Yo no respeto a los sacerdotes. Tampoco respeto mucho a las religiosas. Y, honestamente, le tengo cero respeto a la religión católica. El respeto es algo que se gana y ciertamente los curas, las monjas, los santos y el vaticano no lo merecen. Tal vez mis recuerdos contribuyan a entender esto.
Hasta los 16 años fui católica. Mis abuelos lo eran. Mi mamá aún lo es. Rezaban el rosario todos los días. Se confesaban. Comulgaban. Ciertamente eran buenas personas, pero yo nunca creí que lo fueran por su piedad, sino por su personalidad y por el amor natural que sentía hacia quienes eran parte de mi familia. Sin embargo, la religión es algo que muchas veces le meten a uno en su casa, por las venas. Lo dan de mamar con la leche o simplemente a costa de reglazos. A mi nunca me gustó la misa del domingo, me fastidiaba el rosario, me cargaban las eternas horas de modorra frente a un hombre que hablaba y hablaba y hablaba sin descanso de lo intrascendente. Pero lo soportaba.
Mas uno a veces sospecha y una sospecha es como una espina que molesta, aunque no la veamos para sacarla. Durante doce años estudié en un colegio católico dirigido por unas estrictas religiosas de una congregación franciscana, que, supuestamente, practicaba las tres enseñanzas vitales de San Francisco de Asís: pobreza, obediencia y castidad. De las monjas aprendí muchas cosas: disciplina, rigor, responsabilidad, firmeza, malgenio y un odio aterrador y desmedido por las manualidades (léase costura, tejido, etc), las “labores del hogar” y la cocina. Lo gracioso es que – y de esto me di cuenta muy tarde – ellas pretendían realmente enseñarme como ser una buena señorita de casa, de esas que le planchan la camisa al marido, le cocinan y le pegan el botón de la camisa y a llevar una vida piadosa y acompasada con la pasión de Cristo.
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