HURACAN

15 10 2007

Por Carlos Seror

 

El botones depositó las maletas en el suelo. Para ahorrarle las explicaciones de rutina, el inspector Yukka le dio tres dólares y lo acompañó hasta la puerta. Estaba impaciente por asomarse a la ventana.

 

Y no sólo para vigilar a su hombre, como era su misión. Nunca había estado en un hotel tan lujoso. Ni remotamente. Ante sus ojos, jardines entreverados de palmeras exhalaban perfumes tropicales, y alrededor de la piscina central las mujeres más bellas del mundo bebían daikiri con una pajita o, simplemente, leían tumbadas en top-less, aguardando a que el mar se calmara para festejar algo en el yate.

 

Con el tiempo fue descubriendo que casi todas aquellas mujeres pertenecían a Dos Santos. Simplemente, las compraba. Los envíos semanales, que le llegaban puntualmente en un maletín, daban de sobra para pagar todos sus lujos y los de aquellas bellezas de cine que se dejaban invitar a todo.

 

Excepto una: la pelirroja de melena leonada. Todos los intentos de Dos Santos por conquistarla habían fracasado. Era también la única que no usaba top-less. Como no conocía su nombre, decidió llamarla Windy. Dos Santos no parecía contrariado. Tenía otras mujeres. Además, cada viernes la llegada del maletín borraba todas sus preocupaciones. Los viernes eran el día de las orgías en el jacuzzi y de las grandes barbacoas.

 

Sólo que aquel viernes, Yukka lo sabía, iba a ser el último. Sentado bajo una sombrilla de paja, miraba melancólicamente los cabellos de Windy, en la mesa contigua a la suya, agitados por el fuerte viento que venía del océano. Entre tanto, el correo, un oriental atildado con un pequeño diamante en la corbata, hizo una leve reverencia, dejó el maletín en una silla y se sentó junto a Dos Santos. Ninguno de ellos dos sospechaba nada, pero a la semana siguiente toda la policía de Los Ángeles ocuparía discretamente el hotel y desarticularía la trama.

 

El oriental dejó el martini a medias y se despidió. El viento había arreciado, y algunas sombrillas empezaron a volar. Entonces, inesperadamente, Windy volvió el rostro hacia Yukka y dijo: “Mal día para contar billetes”. Y le sonrió.

 

Esa noche, cuando acudió al restaurante para cenar con él, Windy estaba deslumbrante. A los postres, ella y él intercambiaban ocurrencias divertidas y reían con ganas. Decidieron rematar la noche en el casino. Una buena racha en la ruleta, y se fugarían a Hawaii, bromearon.

 

No ganaron mucho. El casino estaba menos concurrido de lo habitual. En la radio habían emitido un aviso de huracán, les dijo el croupier en un aparte. Pero ni ella ni él prestaron atención. ¿A quién podía preocuparle un huracán? Un huracán era el deseo que los poseía, las miradas de fuego con que, de regreso al hotel, en la penumbra suave de la limusina, jugaron a desnudarse antes de abandonarse a un beso furioso.

 

Desayunaron con champagne, y contrataron otra limusina para ir de tiendas a Sunset Boulevard. A la hora del almuerzo, el dinero de la ruleta se había terminado. El restaurante de Santa Monica aceptó la tarjeta de crédito de Yukka, pero el lunes por la mañana, en una joyería donde Windy acababa de escoger una diadema, el empleado le devolvió la tarjeta y denegó con la cabeza. Yukka encargó que se la reservaran para el día siguiente. Windy, aparentemente distraída, fingía no oír nada.

 

Esa noche, cuando sus cuerpos se separaron exhaustos, Yukka sintió en su espalda, por primera vez, unos surcos ardientes marcados por las uñas de Windy. Entre la vigilia y el sueño, concibió un plan. Sabía exactamente dónde guardaba Dos Santos su maletín. No le sería difícil apoderarse de él. Si calculaba bien el momento, el caos provocado por el huracán les daría tiempo suficiente para huir.

 

Todo sucedió en un solo día. A media mañana recibieron instrucciones de evacuar el hotel. Cuando Dos Santos descubrió que su maletín había desaparecido, las primeras ráfagas del huracán descuajaban ya árboles en las afueras de Long Beach. El cielo se veía plomizo, y empezaba a llover. Pero para entonces Yukka y Windy, en un descapotable blanco, estaban ya en San Diego. Para no atravesar la frontera, alquilaron una avioneta. Volarían hasta la Baja California, y harían el amor en el avión, dijo Windy. Yukka la miró. Ella misma podía pilotarlo, añadió. Había sido piloto en una compañía aérea escandinava.

 

Despegaron antes de ponerse el sol. Dejaron atrás Tijuana y, sin esperar más, en el suelo, hicieron el amor. Cuando Windy regresó a la cabina, la avioneta volaba sin rumbo sobre el Pacífico. La tempestad los había desviado de su camino, y el combustible se agotaba. Avistaron una isla diminuta, poblada de palmeras peinadas por el vendaval, y consiguieron a duras penas aterrizar en la playa.

 

A la mañana siguiente se calmó el viento. Salieron de la pequeña gruta donde se habían refugiado y acudieron a la playa. La avioneta, que había sido arrastrada por la marea, estaba semihundida en el mar, a unos cien metros de la orilla.

 

Yukka se sentó, y miró el maletín repleto de dólares. Estaban juntos, sí. Pero los teléfonos móviles no funcionaban, y la isla estaba desierta.

 

Tenían ante sí aquella larga eternidad que con tanta vehemencia se habían prometido.

 

 

 

 





El discípulo del padre Merrindacotxea

2 10 2007

Por Fernando Iwasaki

El único episodio conocido de la vida del padre Berriartúa S.I. se limita a la Nochebuena de 1995, aquella Navidad rocambolesca que el cineasta Alex de la Iglesia rescató de los archivos policiales para producir la película El día de la Bestia. Sin embargo, gracias a la tesis doctoral del padre Ahitori Tsurunaga S.I. de la Universidad de Sofía (Tokio), hemos podido descubrir que el malogrado Catedrático de Teología empezó a estudiar el Apocalipsis bajo la dirección del padre Merrindacotxea S.I., quien antes de morir en 1973 impartió un seminario de Exorcismo y Demonología en la Universidad de Deusto, al que asistieron los jóvenes jesuitas Arzallus y Berriartúa.

Deusto, 1970

EL PADRE MERRINDACOTXEA era un viejo cascarrabias que dictaba sus clases a una velocidad vertiginosa, como si disfrutara con la superioridad lingüística que exhibía sobre sus perplejos alumnos.

- Padre Merrindacotxea, ¿por qué no damos la clase en castellano? Nuestro euskera todavía no es muy bueno.

- Joder, Arzallus. Estoy hablando en swahili, coño. La lengua que aprendí combatiendo al demonio en Kenia.

Merrindacotxea no toleraba la ignorancia de sus estudiantes. ¿Cómo pretendían someter al Maligno si eran incapaces de hablar en otros idiomas? Satanás tenía don de lenguas y los ministros de Dios no podían ser menos, pero esos jóvenes jesuitas no querían admitir la realidad: el diablo tampoco hablaba euskera.

- Padre Merrindacotxea, ¿para cuándo está prevista la llegada del Anticristo?

- Ahí va la hostia, Berriartúa, según mis cálculos será dentro de veinticinco años, cuando se repita la alineación planetaria que alumbró el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.

Poseídos por ese santo furor que debían conservar hasta el inexorable combate contra el demonio, los jóvenes padres Arzallus y Berriartúa apretaron los puños y dieron gracias al cielo, porque su misión era la más importante desde los tiempos de los Hechos de los Apóstoles.

- Hijos míos –resopló apesadumbrado el padre Merrindacotxea-, no me queda mucho tiempo en este mundo y debo encomendaros una tarea divina a cada uno de vosotros. Tú, Berriartúa, tú tendrás que averiguar el día exacto del nacimiento del Anticristo, porque tu misión será acabar con la Bestia.

- Sí, padre Merrindacotxea.

- Me cago en Dios, padre Merrindacotxea. ¡No es justo! Yo también quiero darle hostias a Satanás.

- ¡Joder, Arzallus! Tú no puedes luchar contra el demonio, porque tú tendrás que proteger al Mesías que nacerá de nuevo, pues cojones.

Dos lagrimones chorrearon por las mejillas montaraces del padre Arzallus.

- ¿Nuestro Señor Jesucristo nacerá de nuevo, padre Merrindacotxea?

- Así es, Arzallus. Y además será vasco.

- ¿Del mismo Bilbao?

- ¡Joder, Arzallus! ¿Y eso qué coño importa?

Y así, cuando el seminario de Exorcismo y Demonología terminó, el padre Merrindacotxea voló hacia Washington en compañía del padre Karrasko, donde ambos libraron su batalla definitiva contra Satán. Ellos sabían que sería la última, pero partieron jubilosos porque las semillas de la Venida del Reino ya habían sido sembradas en la Universidad de Deusto.

Madrid, 1995

EL PADRE BERRIARTÚA dormía arrebujado entre gurruños de trapos sucios, cuando sintió que alguien pateaba los cartones del quiosco que había levantado al pie de las Torres KIO.

- Ahí va la hostia, Berriartúa. Sí que estás hecho una mierda, pues.

- ¿Y tú quién eres, joder? … Coño… ¡Arzallus! Me cago en la hostia.

Los viejos amigos se abrazaron emocionados, porque para poder cumplir su misión habían tenido que seguir caminos muy diferentes e ingratos a los ojos de Dios. Berriartúa tuvo que pecar, descender a los infiernos y regresar del lado oscuro escarnecido y transfigurado. Hecho una mierda, vamos. Por su parte, Arzallus simuló abandonar la Compañía de Jesús para convertirse en un líder político y así recorrer de incógnito los caseríos de Alava, Vizcaya y Donosti en busca del Salvador.

- Son las señales, Berriartúa. Nuestro Señor ha nacido, joder. ¿Ya te habrás cargado al Anticristo de los cojones, no?

- Yo ya hice mi parte, Arzallus. ¿Y tú habrás encontrado ya al Niño Lendakarico, no? ¿Cuántos kilos levanta el cabrón?

- No lo he encontrado, joder. Por eso he venido a buscarte. Para que me ayudes, joder. Merrindacotxea nos ha jodido bien jodidos, joder.

Veinticinco años más tarde, los viejos condiscípulos del seminario de Exorcismo y Demonología volvían a reunirse para terminar su misión. Ya estaban a punto de partir cuando el profesor Cavan saltó como un resorte de abajo de otro montón de trapos.

- Un momento, caballeros. De aquí no se va nadie sin mí.

- Ahí va la hostia. ¿Tú también eres jesuita, joder?

- Por supuesto que no.

- ¿Tú también eres vasco, joder?

- Por supuesto que no.

- Entonces aquí te quedas, joder. ¡Debajo de las putas torres de los cojones!

A lo largo del camino de regreso a Deusto, los antiguos camaradas recordaron una y otra vez el sacrificio de los padres Merrindacotxea y Karrasko, cuya memoria querían desagraviar restituyéndoles las sílabas que les amputó la dictadura franquista cuando estrenaron El Exorcista en 1973.

- Hay que joderse, Berriartúa. Nadie sabe que el padre «Merrin» era Merrindacotxea.

- ¿Y el padre «Karras», joder? Ahí va la hostia, es como si a ti te llamaran el padre «Arza». ¿No te jode?

Arzallus había tratado de calcular el día del segundo nacimiento del Mesías, pero no quería pensar que el Niño Lendakarico fuera «maketo». Por eso lo buscó primero entre familias con apellidos, lengua y conciencia nacional, pero no lo encontró. Luego se concentró en las familias con apellidos y lengua ideales, pero nada. Finalmente se resignó a que el Salvador sólo tuviera un apellido vasco, pero más de lo mismo. ¿Y si Nuestro Señor Jesucristo de Bilbao no hablara euskera, ni tuviera los cuatro apellidos vascos, ni fuera nacionalista? Aterrado por las perspectivas, Arzallus se dirigió al colegio de la Compañía de Laguardia, donde los padres teatinos custodiaban el nombre del Elegido, del Salvador y del Mesías, revelado a los hermanos Arana Goiri por un misterioso jesuita vasco del siglo XIX.

- Joder, Arzallus. Y yo que me creía que el Mesías era Sabino.

- Me cago en la hostia, Berriartúa. Los jesuitas de Laguardia sólo me dieron un papel que decía «Tokio: 666». ¡El número de la Bestia otra vez!

- Menos mal, coño. Entonces Sabino sigue siendo el Mesías.

Tokio, 2006

EL PADRE TSURUNAGA los recibió en la Facultad de Teología de la Universidad de Sofía con una profunda reverencia.

- Padre Tsurunaga habrando euskera mejor que castellano. ¿Queriendo habrar euskera conmigo, padres jesuitas de Bilbao?

- Ahí va la hostia, joder. ¡Si su castellano es mejor que nuestro euskera! ¡Nos ha jodido el japonés de los cojones, Berriartúa!

Como no había tiempo que perder, Arzallus y Berriartúa le explicaron al padre Tsurunaga que Nuestro Señor Jesucristo nacería de nuevo en Tokio, en el sexto día del sexto mes del sexto año del nuevo milenio, tal como había sido revelado a los hermanos Arana Goiri en el colegio jesuita de Laguardia. El padre Tsurunaga no sólo los había escuchado con interés teológico sino lingüístico, pues como buen japonés quería imitar el habla de los padres Arzallus y Berriartúa para mejorar su castellano:

- ¿Cómo «conio» puere nacer Niño Dios de nuevo en día de la Bestia, joder? 666 pareciendo fecha rara de los cojones, ¿no?

- Ahí va la hostia, Tsurunaga. Qué rápido aprendes los idiomas, joder. ¡Nos ha jodido, Berriartúa!

Sin embargo, la pregunta del padre Tsurunaga era de lo más pertinente y razonable. ¿Por qué el Anticristo nació el 25 de Diciembre de 1995 y el Salvador tenía que volver a nacer el 6 del 6 del 6? ¿No debería ser al revés?

- ¡Me cago en la hostia, Berriartúa! ¿A ver si no te cargaste al Niño Lendakarico, joder?

- ¡Es imposible, Arzallus! Si hasta se me apareció el demonio de los cojones, joder.

- ¿Por qué cojones vosotros no revisando papeles de padre Merrin, que Universidad Sofía de Tokio guardando como tesoro, joder?

Mudos de estupor, los padres Arzallus y Berriartúa leyeron los papeles del padre Merrindacotxea, enviados por los jesuitas de la Universidad de Georgetown a los jesuitas de la Universidad de Sofía. Así descubrieron que el demonio que mató al padre Merrindacotxea en Washington era el perverso Pazuzu («¡Me cago en sus muertos, joder!»), que el segundo nacimiento de Cristo sería el 25 de Diciembre de 1995 en Madrid («¡Ahí va la hostia, Berriartúa!»), que el Anticristo nacería en Tokio el sexto día del sexto mes del sexto año («¡Coño, 666 es mañana, joder!»), que la lengua del exorcismo definitivo tenía que ser el euskera («¡Nos ha jodido, Berriartúa!») y que sólo un jesuita vasco puro tendría el poder de aplastar por completo a Satanás («¡Me voy a cagar en todos tus muertos, cabrón!»).

- Padre Arzallus-san, sólo teniendo una puta noche para estudiar ritual euskera de exorcismo, joder.

- No me toques los cojones, Tsurunaga. Mientras alguien le lee la cartilla de los cojones yo me lo cargo.

Como el demonio en todo desea imitar a Dios, el padre Berriartúa dedujo que el Malo tenía que nacer en el parque Ueno, donde los tres jesuitas se encajaron armados hasta los dientes: estacas, crucifijos y dos garrafas de agua bendita. Protegidos por la oscuridad avanzaron canturreando la Salve, hasta que advirtieron la música teckno y el olor a azufre. Alrededor de una hoguera, los seguidores de Satán danzaban en frenético aquelarre.

- ¡Coño, Arzallus! ¡Una hembra de macho cabrío está pariendo una criatura, joder!

- Me cago en la hostia, Berriartúa. O será hembra o será macho, cojones. Pero las dos cosas no puede ser, joder.

Y así, en medio de unos gritos histéricos los jesuitas comenzaron a repartir mamporros entre los desprevenidos satánicos, aunque gracias a los lunchacos del padre Tsurunaga el ataque sorpresa fue de verdad contundente. De pronto, la hembra de macho cabrío profirió un berrido infernal y seguro que habría atravesado al padre Berriartúa con sus cachos retorcidos, de no haber intervenido a tiempo el padre Tsurunaga, quien le lanzó al pescuezo cinco estrellas metálicas mojadas en agua bendita.

- ¡Ahí va la hostia, Arzallus! Un poco más y te empitona el borrico de los cojones.

- Menos mal que los jesuitas también tenemos ninjas, joder.

Sin embargo, la misión no había terminado todavía, porque el monstruito que había salido de las entrañas de la bestia gruñía y resoplaba entre vaharadas de azufre.

- ¡Me cago en tus muertos, Satanás! Volvemos a encontrarnos, cabrón. ¡Ahora vengaré a Josemari y al padre Merrindacotxea, joder!

- ¡Berriartúa!, recita el exorcismo en euskera mientras yo le doy de hostias al «Chucky» de los cojones. Tsurunaga, ¡quieto parado! Que esto ya es un asunto de los vascos, joder.

Así, los padres Arzallus y Berriartúa pronunciaron los exorcismos en euskera, regaron al monstruito con agua bendita y le arrojaron todas las piedras que pudieron levantar, pero aquella criatura se reía y los vomitaba recochineándose. De improviso, el pequeño demonio se abalanzó contra Arzallus y lo derribó de un soplamocos, y ya mismo se preparaba para brincar sobre la yugular de Berriartúa cuando el padre Tsurunaga le endiñó una patada voladora.

Mientras el monstruo lo miraba atónito, Tsurunaga le soltó un discurso a gritos («¡Coño, Berriartúa! ¿Está hablando en japonés o en euskera?») y la criatura comenzó a convulsionar en el suelo («Ahí va la hostia, Arzallus. Yo creo que es euskera»). La decapitación fue breve, fulminante y más bien japonesa.

- Tsurunaga, joder. ¿Cómo has podido derrotar al demonio si tú no eres vasco?

- Padre Ahitori Tsurunaga siendo vasco, Arzallus-san. Caráneo y erehache corectos, Arzallus-san. Porque yo siendo descendiente directo de mártir jesuita del Japón.

- ¿Cómo dices que te llamas, joder?

- Ahitori Tsurunaga, Arzallus-san.

- ¡Coño, Arzallus! A ver si va a ser descendiente del padre Aitor Urrunaga, compañero de San Francisco Javier.

- Padre Tsurunaga siendo ilustre antepasado mío, Beriatúa-san.

- ¿Pero cómo? ¿Por qué no nos…? ¡Coño, Urrunaga! ¡Aitor, cabrón!

Gracias al plan del padre Merrindacotxea, la existencia del jesuita vasco-japonés Ahitori Tsurunaga permaneció en secreto, para que fuera el martillo de Dios en la lucha definitiva contra el demonio. Sólo una duda reconcomía el pensamiento del padre Berriartúa. ¿Cómo se atrevió el padre Aitor Urrunaga a tener una familia en el Japón del siglo XVI?

-¡Ahí va la hostia, Berriartúa! ¿Qué no ves que Aitor Urrunaga ya era muy independiente, joder?





Andrés Neuman: MARGARITA

28 08 2007

Ilustración de Yolanda Ayuso©

Ilustración de Yolanda Ayuso©

Es tan guapa. Me quiere. Tiene insomnio. No me quiere. Le gusta preparar el desayuno para los dos. Me quiere. Detesta que me cueste tanto levantarme. No me quiere. Cuando nos duchamos juntos, hacemos el amor en equilibrio. Me quiere. Se queda como absorta, como lejos, al terminar. No me quiere. Permite que le seque el pelo, cierra los ojos, ronronea. Me quiere. Hace extrañas llamadas, nunca sé con quién habla. No me quiere. Me regaló un anillo para mi cumpleaños. Me quiere. Apenas conozco a su familia ni a sus amigos. No me quiere. Tiene bastante dinero y disfruta compartiéndolo conmigo. Me quiere. Pregunta constantemente: ¿Qué hora es? No me quiere. No te preocupes, vida mía, dice. Me quiere. Espía por la ventana y pregunta por los vecinos. No me quiere. Al besarme, sonríe con ternura. Me quiere. Se separa de mí sobresaltada. No me quiere. Su vestido blanco le deja al descubierto casi medio pecho. Me quiere. Ahora no, me dice. No me quiere. Lleva puesto el modesto colgante que le regalé el mes pasado. Me quiere. Shh, exclama, no te muevas. No me quiere. Me toma del brazo de pronto. Me quiere. Es caprichosa, pienso. No me quiere. Shh, repite, muy quieta, moviendo los ojos en todas direcciones. ¿No me quiere? Margarita…, suspiro. ¿O me quiere? ¡Abajo!, chilla. No me quiere. Rodamos juntos por el suelo del salón hasta quedar debajo de la mesa. Me quiere. Algo impacta brutalmente contra el cristal de la ventana y lo hace añicos. No me quiere. ¿Estás bien?, me susurra al oído. Me quiere. ¿Y tú?, le digo con un hilo de voz, pero no obtengo respuesta. No me quiere. Se incorpora delicadamente y gatea juguetona por el pasillo. Me quiere. ¿Dónde vas?, ¿qué haces?, le pregunto, y desaparece. No me quiere. Regresa gateando, con su bolso al hombro, a nuestro rincón debajo de la mesa; se acurruca junto a mí. Me quiere. Abre el bolso, intento mirar, lo aparta. No me quiere. Ten cuidado con los cristales, mi vida, dice. Me quiere. Saca un arma del bolso, un arma con un cañón muy grueso. No me quiere. Me acaricia la mejilla. Me quiere. Desde debajo de la mesa la veo caminar agachada hacia la ventana, tratando de no pisar los cristales. No me quiere. La tela de su vestido se tensa como una piel pálida. Me quiere. ¡Tú, quieto!, insiste, cuando intento asomarme. No me quiere. Se pone en pie de un salto, con esa agilidad que tanto le admiro. Me quiere. Saca un brazo por el hueco de la ventana rota y dispara varias veces en dirección a los tejados. No me quiere. Al escuchar mi respiración entrecortada, se aparta de la ventana, me ayuda a salir de la mesa y dice: Ya ha pasado. Me quiere. Pero añade: Ahora tengo que irme. No me quiere. Me besa la comisura de los labios; huele a pólvora y perfume. Me quiere. Se marcha en silencio, apretando ese bendito bolso que uno nunca sabe qué puede contener. No me quiere. Antes de abrir la puerta y de salir tan rápida que parece hecha de viento, se vuelve para guiñarme un ojo verde. Me quiere. Jamás me dice cuándo me llamará de nuevo, adónde se va de viaje ni cuándo nos veremos otra vez. Definitivamente –pienso– no me quiere.





Pablo d´Ors: “Las bofetadas”

14 08 2006

Las bofetadas

 

 

por Pablo d´ORS

 

 

De niño siempre tenía miedo de que la maestra abriera alguno de mis cuadernos

Escena de la pelicula "La mala educación" de Pedro Almodovar
Escena de la película “La mala educación” de Pedro Almodóvar

y descubriera algún error: una mancha de tinta, una falta ortográfica, una caligrafía ilegible… Este temor no era infundado, pues eso era de hecho lo que sucedía siempre que mis profesores –cualquiera de los muchos, casi incontables, que tuve durante la llamada enseñanza primaria– abría uno de mis cuadernos. No importaba la página por la que lo abriera ni cuál fuera el cuaderno (el de lengua, el de geografía, el de matemáticas…): mi caligrafía era ilegible, cometía abundantes faltas ortográficas y no podía evitar que algún manchón de tinta embadurnase los márgenes, puesto que éramos obligados a utilizar unas estilográficas con las que, además de mis dedos, ensuciaba buena parte de mis cuadernos hasta dejarlos casi inservibles.

Durante las clases yo estaba atento a cualquier eventualidad, y no ya por interés en las materias que se impartían (ninguna llegó realmente a interesarme), sino porque sabía que las bofetadas de los profesores, así como las insoportables bromas de mis compañeros, podrían llegarme de donde menos lo sospechase. Los chicos de mi clase la tenían tomada conmigo, aunque todavía más, por fortuna, con un tal Thomas Mindernickel, que era el auténtico chivo expiatorio del curso. Yo quedaba como suplente –por así decir–, para cuando Mindernickel no venía al colegio (cosa que sucedía con frecuencia, pues era más bien enfermizo). Aunque las bromas de mis amigos (durante largos años estuve llamándoles, pese a todo, “mis amigos”) eran terroríficas, a quien yo más temía era a los profesores, que aprovechaban cualquier descuido por nuestra parte para propinarnos sus bofetadas. En realidad, yo era uno de los que más bofetadas recibía; y no porque fuera un mal estudiante o porque mi comportamiento dejara que desear, sino porque me sentaba en el primer banco de la primera fila. Era, por tanto, quien más a mano tenían. Yo no había escogido ese sitio; aquel era el puesto que me correspondía por orden alfabético: aquel lugar –el maldito primer banco de la primera maldita fila– fue el que me correspondió durante todos los tristes y largos años que pasé en aquella escuela de provincias.

Al no poder abofetearnos a todos –conforme habría sido su deseo–, para intimidarnos los profesores abofeteaban sólo a uno, que solía ser yo. “¡Eso por estar distraído!”, me decían tras la bofetada. O, “¡por mirar a las musarañas!”: una razón que también se esgrimió más de una vez. Por aquel entonces, yo no sabía bien lo que eran las musarañas; y ni siquiera hoy estoy seguro de saberlo con precisión. El caso es que mis profesores de la llamada primera enseñanza (luego fue diferente, acaso peor) me abofeteaban sin cesar, obligándome a llevarme la mano a la cara, fuera antes de que la bofetada se produjese o después, en el vano intento de calmar la picazón.

Más que el dolor en sí (mucho más soportable de lo que antes de recibir aquellas bofetadas imaginaba), lo que más me fastidiaba de aquellas injustas bofetadas es que llegasen cuando menos las esperaba. Más aún: por mucho que las esperase, ¡nunca logré adivinar el momento en que iban a producirse! Así que me sorprendían, humillándome muchísimo por su carácter imprevisible. Por esta razón, en cuanto veía que un profesor o profesora bajaba de su tarima (sobre todo las profesoras, que eran las que más me pegaban), me cubría las dos mejillas para así amortiguar el posible golpe. Pese a mis precauciones, no podía impedir quitar las manos del rostro alguna vez, fuera para pasar de página, para abrir el estuche o para ordenar la cartera, que solía tener incomprensiblemente desordenada. Para mi desgracia esos eran los momentos, precisamente esos, que aprovechaban mis profesores. Tal era la coincidencia entre mis escasos descuidos y sus intolerables bofetadas que parecía como si estuvieran esperando estos brevísimos instantes de flaqueza para flagelarme como sólo sabe hacerlo un adulto con un niño. Todo esto me llenaba de una rabia e impotencias infinitas. Porque eso era lo más enojoso, la impotencia. Yo no podía levantarme, como habría sido mi deseo, y pelearme con el profesor o profesora que me había abofeteado. Yo sólo podía quedarme donde estaba, quieto y callado, con la mano en el carrillo ardiendo y humillado como nunca más he llegado a estarlo en la vida.

– ¿Por qué me pega? –pregunté una vez sin pensar, harto de aquella injusticia, tan sistemática como incomprensible para mi mente infantil.

Pero la profesora no me contestó. Se limitó a mirarme con indiferencia, acaso con extrañeza, como si mi pregunta estuviera completamente fuera de lugar. Esa profesora, la “señorita de Religión” (una de las que más abofeteaba, dicho sea de paso), prosiguió la clase impertérrita. Yo no podía comprender cómo podía aquella mujer abofetear tanto al tiempo que se emocionaba tan visiblemente al hablar de Dios; pero, al parecer, mi señorita no sentía ningún escrúpulo por esta incoherencia y nos abofeteaba a todos con total impunidad, casi como si le gustara o, al menos, como si aquello formara parte del deplorable oficio de enseñar.

Aquellas bofetadas (y no había clase de religión en que no se produjeran al menos dos o tres) tenían una particularidad respecto a las que se propinaban en Geografía o Matemáticas, y es que eran las que más resonaban. “¡Plas!”, estallaban, y todos levantábamos los ojos de nuestros cuadernos. Estábamos aterrorizados. O, “¡Plas, plas!”: en esa ocasión habían sido dos los golpes; al parecer, al pobre Thomas Mindernickel (y aquel era el día que regresaba a la escuela tras una larga convalecencia) le habían cruzado la cara. Aquel año yo apenas recibí bofetadas cruzadas, y no porque –como presumo– los profesores no me las hubieran querido dar, sino porque casi nunca tenía las dos mejillas descubiertas, por lo que aún queriéndolo no podían.

Por todo lo dicho, yo estaba siempre muy tenso en la escuela, con los nervios en punta, esperando en qué momento y con qué motivo (porque nunca renuncié a buscarlos) me llegaría la bofetada. Esta atención mía se redoblaba cuando, por casualidad, habían pasado varias jornadas sin que ningún maestro, ni siquiera la señorita de Religión, me hubiera abofeteado. Aquello era inadmisible, me decía yo, iniciado desde muy niño en la crudeza de la vida; la bofetada llegaría de un momento a otro, me lamentaba, concentrándome al máximo para que no me enganchara desprevenido. Por este supremo y constante esfuerzo de concentración, acababa las clases agotado.

El último día del año, en la última clase, cuando ya creía haberme librado –al menos hasta después del verano– de aquellas brutales bofetadas, recibí la última, tan inesperada e inmerecida como todas las demás. Me la propinó la profesora de geografía, quizá por la fuerza de la costumbre. Ahora bien, yo no reaccioné como otras veces, llevándome la mano a la mejilla y tratando de calmar su ardor, mientras me sorbía las lágrimas y deseaba ser invisible. Poseído por una fuerza desconocida –la fuerza amasada durante meses de humillaciones–, salté de un brinco de mi banco y devolví la bofetada con idéntica fuerza (si no mayor). La maestra quedó petrificada. Nadie había hecho nunca en aquella escuela algo así: yo mismo había quedado estupefacto y paralizado. No se oía nada, ni una mosca. Todos estaban mudos, expectantes. Las rodillas me temblaban.

Antes de que su rostro se descompusiera por la convulsión del llanto –que ya empezaba a asomar en sus ojos–, la profesora de geografía salió del aula en una carrera; y fue entonces cuando sonó el timbre que anunciaba el fin de la clase y el fin del curso. Tal vez también el fin de mi infancia y mi liberador y definitivo ingreso en la adolescencia.

Todos mis compañeros irrumpieron entonces en un grito de victoria. Y uno a uno, sin excepción, fueron pasando junto a mí para felicitarme con elogios y dulcísimas palmaditas en la espalda. No había duda: en pocos segundos me había convertido en el colegial más popular, en el más valiente, en el más apreciado y valorado por todos. Inesperada e involuntariamente, yo era en un héroe: todos me miraban con respeto, con admiración, y yo sentía perfectamente todas esas miradas sobre mi cuerpo, y las registraba con avidez. Fue en ese instante cuando comprendí que la vida tenía otra cara, de la que yo había sido privado hasta entonces; fue ahí cuando entendí que yo podía ser alguien, puesto que tenía poder. El orgullo me henchía el pecho hasta dificultarme la respiración. Y una rabiosa alegría se apoderó de mi ser, haciéndome comprender que abandonaba el bando de las víctimas para ingresar por fin, y por la puerta grande, en las filas de los verdugos.

 

 





Andrés Neuman: “La Traducción”

9 08 2006

La traducción

Andrés Neuman


 

 

 

 

 

Un poeta de los llamados mayores recibe una carta con un poema. Se trata de una mañana algo ventosa, y se trata de un poema suyo: unos señores de cierta revista se lo han traducido a una lengua vecina. Su intuición lingüística le sugiere que la traducción es lamentable. Así que, con la sincera intención de comprobar si se equivoca, decide entregarle esta versión extranjera a cierto amigo suyo, profesor, traductor, poeta, miope. Le hace llegar una notita amable rogándole que traduzca aquel texto a su común lengua materna. El poeta sonríe, se diría que travieso: ha omitido, por supuesto, la autoría del poema.

Como su amigo pertenece a la vieja guardia postal, no ha transcurrido una semana cuando el poeta encuentra en su buzón un esmerado sobre con la respuesta requerida. En ella, algo extrañado, el remitente se aventura a suponer que se trataba de un texto de lectura relativamente sencilla para alguien tan sagaz como su querido poeta, y por añadidura tan conocedor de las lenguas, pese a lo cual le propone con todo gusto una versión autóctona esperando que sea de su agrado y despidiéndose con afecto atentísimo. Sin perder un segundo, el poeta se sienta a leer la traducción. El resultado es desastroso: analizado con detenimiento, este tercer poema no guarda semejanza alguna con el ritmo, ni con el tono, ni con las evocaciones del texto original. Más que menos, él se considera un lector comprensivo con las libertades literarias de los demás. Pero, en este caso, no es que su amigo se haya permitido ciertas licencias, sino que más bien parece haberse tomado todas las licencias a la vez. Los matices se han perdido. La dicción parece turbia. De la sonoridad, ni rastros.

Recuperado del espanto, le escribe a vuelapluma a su amigo agradeciéndole su diligencia y, sobre todo, aquella traducción que se le antoja sin lugar a dudas exquisita. Pese a todo, el poeta decide no darse por vencido y le remite esta versión tercera a otro traductor, menos amigo suyo aunque más reputado, para que se la vierta, si fuera tan amable, a cierta lengua vecina. El pretexto alegado es que cierta revista extranjera le ha propuesto que traduzca un poema de un amigo suyo y, con franqueza, él se siente incapaz de acometer tan delicada tarea sin incurrir en deslices. Y, presentándole su más respetuosa admiración y gratitud, se despide, le promete, le desea, etcétera.

A aquellas alturas, el resultado poético comenzaba a ser lo de menos para nuestro inquieto poeta; quien, nada más recibir la aplicada respuesta del segundo traductor, vuelve a despacharla, bajo firma apócrifa, a un riguroso filólogo calvo al que no ha tratado personalmente pero que en alguna ocasión le ha dedicado una reseña elogiosa. La petición es que vierta a su lengua común aquel texto de un importante poeta extranjero, para poder estudiarlo más a fondo. Semanas más tarde, con cortés demora universitaria, el académico le devuelve el poema reescrito y le propone que cenen algún día juntos para hablar de su autor. Pues, si bien su interés literario es a todas luces menor, le extraña sobremanera no haber tenido antes noticia de él.

Esta cuarta versión de su poema, si el gusto no le falla, está llena de tropiezos y roza lo ininteligible. Los referentes han volado, el tema se desvía hasta las periferias más remotas, los encabalgamientos hacen ruidos de serruchos. Desolado, aunque también divertido, imagina por un momento todos sus libros juntos traducidos a aquella lengua o a cualquier otra lengua. Suspira abrumado. “La poesía -piensa entonces- es definitivamente intraducible”. Y, sin importarle nada, le regala este lejano poema a una apreciada colega extranjera: es obra de un amigo fraternal -le escribe-, y me alegraría mucho que pudiese usted darlo a conocer, traducido, en la publicación de su país que considere más oportuna. Confío plenamente en su criterio y bla bla. Y más abajo los mejores deseos, siempre suyo, y todo lo demás.

Contentémonos con señalar que el poeta repite esta operación de ida y vuelta otras cuatro veces, siempre con idénticas peticiones y parecidos pretextos. Cada contestación que recibe lo incomoda, lo indigna y lo fascina a partes iguales. Unas veces le encomian el poema, otras se lo censuran sin piedad. Como quien se dedicase a un débil pasatiempo, sin repasar apenas las respectivas traducciones y retraducciones, él se limita a meterlas en un sobre para enviárselas de nuevo a algún colega bilingüe.

El tiempo pasa, bobo.

Y es así como, una mañana gris, en su séptimo intento, a la traducción decimocuarta, el poeta rasga el sobre y sostiene entre sus manos una versión de factura familiar y alcance exacto: es, según va recordando, palabra por palabra, como por coma, su propio poema, el primero de todos. En un principio lo asalta la tentación de correr a su escritorio para comprobarlo. Luego, más calmado, se dice que está bien así, tal como suena, original o no. Y se dirige a su escritorio, aunque ya con otro objetivo. “La poesía es definitivamente intraducible -anota en su libreta- pero, tarde o temprano, un poema será siempre traducible”. Luego abre una novela, perezoso, y se pone a pensar en otra cosa.