En la variedad…

6 08 2008

Sí, dicen que en la variedad está el placer. Yo sólo espero que sea realmente placentera esta nueva entrega de ArcoLibris.

¡Qué Crónica!

Por favor, adelante, pasen a la sección de “Crónica” y conozcan a un personaje entrañable “tiene tres tornillos incrustados en la mano izquierda y uno en la derecha; tres ganchos de metal en un muslo y una costura en la mandíbula”. Aquí está Gitanillo, tremendo y vagabundo, una crónica escrita por el mejor en este oficio: Alberto Salcedo Ramos.

Zona de Ensayo

  • El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince me cedió muy amablemente la charla que pronunció en el festival de El Malpensante en 2007. Es un placer para mi contar con estas impresiones sobre lo que más se desea recordar. Sobre la necesidad de atrapar la esencia de las cosas en las redes de la memoria que a veces no logran abarcarlo todo. Quedan, entonces, las palabras que logran retener eso que se escurre de las redes de la memoria.
  • Hace poco tuve la fortuna de conocer al periodista colombiano Hernando Jiménez Perez, quien me obsequia con un fragmento-adelanto de su libro inédito Un siglo de ausencia. La historia del 9 de Abril de 1948, contada desde otro matiz, uno sin duda muy especial entre los muchos que rodean al asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán.




Gitanillo: tremendo y vagabundo

6 08 2008

Por ALBERTO SALCEDO RAMOS

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Tiene tres tornillos incrustados en la mano izquierda y uno en la derecha; tres ganchos de metal en un muslo y una costura en la mandíbula. Viendo las muchas marcas que le ha dejado el toreo, uno de sus colegas le dijo hace poco que parecía “un sobrado de tigre”.
No le gusta mirar ni palpar el bulto que le quedó en el costado izquierdo del cuello, como consecuencia de los diez tornillos que le clavaron para remendarle el hueso. Ahora, sin embargo, me pide que lo toque. Y siento como si le hubieran cambiado la clavícula por un pedazo de riel de ferrocarril.
Después, Gitanillo muestra una huella feroz que tiene en el tobillo. “El cacho me entró por este lado y me salió por el otro”, explica. “Me salvé de quedar cojo porque no me atravesó el tendón”.
También ha sido pateado en la frente y perforado en la ingle. Un toro lo babeó como para humillarlo y otro le echó tierra en los ojos. El último percance que padeció en el ruedo no fue una cornada sino un pisotón que le partió la tibia.

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LA MANTECA QUE NOS UNE

25 09 2007

Por Alberto Salcedo Ramos

En una calle de Estocolmo, un haitiano tal vez piense que el jamaiquino que está a la vista, en la misma acera por donde él anda extraviado, es uno de los suyos. Cuando lo oiga hablar en inglés, quizá sienta la decepción del sediento que, en el desierto, acaba de ver un oasis donde no lo había.

Si al frente de los dos está una mesa de fritangas que no es ni jamaiquina ni haitiana sino venezolana, uno y otro – y por supuesto también el señor de Venezuela que vende las frituras – se sentirán en familia.

Lo que nos divide en el Caribe, según el poeta dominicano Pedro Mir, es la lengua. Lo que nos une, según la escritora puertorriqueña Magali García Ramis, es la manteca. Empanadas repletas de carne grasosa y vísceras de res que chorrean aceite, encuentra uno en Kingston y en Cartagena, en La Habana y en Portobello. En el Caribe inglés y en el español, en el holandés y en el francés.

Hay otras cosas comunes, desde luego. En nuestro territorio principió la colonización de América. El mar en el que nuestros antepasados buscaban la armonía con el Universo, nos fue arrebatado por las grandes potencias, que no lo usaron como fuente de belleza sino como teatro de guerra. También nos une el predominio de la luz sobre la penumbra y un cierto garbo de danza que convierte el acto de caminar en la antesala de la fiesta. Luego está el tambor, que nos pone alas en los pies y nos hace pensar, como Giradoux, que el cuerpo no debe ser la primera sepultura del esqueleto. Nadie quiere matar ni matarse cuando suena el tambor, ya sea en un bolero cubano o en un reggae de Jamaica. Tal vez por eso, pese a afrontar los más agudos problemas sociales, el Caribe es la región del mundo que presenta el menor índice de suicidios.

Entre todas las cosas que nos unen, nada tan sabroso como una fritanga que extiende ante nuestros ojos su variedad de colores y texturas. Pienso, por ejemplo, en una Reina Pepiada caraqueña o en un mofongo de San Pedro de Macorís. Se trata de un placer que, en principio, es óptico y después visceral. No importa que, como dicen algunos, esta adicción a la grasa sea la opción que elegimos en el Caribe para, de todos modos, suicidarnos. Para perder lentamente en la mesa la vida que nos había devuelto el baile.

Si nos quitaran la manteca, no habría manera de que el pobre haitiano extraviado en Suecia pudiera hermanarse con el jamaiquino que también anda perdido y con el venezolano de la acera de enfrente, para sentir de una vez por todas que no hay aburrimiento que dure cien años ni hombre del Caribe que lo resista.





Alberto Salcedo Ramos: «Me niego a aceptar la violencia como tema único»

1 07 2007

Por Laura García

Alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos

Existe un tipo de crónica, una que es abierta, que no pretende modificar el qué, sino el cómo. Una que no hace camino paralelo con la literatura, sino que se encuentra con ella, se complementan. El hecho está ahí, el periodista no puede distorsionarlo, ni cambiarlo, pero sí puede contarlo de otra forma. Y es ahí, en la forma, en donde radica la gracia de ese genero llamado periodismo literario, que surgió hace más de treinta años ya, pero que ha permanecido de cierta manera en un oscuro cuarto, iluminado repentinamente por algunos brillantes periodistas que ejercieron y ejercen su oficio con pasión, que supieron encontrar en la literatura los recursos necesarios para contar la realidad de una forma diferente, en la que el lector sí es importante, en la que el lector se hace partícipe, y vive, como si estuviera leyendo la mejor de las invenciones, una realidad inmediata, que se acerca, lo toca y lo sacude también.

En el periodismo literario, una historia parte con la más rigurosa investigación periodística, metódica, la reunión de los testimonios, los documentos, esa férrea extracción de todo material que refleje, compruebe y dibuje la realidad específica que se está investigando y termina con la manipulación de ese material. El periodista puede dejarlo así y contarlo todo tal cual, o puede transformarlo en sus manos y narrar esa realidad. Narrarla como una ficción, pero que es muy real.

Esta es una entrevista con el mejor cronista colombiano de la actualidad y – discúlpenme si me salto las reglas de la imparcialidad con un entrevistado – un ser humano maravilloso que solo despliega simpatía y sencillez.

Bienvenido, ALBERTO SALCEDO RAMOS.

 

 

PERIODISMO & LITERATURA

L.G: Al leer lo que has escrito, tus crónicas, me da la impresión de que eres un híbrido extraño, a veces parece que eres escritor que trabaja de periodista o un periodista que trabaja como escritor. Algo muy similar a lo que plantea Daniel Samper Ospina en el prólogo de tu libro El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé. A tu parecer ¿qué le aporta la literatura al periodismo y qué el periodismo a la literatura?

A.S.R: Casi siempre se habla de los aportes de la literatura al periodismo, y entonces se mencionan las técnicas narrativas, el empleo del punto de vista, la construcción de imágenes, el uso certero de las escenas y la creación de las atmósferas. Todos esos recursos, ciertamente, proceden de la literatura y contribuyen a embellecer el periodismo en lo formal y a dotarlo de un poder mayor de penetración. Pero veo que se habla muchísimo menos de los aportes del periodismo a la literatura, lo cual se me antoja injusto. Muchos grandes escritores se han referido a su deuda con el periodismo. Pienso, por ejemplo, en Gabriel García Márquez, en Albert Camus, en Truman Capote y, por supuesto, en Ernest Hemingway, aunque este último dijo una vez que el periodismo es bueno para un escritor siempre y cuando lo abandone a tiempo. Yo creo que el periodismo adiestra al escritor en el descubrimiento de los temas esenciales para el hombre. Me parece que en esta profesión uno tiene acceso a un laboratorio excepcional en el que siempre se está en contacto con lo más revelador de la condición humana. Uno aquí ve desde reyes hasta mendigos, truhanes, bárbaros, seres maravillosos, de todo, y eso es útil para construir universos literarios creíbles y ambiciosos. Fíjate que en los últimos años se han incrementado las novelas basadas en hechos y personajes de la realidad. Por último, me atrevería a decir que el periodismo le sirve al escritor para humanizar su escritura y bajarse de la torre en la que a veces se encuentra instalado.

 

L.G: Tu trabajo en general remite de inmediato a ciertos nombres de autores como, Truman Capote, Gay Talese, Norman Mailer, es decir, los famosos periodistas literarios. ¿Cuáles son tus autores fundamentales y qué has aprendido o aprovechado de ellos?

A.S.R: Bueno, esos tres que citaste han enriquecido mi maleta de viaje, sin duda. Gay Talese me enseñó que lo más revelador de un personaje no es tanto lo que dice sino lo que tiene por dentro. Su manera de explorar la psiquis es quizá el más alto milagro del periodismo de autor. De Capote admiro su audacia en el enfoque, su sabiduría para descubrir siempre la estructura que le conviene al relato. También él era un maestro a la hora de mirar hacia dentro de los personajes. En “A sangre fría”, por ejemplo, lo que nos deslumbra no es la reconstrucción minuciosa del crimen múltiple, sino el perfil sicológico de los asesinos. Mailer me gusta menos, pero su libro “La canción del verdugo” es un relato impecable, con una tensión dramática increíble. Esto de hacer listas me pone los nervios de punta, porque inevitablemente uno omite nombres importantes. En todo caso, yo no dejaría por fuera a periodistas narrativos como John Hersey y Joseph Mitchell, ni a escritores que amo, como Dostoievsky, Camus, García Márquez, Rulfo, Flaubert y Hemingway.

L.G: ¿Sobre qué tema o personaje te gustaría hacer tu próximo trabajo?

A.S.R: Me encantaría escribir algo de largo aliento sobre viejas figuras de la música popular en América Latina. Es un sueño que espero cumplir algún día.

 

L.G: También eres profesor de la Facultad de Comunicación Social de una importante Universidad. ¿Qué conocimiento o experiencia consideras que es más importante transmitirles a los jóvenes estudiantes de periodismo en el contexto actual?

A.S.R: La pasión. Me parece que sin fuego en las venas, no se puede aspirar a ser un buen periodista.

 

L.G: De las crónicas que has escrito ¿cuál ha sido la más complicada, la más difícil de enfrentar y por qué?

A.S.R: Yo narré la historia de un secuestro express del cual fui víctima. Esa crónica, literalmente, me costó sudor y lágrimas. Fue una experiencia horrible que aún hoy, siete años después, me sigue doliendo.

 

L.G: ¿Cómo sabes que una historia o una persona determinada pueden transformarse en una crónica? ¿Apelas a la intuición o eres más riguroso?

A.S.R: La verdad es que en ese terreno me muevo mucho por la intuición. Mi punto de partida es sencillo: si esta historia me conmueve a mí, posiblemente también conmoverá a quienes la lean ahora que yo la cuente. Me dejo guiar por el instinto. Me gustan las historias que, para mal o para bien, afectan a mucha gente, las historias que plantean situaciones universales.

L.G: Tu ganaste el Premio Rey de España gracias a un documental televisivo, llamado «Vida de barrio», en el cual recorres caminando la calle del cartucho, un barrio marginal de Bogotá, tristemente famoso porque en él sólo habitan indigentes, drogadictos, alcohólicos y en donde todo está rodeado de miserias, hambre y muerte. ¿Cómo se enfrenta un periodista a esa realidad y la ajusta de manera que no caiga en el sensacionalismo y la porno-miseria, pero a su vez pueda transmitir lo que pretende? ¿Cómo fue ese tiempo en que estuviste realizando el documental? ¿qué experiencias viviste? ¿Qué personajes entrañables conociste?

A.S.R: Mark Krammer aconseja que el periodista procure convertirse en parte del paisaje. Esto se logra estando en el lugar de trabajo tanto tiempo como sea posible. Antes de grabar, fuimos todos los días a El Cartucho, durante dos meses. Sin cámaras, sólo por ver a la gente, conversar con ella, darnos a conocer. Cuando finalmente llevamos las cámaras, ya los personajes estaban tranquilos porque nosotros habíamos generado confianza. Yo detesto la porno-miseria, la explotación descarada de lo cursi, de lo sentimentaloide, de lo sórdido. El programa que hicimos en El Cartucho es inevitablemente duro. Te garantizo que si abordas una realidad como esa, no hay manera de ocultar lo dramático. Sin embargo, creo que respetamos la dignidad de los personajes. Casi todos los personajes eran entrañables y eso fue quizá lo que más me sorprendió.

 

EL ORO Y LA OSCURIDAD…

L.G: ¿Cómo fueron esos dos años de investigación previa a la redacción de la crónica sobre Pambelé? ¿Recuerdas alguna anécdota que te haya sucedido durante ese tiempo y que no hayas podido contar en el libro?

A.S.R.: Fue un periodo muy especial, porque Pambelé ha estado ligado a mí desde la infancia. Entonces, el devolverme en el tiempo para reconstruir sus pasos me llevó en varios momentos a verme a mí mismo en el pasado, con pantalones cortos, en ese pueblo polvoriento y querido en el cual me criaron mis abuelos. Como Pambelé ha sido un personaje tan andariego, todo el mundo en Colombia lo ha visto en algún momento de su vida. Podrás imaginarte la cantidad de historias que la gente me iba contando cuando sabía que yo andaba en el proyecto de narrar su vida. Pero ahora, francamente, no recuerdo ninguna de valor que haya dejado por fuera del libro.

 

L.G: ¿Cómo es la relación actualmente con Pambelé, te has visto nuevamente con él?

A.S.R: Hace rato no lo veo. Yo fui a visitarlo en Cartagena, la última vez que estuvo hospitalizado. Como él estaba sedado, preferí no entrar en la habitación y me reuní en una cafetería cercana con su hermana Julia Cervantes. Ojalá logre superar sus problemas y disfrutar de su familia, que es muy bella.

 

«Me niego a aceptar la violencia como tema único»

L.G.: Cada país vive su realidad y por lo tanto los periodistas, quienes precisamente tienen como oficio alumbrar esa realidad sin filtros ni distorsiones, van trabajando conforme a ella y, por decirlo de alguna forma, como que se van amoldando al diario acontecer. Es entonces cuando surge una figura de la que tú eres un ejemplo, del periodista, en este caso del cronista, que más allá de ir al compás de toda la caravana, propone una forma diferente de “alumbrar”esa realidad. Y también propone “otras” realidades que alumbrar, que están ahí pero nadie ve en ellas una noticia qué contar. Si por alguna razón y a pesar de haber estudiado en Colombia, hubieses desarrollado casi toda tu carrera en cualquier otro lugar del mundo, ¿qué crees que le haría falta o qué le sobraría a tu trabajo? De poder escoger otros hechos sobre qué investigar y contar a tus lectores, en otro lugar del mundo que no sea Colombia ¿qué lugar y cuáles de esos hechos escogerías?

A.S.R: Nunca me he puesto en la tarea de suponer lo que habría sido mi vida si hubiera nacido y me hubiera criado en un país distinto, con una cultura diferente a la mía. Viendo ciertos sucesos históricos, hay muchas cosas que me hubieran gustado. Por ejemplo, contar lo que ocurrió en Dallas el día que mataron a Kennedy; estar con el fotógrafo Robert Capa en esa guerra en la que perdió la vida; ser uno de los sobrevivientes del Titanic; hablar con Truman Capote durante la semana en que apareció “A sangre fría”, estar en ring side la noche en que Muhammad Alí destronó a George Foreman. Pero estos son puros divertimentos inoficiosos. La única realidad es que pertenezco orgullosamente a un país que, para mal y para bien, produce historias que representan un reto tremendo para cualquier narrador. Mi desafío como cronista es ir más allá de la agenda inmediatista que manejan los medios informativos: es buscar, además de lo urgente, lo importante, lo que nos revela como país. Me niego a aceptar la violencia como tema único. Sé que la violencia existe, pero me parece miserable que por estar contando cómo nos morimos, se nos olvide cómo vivimos. Por eso me interesan tanto las expresiones de la cultura popular, que nos ayudan a construir la memoria de otra manera.

 

JUEGO DE SUPUESTOS

Si pudieras ser un periodista que admiras, serías…

A.S.R: Gay Talese.

Si pudieras ser un libro, serías…

A.S.R: Hiroshima, de John Hersey.

Si pudieras ser una de tus crónicas, serías…

A.S.R: El testamento del viejo Mile.

Si pudieras ser un lugar de Colombia, serías…

A.S.R: Arenal, el pueblo donde me criaron mis abuelos

Si pudieras cambiar algo en los medios de comunicación en Colombia, cambiarías…

A.S.R: La falta de seguimiento de ciertas noticias, que generan escándalo pero después se diluyen en el olvido.

 

L.G: Te gusta una mujer y un amigo en común de ambos te dice que el secreto para conquistarla es regalarle un libro, en lugar de flores, en la primera invitación a salir que le hagas. Decidido a hacerlo ¿Cuál crees que sería el libro ideal para lograr la conquista?

A.S.R: Nunca he regalado libros como parte de una estrategia de conquista. Cuando los regalo, lo hago pensando en que la persona se merezca ese libro y el libro se merezca a esa persona como lectora. Ahora, si me presionas, elegiría, tal vez, “La farmacia del ángel”, el libro de poemas de Juan Manuel Roca.

 

 





El oro y la oscuridad y también la luz

28 05 2007

Tapa del libro "El oro y la oscuridad"

Tapa del libro "El oro y la oscuridad"

Por Laura García

 

Apuntes para «El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé» de Alberto Salcedo Ramos

Son escasos los buenos periodistas literarios actualmente. Yo conozco a uno que es un manojo de pasión por su oficio. Y es un referente en cuanto a su oficio se trata. Un cronista que sabe ver, con su afiladísima mirada periodística, la historia más grande, detrás de una sencilla realidad. Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) es extremadamente joven para la madurez periodístico-literaria que tiene y a sus 44 años carga una pesada maleta de importantes premios en los que se reconoce su trabajo periodístico, por ejemplo el premio Rey de España (1998) y tres veces el premio de periodismo Simón Bolívar. Algunas de sus crónicas han sido incluidas en antologías tan importantes como los premios ganados, por ejemplo, la antología Citizen of fear – Ciudadano de miedo – publicada por la Universidad de Rütger.

 

¿De qué habla Alberto Salcedo Ramos en sus crónicas que atraen a tantos lectores y que son imprescindibles en las antologías periodísticas? Me aventuro a proponer que sus crónicas pueden considerarse documentos vitales para el patrimonio popular colombiano a través de ciertas temáticas que comparten algo en común: la sencillez y a su vez la complejidad de lo cotidiano juglares olvidados, deportistas en decadencia, hombres comunes y corrientes que viven alguna situación extraordinaria, tradiciones populares, entre otras –, tratado con el mismo cuidado e importancia que una noticia o un tema de moda, pero sin caer en las frivolidades que de por sí conllevan éstos. Y en un país como Colombia, tiene doble valor el hecho de que tengan su propia inscripción en la memoria del trabajo periodístico, los seres comunes y corrientes, que no son sicarios, no son guerrilleros, no son paramilitares, no son políticos corruptos y no están en la cresta de la ola mediática, pero sí pueden trasladarse a la experiencia colectiva a través de una crónica bien narrada.

 

Alberto Salcedo Ramos ha publicado libros de crónicas que hacen las veces de altavoz para estas historias cotidianas, pero sin duda uno de los mejores viene a ser el último que ha publicado bajo el sello Random House Mondadori: El oro y la oscuridad, la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, en donde el contraste de gloria y decadencia son narrados de forma magistral. Lo digo sin exagerar el término y después de haber leído cuidadosamente la obra. La investigación sobre la vida, gloria y posterior declive de uno de los ídolos deportivos más grandes que ha existido en Colombia, Antonio Cervantes, más conocido como “Kid Pambelé”, le tomó dos años en los que reunió cientos de testimonios de familiares, amigos, gente que trabajó con el boxeador y principales periodistas que cubrieron los eventos deportivos de la época (años 1972 a 1980 aproximadamente), material documental y algunas conversaciones con el mismo Pambelé. Todo esto, por supuesto, bien depurado. Nada de sobre exposición o sensacionalismo. La investigación sobre el mayor ídolo deportivo que ha tenido Colombia desembocó en una extraordinaria narración en la que Salcedo Ramos expone todo ese material acumulado, debidamente seleccionado. Así surge la historia de cómo se inició Pambelé, de sus primeros pero poco exitosos pasos en el boxeo, del viaje a Venezuela en donde luego vendrían las peleas más profesionales, paulatinamente el boxeador “bruto” se convierte en un boxeador profesional, más técnico y finalmente un campeón mundial en su categoría: walter junior (peso 140 libras). Sus puños eran imbatibles. Los contrincantes más testarudos caían vencidos por su fuerza descomunal. Los contrincantes menos testarudos simplemente eran noqueados en los primeros rounds. Fue idolatrado por todo el pueblo que seguía muy de cerca sus peleas. Presidentes y políticos cayeron rendidos a sus pies, llenándolo de homenaje y tributos y hasta pudo conseguir que en la humilde población en donde había nacido, San Basilio de Palenque, se inaugurara el servicio básico de alcantarillado. La estrella fulguró como nunca en un cielo de gloria. Le llovían las mujeres, la vida que tan duramente lo había tratado parecía sonreírle y él le respondía con férrea disciplina en sus entrenamientos y preparación boxística. Y, por supuesto, de la mano de la fama y el poder, llegó el dinero. Mucho dinero. Y poco después, el transito de rey a mendigo. Aunque ya Pambelé traía un problema siquiátrico heredado de su madre, su situación se agravó con el alcohol y las drogas. Estaban las drogas por todos conocidas: la marihuana, la cocaína, el bazuco, etc. Y también estaba la droga más importante, más dañina y destructiva que las otras: el poder. El poder que lo emborrachó y lo hizo alucinar. El poder que le dieron sus 91 peleas ganadas, 45 por nocaut. El poder que le dio el ser uno de los deportistas más importantes del país, el primer boxeador colombiano en ganar un título mundial. El poder que otorga el solo hecho de hacer vibrar a un pueblo. Ese mismo que abruma y abruma tanto, que cuando Pambelé no supo qué hacer con tanto poder que le sobraba, empezó su camino a la decadencia. Y de la gloria llegó a la tragedia con tan solo dar un paso en falso hacia el abismo de la adicción. A la hora de su retiro ya la historia era diametralmente opuesta. De la memoria colectiva quizás no se ha borrado el recuerdo de sus victorias, pero sí convive junto a él la imagen del ídolo recluido en un hospital de rehabilitación, o del ídolo que vagabundea por las calles de Bogotá o Cartagena o cualquier parte de Colombia, protagonizando excesos y desmanes, creyendo que aún tiene una corona sobre su cabeza y que aún lo espera en cualquier parte que se encuentre, un trono con sus respectivos cortesanos. Hasta el momento, nadie se había preocupado oficialmente de ordenar y reconstruir la vida del hombre, que aún no termina. Por el contrario. Pambelé todavía transita a saltos entre la gloria del pasado y el declive de su presente. Y su batalla más larga y difícil la viene enfrentando contra su propia sombra, ni siquiera contra sí mismo. No es casualidad que la prueba de ello quede de manifiesto en la que considero la escena más impresionante dentro de la obra y de un tremendo valor literario. En la Plaza de Toros Cartagena de Indias, durante un evento boxístico, Pambelé en medio de una tremenda borrachera, desató un conflicto y se ganó las rechiflas del público. Cuenta el autor que cuando se acercó atraído inevitablemente hacia a su personaje, éste le pidió una cerveza pero él le respondió que mejor se calmara y se fuera a dormir, entonces el boxeador lo llenó de improperios y le aclaró que él era «el campeón mundiaaalllll» y se cuadró, listo para defender su título; el personaje se enfrenta a su autor, lo desafía y perfectamente habría podido propinarle una golpiza.

 

El oro y la oscuridad es una crónica sobre la vida de un héroe, narrada con todo profesionalismo, sentada sobre las bases de una investigación rigurosa y manchada en cada línea escrita, del talento de su autor. Quizás no sea complicado, al final, descubrir que una de las claves por la que esta crónica sobre una vida que todos en Colombia creían conocer de sobra a través de las constantes noticias en las que se veía involucrado Pambelé, pueda ser seductora para un lector cualquiera, está en encender la luz dentro del cuarto oscuro de lo que aparentemente no parece ser extraordinario.