Andrés Neuman: MARGARITA

28 08 2007

Ilustración de Yolanda Ayuso©

Ilustración de Yolanda Ayuso©

Es tan guapa. Me quiere. Tiene insomnio. No me quiere. Le gusta preparar el desayuno para los dos. Me quiere. Detesta que me cueste tanto levantarme. No me quiere. Cuando nos duchamos juntos, hacemos el amor en equilibrio. Me quiere. Se queda como absorta, como lejos, al terminar. No me quiere. Permite que le seque el pelo, cierra los ojos, ronronea. Me quiere. Hace extrañas llamadas, nunca sé con quién habla. No me quiere. Me regaló un anillo para mi cumpleaños. Me quiere. Apenas conozco a su familia ni a sus amigos. No me quiere. Tiene bastante dinero y disfruta compartiéndolo conmigo. Me quiere. Pregunta constantemente: ¿Qué hora es? No me quiere. No te preocupes, vida mía, dice. Me quiere. Espía por la ventana y pregunta por los vecinos. No me quiere. Al besarme, sonríe con ternura. Me quiere. Se separa de mí sobresaltada. No me quiere. Su vestido blanco le deja al descubierto casi medio pecho. Me quiere. Ahora no, me dice. No me quiere. Lleva puesto el modesto colgante que le regalé el mes pasado. Me quiere. Shh, exclama, no te muevas. No me quiere. Me toma del brazo de pronto. Me quiere. Es caprichosa, pienso. No me quiere. Shh, repite, muy quieta, moviendo los ojos en todas direcciones. ¿No me quiere? Margarita…, suspiro. ¿O me quiere? ¡Abajo!, chilla. No me quiere. Rodamos juntos por el suelo del salón hasta quedar debajo de la mesa. Me quiere. Algo impacta brutalmente contra el cristal de la ventana y lo hace añicos. No me quiere. ¿Estás bien?, me susurra al oído. Me quiere. ¿Y tú?, le digo con un hilo de voz, pero no obtengo respuesta. No me quiere. Se incorpora delicadamente y gatea juguetona por el pasillo. Me quiere. ¿Dónde vas?, ¿qué haces?, le pregunto, y desaparece. No me quiere. Regresa gateando, con su bolso al hombro, a nuestro rincón debajo de la mesa; se acurruca junto a mí. Me quiere. Abre el bolso, intento mirar, lo aparta. No me quiere. Ten cuidado con los cristales, mi vida, dice. Me quiere. Saca un arma del bolso, un arma con un cañón muy grueso. No me quiere. Me acaricia la mejilla. Me quiere. Desde debajo de la mesa la veo caminar agachada hacia la ventana, tratando de no pisar los cristales. No me quiere. La tela de su vestido se tensa como una piel pálida. Me quiere. ¡Tú, quieto!, insiste, cuando intento asomarme. No me quiere. Se pone en pie de un salto, con esa agilidad que tanto le admiro. Me quiere. Saca un brazo por el hueco de la ventana rota y dispara varias veces en dirección a los tejados. No me quiere. Al escuchar mi respiración entrecortada, se aparta de la ventana, me ayuda a salir de la mesa y dice: Ya ha pasado. Me quiere. Pero añade: Ahora tengo que irme. No me quiere. Me besa la comisura de los labios; huele a pólvora y perfume. Me quiere. Se marcha en silencio, apretando ese bendito bolso que uno nunca sabe qué puede contener. No me quiere. Antes de abrir la puerta y de salir tan rápida que parece hecha de viento, se vuelve para guiñarme un ojo verde. Me quiere. Jamás me dice cuándo me llamará de nuevo, adónde se va de viaje ni cuándo nos veremos otra vez. Definitivamente –pienso– no me quiere.





Andrés Neuman: “La Traducción”

9 08 2006

La traducción

Andrés Neuman


 

 

 

 

 

Un poeta de los llamados mayores recibe una carta con un poema. Se trata de una mañana algo ventosa, y se trata de un poema suyo: unos señores de cierta revista se lo han traducido a una lengua vecina. Su intuición lingüística le sugiere que la traducción es lamentable. Así que, con la sincera intención de comprobar si se equivoca, decide entregarle esta versión extranjera a cierto amigo suyo, profesor, traductor, poeta, miope. Le hace llegar una notita amable rogándole que traduzca aquel texto a su común lengua materna. El poeta sonríe, se diría que travieso: ha omitido, por supuesto, la autoría del poema.

Como su amigo pertenece a la vieja guardia postal, no ha transcurrido una semana cuando el poeta encuentra en su buzón un esmerado sobre con la respuesta requerida. En ella, algo extrañado, el remitente se aventura a suponer que se trataba de un texto de lectura relativamente sencilla para alguien tan sagaz como su querido poeta, y por añadidura tan conocedor de las lenguas, pese a lo cual le propone con todo gusto una versión autóctona esperando que sea de su agrado y despidiéndose con afecto atentísimo. Sin perder un segundo, el poeta se sienta a leer la traducción. El resultado es desastroso: analizado con detenimiento, este tercer poema no guarda semejanza alguna con el ritmo, ni con el tono, ni con las evocaciones del texto original. Más que menos, él se considera un lector comprensivo con las libertades literarias de los demás. Pero, en este caso, no es que su amigo se haya permitido ciertas licencias, sino que más bien parece haberse tomado todas las licencias a la vez. Los matices se han perdido. La dicción parece turbia. De la sonoridad, ni rastros.

Recuperado del espanto, le escribe a vuelapluma a su amigo agradeciéndole su diligencia y, sobre todo, aquella traducción que se le antoja sin lugar a dudas exquisita. Pese a todo, el poeta decide no darse por vencido y le remite esta versión tercera a otro traductor, menos amigo suyo aunque más reputado, para que se la vierta, si fuera tan amable, a cierta lengua vecina. El pretexto alegado es que cierta revista extranjera le ha propuesto que traduzca un poema de un amigo suyo y, con franqueza, él se siente incapaz de acometer tan delicada tarea sin incurrir en deslices. Y, presentándole su más respetuosa admiración y gratitud, se despide, le promete, le desea, etcétera.

A aquellas alturas, el resultado poético comenzaba a ser lo de menos para nuestro inquieto poeta; quien, nada más recibir la aplicada respuesta del segundo traductor, vuelve a despacharla, bajo firma apócrifa, a un riguroso filólogo calvo al que no ha tratado personalmente pero que en alguna ocasión le ha dedicado una reseña elogiosa. La petición es que vierta a su lengua común aquel texto de un importante poeta extranjero, para poder estudiarlo más a fondo. Semanas más tarde, con cortés demora universitaria, el académico le devuelve el poema reescrito y le propone que cenen algún día juntos para hablar de su autor. Pues, si bien su interés literario es a todas luces menor, le extraña sobremanera no haber tenido antes noticia de él.

Esta cuarta versión de su poema, si el gusto no le falla, está llena de tropiezos y roza lo ininteligible. Los referentes han volado, el tema se desvía hasta las periferias más remotas, los encabalgamientos hacen ruidos de serruchos. Desolado, aunque también divertido, imagina por un momento todos sus libros juntos traducidos a aquella lengua o a cualquier otra lengua. Suspira abrumado. “La poesía -piensa entonces- es definitivamente intraducible”. Y, sin importarle nada, le regala este lejano poema a una apreciada colega extranjera: es obra de un amigo fraternal -le escribe-, y me alegraría mucho que pudiese usted darlo a conocer, traducido, en la publicación de su país que considere más oportuna. Confío plenamente en su criterio y bla bla. Y más abajo los mejores deseos, siempre suyo, y todo lo demás.

Contentémonos con señalar que el poeta repite esta operación de ida y vuelta otras cuatro veces, siempre con idénticas peticiones y parecidos pretextos. Cada contestación que recibe lo incomoda, lo indigna y lo fascina a partes iguales. Unas veces le encomian el poema, otras se lo censuran sin piedad. Como quien se dedicase a un débil pasatiempo, sin repasar apenas las respectivas traducciones y retraducciones, él se limita a meterlas en un sobre para enviárselas de nuevo a algún colega bilingüe.

El tiempo pasa, bobo.

Y es así como, una mañana gris, en su séptimo intento, a la traducción decimocuarta, el poeta rasga el sobre y sostiene entre sus manos una versión de factura familiar y alcance exacto: es, según va recordando, palabra por palabra, como por coma, su propio poema, el primero de todos. En un principio lo asalta la tentación de correr a su escritorio para comprobarlo. Luego, más calmado, se dice que está bien así, tal como suena, original o no. Y se dirige a su escritorio, aunque ya con otro objetivo. “La poesía es definitivamente intraducible -anota en su libreta- pero, tarde o temprano, un poema será siempre traducible”. Luego abre una novela, perezoso, y se pone a pensar en otra cosa.

 





Entrevista con Andrés Neuman.

30 01 2006

Laura García- Tengo la impresión de que no crees mucho en eso de “era de las comunicaciones”, que más bien piensas que lo que falta precisamente es “comunicación” o al menos lo que esa  palabra significa en esencia. ¿Es así? ¿Algo de eso querías decir en La vida en las ventanas?

Andrés Neuman. Tomado de su web www.andresneuman.com
Andrés Neuman. Tomado de su web www.andresneuman.com

Andrés Neuman- No digo tanto como que los actuales medios de comunicación nos incomuniquen, pero sí que, desde luego, no garantizan que nos comuniquemos. Y que a veces vivimos en el espejismo de creer que, gracias a la existencia de tantos medios para hablarnos, hoy tenemos mucho más que decirnos que antes. Creo que los teléfonos móviles, chats, e-mails y demás innovaciones no demuestran que hoy estamos menos solos, sino que precisamente son la prueba de que seguimos sintiéndonos solos. Umberto Eco dijo: si no hay información no hay comunicación. Es cierto que no siempre tenemos qué decirnos. Y yo añadiría: si no hay emoción o inteligencia, esa información no me interesa.

LG- Eres un autor muy versátil, vas del cuento a la novela y la poesía, con destreza, abarcas mucho y aprietas más todavía, pero al leerte me parece que escribes con más placer cuentos, ¿te inclinas más por la narrativa corta? ¿Hay una preferencia del género del cuento por sobre la novela?

AN – Es difícil decir con qué disfruto más, porque es como si me preguntas qué prefiero: si los besos, los abrazos o los mordiscos. Realmente gozo con cualquier acto de escritura, y siempre siento que en él hay algo de artesanía y algo de magia, de revelación. Además, no creo demasiado en la división tajante de los géneros. La poesía ayuda a la narrativa, le da temblor, le presta el ritmo. La narrativa le arrima a la poesía todas sus historias, sus ganas de contar, la construcción de los personajes, el orden. Y el ensayo les proporciona a ambas sustancia, conceptos, problemáticas. En el fondo creo que todo escritor se comunica con todos los géneros cada vez que escribe una página. Al menos así lo percibo yo.

LG- ¿Crees que escribir y publicar cuentos, hoy día, coincide con los gustos de los lectores modernos, no existe una preferencia tanto comercial, como literaria, por la novela?

AN- La preferencia comercial, seguro. La literaria, eso habría que verlo. Quiero decir que la mayoría de índices de venta no responden a los auténticos gustos literarios de la gente, sino al éxito o fracaso de las campañas publicitarias, de determinadas políticas editoriales o de famas coyunturales. Por supuesto, también se venden buenos libros. Eso ha sucedido y sucederá siempre: García Márquez, Saramago o Vargas Llosa venden casi tanto como Isabel Allende, Paulo Coelho o quien demonios sea. Pero, básicamente, pienso que si las editoriales tuvieran la voluntad de apostar con decisión por el hermoso género del cuento, si se molestaran en crear un catálogo coherente de buenos cuentistas y les prestaran atención, obtendrían más respuesta del público de lo que muchos creen. Cheever, Borges o Carver no necesitaron escribir novelas para llegar a infinidad de lectores, ni ningún editor insensato les dijo que los publicaría más tarde, cuando le trajeran una novela.

LG- La poesía, si estás de acuerdo conmigo, es otra cosa, prácticamente nace de esa inspiración que le da por aparecer, cuando se le antoja, sin embargo, dentro de la poesía, también tiendes a lo breve, como los haikús. Dentro del mismo género, ¿también te inclinas por esa brevedad? ¿Consideras que hay una mayor dificultad a la hora de intentar esa brevedad?

AN- Sí, la poesía es otra cosa, o es “la” cosa. Aunque no creo que la brevedad sea una cuestión de dificultad sino de pulso, de ritmo interior. Preferiría no decir: “las novelas de mil páginas son más difíciles que los sonetos”. Ni tampoco: “el haiku o el microcuento son más artísticos que las novelas de Tolstói”. Eso sería una tontería. Más bien pienso que hay personas que hablan mucho y otras que hablan poco. Gente que canta bajito y otra gente que grita. Apetitos constantes y fugaces, y otros voraces y más esporádicos. Depende del temperamento de cada cual. Tal vez el talento de un escritor consista en averiguar cuál es su ritmo, su pulsión y sus proporciones, para poder encontrar un estilo. Como dijo Rubén Darío: yo persigo una forma que no encuentra mi estilo… A mí me interesa sobre todo leer a los escritores que persiguen un estilo. ¡Pero ojo! No me refiero a los que escriben siempre igual: esos, precisamente, ya han dejado de buscar.

LG- Hay un poema tuyo, que me llevó a la curiosidad de leer tus otros libros de poesía, me atrajo especialmente por su sencillez y sensualidad, se llama “Los cuerpos”, me hizo recordar que el gran Roberto Bolaño se refirió a ti como un autor “Tocado por la gracia”, palabras por cierto muy elogiosas y doblemente valorables teniendo en cuenta quien las decía, pero, para ser “Tocado por la gracia”, ¿debiera existir una inspiración, una musa, una idea… algo, cuál es ese “algo” que te mueve a los versos finales? ¿De repente alguna mujer te ha inspirado?

AN- Bueno, lo primero que tengo que decir es que Bolaño, como solía hacer con todas sus pasiones, exageró su entusiasmo al decir eso. Aunque fueron

Andrés Neuman. Tomado de su web www.andresneuman.com

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palabras que yo le agradecí de corazón, porque además las dijo antes de conocernos. O, mejor dicho, nos conocimos gracias a que un día él escribió generosamente esas líneas en un periódico. Dicho esto, creo que sería necio pensar que la escritura y sus progresos dependen de entes superiores e incontrolables, como si la paciencia, el rigor, el oficio o la experiencia no fueran por lo menos la mitad (o más) del asunto. Pero tan necio como eso sería suponer que la escritura es un mero problema de entrenamiento o insistencia. No todo el mundo que se entrena bate un récord del mundo. No todos los futbolistas juegan igual después de una semana con idénticos ejercicios. No cualquier que estudia aperturas se convierte en Kasparov. Y supongo que con las artes sucede exactamente igual. Por eso pienso que la inspiración existe, sin ninguna duda, te hablo de una inspiración terrenal, completamente humana y carnal, por supuesto. Defínela como quieras: un temblor emocional, un momento de lucidez extrema, un golpe de suerte en mitad del caos, lo que sea. Pero existe. Y, por supuesto, sólo les llegará a quienes se sienten a menudo delante de un papel en blanco. ¿Qué nos mueve justo al finalizar un poema, al rematar un cuento, qué clase de estremecimiento nos dicta una palabra antes del punto final? No tengo ni idea, la verdad, creo que sería una pregunta casi para los neurólogos. Pero estoy seguro de que es una mezcla muy sutil entre la concentración y la distracción, entre la atención máxima y una extraña dispersión. Algo tenso y relajado al mismo tiempo. Perdón por la insistencia: como hacer el amor.

LG-. Volviendo a la narrativa, me gustaría hablar de la que, en mi concepto, es tu mejor novela: Una vez Argentina, es fácil pensar que se trata de una novela con muchos elementos autobiográficos, pero yo encuentro que más bien te recorres de principio a fin a ti mismo, y en el trayecto, recorres la historia de un país y de muchos fantasmas y a pesar de que entre las líneas se puede jugar con ese comodín que es la ficción, qué sensaciones te quedan como autor, cuando vez ese espejo tuyo y de los tuyos, vuelto novela? Había algún objetivo o ambición particular al construir esta novela?

AN.- Estoy de acuerdo en que el punto de partida autobiográfico era una excusa para empezar a bucear. Mi infancia es sólo una entre las muchas infancias que se cuentan en el libro, y hace de hilo conductor entre mi pequeña memoria y las memorias de decenas de personajes o ancestros que tuvieron una vida fascinante y a muchos de los cuales nunca llegué a conocer. Podría haber cambiado los apellidos, fingir que no se trataba de mi familia, pero estoy convencido de que la esencia de la narrativa no depende tanto de las fuentes de información objetivas sino de su tratamiento, del lenguaje, de las formas. Así que trabajé declarando abiertamente esas fuentes familiares, para dirigirme a otro asunto que me interesaba más: ¿qué es la ficción? Pienso yo que un simulacro de memoria. ¿Qué es un personaje? Pienso que un semejante posible, un prójimo imaginario. Y, ¿qué es una autobiografía literaria? Muchas veces es contar no tanto lo que vivimos como lo que no pudimos vivir, lo que no pudimos ver. Para eso contamos algo: para que suceda. Creo que nadie cuenta literalmente lo que sabe o lo que le ha sucedido, porque entonces no tendría sentido molestarse en hacerlo. La escritura sirve para preguntar, para aprender lo que ignorábamos. Incluso quien pretenda contar su vida acabará inventándola o confesando todo lo que no sabía.

LG.- ¿De esta obra, qué fue lo que más te costó decir en ella de ti mismo?

Andrés Neuman. Tomada de www.andresneuman.com

¡Qué pregunta más sagaz y más indiscreta! Digamos que varias cosas me dieron cierta vergüenza, pero sentía que debía contarlas porque el libro las necesitaba. Es mejor no decir cuáles, porque entonces, además de ponerme colorado, en cierta forma degradaríamos a los personajes de la novela y los convertiríamos en un simple reflejo de “realidades”  externas, como si una novela fuese un simple desahogo personal de su autor. Pero todo lo que se cuenta en el libro, incluyendo todo lo que allí digo de mi infancia, pretende tener un sentido más o menos metafórico y universal, más o menos relacionado con la historia del país y narrativamente útil para el resto del libro. Así que llegó un momento en que incluso el material inicialmente más íntimo se convirtió en  materia narrativa. Cuando corregía la novela trataba de pensar sólo en el efecto literario que produciría en un lector. En Una vez Argentina          hay mucho cierto y mucho inventado. ¿Qué más da? Las biografías verdaderas no existen: prueba a contar una misma anécdota que hayas compartido con amigos o familiares próximos, y verás como no hay dos versiones iguales. Afortunadamente.

LG.- Mencióname alguna (s) lectura (s) que ha sido fundamentales para ti, o bien un autor (es)

Mencionaré sólo algunos, podrían ser muchos más. De adolescente recuerdo que me impresionaron Poe, Cortázar, Girondo, Stendhal o Kafka. Más tarde me conmovieron César Vallejo, Rilke, Flannery O’Conor, Truman Capote, Carson McCullers, Arreola, Virgilio Piñera, los haikus de Issa Kobayashi, Tolstói, siempre Tolstói. Como verás, no he mencionado a Borges. Pero ha sido a propósito.

LG.- Y en la actualidad, ¿has descubierto algo interesante?

Desde luego. Supongo que me daría más prestigio decir que ningún autor contemporáneo me interesa y todo eso, pero no es así. Por decir algunos libros al azar, en los últimos años para mí fueron auténticos descubrimientos Niños en el tiempo de Ian McEwan, Nocturno de Chile de Roberto Bolaño, Hermana muerte de Justo Navarro, la Poesía vertical de Roberto Juarroz, una antología de Carilda Oliver que se llama El discurso de Eva, los cuentos completos de John Cheever, Muchacha punk de Fogwill, Una cuestión personal de Kenzaburo Oé, ¡tantos…! O no tantos.

LG.- ¿Qué estás escribiendo ahora? ¿Me darías una pista?

Para desgracia de mis lectores, amenazo con publicar en octubre un libro de cuentos titulado Alumbramiento. Y, no satisfecho con eso, preparo poemas y he empezado a escribir una novela. Eso se llama gula.

JUEGO DE SUPUESTOS

-  Si pudieras ser un libro, serías…no, no, prefiero estar al otro lado de la ficción, del lado de la vida, y después contarlo.

- Si pudieras ser un poema, serías… alguno de César Vallejo, y así viviría permanentemente emocionado.

- Si pudieras ser un lugar, serías… supongo que una playa serena.

- Si pudieras ser otro escritor, serías…Goethe o Shakespeare, pero no tengo demasiadas esperanzas al respecto.

- Si pudieras ser una canción, serías… cualquiera de los Beatles, yeah, yeah, yeah. O, concretando un poco: cualquier canción de los álbumes Revolver, Sargent Pepper, White Album o Abbey Road. Como decía Peter Handke: “Gracias, Dios mío, por crear a los Beatles”.

- Si pudieras ser un momento de tu vida, serías… ninguno, de verdad; detesto la nostalgia. El futuro, es decir el presente inmediato, siempre me tienta más que repetir o congelar ningún momento. Para congelar los instantes ya está la literatura, ¿no?

Y la última:

- Te gusta una mujer y un amigo en común de ambos te dice que el secreto para conquistarla es regalarle un libro, en lugar de flores, en la primera invitación a salir que le hagas. Decidido a hacerlo ¿Cuál crees que sería el libro ideal para lograr la conquista?

Tal vez los Sonetos de la dama portuguesa, de Elizabeth Barrett Browning; porque en ese precioso librito, en lugar de ser el poeta el que habla y habla mientras su amada calla, es ella la que dice los poemas de amor y su hombre la escucha.

SOBRE ANDRES NEUMAN

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es hispanoargentino. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, donde impartió clases de literatura hispanoamericana. Su primera novela, Bariloche (Anagrama, 1999), fue elegida entre las diez mejores del año por El Cultural. Su segunda novela, La vida en las ventanas (Espasa, 2002), fue Finalista del Premio Primavera. La tercera, Una vez Argentina (Anagrama, 2003), fue Finalista del Premio Herralde. Ha publicado los libros de cuentos El que espera (Anagrama, 2000) y El último minuto (Espasa, 2001). Es autor de los poemarios Métodos de la noche (Hiperión, 1998, Premio Antonio Carvajal), El jugador de billar (Pre-Textos, 2000), El tobogán (Hiperión, 2002, Premio Hiperión) y La canción del antílope (Pre-Textos, 2003). Ha sido incluido en las principales antologías sobre joven poesía española. Es autor de la colección de haikus Gotas negras (Plurabelle, 2003) y ha traducido el Viaje de invierno de Wilhelm Müller (El Acantilado, 2003). Es el coordinador del proyecto Pequeñas Resistencias, una tetralogía sobre el cuento actual escrito en castellano en todo el mundo, encargándose de la edición del primer tomo: Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (Páginas de Espuma, 2002). Ha preparado también la edición de la antología de Carlos Marzal Poesía a contratiempo (Maillot Amarillo, 2002). Actualmente es columnista y guionista de tiras cómicas en el diario Ideal.

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