En la variedad…

6 08 2008

Sí, dicen que en la variedad está el placer. Yo sólo espero que sea realmente placentera esta nueva entrega de ArcoLibris.

¡Qué Crónica!

Por favor, adelante, pasen a la sección de “Crónica” y conozcan a un personaje entrañable “tiene tres tornillos incrustados en la mano izquierda y uno en la derecha; tres ganchos de metal en un muslo y una costura en la mandíbula”. Aquí está Gitanillo, tremendo y vagabundo, una crónica escrita por el mejor en este oficio: Alberto Salcedo Ramos.

Zona de Ensayo

  • El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince me cedió muy amablemente la charla que pronunció en el festival de El Malpensante en 2007. Es un placer para mi contar con estas impresiones sobre lo que más se desea recordar. Sobre la necesidad de atrapar la esencia de las cosas en las redes de la memoria que a veces no logran abarcarlo todo. Quedan, entonces, las palabras que logran retener eso que se escurre de las redes de la memoria.
  • Hace poco tuve la fortuna de conocer al periodista colombiano Hernando Jiménez Perez, quien me obsequia con un fragmento-adelanto de su libro inédito Un siglo de ausencia. La historia del 9 de Abril de 1948, contada desde otro matiz, uno sin duda muy especial entre los muchos que rodean al asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán.




LA MANTECA QUE NOS UNE

25 09 2007

Por Alberto Salcedo Ramos

En una calle de Estocolmo, un haitiano tal vez piense que el jamaiquino que está a la vista, en la misma acera por donde él anda extraviado, es uno de los suyos. Cuando lo oiga hablar en inglés, quizá sienta la decepción del sediento que, en el desierto, acaba de ver un oasis donde no lo había.

Si al frente de los dos está una mesa de fritangas que no es ni jamaiquina ni haitiana sino venezolana, uno y otro – y por supuesto también el señor de Venezuela que vende las frituras – se sentirán en familia.

Lo que nos divide en el Caribe, según el poeta dominicano Pedro Mir, es la lengua. Lo que nos une, según la escritora puertorriqueña Magali García Ramis, es la manteca. Empanadas repletas de carne grasosa y vísceras de res que chorrean aceite, encuentra uno en Kingston y en Cartagena, en La Habana y en Portobello. En el Caribe inglés y en el español, en el holandés y en el francés.

Hay otras cosas comunes, desde luego. En nuestro territorio principió la colonización de América. El mar en el que nuestros antepasados buscaban la armonía con el Universo, nos fue arrebatado por las grandes potencias, que no lo usaron como fuente de belleza sino como teatro de guerra. También nos une el predominio de la luz sobre la penumbra y un cierto garbo de danza que convierte el acto de caminar en la antesala de la fiesta. Luego está el tambor, que nos pone alas en los pies y nos hace pensar, como Giradoux, que el cuerpo no debe ser la primera sepultura del esqueleto. Nadie quiere matar ni matarse cuando suena el tambor, ya sea en un bolero cubano o en un reggae de Jamaica. Tal vez por eso, pese a afrontar los más agudos problemas sociales, el Caribe es la región del mundo que presenta el menor índice de suicidios.

Entre todas las cosas que nos unen, nada tan sabroso como una fritanga que extiende ante nuestros ojos su variedad de colores y texturas. Pienso, por ejemplo, en una Reina Pepiada caraqueña o en un mofongo de San Pedro de Macorís. Se trata de un placer que, en principio, es óptico y después visceral. No importa que, como dicen algunos, esta adicción a la grasa sea la opción que elegimos en el Caribe para, de todos modos, suicidarnos. Para perder lentamente en la mesa la vida que nos había devuelto el baile.

Si nos quitaran la manteca, no habría manera de que el pobre haitiano extraviado en Suecia pudiera hermanarse con el jamaiquino que también anda perdido y con el venezolano de la acera de enfrente, para sentir de una vez por todas que no hay aburrimiento que dure cien años ni hombre del Caribe que lo resista.