
Tengo un modesto blog de literatura desde hace cuatro años. Y tengo la misma modesta cantidad de años en experiencia entrevistando escritores y periodistas. Lo cierto es a raíz de eso me contactan muchos jóvenes de mi edad, menores o mayores que yo, pidiéndome alguna que otra referencia: si puedo pedirle a algún escritor que lea un texto de su autoría, si conozco editores, si puedo darles el mail de los escritores que he entrevistado. Sin embargo, todos remontan la cuesta decepcionados. No ha faltado el que me ha pedido que lea sus textos y, aún cuando se lo advierto antes, termina negándome después su saludo y su conversación eternamente.
Hace poco, un chico que me contactó desde Perú terminó un mail suyo diciéndome: “No sé si has sentido alguna vez que la vida del escritor es muy dura ¿verdad?”. Y sí. Así es. No más dura que la del médico o del abogado o del ingenierio, pero concedamos que tiene sus gajes especiales. Miren ustedes: cuando uno dice en su casa que quiere ser escritor, lo miran con odio, tristeza o compasión. La imagen del que estudia literatura, es la de un vago bueno para nada y algunos no pueden concebir al aspirante a poeta sin marihuana y trago. A veces hay suerte con la familia y lejos de sentir horror, sienten orgullo.
Caso aparte es cuando uno dice que, además de ser escritor, quiere ser periodista, recuerdo que uno de mis primeros entrevistados, el escritor peruano Fernando Iwasaki, me comentó lo que un escritor español solía repetir: “No le digas a mi madre que soy periodista. Ella cree que toco el piano en una casa de putas”.
Y si ustedes leen obras de autores clásicos y modernos, encontrarán un hecho que refleja fehacientemente la realidad: el escritor en sus inicios – y muchas veces también en sus finales – es un pobre miserable que come más sueños que comida. Sin duda la más célebre obra que refleja las miserias del escritor es “Hambre” de Knut Hamsum. Si usted, estimado lector, es aspirante a escritor, vive aún con sus padres siendo estudiante o tiene un holgado pasar con un modesto sueldo, absténgase de leerla o sufrirá como condenado. Se lo dice la voz de la experiencia.

Algunos autores no sólo han hecho que sus personajes experimenten las penurias del escritor, sino que la han vivido. Una de las razones por las que admiro profundamente a Gabriel García Márquez no radica en la calidad de sus obras pues debo reconocer que de todas las que ha escrito, sólo tres me gustan de verdad, no, lo admiro realmente por haber sido capaz de escribir en medio de las carencias. Él suele contar a modo de anécdota, como Mercedes Barcha, su mujer, se encargó de la casa durante los seis meses que estuvo escribiendo Cien Años de Soledad. Cuando llegó la hora de enviar el manuscrito final a Paco Porrúa, editor de Sudamericana, en Buenos Aires, tuvieron que dividirlo en dos partes, porque no alcanzaba el dinero para enviarlo completo. Y, para colmo de males, enviaron la última mitad, no la inicial.
Lo peor para un escritor es la frustración de no poder ejercer su oficio, incluso más que no poder publicar: si ustedes se animan a leer los diarios de Kafka, serán testigos del fastidio y la pesada carga que era para él tener que trabajar en una agencia de seguros, esperando el único momento del día que le reportaba una mediana facilidad: el momento de escribir.
Y si el escritor tiene intención, como seguro todos la tienen, de ver su libro publicado, no puede esperar que venga lo mejor. Todavía le resta enfrentarse a la crítica despiadada, al mercado destructivo y, peor aún, al lector ausente, ese que lo mirará con desdén desde el otro lado de la estantería si llegase a descubrir que ese producto de algunas hambres y humillaciones no está de moda. Afortunadamente eso no le pasó a García Márquez y hoy todavía el oficio de escribir se ejerce, aún con el romanticismo de la penuria rondando al escritor.


Así es, el oficio de escritor no es un camino de rosas, ni es reconocido como lo amerita, pero es una labor que bien vale la pena aunque se pasen hambres y limitaciones económicas. No cualquiera decide embarcarse en tal empresa, sólo aquellos con el temple necesario para darle prioridad a su vocación a pesar de los pesares. Saludos desde México.