Cuando ya no importe porque ya es eterno

1 07 2009

Pido disculpas de antemano por hacer personalísimo este escrito. Creo, y es mi modesta opinión, que la lectura más juiciosa es aquella que nos permite sacar las conclusiones más poéticas y honestas. Esa lectura que se compone también de un «hola» y un «hasta siempre», pronunciados al inicio y al final del libro, respectivamente, por dos voces: la del autor y la del lector.

Cuando ya no importe llegó a mí accidentalmente. En uno de esos días malditos de Santiago de Chile, frío, neblinoso, en medio de engorrosos trámites de oficina. Iba muy apurada camino hacia la compañía eléctrica para pagar las cuentas de energía de la empresa y me detuve de un frenazo: una librería interesante y aún desconocida para mí. ¡Un hallazgo de otoño! Para celebrarlo, la recorrí de cabo a rabo. Hurgué en sus cofres para rescatar, si los había, sus tesoros. Y sí que los había. Hacía varios años había leído a Onetti, pero nunca se me había ocurrido acercarme a su último libro, Cuando ya no importe, ese que en sus biografías clonadas es llamado “su testamento”, probablemente por publicarse en 1993, un año antes del fallecimiento del autor. Y también por su contenido, que inspira despedida en cada línea.

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CRÓNICAS VARIAS I. LITERATURA y MERCADO

21 08 2008

Literatura y mercado son palabras opuestas que se repelen inmediatamente pero que se juntan en la realidad. Es difícil el camino de la Literatura, dama honorable e impoluta, cuando se tropieza con el mercado, bandolero salvaje que la corrompe y la ultraja. Bah, dejémonos de tonterías. No es así necesariamente, lo que pasa es que todos los días parecemos acostumbrarnos menos al mundo que nos va tocando vivir. Hace 15 años, en 1993, yo tenía ocho y en mi casa estaba terminantemente prohibido leer Cien años de soledad. So pena de castigarme «feo» o, peor aún, de quitarme el resto de los libros de la biblioteca, mi abuelo José Miguel desterró el libro a lo más alto del estante que estaba empotrado en la pared de su oficina, lo que le permitía tenerlo a la vista. No le faltaban ganas de quemarlo o de hacerlo picadillo, pero no podía porque el ejemplar ni siquiera le pertenecía: la que leía a García Márquez en la casa era mi mamá, y a mi abuelo le provocaba tragarse el libro cuando lo veía, porque lo consideraba plata botada a la basura. Para su desgracia, mi mamá no tenía solamente Cien años… sino una biblioteca completa del Nobel, que incluía títulos que yo en ese entonces no entendía del todo muy bien, como De viaje por los países Socialistas…

Bien dicen que lo prohibido es lo atractivo, porque a pesar del profundo respeto que sentía por mi abuelo y de que él hizo las veces de mi padre, yo corría cada que podía a buscar el libro, a fisgonear entre sus líneas la verdadera razón por la cual él me gritaba ofuscado, desde la sala: «¡Que no agarre sumercé eso!¡Que ya le dije que eso no se lee en esta casa!» Y, efectivamente, no lo pude leer durante siete años más. Ese y todos los demás libros del mismo autor permanecieron vedados, porque a mi abuelo era mejor tenerlo feliz: si se enojaba era capaz de acabar hasta con el infierno, y las pocas veces que me sorprendió leyéndolo salía refunfuñando y vociferando por la casa que ¡por qué nadie le obedecía!, que ¡todos se habían empeñado en faltarle al respeto! Mi abuela, para evitar mi curiosidad y la furia de mi abuelo, decidió guardar la biblioteca entera de García Márquez en su armario, bajo llave.

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Sobre la pertinencia del análisis sociopolítico en la literatura

7 09 2007

Por Amir Valle

 

 

Un viejo amigo, el escritor Armando León Viera, me escribió hace un tiempo, preocupado por una marca que ha visto demasiado en la narrativa cubana: la insistencia en realizar un análisis sociopolítico a través de las historias contadas. Me pregunta: ¿hasta dónde es lícito? Y a partir de esa pregunta, escribí estos apuntes sobre el tema, que son, además de apuntes, mi opinión personal o, sería mejor decir, el modo en que me enfrento a ese dilema que existe para los cubanos desde que en 1959 triunfó una Revolución, hoy traicionada y en agonía, pero entonces foco de luz para todas las naciones pobres del mundo.

Nacido del reporterismo político, puede decirse que el análisis sociopolítico se refleja en los estudios literarios precisamente a través de dos grandes novelas, en las cuales se le ha analizado como una pieza básica, pero tipificadora de lo que sucedía entonces en el discurso político oficial: Guerra y Paz, de León Tolstoi, y Los Miserables, de Víctor Hugo.

En ambas obras se producen largas disquisiciones donde los autores se entrometen en el hilo novelado, lo interrumpen, e intentan explicar situaciones históricas y movimientos del pensamiento social, generalmente vinculadas a la política que se vivía en esos instantes en sus países respectivos: Rusia y Francia.

El discurso teórico literario de la novela en esas primeras etapas del género aceptaba la intromisión del autor y era normal que se permitieran las opiniones del autor como parte del cuerpo novelado, aún incluso en aquellos casos en que se tratara de críticas moralistas que el autor le hacía al propio personaje por él creado. La opinión política y moral del autor se mostraba, de ese modo, en toda su transparencia.

Como en todo, cientos de novelas comenzaron a “teorizar” sobre esos temas, a criticar moralmente a los personajes creados, a juzgarlos a manera de juicio hecho dentro de la obra contra los males o supuestos desvíos morales (de acuerdo con la época) del personaje o de la historia. Se agotó el recurso de tal modo, que hoy solamente suelen citarse esas dos novelas (y alguna que otra, pero menos trascendente) como ejemplos de lo anterior.

Eso también sentó una pauta: al tratarse de obras que dieron paso a la novela moderna, y en las cuales (por mayoría absoluta) ese modo discursivo no resultó eficaz, cuando irrumpe la novela moderna (en la cual se busca la invisibilidad del autor) quedó como premisa que no podía permitirse el discurso sociopolítico como parte de la obra. Comenzaron a buscarse variantes, especialmente por aquellos autores cuyas zonas temáticas estaban justamente en el centro de la política. En todos los casos, el discurso político y moral del autor (o las resonancias antes directas del pensamiento social de la época) perdió presencia y se enmascaró detrás de la técnica.

Esta variante, poco tiempo después y con el triunfo de la Revolución de Octubre en Rusia, tuvo que enfrentarse a la tesis del realismo socialista de que “el adoctrinamiento político puede ser la esencia de la obra literaria”. Bajo esos cauces empezó a escribir una literatura doctrinaria, nuevamente cargada de referencias directas (y hasta discursos en lenguaje tan político que resultaba antiliterario), obteniéndose el más lógico de los resultados: hoy sabemos que se produjo tanta pésima literatura en apenas treinta años que el modelo fracasó, y sobrevivieron aquellos pocos autores con obras donde el humanismo socialista nacía de la propia historia y no de la imposición ideológica del autor.

El reto, según se entiende hoy, está en incluir el discurso sociopolítico (cuando sea necesario) sin que se opaque la historia narrada. Esto se debe a una tesis que asegura que el buen discurso sociopolítico aplaca, opaca, dulcifica y enmascara la realidad por dura que ésta sea, y que el mayor mérito de un orador político está en revertir una situación de crisis social a través del discurso. ¿Consecuencia? El pueblo, la gente común, a lo largo de los tiempos (básicamente como resultado de lo ocurrido en el campo político en el siglo XX, tanto en la izquierda como en la derecha) rechaza o simplemente no escucha lo que se le dice en los códigos del discurso político. Es, según diría la sociología norteamericana, un “mecanismo de defensa racional e inconsciente de la masa social”.

 

 

La literatura, cuyo objetivo es crear un mundo vivo dentro del universo literario, también tiene que luchar contra ese comportamiento, referido al lector, por supuesto. En simple palabras, el mayor reto del escritor que necesita hablar de ciertos asuntos político-sociales, es romper ese mecanismo de defensa que se ha creado en la mentalidad del autor moderno en contra de los discursos políticos.

Algunos ejemplos:

William Faulkner (Las palmeras salvajes) - El análisis sociopolítico (que buscan mostrar la animalización de la sociedad) está centrado en el contrapunteo de dos historias: la del preso y la del matrimonio. Las reflexiones de corte crítico hechas en el momento del pensamiento de los protagonistas y distribuidas en frases muy sutiles dentro de los diálogos, no llegan a opacar jamás el sentido de naturalidad de la historia. En su caso, mezcla la reflexión pura con un sentido de la ironía muy agudo y en otras ocasiones con un lirismo realmente alto, pero eficaz porque resulta natural a la psicología del personaje.

John Dos Passos (Paralelo 42 y Manhattan Transfer) - En éstas, sus dos más conocidas novelas, el análisis sociopolítico está dado en el encabalgamiento de las historias contadas a manera de viñetas cortas, independientes una de la otra, y su relación contrapuntual con los titulares de prensa, los recortes de periódicos, los anuncios, que aparecen en ambas novelas.

Alexander Solzhenitzin (Un día en la vida de Ivan Denisovich) – Solamente aparece en los diálogos de los autores, generalmente enmascarados en frases cortantes, irónicas, o cargadas de depresión, buscando en todos los casos la configuración psicológica de los personajes y que el discurso aparezca bien camuflado, casi invisible. Son básicos en este caso la fotografía nítida, vívida, que hace Solzhenitzin de la vida en el campo de trabajos forzados donde está su personaje.

Alejo Carpentier (El siglo de las luces) – El discurso político aparece envuelto en una absoluta maraña de descripción del mundo en que se produce el discurso, que se hace prácticamente invisible. El contrapunteo de las tesis políticas entre algunos de los personajes principales se establece dentro de un escenario histórico de presencia tan magníficamente absolutizada que el discurso político pierde fuerza y se convierte en un río subterráneo poderoso, pero del cual sólo escuchamos su rumor.

Heinrich Boll (Opiniones de un payaso) – No se ha escrito, en mi opinión, una obra de tan profundo contenido anticatólico en el mundo como ésta. El discurso sociopolítico se hace contra la falsa moralidad que el catolicismo le ha impregnado a la política alemana de todos los tiempos. Un payaso venido a menos, a quien su mujer deja por un católico con cargos en el mundo religioso y en el mundo político, empieza a analizar las razones de su fracaso y eso se convierte en un discurso sociopolítico aplastante. Pero no lo hace mediante el discurso, sino a través de una reconstrucción dolida de los recuerdos que tiene de ella, de su vida íntima, en todos los casos a través de escenas.

 

En el caso cubano, los escritores deben enfrentar una situación resultado de dos procesos literarios vitales: el influjo del realismo socialista en la literatura de las dos primeras décadas de la Revolución (donde surge el término “teque” como figura literaria, para denominar los amplios discursos sociopolíticos en las obras siempre a favor de la Revolución y el socialismo); y el influjo de toda la literatura producida a fines de los 80 y del 90, en respuesta a esa literatura anterior, donde se criticaba sin tapujos y casi directamente los problemas de la Revolución (surgiendo entonces el “antiteque” como término literario). Por ese entorno de reacción, existe el consenso en Cuba de que el escritor no debe escribir sobre este tipo de asuntos, a riesgo de que su obra caiga en la mediocridad. Es la novela negra cubana, con autores que han logrado gran impacto en el público lector cubano y en el mercado internacional, quienes más directamente se han lanzado a escribir y analizar la sociedad en sus obras, aunque existen algunos otros autores que en Cuba, y mayormente en el exilio, cuentan con obras de interesantes aportes en este sentido de cómo enfrentar el análisis sociopolítico en la literatura.

Recuerdo que en 1992, en un evento literario de carácter nacional, celebrado en Cienfuegos (al centro del país), muchos amigos se asombraron de un cuento mío que jamás quise publicar y que luego destruí. Un muchacho, a quien su madre le ha dicho ese día que su padre no murió, como le habían contado de niño, sino que se fue al Norte y la familia entera decidió darlo por muerto para protegerse políticamente y proteger al niño, se sienta en un banco del parque cercano a su casa, se pone a mirar cómo unos niños juegan pelota (uno tiene una gorra de los Yanquis de Nueva York), y lee un fragmento de la carta que su padre le envió hace muchos años y que su madre jamás le dio. La línea dice “un día descubres que nadie podrá pagarte el tiempo en que te arrancan de los tuyos”. Sólo esa frase se lee. Y al final, luego de seguir mirando un rato a los niños (sin pensar nada, solo describiendo lo que ve), arruga la carta y la tira hacia atrás. El muchacho no se ha dado cuenta de que detrás, casi oculta entre las matas de marpacíficos, sucia y descolorida, y cagada por los gorriones, hay una estatua de José Martí (considerado el más grande de los cubanos, un símbolo del pensamiento independentista cubano). El papel da justo en la frente de Martí y va a caer al suelo, junto a las hojas secas, un pomo plástico y un viejo preservativo seco.

Me dijeron entonces que era una de las mejores cosas escritas sobre el tema en Cuba. No lo dudo. Recuerdo el cuento con mucho amor. Puede que fuera realmente bueno, porque era de esos cuentos que me dejan insatisfecho, y siempre me ha pasado que los cuentos que me dejan insatisfechos han sido siempre los mejores. No quiero escribir aquí las razones que me llevaron a romper aquel cuento, pero diré que tiene que ver, de modo muy personal, con la historia fabulada del personaje.

Para resumir: soy de los que piensan que una escena puede más que mil palabras, por justas y precisas que éstas sean. Y pienso que la función de un escritor es crear esas escenas, darles vida a esas escenas: si lo haces bien, la escena, por sí sola, podrá trasmitir todo el pensamiento de la época, todas las ideas políticas, morales o de cualquier índole de tus personajes. El reto, siempre, es lograr la vida en la literatura.

 

 





JORGE MAJFUD: África mía

24 08 2007

 

Una vez en la mágica Pemba, tuve la oportunidad de cenar con Ntewane Machel, el hijo del famoso revolucionario africano Samora Machel. N. había estudiado en Europa y por entonces estaba dirigiendo operaciones militares en el norte de su país. Nuestra conversación de esa noche giró entorno a ciertas historias de espíritus animales que habían invadido una aldea. Considerando su origen capitalino y su formación europea, le pregunté si creía en la magia de los hechiceros. Ntewane frunció la frente y la boca como alguien que no se anima a reconocer que cree en Dios en medio de una reunión de ateos. Pero finalmente respondió que sí con una historia. Cuando más joven, una bruja había predicho que él o su hermano iba a morir pronto. Antes del mes, N. cayó enfermo y poco después su hermano tuvo un accidente automovilístico. Y murió. Cuando terminó su historia, N. me miró como un profesor que acaba de demostrar un teorema y mira a su alumno tratando de ver si ha comprendido. Con mi expresión más occidental, dije:

—Bueno, ¿y dónde está la prueba?

Alguien que estaba a mi lado suspiró molesto; no era posible que alguien tuviese tantas dificultades para entender una prueba irrefutable.

—Yo no veo la prueba —insistí—; lo único que veo es un crimen inducido.

Creo que mis amigos optaron por cambiar de tema cuando notaron que los puntos de vistas se habían radicalizado demasiado.

Pero  veámoslo desde un punto de vista psicológico, que si no es el mejor tampoco ha de ser peor que la interpretación mágica. Consideremos que, después de la revelación, tanto N. como su hermano debieron quedar muy perturbados; sobre todo porque ambos eran africanos de pura ley y muy susceptibles a las palabras de una adivina con fama. La enfermedad de N. debió golpear directamente a su hermano, ya que eso indicaba quién sería el mortal aludido. ¿No es éste el mejor estado psicológico para que se produzca un accidente, real o involuntario?

Reconozco que estoy siendo algo injusto al exponer un razonamiento que es propio de nuestra mentalidad occidental a lectores que seguramente serán occidentales. No estoy afirmado que ésta sea la verdad, sino que ninguna de las dos realidades puede ser probada absolutamente. Las creaturas proyectamos sobre toda la realidad una determinada visión del mundo que ha sido sugerida o verificada por una parte mínima de esa realidad. Porque la Realidad es infinita y nuestras facultades intelectuales son limitadas; porque no podemos evitar generalizar una comprensión; porque no podemos ver el mundo a través de dos verdades diferentes. —Solo podemos decir que una proposición es verdadera cuando se integra a aquellas verdades básicas que no estamos dispuestos a modificar. Este compromiso es simple cuando relaciona axiomas y corolarios matemáticos, pero se vuelve harto complejo cuando escapa a esa ciencia tautológica.

 

* * *

 

En la prehistoria epistemológica no existía la discusión iluminista que separó razón y experiencia. Por entonces, no había alternativa; como para algunos modernos, la verdad era aquello que se podía ver: un búfalo, un cuchillo, el sol, la luna, el espíritu de los antepasados y la magia del brujo. No hace mucho, en la región norte de Mozambique, un macúa me contó, con fanáticos detalles, cómo una mujer había convertido un saco de arena en un saco de azúcar. No solo había visto cambiar de color la arena, de rojo a blanco puro; también había experimentado el nuevo gusto. Al mismo tiempo que reconocía que semejante transformación era imposible, afirmaba que era la pura verdad. ¿Por qué? Porque lo había visto con sus propios ojos y lo había probado con su propia lengua.

—Dígame, ¿usted sabe qué son los sueños? —le pregunté, no sin desconfianza en mí mismo.

—Sí, yo sueño todas las noches. —contestó el macúa.

—¿Qué fue lo último que soñó?

—Esta noche soñé que iba en un avión, volando entre las nubes.

—¿Viajó alguna vez en avión, entonces?

—No. Solo he visto aviones de lejos, volando.

—Pero usted estaba ahí. El señor vio y escuchó el avión desde adentro, volando entre las nubes.

—Sí.

—Entonces es verdad que estuvo alguna vez en un avión.

—No, no es verdad.

Como se puede ver, entonces yo abusé de las artimañas de la dialéctica. Pero ese es un juego válido solo para los hijos de Grecia, no para los otros. A mi amigo macúa no le produjo ningún efecto la conversación. Tal vez se quedó con la misma impresión novedosa que me quedé yo al conocerlos un poco.

Todavía más emocionadas son las historias que se cuentan en las aldeas del mato africano. Para las culturas “salvajes”, todo lo que se ve es real. Para los herederos de Grecia no: la verdad es lo que se esconde detrás de la apariencia. Se cuenta que una vez un crítico de Platón le reprochó que solo había visto caballos singulares, pero nunca había visto algo como una “caballosidad”. A lo que el filósofo respondió: “Eso es porque usted, señor, tiene ojos pero no inteligencia”. Ya antes de Platón  inteligencia significaba algo así como el poder de ver lo invisible. Es decir, el fuego de Heráclito, la inercia de Galileo, la gravedad de Newton, la voluntad de Schopenhauer, la lucha de clases de Marx, la libido de Freud. En la negación de la experiencia nació el racionalismo griego (por lo cual no se puede hablar de “ciencia griega” en el mismo sentido que la entendemos hoy). Algo más tarde se propuso que esa Invisibilidad también (o solamente) podía ser percibida con otra facultad humana: la fe;  y en ese conflictivo romance invirtieron años los escolásticos. Muchas religiones, desde las indianas hasta el cristianismo primitivo, concluyeron que todo lo visible era engañoso y, por lo tanto, perverso. (“Omnia quae visibiliter fiunt in hoc mundo, possunt firei per daemones”; es decir, “todo lo que ocurre visiblemente en este mundo puede ser hecho por los demonios”). Para los griegos, detrás de lo aparente estaba la razón; para los cristianos, Dios o el Demonio; para los modernos y para los vulgares detrás de todo está el sexo.

Bien, pero tanto a los hechizados africanos como a los que solo tienen ojos para ver caballos hay que recordarles que no es verdad todo lo que se ve ni se ve todo lo que es verdad.

 

* * *

 

Nunca más supe de Ntewane. En 1998 su madre, Graça, se casó con Nelson Mandela, y así se convirtió en la primera mujer que fue “primera dama” de dos países diferentes, Mozambique y Sudáfrica. Con su amigo de la adolescencia, el ingeniero Pedro Cruz, compitieron en las olimpíadas de Moscú 1980. Yo trabajé un tiempo para Pedro diseñando barcos en su Estaleiro Naval de Pemba. Mi buen amigo Pedro era —y debe ser aún— un extraordinario nadador. Recuerdo que con una amiga periodista de Suiza solíamos entrar tres horas mar adentro. Las aguas tropicales del Índico son tan transparentes y saladas que cuando uno se cansaba podía extender los brazos y las piernas y quedarse un rato largo mirando el brillo multicolor de los corales. Hasta que aparecía alguno de esos monstruos de formas y nombres indefinidos y se acababa el descanso y la magia de África.

 

* * *

 

Una vez alguien me dijo que yo no podía hablar de religión porque no era un hombre religioso. Me quedé pensando un instante, porque en algo tenía razón: yo soy un espíritu religioso, pero no soy un hombre religioso porque mi mente desconoce la seguridad. Obviamente, se equivocaba en lo demás.

—Señor —contesté, no sin timidez—, si los sacerdotes católicos desde siempre han dado consejos matrimoniales y ahora hasta dan clase de conducta sexual, por qué no podría un ateo enseñar teología?

 





Sergio Ramírez: RECUERDOS DE LA MUERTE

21 08 2007

Cuando descendí del autobús en la plaza de León un mediodía ardiente del mes de abril de 1959 para matricularme en la Escuela de Derecho, la única que había entonces en el país, iba de la mano de mi padre, tendero en mi pueblo natal de Masatepe y el único de una familia de músicos que no había aprendido a tocar ningún instrumento. Toda la vida había querido que yo fuera abogado, como suele ocurrir con los hijos de tenderos que tampoco quiere ver a sus hijos convertidos en músicos, y así en pobres de solemnidad.

Emprendía entonces ese viaje tan sabido de los adolescentes que desde los pueblos sin nombre llegan de estudiantes a las ciudades de provincia, como lo recuerdo en Los ríos profundos de Arguedas, ese momento cuando se entra en un territorio hasta entonces extranjero, y sabe Dios si hostil, y empiezan las enseñanzas sorpresivas, y a veces arteras, de lo que uno mismo habrá de llamar luego la escuela de la vida.

Era la Nicaragua de los Somoza. Yo había nacido bajo la estrella reinante del viejo Somoza, fundador de la dinastía, y cuando me tocó irme a León, reinaba su hijo Luis Somoza Debayle. Veinte años después, cuando sobrevino la revolución, participaría en la empresa de derrocar al último de la dinastía, Anastasio Somoza Debayle.

Mi familia de músicos era fiel al partido liberal desde los tiempos de la revolución de Zelaya que había impuestos tributos asfixiantes a los ricos y expulsado a lomo de mula a través de la frontera con Honduras, de cara a la cola, al Obispo de Nicaragua desde su sede en León, y esa lealtad la heredó a la familia Somoza, que reinaba en nombre del mismo partido liberal. Mi padre, el que me llevaba de la mano aquel mediodía, había sido alcalde de Masatepe.

El somocismo fue en mi infancia, y los seguía siendo en mi adolescencia, un paisaje inmutable, y la palabra dictadura era para mí sólo un término vicioso utilizado con maldad por los mismos que habían sido capaces de urdir una conspiración para asesinar al viejo Somoza, allí mismo en León, tres años atrás. Yo había formado parte de una delegación de mi colegio para llevar una ofrenda floral en sus funerales, donde lo más llamativo para mí fue el destacamento enviado por Trujillo desde la Dominicana, una guardia de honor junto con una banda militar, todos vestidos de negro con entorchados dorados.

Cuando me vi sólo en León, lejos de la mano de mi padre, el paisaje empezó a cambiar a una velocidad de vértigo y muy pronto estaba en las calles protestando contra los desmanes de la dictadura en ruidosas manifestaciones que eran estrechamente vigiladas por pelotones de la Guardia Nacional. Y la tarde del 23 de julio una de esas manifestaciones fue atacado a mansalva, primero con bombas lacrimógenas y luego con fuego nutrido de fusiles y ametralladoras.

Al sonar los disparos corrí en medio del tumulto por la banda izquierda y entré de cabeza por la puerta de servicio de un modesto restaurante que se llamaba El Rodeo. Como la ametralladora de trípode emplazada en una de las aceras disparaba hacia la banda derecha, de ese lado quedaron los cuatro muertos y la mayoría de los más de setenta heridos de la masacre. La atmósfera en que me movía seguía siendo irreal cuando en lugar de huir por la tapia del restaurante saltando hacia los patios de las casas vecinas, subí con pasos de sonámbulo al segundo piso, donde vivían los dueños, y en el pequeño aposento que daba a la calle encontré a dos niñas de bucles dorados que temblaban de miedo abrazadas en una cama. Entonces, como quien se asoma a un abismo atraído por el vértigo, me asomé al balcón.

Los cuerpos estaban regados a lo largo del pavimento como muñecos con la cuerda rota mientras los soldados, impasibles, conservaban sus posiciones de tiro en tres filas, los de atrás de pie, los de en medio con una rodilla en tierra, y los de adelante tendidos en el suelo, los fusiles todavía humeantes, mientras Fernando Gordillo, uno de mis compañeros que de todos modos murió a los pocos años de miastenia gravis, avanzaba hacia ellos a pecho descubierto, envuelto en la bandera de Nicaragua que había encabezado el desfile. Lo recuerdo como si fuera más bien la escena de una película que ahora me cuesta creer.

Un cura norteamericano que había bajado esa mañana de un barco en el puerto de Corinto para conocer León y estaba ya en la calle auxiliando a los heridos, detuvo a Fernando en su locura. Alguien me gritó al verme asomado al balcón que llamara a una ambulancia, y como las niñas me informaron que no había teléfono en el restaurante, bajé a la calle aún aturdido por los gases de las bombas lacrimógenas para ayudar a transportar a los heridos al hospital a como fuera. Empezamos entonces a forzar las puertas de los vehículos estacionados, y cuando ya alguien estaba al volante del taxi más a mano quisimos entre varios a levantar a uno de los caídos.

El cuerpo estaba de espaldas pero reconocí a Erick Ramírez, mi compañero de banca, a quien días antes habían rapado el pelo en la ceremonia de novatos, igual que a mí. Venía del pueblo de El Viejo y tenia diecisiete años, como yo. En su espalda se abría un orificio no más grande que el botón de una camisa, del que no manaba sangre. No te aflijás que te vamos a llevar al hospital, le dije al oído, pero cuando lo alzamos descubrí que tenía desflorado el pecho en un gran boquete.

Lo llevamos al hospital en el taxi, ya muerto, y en la morgue estaban ya sobre las losas de azulejos los otros cadáveres que junto con el de Erick empezaron a ser desnudados para lavarlos después con una manguera, y entonces desviscerarlos y zurcirlos porque debían viajar lejos, hacia sus pueblos natales, de donde habían llegado también de la mano de sus padres, tenderos, agricultores, empleados públicos, peritos mercantiles.

Nunca más olvidé el olor a formalina de la morgue, mi magdalena en la taza de tilo. Ese olor me enseña siempre que en mi vida los recuerdos de la adolescencia son los mismos recuerdos de la muerte, y nunca hallo otra cosa en que poner los ojos. Bastó aquella tarde para que yo cambiara mi visión del destino, del mundo, de la realidad, de la suerte, de la crueldad, de la justicia, y para que perdiera de una sola vez la inocencia. Pasé a verme a partir de entonces como un sobreviviente, y mis compromisos para siempre los adquirí esa tarde en que el paisaje cambió para siempre.. Compromiso, convicción, causa, se volvieron palabras que me ofrecían sin ningún velo un sentido real, no por adolorido menos verdadero, palabras tan desnudas como los cuerpos tendidos sobre las losas de la morgue.

Es el día más memorable de mi vida. Ni siquiera el día del triunfo de la revolución en otros mes de julio, veinte años después, es tan memorable como aquel. Un recuerdo persistente del olfato, un olor y un recuerdo de la muerte.





El oro y la oscuridad y también la luz

28 05 2007

Tapa del libro "El oro y la oscuridad"

Tapa del libro "El oro y la oscuridad"

Por Laura García

 

Apuntes para «El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé» de Alberto Salcedo Ramos

Son escasos los buenos periodistas literarios actualmente. Yo conozco a uno que es un manojo de pasión por su oficio. Y es un referente en cuanto a su oficio se trata. Un cronista que sabe ver, con su afiladísima mirada periodística, la historia más grande, detrás de una sencilla realidad. Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) es extremadamente joven para la madurez periodístico-literaria que tiene y a sus 44 años carga una pesada maleta de importantes premios en los que se reconoce su trabajo periodístico, por ejemplo el premio Rey de España (1998) y tres veces el premio de periodismo Simón Bolívar. Algunas de sus crónicas han sido incluidas en antologías tan importantes como los premios ganados, por ejemplo, la antología Citizen of fear – Ciudadano de miedo – publicada por la Universidad de Rütger.

 

¿De qué habla Alberto Salcedo Ramos en sus crónicas que atraen a tantos lectores y que son imprescindibles en las antologías periodísticas? Me aventuro a proponer que sus crónicas pueden considerarse documentos vitales para el patrimonio popular colombiano a través de ciertas temáticas que comparten algo en común: la sencillez y a su vez la complejidad de lo cotidiano juglares olvidados, deportistas en decadencia, hombres comunes y corrientes que viven alguna situación extraordinaria, tradiciones populares, entre otras –, tratado con el mismo cuidado e importancia que una noticia o un tema de moda, pero sin caer en las frivolidades que de por sí conllevan éstos. Y en un país como Colombia, tiene doble valor el hecho de que tengan su propia inscripción en la memoria del trabajo periodístico, los seres comunes y corrientes, que no son sicarios, no son guerrilleros, no son paramilitares, no son políticos corruptos y no están en la cresta de la ola mediática, pero sí pueden trasladarse a la experiencia colectiva a través de una crónica bien narrada.

 

Alberto Salcedo Ramos ha publicado libros de crónicas que hacen las veces de altavoz para estas historias cotidianas, pero sin duda uno de los mejores viene a ser el último que ha publicado bajo el sello Random House Mondadori: El oro y la oscuridad, la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, en donde el contraste de gloria y decadencia son narrados de forma magistral. Lo digo sin exagerar el término y después de haber leído cuidadosamente la obra. La investigación sobre la vida, gloria y posterior declive de uno de los ídolos deportivos más grandes que ha existido en Colombia, Antonio Cervantes, más conocido como “Kid Pambelé”, le tomó dos años en los que reunió cientos de testimonios de familiares, amigos, gente que trabajó con el boxeador y principales periodistas que cubrieron los eventos deportivos de la época (años 1972 a 1980 aproximadamente), material documental y algunas conversaciones con el mismo Pambelé. Todo esto, por supuesto, bien depurado. Nada de sobre exposición o sensacionalismo. La investigación sobre el mayor ídolo deportivo que ha tenido Colombia desembocó en una extraordinaria narración en la que Salcedo Ramos expone todo ese material acumulado, debidamente seleccionado. Así surge la historia de cómo se inició Pambelé, de sus primeros pero poco exitosos pasos en el boxeo, del viaje a Venezuela en donde luego vendrían las peleas más profesionales, paulatinamente el boxeador “bruto” se convierte en un boxeador profesional, más técnico y finalmente un campeón mundial en su categoría: walter junior (peso 140 libras). Sus puños eran imbatibles. Los contrincantes más testarudos caían vencidos por su fuerza descomunal. Los contrincantes menos testarudos simplemente eran noqueados en los primeros rounds. Fue idolatrado por todo el pueblo que seguía muy de cerca sus peleas. Presidentes y políticos cayeron rendidos a sus pies, llenándolo de homenaje y tributos y hasta pudo conseguir que en la humilde población en donde había nacido, San Basilio de Palenque, se inaugurara el servicio básico de alcantarillado. La estrella fulguró como nunca en un cielo de gloria. Le llovían las mujeres, la vida que tan duramente lo había tratado parecía sonreírle y él le respondía con férrea disciplina en sus entrenamientos y preparación boxística. Y, por supuesto, de la mano de la fama y el poder, llegó el dinero. Mucho dinero. Y poco después, el transito de rey a mendigo. Aunque ya Pambelé traía un problema siquiátrico heredado de su madre, su situación se agravó con el alcohol y las drogas. Estaban las drogas por todos conocidas: la marihuana, la cocaína, el bazuco, etc. Y también estaba la droga más importante, más dañina y destructiva que las otras: el poder. El poder que lo emborrachó y lo hizo alucinar. El poder que le dieron sus 91 peleas ganadas, 45 por nocaut. El poder que le dio el ser uno de los deportistas más importantes del país, el primer boxeador colombiano en ganar un título mundial. El poder que otorga el solo hecho de hacer vibrar a un pueblo. Ese mismo que abruma y abruma tanto, que cuando Pambelé no supo qué hacer con tanto poder que le sobraba, empezó su camino a la decadencia. Y de la gloria llegó a la tragedia con tan solo dar un paso en falso hacia el abismo de la adicción. A la hora de su retiro ya la historia era diametralmente opuesta. De la memoria colectiva quizás no se ha borrado el recuerdo de sus victorias, pero sí convive junto a él la imagen del ídolo recluido en un hospital de rehabilitación, o del ídolo que vagabundea por las calles de Bogotá o Cartagena o cualquier parte de Colombia, protagonizando excesos y desmanes, creyendo que aún tiene una corona sobre su cabeza y que aún lo espera en cualquier parte que se encuentre, un trono con sus respectivos cortesanos. Hasta el momento, nadie se había preocupado oficialmente de ordenar y reconstruir la vida del hombre, que aún no termina. Por el contrario. Pambelé todavía transita a saltos entre la gloria del pasado y el declive de su presente. Y su batalla más larga y difícil la viene enfrentando contra su propia sombra, ni siquiera contra sí mismo. No es casualidad que la prueba de ello quede de manifiesto en la que considero la escena más impresionante dentro de la obra y de un tremendo valor literario. En la Plaza de Toros Cartagena de Indias, durante un evento boxístico, Pambelé en medio de una tremenda borrachera, desató un conflicto y se ganó las rechiflas del público. Cuenta el autor que cuando se acercó atraído inevitablemente hacia a su personaje, éste le pidió una cerveza pero él le respondió que mejor se calmara y se fuera a dormir, entonces el boxeador lo llenó de improperios y le aclaró que él era «el campeón mundiaaalllll» y se cuadró, listo para defender su título; el personaje se enfrenta a su autor, lo desafía y perfectamente habría podido propinarle una golpiza.

 

El oro y la oscuridad es una crónica sobre la vida de un héroe, narrada con todo profesionalismo, sentada sobre las bases de una investigación rigurosa y manchada en cada línea escrita, del talento de su autor. Quizás no sea complicado, al final, descubrir que una de las claves por la que esta crónica sobre una vida que todos en Colombia creían conocer de sobra a través de las constantes noticias en las que se veía involucrado Pambelé, pueda ser seductora para un lector cualquiera, está en encender la luz dentro del cuarto oscuro de lo que aparentemente no parece ser extraordinario.





Para no ser el olvido.

15 05 2007

Algunos apuntes para El olvido que seremos.

 

Es El olvido que seremos (Planeta 2006), el libro más doloroso de Héctor Abad Faciolince, que se publicó a finales del año pasado y que llegó a Chile a

Tapa de El olvido que seremos
Tapa de “El olvido que seremos”

finales de Abril en su novena edición, aunque el éxito de ventas lo lleva ya por la undécima. Tras su lectura quiero unirme al sentimiento del autor, expresado en algunas de las líneas finales del libro, en las que se precisa el corazón, la esencia de lo que una memoria de vida debe lograr: ecos.

 

«(…) y como todos los hombres somos hermanos, en cierto sentido, porque lo que pensamos y decimos se parece, porque nuestra manera de sentir es casi idéntica, espero tener en ustedes, lectores, unos aliados, unos cómplices, capaces de resonar con las mismas cuerdas en esa caja oscura del alma, tan parecida en todos, que es la mente que comparte nuestra especie».

 

***

 

En 1987, a la entrada de la sede del sindicato de maestros fue asesinado el doctor Héctor Abad Gómez, por un mandato de los paramilitares, ejecutado por sicarios. En la lista de amenazados que circuló días antes por Medellín, aducían la triste y absurda razón: «Héctor Abad Gómez: Presidente del Comité de Derechos Humanos en Antioquia. Médico auxiliador de guerrilleros, falso demócrata, peligroso por simpatía popular para elección de alcaldes en Medellín. Idiota útil del PCC-UP». Su injusto asesinato, es uno de tantos que se han sucedido en Colombia durante casi 40 años de violencia continuada, pero ahora sin duda es un referente, gracias este libro de memorias. Las memorias de amor y dolor con las que su hijo, Héctor Abad Faciolince, reconstruye el recuerdo que tiene de su padre, desde que tiene uso de razón, hasta cuando fue asesinado. Este es un trabajo bastante difícil, porque hablar sobre la vida del padre a través del tiempo y las circunstancias y hechos que lo marcaron, implica retratar también a toda la familia con sus tensiones internas, sus luchas diarias, sus sueños muchas veces logrados, otras tantas frustrados y sus momentos felices y trágicos, sin caer en sentimentalismos y cursilerías.

 

Independiente de la intención con que fue escrita esta obra y de lo que representa para su autor (porque también es una forma de catarsis para él), este libro reconstruye además una parte importante de la historia violenta de Colombia, de la intolerancia y pacatería de sus Instituciones, especialmente la académica y la religiosa, de la impunidad, la injusticia y el desangramiento, a través de la historia particular de una familia pacífica, común y corriente (la familia del autor) y desde ella, a través de la lucha del doctor Héctor Abad Gómez, un médico epidemiólogo, higienista y defensor incansable de los derechos humanos que creía con todas sus fuerzas en la posibilidad de la paz, la educación y la vida digna de aquellos que se levantaban – levantan aún – todas la mañanas, en blanco y se acuestan todas las noches, tal cual, en blanco. En blanco el estómago de comida, en blanco la cabeza de educación y que no se quedaba callado, porque este es un grito, una denuncia, un altavoz disfrazado de libro de memorias noveladas. Por no quedarse callado, por no hacerse cómplice con un silencio enfermo de las atrocidades que sucedían a su alrededor, fue que asesinaron al doctor Abad Gómez. Y por no dejar que el silencio sepulte la verdad y el horror, es que su hijo Héctor Abad Faciolince tampoco se queda callado. Quizás él, como su padre, también tiene vocación de médico, uno que quiere ayudar a erradicar la epidemia de la indiferencia, que ha terminado azotando a Colombia. Ya no nos asombra el horror, porque el horror ha pasado a ser una triste película que se nos repite todos los días.

 

Héctor Abad Faciolince. Foto de El Espectador

Héctor Abad Faciolince. Foto de "El Espectador"

Sin embargo, el valor literario de una obra no está única y exclusivamente en las buenas intenciones o el profundo sentimiento que contiene la temática del libro, de lo contrario, su autor no habría demorado casi veinte años en escribirla con el fin de tomar el pulso necesario y darle una forma literaria específica, una alejada de los sentimentalismos y que evitara que las líneas salieran «untadas de esa inevitable sustancia lacrimosa», como él mismo lo ha dicho. Esta es una pieza literaria preciosa, desgarradora y arrobadora, porque siendo contada por uno de los protagonistas de los hechos reales, el autor ha sabido tomar una distancia muy similar – si no la misma – que se toma cuando se escribe ficción y con los recursos literarios de los que se han valido grandes autores, como Kafka o V.S Naipaul, cuando han hablado de la figura paterna en sus obras, distancia producida por el inevitable hecho de que esta realidad tiene todos las características de la más lograda ficción, aunque lamentablemente no lo es.

 

Al leer este libro y separar los aspectos literarios, del contexto y los sentimientos que provoca en los lectores la historia como tal, llegué a valorar algunos aspectos sobresalientes por su lucidez, que están implícitos en las reflexiones muy personales del autor, con las que éste matiza la narración específica de la historia. Lo primero son los fundamentos críticos con que aborda el tema religioso, la creencia o no creencia en Dios. Teniendo en cuenta que en esta familia había una tensión interna por las creencias religiosas (mamá creyente, papá no creyente), es bastante difícil intercalar con el ejercicio de la memoria, el pensamiento muy personal, pero muy bien argumentado, sobre por qué Dios es una pura invención y la clara prueba, con hechos contundentes, de que la iglesia católica siempre ha sido y será mucho más pecadora que sus piadosos feligreses y la muestra vívida de que en los momentos más críticos de la historia de los pueblos, incluido el contexto de violencia y rechazo que enfrentó el doctor Abad Gómez en Medellín, esta Institución se comporta de forma muy contraria a todo lo que predica: sin caridad, sin justicia.

Segundo: a pesar del amor profundo, más que amor, de la adoración y veneración que siente Héctor Abad Faciolince por su padre y que está marcada en cada palabra, se ve reflejado el natural criterio de dejar en claro que no está escribiendo la vida de un santo o algo por el estilo, sino de un ser humano como todos nosotros, que también cometió errores graves y leves y que tenía sus defectos y manías propias.

Tercero: la que considero la reflexión más acertada del libro; aquella que se refiere a la condición humana, desde el punto de vista más profundamente humano, valga la redundancia, que pueda verse. Vale decir que más que una reflexión, esta es una conclusión de vida a la que el autor llegó sobre todo, por lo que su padre le transmitió. Transcribo el párrafo que contiene la reflexión mencionada: «Por algunas de esas cartas que conservo todavía, y por el recuerdo de los cientos y cientos de conversaciones que tuve con él, yo he llegado a darme cuenta de que no es que uno nazca bueno, sino que si alguien tolera y dirige nuestra innata mezquindad, es posible conducirla por cauces que no sean dañinos, o incluso cambiarle el sentido. No es que a uno le enseñen a vengarse (pues nacemos con sentimientos vengativos), sino que le enseñan a no vengarse. No es que a uno le enseñen a ser bueno, sino que le enseñan a no ser malo. Nunca me he sentido bueno, pero sí me he dado cuenta de que muchas veces, gracias a la benéfica influencia de mi papá, he podido ser un malo que no ejerce, un cobarde que se sobrepone con esfuerzo a su cobardía y un avaro que domina su avaricia.»

 

Muchas cosas especiales me pasaron con este libro. Sé por ejemplo que la memoria es una cosa frágil, pero estoy segura de venir leyendo desde que tengo unos trece años, artículos desperdigados de Héctor Abad Faciolince en diferentes revistas y publicaciones. Primero leía una columna que escribía para Cromos, que se llamaba «Todavía» y después en las revistas Semana y SoHo. Y claro, también sus libros, pero lo que más me llama la atención es que todas esas columnas y artículos, se referían muchas veces al recuerdo amoroso de su padre y al dolor de una pérdida que nadie puede superar: la pérdida obligada, no natural. Y todas esas pistas que se fueron regando por ahí, como si fueran piedras que se van tirando por el camino de un espeso bosque para no perderse, o mejor aún, eran las piezas de un rompecabezas que aparecen reunidas y ordenadas con sentido en este libro, agregadas a ellas la historia completa de la familia. Literariamente, esa repetición de pistas en el libro es una apuesta peligrosa, porque el autor es un columnista muy leído y se arriesga a que esa gran mayoría de lectores que llegan a su obra, por la referencia que como columnista y articulista tienen de él, se detengan en algún momento a decir: «pero yo ya leí esto antes, en tal parte…». Sin embargo, acá no hay tal peligro de ese riesgo, porque todos los demás lectores, que como yo, habíamos leído antes muchas o todas esas piezas de rompecabezas que se reúnen en el libro, llegamos a la misma conclusión de que todo hace parte del contar constante, perseverante, incansable, de un hecho, de una muerte, no para pedir consuelo por el dolor del ser perdido, consuelo que por cierto es imposible de proveer, sino para no olvidar, no pasar de largo o «tragar entero».

 

Quizás el recuerdo amoroso inunde las líneas de cada capítulo. Quizás el autor proponga metas muy sencillas, cuando explica para qué escribe este libro, para «que simplemente se sepa», esa es una meta muy sencilla, casi absurda al decirla, como parecían absurdas las metas del doctor Abad Gómez, que tan sólo pretendía vacunas periódicas, condiciones de limpieza mínimas y agua potable para aquellas masas de pueblo que conocemos como «pobres», pero que significan tan poco en la práctica, como mucho se habla de ellos en la teoría, pero esa meta tan sencilla, no fue lograda. Para que «simplemente se sepa», están los diarios y los noticieros y sin duda se logró algo más: la imposibilidad de olvidar, esa que llevó a que los lectores se abalanzaran a comprar el libro y a leerlo admirados y conmovidos y aunque el autor no deseara precisamente caer en el sentimentalismo, no pudo evitar que esos lectores derramaran (derramáramos, lo confieso) algunas lágrimas en algunos de los episodios narrados. Porque para no ser el olvido, la literatura ayuda mucho y unas palabras desprovistas de toda ambición y bien escritas, desde todos los puntos de vista, sin duda son una venganza mucho más poderosa que devolver el daño con plomo. Esta es la única venganza verdaderamente efectiva y posible frente al asesinato del padre amado: la venganza del «decir». Decir lo que pasó. Decir cómo pasó. Y hasta intentar decir por qué pasó.

Una venganza, que no es del todo venganza, porque es dulce, triste y dolorosa y porque no se termina para nada con la caída inminente del asesino (lamentablemente las palabras no hacen y me temo que no harán la suficiente justicia aún con los actos de paramilitares y guerrilleros en Colombia), sino que por el contrario, deja abierto eternamente el libro de la violenta realidad, para lectura y consulta constante de quienes no desean, de quienes saben, sabemos, que es imposible y dañino olvidar.





CRONICA PARA LA CARNE MORIBUNDA

13 03 2007

Por Laura García.

DISCURSOS DELIRANTES

Tapa de "Discursos de la carne"

Después de un fallido intento de golpe y en un viejo avión Ylushin se trasladan, de vuelta a Moscú, el presidente ruso Mijail Gorbachov y su jefe de seguridad, coronel de ejército Efim Geller, acompañados de otros altos mandos y miembros del gobierno ruso. El pollo grasiento con papas fritas que les dieron en el avión les ha caído muy mal a todos, especialmente al coronel Geller quien se ha intoxicado; se está pudriendo por dentro prácticamente y el dolor lo castiga con alucinaciones. La carne moribunda ha tomado la palabra y la realidad se ha deformado en un juego de ficciones y delirios. Uno tras otro llegan los recuerdos, hilados en una serie de relatos en los que Geller repasa entre la burla y la ironía y con un finísimo humor negro, su desaforada vida: Entre otras cosas, ha sido violado de niño por un viejo pederasta, ha violado a su primera esposa, aún cuando se amaban profundamente, la denunció como traidora y la entregó a las autoridades rusas. Repasa como cada mujer que llegó a su vida, bajo circunstancias tan simples como marcadoras, barrió en su corazón y le hizo vivir muchos tipos de desenfreno. Aquí el sexo no da placer, sino que es una actividad enfermiza en la búsqueda de un absoluto casi perverso. Geller es, además, un genial escritor, incomprendido, rechazado por editores y editoriales, andando con su libro más ambicioso bajo el brazo y con una esperanza siempre puesta en él, que pronto se desvanece. De repente la historia da otro giro y ya Geller no delira con mujeres, sino con hombres. Ha sido poseído por algunos y ha amado con obsesión a un travesti. No deja de escribir. Ni de llevar su obra más ambiciosa bajo el brazo.

El ritmo cascada de esta novela está marcado principalmente por un juego literario en donde las imágenes sufren una ligera transformación, cada cierto tanto – en capítulos que son distinguidos con letra cursiva – y en donde ya no es de Geller de quien se habla, sino de otro tipo muy parecido a él, quien también parece pudrirse agonizando en un hospital, mientras recuerda un libro que ha escrito, sobre Gorbachov, sobre un tal coronel Geller, sobre una tal URSS. Un tipo confuso, pero clave dentro de la obra.

Estamos, sin duda, frente a una novela oscura. Una novela túnel. Los relatos confluyen y explotan. Una situación se mimetiza con otra que aparece capítulos más adelante, en otros escenarios, con otros personajes.

Pero es la oscuridad de esta obra la que proporciona, irónicamente, reflejos de otras cosas: una temática muy novedosa dentro de lo que se ha escrito en los últimos años en Chile, cuidadosamente trabajada. Una estructura narrativa fuerte, que se semeja muchísimo a una partida de ajedrez, ya que Discursos de la carne es un juego en donde las piezas han sido movidas con maestría. Un juego en donde el fin es arrebatar el aliento, por completo, a quien lo lee atentamente. Pero ante todo, esta es una novela que despliega genialidad, inteligencia y exquisito atrevimiento. Se salta de la lujuria a la más absoluta miseria espiritual, sin puntos medios. Del dolor insoportable a la risa desternillante. Cada personaje es visto con una constante burla, que se hace cada vez más infinitamente necesaria. Aquí se unen pasajes que recrean vejaciones a mujeres y hombres, cruentas muertes, dolor, miseria, alegrías eufóricas, sexo despiadado, descritos con una pasmosa precisión de relojero y con lenguaje amplio y acertadísimo. Aquí no se admiten susceptibilidades y a pesar de que vagan entre párrafos Gorbachov, Chernobyl, la URSS, el socialismo y el comunismo, esta no es una novela política y está muy lejos de serlo.

Estos discursos merecen lectores que tengan la oportunidad de amar y odiar al desgarrador Geller. Que tengan la oportunidad de hastiarse, solidarizar o compadecerse de la figura «ese» que escribe a Geller, sí, ese «otro ser» que se atreve a entrometerse, a desenmascararse y a disfrazarse al mismo tiempo entre las letras cursivas.

Es la carne moribunda que hace su discurso: y reclama ser atendida.





ENTREVISTA CON DANIEL SAMPER PIZANO

27 11 2006

I

LG/ En la introducción destaco mucho su sentido del humor y reconozco que usted es un experto tomador de pelo y/o mamagallista… Pero debo comenzar por las

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

preguntas serias. Alguna vez alguien me dijo que los periodistas eran como médicos, y que los mejores podían diagnosticar certeramente muchas enfermedades del mundo y que algunos hasta llegaban a proponer la solución a esas enfermedades. Yo le pregunto: si usted pudiera actuar de médico por unos instantes, ¿qué enfermedades le diagnosticaría a Colombia? Y, ¿se atrevería a extender la receta con los posibles remedios?.

DSP/ La persona que le dijo eso estaba equivocada. Los periodistas no somos como los médicos, sino como los termómetros: indicamos la temperatura, avisamos que algo está mal. Pero no curamos el resfrío.

LG/ ¿Cree usted que el conflicto armado en Colombia, después de 42 años, pueda en algún momento empezar a disminuir gradualmente y no seguir en aumento como se observa cada día?.

DSP/ No sé cómo procedería un final del conflicto, si poco a poco o de una sola vez. Pero sí sé que es clave para ello que se adelanten conversaciones de paz o que se legalice la droga. El día que esto último ocurra, se reducirán enormemente las fuentes de financiación de guerrilla y autodefensas.

LG/ ¿Cree que el gobierno de Uribe por un lado y la guerrilla por el otro, se entiendan en algún momento de este segundo período presidencial, en un clima de compromiso que propicie negociaciones serias de paz? ¿Usted cree que se deben aceptar las condiciones de canje de guerrilleros por secuestrados, como una solución para que estos regresen finalmente a sus casas?

DSP/ Soy partidario del intercambio, ojalá de todos los secuestrados, pero como asunto humanitario que no puede estar sujeto a los vaivenes del proceso de paz.

LG/ ¿Qué cree que se puede rescatar como positivo para Colombia en estos dos gobiernos consecutivos de Uribe y qué ha sido lo peor?

DSP/ El primer gobierno (porque del segundo solo sabemos que comienza con bastante despiste y despelote) trajo al país una nueva esperanza, seguridad en muchas carreteras que antes estaban tomadas por la violencia y un presidente avizor y trabajador (enorme contraste con su predecesor inmediato). Por desgracia, ha dejado de lado el problema social y muestra tendencias autoritarias muy peligrosas.

LG/ Colombia es un país en conflicto armado, y por lo tanto cada día las noticias y la información más relevante son un reflejo de esa circunstancia. ¿Cómo cree que se están desenvolviendo los medios de comunicación y el periodismo en ese contexto?

DSP/Dadas las condiciones tan complicadas de la crisis colombiana, creo que los medios de comunicación hacen lo mejor que pueden. Esto no quiere decir que su información sea excelente, ni que no se necesiten reflexiones profesionales sobre el cubrimiento. En casos como el narcotráfico, los periodistas han sido realmente valientes.

II

LG/ Supongamos que le dan una oportunidad única, de enfrentar un personaje, ya sea histórico o de la actualidad, y que puede encararlo con cualquier tipo de descargo, o exigirle explicaciones sobre algún accionar, en fin, tiene licencia para decirle cualquier cosa. A quién escogería y qué le diría. Ojo, se vale todo…

DSP/ Escogería a Dios y le pediría que me explicara qué sentido tiene todo esto.

LG/ Otro esfuerzo de suposición, imagine que por algún extraño artificio, por ejemplo científico, usted vive por tres siglos más. Imagine que un joven del Siglo XXIV sabe de eso y siente mucha curiosidad por conocer más detalles sobre la sociedad, los gobiernos, la cultura, etc, del Siglo XXI y le pide que describa «ese» siglo. ¿Qué le respondería usted a ese joven? ¿Qué visión cree que le entregaría?

DSP/ Que lea “Postre de notas”.

LG/ Durante años, usted ha escrito columnas llenas de humor y picardía en su espacio semanal de la revista CARRUSEL, denominado «POSTRE DE NOTAS», que es muy popular en Colombia (y también fuera de ella gracias al internet), y allí ha parodiado un sinfín de realidades y de temas, ¿qué cree que le está faltando por parodiar, por ironizar?

DSP/ No lo sé. Si tiene algunas ideas, mándemelas, que pueden serme útiles.

LG/ El humor: ¿Lo prefiere para evadirse, para burlarse o para dejar la inquietud al que lo lee?

DSP/ El humor es una manera de ver las cosas y de contarlas. Tiene la ventaja de que no caduca tan rápidamente como el comentario serio y que es capaz de hacer reír aun en circunstancias trágicas. Eso es algo que cualquiera agradece.

III

LG/ Usted ha investigado y profundizado ampliamente sobre el vallenato. Según su opinión de experto «vallenatólogo», ¿qué tiene este ritmo que lo hace especial con respecto a otros ritmos del caribe?

DSP/ Que es nuestro y que relata historias de trovadores. De resto, obedece a la trietnia musical que es característica de todo el Caribe, y no podríamos decir que es mejor o peor que el son: es distinto.

LG/ Usted es miembro de la Academia de la Lengua y constantemente critica algunas malas costumbres del hablar actual, como la invasión de los términos en inglés, que han llegado al punto de reemplazar y mezclarse con algunos términos básicos del español. ¿Cuál(es) es(son) ese(os) término(s) en inglés o “spanglish” a lo(s) que le(s) haría(s) una campaña de desprestigio demoledora?

DSP/ Los “top six” del “hit parade” de anglicismos best sellers serían:

1) Top

2) Six

3) Hit

4) Parade

5) Best

6) Sellers

LG/ Usted fue muy amigo de la gran poetisa María Mercedes Carranza, sin duda la mejor que ha existido en Colombia. ¿La podríamos homenajear en esta parte de la entrevista con algún recuerdo, una anécdota o una poesía que más lo conmuevan de ella?

DSP/ MM era una persona de enorme ternura personal: detrás de un carácter forjado en España durante su juventud (francote, duro, directo) había una adorable gelatina.

LG/ Si pudiera…

Si pudiera ser un periodista que admira, sería…

Ben Bradlee, por ejemplo.

Si pudiera ser un personaje de tira cómica, sería…

Miguelito.

Si pudiera ser un vallenato, sería…

El general Dangond.

Si pudiera ser un intérprete vallenato, sería…

Jorge Oñate o Ivo Díaz.

Si pudiera ser una canción de Agustín Lara, sería…

María Bonita.

IV

Le gusta una mujer y un amigo en común de ambos le dice que el secreto para conquistarla es regalarle un libro, en lugar de flores, en la primera invitación a salir que le haga. Decidido a hacerlo ¿Cuál cree que sería el libro ideal para lograr la conquista?

DSP/ «Manual de floristería doméstica»





Andrés Neuman: “La Traducción”

9 08 2006

La traducción

Andrés Neuman


 

 

 

 

 

Un poeta de los llamados mayores recibe una carta con un poema. Se trata de una mañana algo ventosa, y se trata de un poema suyo: unos señores de cierta revista se lo han traducido a una lengua vecina. Su intuición lingüística le sugiere que la traducción es lamentable. Así que, con la sincera intención de comprobar si se equivoca, decide entregarle esta versión extranjera a cierto amigo suyo, profesor, traductor, poeta, miope. Le hace llegar una notita amable rogándole que traduzca aquel texto a su común lengua materna. El poeta sonríe, se diría que travieso: ha omitido, por supuesto, la autoría del poema.

Como su amigo pertenece a la vieja guardia postal, no ha transcurrido una semana cuando el poeta encuentra en su buzón un esmerado sobre con la respuesta requerida. En ella, algo extrañado, el remitente se aventura a suponer que se trataba de un texto de lectura relativamente sencilla para alguien tan sagaz como su querido poeta, y por añadidura tan conocedor de las lenguas, pese a lo cual le propone con todo gusto una versión autóctona esperando que sea de su agrado y despidiéndose con afecto atentísimo. Sin perder un segundo, el poeta se sienta a leer la traducción. El resultado es desastroso: analizado con detenimiento, este tercer poema no guarda semejanza alguna con el ritmo, ni con el tono, ni con las evocaciones del texto original. Más que menos, él se considera un lector comprensivo con las libertades literarias de los demás. Pero, en este caso, no es que su amigo se haya permitido ciertas licencias, sino que más bien parece haberse tomado todas las licencias a la vez. Los matices se han perdido. La dicción parece turbia. De la sonoridad, ni rastros.

Recuperado del espanto, le escribe a vuelapluma a su amigo agradeciéndole su diligencia y, sobre todo, aquella traducción que se le antoja sin lugar a dudas exquisita. Pese a todo, el poeta decide no darse por vencido y le remite esta versión tercera a otro traductor, menos amigo suyo aunque más reputado, para que se la vierta, si fuera tan amable, a cierta lengua vecina. El pretexto alegado es que cierta revista extranjera le ha propuesto que traduzca un poema de un amigo suyo y, con franqueza, él se siente incapaz de acometer tan delicada tarea sin incurrir en deslices. Y, presentándole su más respetuosa admiración y gratitud, se despide, le promete, le desea, etcétera.

A aquellas alturas, el resultado poético comenzaba a ser lo de menos para nuestro inquieto poeta; quien, nada más recibir la aplicada respuesta del segundo traductor, vuelve a despacharla, bajo firma apócrifa, a un riguroso filólogo calvo al que no ha tratado personalmente pero que en alguna ocasión le ha dedicado una reseña elogiosa. La petición es que vierta a su lengua común aquel texto de un importante poeta extranjero, para poder estudiarlo más a fondo. Semanas más tarde, con cortés demora universitaria, el académico le devuelve el poema reescrito y le propone que cenen algún día juntos para hablar de su autor. Pues, si bien su interés literario es a todas luces menor, le extraña sobremanera no haber tenido antes noticia de él.

Esta cuarta versión de su poema, si el gusto no le falla, está llena de tropiezos y roza lo ininteligible. Los referentes han volado, el tema se desvía hasta las periferias más remotas, los encabalgamientos hacen ruidos de serruchos. Desolado, aunque también divertido, imagina por un momento todos sus libros juntos traducidos a aquella lengua o a cualquier otra lengua. Suspira abrumado. “La poesía -piensa entonces- es definitivamente intraducible”. Y, sin importarle nada, le regala este lejano poema a una apreciada colega extranjera: es obra de un amigo fraternal -le escribe-, y me alegraría mucho que pudiese usted darlo a conocer, traducido, en la publicación de su país que considere más oportuna. Confío plenamente en su criterio y bla bla. Y más abajo los mejores deseos, siempre suyo, y todo lo demás.

Contentémonos con señalar que el poeta repite esta operación de ida y vuelta otras cuatro veces, siempre con idénticas peticiones y parecidos pretextos. Cada contestación que recibe lo incomoda, lo indigna y lo fascina a partes iguales. Unas veces le encomian el poema, otras se lo censuran sin piedad. Como quien se dedicase a un débil pasatiempo, sin repasar apenas las respectivas traducciones y retraducciones, él se limita a meterlas en un sobre para enviárselas de nuevo a algún colega bilingüe.

El tiempo pasa, bobo.

Y es así como, una mañana gris, en su séptimo intento, a la traducción decimocuarta, el poeta rasga el sobre y sostiene entre sus manos una versión de factura familiar y alcance exacto: es, según va recordando, palabra por palabra, como por coma, su propio poema, el primero de todos. En un principio lo asalta la tentación de correr a su escritorio para comprobarlo. Luego, más calmado, se dice que está bien así, tal como suena, original o no. Y se dirige a su escritorio, aunque ya con otro objetivo. “La poesía es definitivamente intraducible -anota en su libreta- pero, tarde o temprano, un poema será siempre traducible”. Luego abre una novela, perezoso, y se pone a pensar en otra cosa.