Delito por bailar el chachachá

21 06 2009

«Señor Juez, señor juez, mi delito es por bailar el chachachá.», dice una popular canción cubana de 1956, que ahora mismo escucho en voz de la Orquesta Aragón. No todos los libros tienen su banda sonora (como suelen tenerla las películas), pero Delito por bailar el chachachá no solamente tiene esta canción como inspiración del título, sino que su técnica de escritura se nutre de ritmos como el bolero y el chachachá.

Escrito por Guillermo Cabrera Infante y publicado en 1993, Delito por bailar el chachachá consiste es un conjunto de tres cuentos, de los cuales el último se titula igual que el libro. Los tres cuentos ocurren en el mismo lugar, con los mismos personajes, y las variaciones entre uno y otro cuento son lo suficientemente sutiles como para exigir a su lector un compromiso con el libro. En compensación al esfuerzo, el lector será transportado a una Habana maravillosa, a un restaurante pintoresco, a la conversación en medio de la intensa lluvia, de una pareja de amantes que se aborrecen y se odian y se aman a la vez y a una visión dura y ácida de una época histórica particularmente especial para los cubanos: 1956.

Debo confesar que esta obra me resultó fascinante pero compleja, en parte debido a lo que el mismo Cabrera Infante explica en su prólogo cuando se refiere al minimalismo musical que inspira su técnica: «esa música repetitiva a la que da sentido  (pero no dirección) su infinita repetición que es  una fascinación». A eso apuntan estos cuentos, a la repetición, y esta a su vez consigue ser exitosa gracias precisamente a la dirección que toma el lenguaje en la pluma del autor. Sin embargo, acto seguido, Cabrera Infante explica qué relación tiene esta repetición musical, con su repetición literaria: «La literatura repetitiva trata de resolver la contradicción entre progresión y regresión al repetir la narración más de una vez» . En esta obra la narración se repite, pero la ardua tarea de resolver la contradicción de la que habla Cabrera Infante, le queda al lector. Les aseguro: ese gran reto será un de un gran placer también.

Mención aparte merecen los guiños y frases del último cuento, el único de los tres narrado en primera persona. Las disgresiones del narrador son un deleite, como es deliciosa la agilidad con la que se van intercalando dentro de su divagación. Algunas merecen ser transcritas y no sobra decir que tienen su buen tinte político: «Comunista: animal que después de leer a Marx, ataca al hombre», «Stalin debió ser también un espíritu frío antes de ser una momia helada», y esta sutileza del primer cuento: «Los protestantes son católicos con insomnio».





Premio Rómulo Gallegos: ¿Literatura y Política?

12 06 2009

Primero (aunque lejos de mi los abanderamientos nacionalistas), debo decir que me siento muy feliz con la noticia de que el escritor colombiano William Ospina ha sido el ganador del premio Rómulo Gallegos con su novela «El País de la Canela». No he leído esta novela precisamente, pero descubrí que la distribución internacional favorece a William (como no favorece a otros autores colombianos igualmente buenos) y este libro se vende en Santiago, así que no tardaré en saciar mi curiosidad.

Sin embargo, antes de publicar novelas, William Ospina,nos ofreció a sus lectores lucidísimos artículos, ensayos y bellísimos poemas que seguí con muchísimo gusto y atención. En 2005 publicó su primera novela «Ursúa», en donde narra la vida yaventuras de Pedro de Ursúa, avalado, eso sí, por una rigurosa investigación de algunos años, que se reflejó en esta novela de estilo elegante y un juego de imaginación maravilloso, para una novela de contexto y tono netamente histórico.

Otra cara de la moneda fue la polémica que se adosó a la noticia de su premio. La obra ganadora, «El País de la Canela», compitió con otras 270 novelas pero previo al fallo del jurado, dos escritores venezolanos retiraron sus obras por notar que las tendencias políticas del jurado se condecían con el gobierno del presidente Chávez y que por tanto el fallo estaría viciado políticamente. Es aquí donde entran en juego dos amigas que se rozan constantemente, y que normalmente se sacan chispas: la literatura y la política.

No es para nada sorprendente que la política coquetée con la literatura en el marco de algún premio de envergadura en un país, y, a su vez, que en la literatura se manifiesten las militancias políticas de los autores. Sucede en todo el mundo, en muchos gobiernos, en variados eventos literarios. Al respecto de dicha polémica, William Ospina dijo que cuando «hay ciertos gobernantes que son polémicos, (es que) se ponen estos énfasis en cuestiones políticas, pero yo creo que lo más importante es preguntarse por la literatura». Y yo estoy con William. Lo más importante es preguntarse por la literatura. Es muy entendible que los escritores, como intelectuales y observadores críticos de la sociedad y la historia, se involucren en tendencias políticas y esto es válido y para nada reprochable. Vargas Llosa no dejará de ser un gran escritor sólo porque manifiesta abiertamente su posición política y hasta haya militado con ella.

William Ospina se ha declarado simpatizate del Polo Democrático, un partido político de izquierda, más no por eso sus tendencias políticas lo convierten estrictamente en el candidato ideal para ganarse el premio venezolano, ni la única opción de los jurados — quienes, evidentemente, tienen manifiestas tendencias políticas de izquierda — durante la escogencia del ganador. ¿Por qué? Porque ninguna creencia política podrá ocultar a un mal escritor cuando este lo sea. Y en el caso de William, su simpatía con la izquierda no se sobrepone a su excelente calidad literaria.