su vida con respeto, que valoraré cada dato que consiga, pues aunque él haya sido una persona de conducta dudosa, tiene derecho a su buen nombre y al respeto de su intimidad.

Hablemos de los perdedores. Son recurrentes los perfiles de perdedores en tus crónicas ¿Qué es lo fascinante de contar sus historias?

Bueno, los perdedores me empezaron a gustar de manera espontánea, sin ser consciente de eso y sin ponerle mucho misterio. Cuando me hicieron notar esa preferencia, entonces vinieron las preguntas: que cuáles eran las razones, que cuáles eran mis motivaciones estéticas o profesionales. Los perdedores quizá son más humanos. Más cercanos a la desnudez original. Es más fácil apuntar al centro de sus corazones. Los ganadores suelen blindarse contra las miradas que escarban muy adentro, porque son rehenes de su propia imagen de vencedores, y por tanto lo que muestran es el ángulo de la foto y no el alma. Hay, además, mucha gente encargada de rodearlos, de esconderles los defectos, de taparlos, de resguardarlos en los búnkeres de su fama… Últimamente han surgido voces que nos cuestionan a los cronistas el hecho de no mirar con mayor atención a los poderosos. Marianne Ponsford, la directora de la revista colombiana Arcadia, escribió un editorial brillante sobre el tema. Y también lo hizo Martín Caparrós, en una diatriba que escribió en la revista Etiqueta Negra contra los cronistas. Sin duda, los dos tienen razón. Esa es una falencia gruesa en el nuevo periodismo narrativo de América Latina. Quizá hay mucho miserabilismo, mucha obsesión por mostrar las mataduras de los pobres, y en contraste nos falta que ayudemos con nuestras plumas a retratar el universo de quienes manejan los hilos del poder en la región. No es que esté mal hablar de los problemas de los excluidos. Ni más faltaba. Pero hay que admitir que tenemos esa tremenda deuda de mostrar también ese otro mundo del poder, que es una parte importante de la realidad.

En tu crónica sobre el batallón del ejército que opera en el páramo del Sumapaz, a 3600 metros de altura, decías que los medios «nos presentan la balacera y nos ocultan el país que está detrás» y llamas a Colombia «el país de nunca jamás». ¿Qué ha descubierto Alberto Salcedo, detrás de la balacera, en sus periplos por Colombia?

Bueno, es complejo reducir todo lo que he descubierto a una respuesta, pero te diré algo breve sobre el particular. Hace poco salió publicada en Gatopardo la mejor crónica que he publicado en los últimos tiempos. Es la historia de dos hermanos ex combatientes que estuvieron en bandos enemigos: el uno era paramilitar y el otro, guerrillero. Haciendo esa crónica, y haciendo otras relacionadas con el conflicto (como la que escribí sobre las minas antipersonales en el Oriente de Antioquia), uno aprende que el país está muy fracturado. Hay lugares que, desde el confort en el que viven las élites del centro del país, parecen una lejura. Lugares que son vistos como un problema remoto. Hubo un tiempo en que la guerrilla era vista como un problema de ciertos colombianos que viven lejos. Pobrecitos, allá ellos, tan negritos, tan indios o tan pobres. Pero cuando el problema tocó las puertas del poder central, cuando la infamia del secuestro dejó de ser una plaga que solo afectaba a los gamonales de la periferia y empezó a alterar la vida de los poderosos del centro, entonces cambió la percepción. Así ha ocurrido con casi todo. Esa fractura social es muy honda y muy dolorosa, y me temo que se necesitarán cambios verdaderamente serios para mejorar la situación. Digamos que, entre todo lo que he aprendido caminando, eso es lo que quiero resaltar en esta respuesta.

Fuiste a Chile en el marco de algunas actividades de la UDP. Allí hablaste de televisión cultural. Tú eres director de programas televisivos de investigación periodística. Sin embargo, hablar de «televisión cultural» o de «programas culturales» está generando malos entendidos cada vez más enredados en Latinoamérica. Yo he tenido la oportunidad de ver televisión distintos países latinoamericanos: México, Perú, Chile, Argentina, Venezuela y Colombia. En casos como el de Argentina y Chile, la llamada «televisión cultural» ha sido desplazada a los canales estatales. Quisiera saber, en tu opinión, qué pasa con la «televisión cultural», cómo haces tus programas, qué dificultades se te presentan, qué experiencia queda de hacer televisión en medio de las tantas contradicciones que presenta este medio.

Bueno, hace rato no dirijo televisión. Me he apartado porque quiero escribir y decepcionado por el manejo que se le da a eso en Colombia: presupuestos de miseria, tráfico de influencias en las licitaciones. Hacen una licitación para adjudicar unos pocos capítulos y después repiten eso hasta la saciedad, porque no hay más presupuesto. Es verdaderamente terrible y penoso. Yo siento que a través de una crónica de prensa que haga viajando a pie, hago más cultura que en un programa de televisión cultural con tantas restricciones. Sin embargo, la culpa no es del medio — la televisión — sino de quienes lo manejan.

Cuéntanos alguna novedad que estés escribiendo, algún personaje que esté siendo «víctima» placentera de tu pluma ahora.

Además de lo de Diomedes, tengo otras ideas pendientes, que seguramente verán la luz el próximo año. Casi no me gusta anunciar lo que está pendiente pero haré una excepción para decirte que quisiera escribir una crónica sobre los tambores de Palenque, el pueblo de negros cimarrones que queda a una hora de Cartagena y que tanto ha dado de que hablar en los círculos académicos y literarios.

Alberto Salcedo Ramos ha publicado los libros de crónicas De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, Los golpes de la esperanza, Diez juglares en su patio (en colaboración con Jorge García Usta) y El oro y la oscuridad: la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé. Con esta última obra coronó dos años de intensa investigación, primero bibliográfica y después con la familia y el mismo Antonio Cervantes «Kid Pambelé», para reconstruir magistralmente la vida y obra de este ídolo del deporte colombiano, que estuvo en la cima de la gloria y cayó en la bajeza de la miseria.

Las revistas colombianas El Malpensante y especialmente SoHo, recogen el trabajo de Alberto: sus perfiles, crónicas y reportajes, entre los que se cuenta el aclamado «El testamento del viejo Mile», reportaje al compositor vallenato Emiliano Zuleta.

Yo sé que sería poco profesional escribir acá sobre un amigo muy querido, aunque no exagere al decir que su extraordinario talento es directamente proporcional a su amabilidad, generosidad y profesionalismo. Entonces le pregunté cómo se describiría a sí mismo Alberto Salcedo Ramos. Aunque mi pregunta lo complicó un poco, su respuesta fue la de un cronista de pura cepa:

«Se me viene a la memoria una frase que me dijo la hija de Gustavo Arango, un periodista amigo que vive en Nueva York. La niña tenía apenas dos años cuando yo estaba de visita en su casa, almorzando con su padre. De pronto, la niña llegó a la mesa y sin ningún tipo de rodeos me disparó esta pregunta textual e inolvidable: «oye, Albertosalcedo: ¿tú por qué eres tan divertido?» pongo como testigo a Gustavo Arango, que es un tipo serio, de que la historia es absolutamente cierta. Si yo mismo dijera eso, sonaría catastrófico. Pero lo dijo una niña y a los niños hay que creerles. Digamos que yo quisiera creerle.»

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* Esta entrevista fue publicada originalmente en la Revista Hispanoamericana de Cultura OtroLunes