Frank McCourt y la sencillez

29 07 2009

Hace ya un par de semanas murió el escritor de origen irlandés Frank McCourt, autor de un estupendo libro cuya lectura recomiendo con gusto: Las cenizas de Ángela. Nacido en Estados Unidos pero criado en Irlanda, Frank McCourt noveló con honestidad y sencillez el sueño que abrigó cuando niño de regresar a Estados Unidos; su peregrinaje por Limerick (la población de Irlanda en donde creció) de la mano de una madre sacrificada y de unos hermanos que morían de hambre; su añoranza por un padre ausente cuya figura se dibujaba  siempre en compañía de muchas botellas de licor. Las cenizas de Ángela es un libro tierno y furibundo, conmovedor e incómodo. Su autor nos revela en él detalles de una Irlanda que parecía terrible por causa de su ideología: «Cuando rememoro mi niñez me pregunto cómo sobreviví. Fue, claro, una infancia miserable: la infancia feliz difícilmente vale la pena para nadie. Peor que la infancia miserable común es la infancia miserable irlandesa, y peor aún es la infancia miserable católica irlandesa»McCourt escribió “Las Cenizas de Ángela” siendo ya un jubilado y en 1997 se hizo merecedor del Premio Pulitzer. Sin embargo, no fue esta su única novela memorialística. En 2005 aparecería El Profesor en donde cuenta su experiencia como profesor de alumnos de escasos recursos. Lo maravilloso de estos dos libros, además de su sencillez, es la capacidad de McCourt para crear ambiente utilizando una especie de lupa que ubica sobre detalles mínimos, gestos, pequeñas vivencias. Aquello que es casi invisible cotidianamente, fue rescatado por McCourt y, sin duda, transformado en esos  sentimientos encontrados de impotencia y ternura, que seguramente hemos experimentado (y experimentarán) todos los lectores.

Este año, han desaparecido autores de gran relevancia. En su obra estará por siempre su legado.





Cuando ya no importe porque ya es eterno

1 07 2009

Pido disculpas de antemano por hacer personalísimo este escrito. Creo, y es mi modesta opinión, que la lectura más juiciosa es aquella que nos permite sacar las conclusiones más poéticas y honestas. Esa lectura que se compone también de un «hola» y un «hasta siempre», pronunciados al inicio y al final del libro, respectivamente, por dos voces: la del autor y la del lector.

Cuando ya no importe llegó a mí accidentalmente. En uno de esos días malditos de Santiago de Chile, frío, neblinoso, en medio de engorrosos trámites de oficina. Iba muy apurada camino hacia la compañía eléctrica para pagar las cuentas de energía de la empresa y me detuve de un frenazo: una librería interesante y aún desconocida para mí. ¡Un hallazgo de otoño! Para celebrarlo, la recorrí de cabo a rabo. Hurgué en sus cofres para rescatar, si los había, sus tesoros. Y sí que los había. Hacía varios años había leído a Onetti, pero nunca se me había ocurrido acercarme a su último libro, Cuando ya no importe, ese que en sus biografías clonadas es llamado “su testamento”, probablemente por publicarse en 1993, un año antes del fallecimiento del autor. Y también por su contenido, que inspira despedida en cada línea.

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CRÓNICAS VARIAS II. NADA DE SINVERGÜENZAS.

10 09 2008

Si mi abuelo no soportaba la sola presencia de los libros de García Márquez, a mi abuela simplemente le eran indiferentes. Y no porque lo despreciara, sino porque le parecía aburrido y sin gracia. Para ella García Márquez no era

poseedor de ese encanto y sobre todo, de ese sentimiento especial que los autores costumbristas y románticos de la literatura colombiana habían reflejado en sus obras. Mi abuela fue esa conexión con las historias de la tierra, con los autores regionales que habían tomado una instantánea, en sus cuentos y novelas, de las costumbres y la ideología de épocas remotas en el tiempo, pero no en la esencia del devenir histórico. Lo que impresionaba a mi abuela era que esos autores habían novelado la esencia del hombre, y para ella, la esencia del hombre era la suma de sus sentimientos más ocultos. Para mi abuela, el hombre demostraba sus mejores cualidades intelectuales, y su mejor capacidad de razonamiento, en la lucha oscura en pos de ambiciones sin límites y en el esfuerzo transparente por cumplir sueños más posibles en el terreno de lo ideal que de lo real. O bien tenemos la cabeza en las nubes, o bien la tenemos dentro de un hueco profundo en la tierra.

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CRÓNICAS VARIAS I. LITERATURA y MERCADO

21 08 2008

Literatura y mercado son palabras opuestas que se repelen inmediatamente pero que se juntan en la realidad. Es difícil el camino de la Literatura, dama honorable e impoluta, cuando se tropieza con el mercado, bandolero salvaje que la corrompe y la ultraja. Bah, dejémonos de tonterías. No es así necesariamente, lo que pasa es que todos los días parecemos acostumbrarnos menos al mundo que nos va tocando vivir. Hace 15 años, en 1993, yo tenía ocho y en mi casa estaba terminantemente prohibido leer Cien años de soledad. So pena de castigarme «feo» o, peor aún, de quitarme el resto de los libros de la biblioteca, mi abuelo José Miguel desterró el libro a lo más alto del estante que estaba empotrado en la pared de su oficina, lo que le permitía tenerlo a la vista. No le faltaban ganas de quemarlo o de hacerlo picadillo, pero no podía porque el ejemplar ni siquiera le pertenecía: la que leía a García Márquez en la casa era mi mamá, y a mi abuelo le provocaba tragarse el libro cuando lo veía, porque lo consideraba plata botada a la basura. Para su desgracia, mi mamá no tenía solamente Cien años… sino una biblioteca completa del Nobel, que incluía títulos que yo en ese entonces no entendía del todo muy bien, como De viaje por los países Socialistas…

Bien dicen que lo prohibido es lo atractivo, porque a pesar del profundo respeto que sentía por mi abuelo y de que él hizo las veces de mi padre, yo corría cada que podía a buscar el libro, a fisgonear entre sus líneas la verdadera razón por la cual él me gritaba ofuscado, desde la sala: «¡Que no agarre sumercé eso!¡Que ya le dije que eso no se lee en esta casa!» Y, efectivamente, no lo pude leer durante siete años más. Ese y todos los demás libros del mismo autor permanecieron vedados, porque a mi abuelo era mejor tenerlo feliz: si se enojaba era capaz de acabar hasta con el infierno, y las pocas veces que me sorprendió leyéndolo salía refunfuñando y vociferando por la casa que ¡por qué nadie le obedecía!, que ¡todos se habían empeñado en faltarle al respeto! Mi abuela, para evitar mi curiosidad y la furia de mi abuelo, decidió guardar la biblioteca entera de García Márquez en su armario, bajo llave.

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ArcoLibris trae…

4 04 2008

El Estupor y la Maravilla: memorias de un vigilante de museo.

Tapa de "El estupor y la maravilla" la última novela de Pablo d´Ors

Tapa de "El estupor y la maravilla", la última novela de Pablo d´Ors

Vigilamos y somos vigilados. El mundo está lleno de seres que vigilan y de seres que son vigilados y siempre hemos estado de ambos lados. Vigilamos a quienes queremos y a quienes detestamos, por lo tanto, un vigilante de museo tendrá mucho qué decirnos al respecto. El que cuenta esta historia va desde esa irreverencia que sostiene que la mayoría de los visitantes de museo van para mirarse más las uñas que a las obras, hasta la confesión de su más íntima verdad: pasó años vigilando obras de arte, y sólo le pedía a la vida, ser vigilado como se vigila al ser amado.

La última novela del escritor español, Pablo d´Ors, observa al mundo a través de los ojos de este vigilante de museo.

En exclusiva para ArcoLibris, EL PRIMER CAPÍTULO DE LA NOVELA y una PEQUEÑA ENTREVISTA CON PABLO d ´Ors

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En la ZONA DE ENSAYO, encontrarán un artículo que se publicó hace algunos años en el diario El País, cuyo autor es mi buen amigo Carlos Seror.  ¿Qué pasa con el Español? ¿Se está quedando rezagado como lengua?

«En comparación con muchos otros países de Europa, una larga ausencia de tradición en el pensamiento científico ‑o, a un nivel más simple, en el razonamiento objetivo y riguroso‑ ha dejado entre nosotros una huella difícil de borrar en pocos años. Mucho es, sin duda, lo que se ha andado, pero en cuanto a mentalidad queda también mucho por hacer. En particular, la polémica sobre qué significa y quién sabe o no hablar correcta o incorrectamente recuerda inquietantemente la perpetua batalla metafísica sobre la interpretación “verdadera” de la Biblia por los pontífices de unos y otros bandos.»

Aquí pueden leer esta intersante polémica AMNISTIA PARA LA LENGUA ESPAÑOLA

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LECTURAS. Esta semana traigo el comentario sobre dos buenos libros que estuve leyendo. Mientras deshacía mis maletas en el que será mi nuevo departamento en la bella Buenos Aires. Bueno, el nuevo departamento quedó inmediatamente poblado por mis libros y mientras los organizo, aprovecho de leerlos ¿no?

Mis recomendados en esta ocasión serán: MUERTE A LOS LATINOS, la última obra del chileno Fernando Villegas, de quien ya comenté anteriormente otra obra y LAS FORMAS DE LA PEREZA, el curioso compilado de ensayos y notas de opinión que publica recientemente el reconocido periodista colombiano Héctor Abad Faciolince.





Para no ser el olvido.

15 05 2007

Algunos apuntes para El olvido que seremos.

 

Es El olvido que seremos (Planeta 2006), el libro más doloroso de Héctor Abad Faciolince, que se publicó a finales del año pasado y que llegó a Chile a

Tapa de El olvido que seremos
Tapa de “El olvido que seremos”

finales de Abril en su novena edición, aunque el éxito de ventas lo lleva ya por la undécima. Tras su lectura quiero unirme al sentimiento del autor, expresado en algunas de las líneas finales del libro, en las que se precisa el corazón, la esencia de lo que una memoria de vida debe lograr: ecos.

 

«(…) y como todos los hombres somos hermanos, en cierto sentido, porque lo que pensamos y decimos se parece, porque nuestra manera de sentir es casi idéntica, espero tener en ustedes, lectores, unos aliados, unos cómplices, capaces de resonar con las mismas cuerdas en esa caja oscura del alma, tan parecida en todos, que es la mente que comparte nuestra especie».

 

***

 

En 1987, a la entrada de la sede del sindicato de maestros fue asesinado el doctor Héctor Abad Gómez, por un mandato de los paramilitares, ejecutado por sicarios. En la lista de amenazados que circuló días antes por Medellín, aducían la triste y absurda razón: «Héctor Abad Gómez: Presidente del Comité de Derechos Humanos en Antioquia. Médico auxiliador de guerrilleros, falso demócrata, peligroso por simpatía popular para elección de alcaldes en Medellín. Idiota útil del PCC-UP». Su injusto asesinato, es uno de tantos que se han sucedido en Colombia durante casi 40 años de violencia continuada, pero ahora sin duda es un referente, gracias este libro de memorias. Las memorias de amor y dolor con las que su hijo, Héctor Abad Faciolince, reconstruye el recuerdo que tiene de su padre, desde que tiene uso de razón, hasta cuando fue asesinado. Este es un trabajo bastante difícil, porque hablar sobre la vida del padre a través del tiempo y las circunstancias y hechos que lo marcaron, implica retratar también a toda la familia con sus tensiones internas, sus luchas diarias, sus sueños muchas veces logrados, otras tantas frustrados y sus momentos felices y trágicos, sin caer en sentimentalismos y cursilerías.

 

Independiente de la intención con que fue escrita esta obra y de lo que representa para su autor (porque también es una forma de catarsis para él), este libro reconstruye además una parte importante de la historia violenta de Colombia, de la intolerancia y pacatería de sus Instituciones, especialmente la académica y la religiosa, de la impunidad, la injusticia y el desangramiento, a través de la historia particular de una familia pacífica, común y corriente (la familia del autor) y desde ella, a través de la lucha del doctor Héctor Abad Gómez, un médico epidemiólogo, higienista y defensor incansable de los derechos humanos que creía con todas sus fuerzas en la posibilidad de la paz, la educación y la vida digna de aquellos que se levantaban – levantan aún – todas la mañanas, en blanco y se acuestan todas las noches, tal cual, en blanco. En blanco el estómago de comida, en blanco la cabeza de educación y que no se quedaba callado, porque este es un grito, una denuncia, un altavoz disfrazado de libro de memorias noveladas. Por no quedarse callado, por no hacerse cómplice con un silencio enfermo de las atrocidades que sucedían a su alrededor, fue que asesinaron al doctor Abad Gómez. Y por no dejar que el silencio sepulte la verdad y el horror, es que su hijo Héctor Abad Faciolince tampoco se queda callado. Quizás él, como su padre, también tiene vocación de médico, uno que quiere ayudar a erradicar la epidemia de la indiferencia, que ha terminado azotando a Colombia. Ya no nos asombra el horror, porque el horror ha pasado a ser una triste película que se nos repite todos los días.

 

Héctor Abad Faciolince. Foto de El Espectador

Héctor Abad Faciolince. Foto de "El Espectador"

Sin embargo, el valor literario de una obra no está única y exclusivamente en las buenas intenciones o el profundo sentimiento que contiene la temática del libro, de lo contrario, su autor no habría demorado casi veinte años en escribirla con el fin de tomar el pulso necesario y darle una forma literaria específica, una alejada de los sentimentalismos y que evitara que las líneas salieran «untadas de esa inevitable sustancia lacrimosa», como él mismo lo ha dicho. Esta es una pieza literaria preciosa, desgarradora y arrobadora, porque siendo contada por uno de los protagonistas de los hechos reales, el autor ha sabido tomar una distancia muy similar – si no la misma – que se toma cuando se escribe ficción y con los recursos literarios de los que se han valido grandes autores, como Kafka o V.S Naipaul, cuando han hablado de la figura paterna en sus obras, distancia producida por el inevitable hecho de que esta realidad tiene todos las características de la más lograda ficción, aunque lamentablemente no lo es.

 

Al leer este libro y separar los aspectos literarios, del contexto y los sentimientos que provoca en los lectores la historia como tal, llegué a valorar algunos aspectos sobresalientes por su lucidez, que están implícitos en las reflexiones muy personales del autor, con las que éste matiza la narración específica de la historia. Lo primero son los fundamentos críticos con que aborda el tema religioso, la creencia o no creencia en Dios. Teniendo en cuenta que en esta familia había una tensión interna por las creencias religiosas (mamá creyente, papá no creyente), es bastante difícil intercalar con el ejercicio de la memoria, el pensamiento muy personal, pero muy bien argumentado, sobre por qué Dios es una pura invención y la clara prueba, con hechos contundentes, de que la iglesia católica siempre ha sido y será mucho más pecadora que sus piadosos feligreses y la muestra vívida de que en los momentos más críticos de la historia de los pueblos, incluido el contexto de violencia y rechazo que enfrentó el doctor Abad Gómez en Medellín, esta Institución se comporta de forma muy contraria a todo lo que predica: sin caridad, sin justicia.

Segundo: a pesar del amor profundo, más que amor, de la adoración y veneración que siente Héctor Abad Faciolince por su padre y que está marcada en cada palabra, se ve reflejado el natural criterio de dejar en claro que no está escribiendo la vida de un santo o algo por el estilo, sino de un ser humano como todos nosotros, que también cometió errores graves y leves y que tenía sus defectos y manías propias.

Tercero: la que considero la reflexión más acertada del libro; aquella que se refiere a la condición humana, desde el punto de vista más profundamente humano, valga la redundancia, que pueda verse. Vale decir que más que una reflexión, esta es una conclusión de vida a la que el autor llegó sobre todo, por lo que su padre le transmitió. Transcribo el párrafo que contiene la reflexión mencionada: «Por algunas de esas cartas que conservo todavía, y por el recuerdo de los cientos y cientos de conversaciones que tuve con él, yo he llegado a darme cuenta de que no es que uno nazca bueno, sino que si alguien tolera y dirige nuestra innata mezquindad, es posible conducirla por cauces que no sean dañinos, o incluso cambiarle el sentido. No es que a uno le enseñen a vengarse (pues nacemos con sentimientos vengativos), sino que le enseñan a no vengarse. No es que a uno le enseñen a ser bueno, sino que le enseñan a no ser malo. Nunca me he sentido bueno, pero sí me he dado cuenta de que muchas veces, gracias a la benéfica influencia de mi papá, he podido ser un malo que no ejerce, un cobarde que se sobrepone con esfuerzo a su cobardía y un avaro que domina su avaricia.»

 

Muchas cosas especiales me pasaron con este libro. Sé por ejemplo que la memoria es una cosa frágil, pero estoy segura de venir leyendo desde que tengo unos trece años, artículos desperdigados de Héctor Abad Faciolince en diferentes revistas y publicaciones. Primero leía una columna que escribía para Cromos, que se llamaba «Todavía» y después en las revistas Semana y SoHo. Y claro, también sus libros, pero lo que más me llama la atención es que todas esas columnas y artículos, se referían muchas veces al recuerdo amoroso de su padre y al dolor de una pérdida que nadie puede superar: la pérdida obligada, no natural. Y todas esas pistas que se fueron regando por ahí, como si fueran piedras que se van tirando por el camino de un espeso bosque para no perderse, o mejor aún, eran las piezas de un rompecabezas que aparecen reunidas y ordenadas con sentido en este libro, agregadas a ellas la historia completa de la familia. Literariamente, esa repetición de pistas en el libro es una apuesta peligrosa, porque el autor es un columnista muy leído y se arriesga a que esa gran mayoría de lectores que llegan a su obra, por la referencia que como columnista y articulista tienen de él, se detengan en algún momento a decir: «pero yo ya leí esto antes, en tal parte…». Sin embargo, acá no hay tal peligro de ese riesgo, porque todos los demás lectores, que como yo, habíamos leído antes muchas o todas esas piezas de rompecabezas que se reúnen en el libro, llegamos a la misma conclusión de que todo hace parte del contar constante, perseverante, incansable, de un hecho, de una muerte, no para pedir consuelo por el dolor del ser perdido, consuelo que por cierto es imposible de proveer, sino para no olvidar, no pasar de largo o «tragar entero».

 

Quizás el recuerdo amoroso inunde las líneas de cada capítulo. Quizás el autor proponga metas muy sencillas, cuando explica para qué escribe este libro, para «que simplemente se sepa», esa es una meta muy sencilla, casi absurda al decirla, como parecían absurdas las metas del doctor Abad Gómez, que tan sólo pretendía vacunas periódicas, condiciones de limpieza mínimas y agua potable para aquellas masas de pueblo que conocemos como «pobres», pero que significan tan poco en la práctica, como mucho se habla de ellos en la teoría, pero esa meta tan sencilla, no fue lograda. Para que «simplemente se sepa», están los diarios y los noticieros y sin duda se logró algo más: la imposibilidad de olvidar, esa que llevó a que los lectores se abalanzaran a comprar el libro y a leerlo admirados y conmovidos y aunque el autor no deseara precisamente caer en el sentimentalismo, no pudo evitar que esos lectores derramaran (derramáramos, lo confieso) algunas lágrimas en algunos de los episodios narrados. Porque para no ser el olvido, la literatura ayuda mucho y unas palabras desprovistas de toda ambición y bien escritas, desde todos los puntos de vista, sin duda son una venganza mucho más poderosa que devolver el daño con plomo. Esta es la única venganza verdaderamente efectiva y posible frente al asesinato del padre amado: la venganza del «decir». Decir lo que pasó. Decir cómo pasó. Y hasta intentar decir por qué pasó.

Una venganza, que no es del todo venganza, porque es dulce, triste y dolorosa y porque no se termina para nada con la caída inminente del asesino (lamentablemente las palabras no hacen y me temo que no harán la suficiente justicia aún con los actos de paramilitares y guerrilleros en Colombia), sino que por el contrario, deja abierto eternamente el libro de la violenta realidad, para lectura y consulta constante de quienes no desean, de quienes saben, sabemos, que es imposible y dañino olvidar.





CRONICA PARA LA CARNE MORIBUNDA

13 03 2007

Por Laura García.

DISCURSOS DELIRANTES

Tapa de "Discursos de la carne"

Después de un fallido intento de golpe y en un viejo avión Ylushin se trasladan, de vuelta a Moscú, el presidente ruso Mijail Gorbachov y su jefe de seguridad, coronel de ejército Efim Geller, acompañados de otros altos mandos y miembros del gobierno ruso. El pollo grasiento con papas fritas que les dieron en el avión les ha caído muy mal a todos, especialmente al coronel Geller quien se ha intoxicado; se está pudriendo por dentro prácticamente y el dolor lo castiga con alucinaciones. La carne moribunda ha tomado la palabra y la realidad se ha deformado en un juego de ficciones y delirios. Uno tras otro llegan los recuerdos, hilados en una serie de relatos en los que Geller repasa entre la burla y la ironía y con un finísimo humor negro, su desaforada vida: Entre otras cosas, ha sido violado de niño por un viejo pederasta, ha violado a su primera esposa, aún cuando se amaban profundamente, la denunció como traidora y la entregó a las autoridades rusas. Repasa como cada mujer que llegó a su vida, bajo circunstancias tan simples como marcadoras, barrió en su corazón y le hizo vivir muchos tipos de desenfreno. Aquí el sexo no da placer, sino que es una actividad enfermiza en la búsqueda de un absoluto casi perverso. Geller es, además, un genial escritor, incomprendido, rechazado por editores y editoriales, andando con su libro más ambicioso bajo el brazo y con una esperanza siempre puesta en él, que pronto se desvanece. De repente la historia da otro giro y ya Geller no delira con mujeres, sino con hombres. Ha sido poseído por algunos y ha amado con obsesión a un travesti. No deja de escribir. Ni de llevar su obra más ambiciosa bajo el brazo.

El ritmo cascada de esta novela está marcado principalmente por un juego literario en donde las imágenes sufren una ligera transformación, cada cierto tanto – en capítulos que son distinguidos con letra cursiva – y en donde ya no es de Geller de quien se habla, sino de otro tipo muy parecido a él, quien también parece pudrirse agonizando en un hospital, mientras recuerda un libro que ha escrito, sobre Gorbachov, sobre un tal coronel Geller, sobre una tal URSS. Un tipo confuso, pero clave dentro de la obra.

Estamos, sin duda, frente a una novela oscura. Una novela túnel. Los relatos confluyen y explotan. Una situación se mimetiza con otra que aparece capítulos más adelante, en otros escenarios, con otros personajes.

Pero es la oscuridad de esta obra la que proporciona, irónicamente, reflejos de otras cosas: una temática muy novedosa dentro de lo que se ha escrito en los últimos años en Chile, cuidadosamente trabajada. Una estructura narrativa fuerte, que se semeja muchísimo a una partida de ajedrez, ya que Discursos de la carne es un juego en donde las piezas han sido movidas con maestría. Un juego en donde el fin es arrebatar el aliento, por completo, a quien lo lee atentamente. Pero ante todo, esta es una novela que despliega genialidad, inteligencia y exquisito atrevimiento. Se salta de la lujuria a la más absoluta miseria espiritual, sin puntos medios. Del dolor insoportable a la risa desternillante. Cada personaje es visto con una constante burla, que se hace cada vez más infinitamente necesaria. Aquí se unen pasajes que recrean vejaciones a mujeres y hombres, cruentas muertes, dolor, miseria, alegrías eufóricas, sexo despiadado, descritos con una pasmosa precisión de relojero y con lenguaje amplio y acertadísimo. Aquí no se admiten susceptibilidades y a pesar de que vagan entre párrafos Gorbachov, Chernobyl, la URSS, el socialismo y el comunismo, esta no es una novela política y está muy lejos de serlo.

Estos discursos merecen lectores que tengan la oportunidad de amar y odiar al desgarrador Geller. Que tengan la oportunidad de hastiarse, solidarizar o compadecerse de la figura «ese» que escribe a Geller, sí, ese «otro ser» que se atreve a entrometerse, a desenmascararse y a disfrazarse al mismo tiempo entre las letras cursivas.

Es la carne moribunda que hace su discurso: y reclama ser atendida.





ENTREVISTA CON RAMON COTE BARAIBAR

16 03 2006

Ramón eres el primer autor colombiano que puedo entrevistar para el CLAR-LET. Ya inscrito dentro de este club como miembro, me gustaría poder hablar con el poeta, desde la distancia, pero con la cercanía del lenguaje universal que es la literatura. Bienvenido.

Poemas para una fosa común, fue tu primer libro, y en el prólogo dices que “la fosa común” son los recuerdos. En el 83, cuando este libro fue publicado por primera vez, tú tenías solo 20 años. ¿Qué podía haber en esa “fosa común” a tan temprana edad, que dio lugar a los poemas del libro?

Pedro Cote.

Ramón Cote Baraibar. Foto: Pedro Cote.

Ese es el dilema. En el prólogo que escribí para la reedición de mi primer libro comenté que habría sido una falacia llamarlo Hábito del tiempo, como inicialmente se titulaba, por los pocos años que tenía y que llamarlo Fosa común se acercaba a lo que quería decir, olvidando que estaba dejando un dato por fuera, un matiz que podría pasar por político cuando lo que intentaba era todo lo contrario. De manera que a los veinte años uno también ya tiene recuerdos y uno sabe que muchos de ellos son insalvables, o al contrario, los recuerdos lo salvan a uno. En el caso específico de Fosa común, una gran parte de esos poemas los escribí cuando viajé a España en 1983 y por tanto quedaba atrás mi infancia y adolescencia colombiana. Al ver lo perdido, lo que solo era recuerdo, consideré que la memoria era un gran cementerio no de nombres sino de recuerdos anónimos, de fosas comunes. Además, Laura, ten en cuenta que mi padre murió cuando yo tenía año y medio, así que cuando uno nace con una ausencia, las presencias son más difíciles. Como dice Mark Strand, no escribo para encontrar un origen sino para compensar una pérdida.

Hay una especie de discusión en los poetas. Algunos dicen que puede existir una “musa” inspiradora, pero que no lo es todo para crear, también se necesita disciplina, compromiso. Otros por el contrario, creen que sí, que la poesía implica un “algo”, esa musa inspiradora, que agarra en cualquier parte y hace surgir los versos. Tú qué dices?

Perdóname lo políticamente correcto de la respuesta pero creo que ambas condiciones son necesarias. Lo que me parece verdaderamente importante es que lo escrito, por causa de lo uno o de lo otro, mantenga un equilibrio exacto entre la

emocción, la reflexión y la escritura. No sé si recuerdas ese famoso ensayo de Auden en la Mano del teñidor -”Hacer, conocer, juzgar”- donde habla del Censor que todo escritor debe llevar dentro. Aún así, las musas deben ser oídas, como alguien quería, y también censuradas….

¿Cuál definirías como el poema más importante que has escrito. Y por qué?

Espero que me perdones el juego de palabras pero creo que cada época tiene su poema y cada poema tiene su época. Mira, alguien dijo alguna vez que uno antes de los veinte años debe escribir un gran poema, o al menos un buen poema, para poder seguir adelante. Y antes de los treinta y antes de los cuarenta. Recuerdo ahora la famosa frase de Delacroix según la cual un poeta a los veinte años es un joven de veinte años, mientras que un poeta a los cuarenta es un poeta.

Sé que todo lo que te he dicho anteriormente es para evitar contestarte, pero ya que me acosas tanto, me apuntas con el dedo cibernético, te diré que hay poemas con los cuales me siento muy a gusto: Carta rota, La soledad luminosa, y algunos de Colección privada como son los de Ginebra Benci, y el de Balthus.

También eres antologista. Ya en 1992 hiciste una antología de la joven poesía latinoamericana en Diez de ultramar. Y ahora preparas otra antología sobre poesía colombiana del siglo XX.  Y en tu antología personal, ¿cuáles son los autores que consideras más te han influenciado?

Eduardo Llanos me regaló una antología de la poesía chilena, editada en 1976, libro que todavía leo y releo, hecha por Jose Luis Martínez, si no me equivoco. Te lo cuento porque una de mis pasiones siempre han sido las antologías, no tanto como para llegar a los extremos maravillosos de Eduardo, a quien le conseguí un ejemplar de la Ultrantología, una antología del poema corto aparecida en Colombia en una edición de 300 ejemplares. Se la regalé con el gusto de que sabía que le estaba haciendo el mejor regalo del mundo. A los 18 descubrí una antología, bueno, dos, que me cambiaron la vida. La primera, la de la poesía norteamericana traducida por Cardenal y Coronel Urtecho, editada por Aguilar y la antología de la poesía nicaragüense, ésta publicada por el entonces llamado Instituto de Cultura Hispánica. No quiero detenerme en nombres pero es imposible no hacerlo… Mira, para mi Eliot, Sandburg, Laughlin, Stevens, MacLeish, W C Williams, Lowell se me clavaron en la mente como arpones. Y como lo mejor de toda antología es lo que sigue a continuación, es decir, la búsqueda individual de cada poeta, pude constatar que ese impacto inicial perduraba en sus libros. Y de los nicaragüenses, mira, hay un poeta olvidado que se llama Joaquín Pasos que es extraordinario. Su Canto a la guerra de cosas es maravilloso. Bueno, ni qué decir tiene cuando le seguí la pista a Pablo Antonio Cuadra, a Ernesto Mejía Sánchez y descubrí después a Carlos Martínez Rivas. Qué poetas, por favor!!

Y ya que me tiras de la lengua desde el ciberespacio pues te diré que Neruda, en mis inicios fue fundacional para mi, como más tarde lo fue Huidobro. Creo que todo poeta se divide en antes de leer Altazor y después de leer Altazor. Y, por otra parte, el descubrimiento, así lo fue para mi, de la poesía de Alvaro Mutis, fue una de las experiencias más decisivas y generosas y fructíferas de toda mi vida. Saber que el surrealismo no estaba en las calles de París sino en los hangares olvidados de los ríos colombianos fue algo que todavía me conmueve, saber que se podía hacer poesía con el paisaje, con la destrucción, o al revés, comprender que todo eso está repleto, rebosante de poesía. Saber que la palabra “zinc” es tan importante -y poética- como cualquier otra. Lo importante es encontrarle el lugar donde ponerla. El lugar exacto. Lee el Nocturno de Mutis y verás. “Las gotas sobre el zinc de los tejados…”

Bueno, creo que se me fue la mano, y eso que todavía no te he hablado de otra de las grandes influencias que he tenido: la generación española del 50. Me marcó y me marca, me emocionó y me emocionan, poemas de Claudio Rodríguez, de Gil de Biedma, de Barral, de Jose Angel Valente. Sobre todos los dos primeros son los poetas que creo haber leído más en mi vida. Mejor no sigo porque los que están leyendo esto se van a aburrir…  Te debo Elytis, Gamoneda, Simic, Paz, Sánchez Peláez, Enrique Molina, Strand, Teillier…

¿Me adelantarías algún nombre incluido dentro de la antología que estás trabajando para Editorial Visor?

Pedro Cote.

Foto: Pedro Cote.

Mira, lo que me pides es absolutamente imposible. Te cuento la anécdota de un poeta colombiano de los 50´s, Fernando Arbeláez, quien en 1964 hizo una excelente antología de la poesía colombiana. Veinte años más tarde alguien le preguntó la razón por la cual él vivía desde hacía tanto tiempo en Estados Unidos. Entonces Arbeláez contestó: “¿Se acuerdan que en 1964 hice una antología de la poesía colombiana…? Pues eso”.

Si te los llegara a adelantar sería preciso contar con una carta firmada por notario en la cual me asegures tú que una vez “develada” la lista me recibirás en tu casa, me alimentarás durante tres años seguidos, saldrás a comprar los bombillos para la lámpara donde leeré hasta que la cólera de los compatriotas amaine… Así que ya sabes: si te los digo debes prepararte porque en abril te llego a Santiago con mis bártulos…

Oye, Laura, otra cosa. Y esta antología es, como todas las de la colección, esencial. De manera que se llamará Antología esencial de la poesía colombiana del siglo XX. Este trabajo será el tercer número de la colección que bajo el sello de La Estafeta del viento, como sabes la revista de la Casa de América, publicará en los próximos meses la editorial Visor. Ya han salido las antologías de Venezuela y de Chile, a propósito, excelente trabajo, hecha por Julio Espinosa Guerra. Me da tristeza reconocer que desconocía muchos nombres, pero me alegra saber todo lo que me espera cuando tire del hilo de cada uno.

¿Quién o quiénes crees que son los poetas de Latinoamérica más importantes para su historia literaria?

Te digo los que ya te mencioné: Mutis, Enrique Molina, Sánchez Peláez, Teillier, poeta este que he empezado a leer desde hace unos cinco años y me parece extraordinario. Y en esa lista hay que mencionar a Borges, Blanca Varela, Eielson, Paz, Villaurrutia, Hahn, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Gelman.

Alguna vez me veía enfrentada a una discusión, en donde me decían que el hacer poesía y que la literatura en general, no podían contribuir en nada a especialmente a Colombia, un país con una situación tan compleja, que no tiene para cuando acabar. Son oficios mirados en menos. ¿Qué piensas acerca de la posible contribución social que pueda tener o no la literatura en general, en un país como Colombia?

Tu pregunta es compleja y por lo tanto la respuesta también lo será. Pero vamos por partes. No creo que la poesía en Colombia sea un oficio menor o no tenido en cuenta. He tenido la fortuna de estar dos veces en el Festival de Poesía de Medellín y las elogiosas palabras de Gonzalo Rojas se quedan cortas, he dictado talleres y conferencias, he dado lecturas en muchas partes de mi país con una convocatoria siempre impresionante, conmovedora, algo que nunca vi ni de lejos en España o Italia, o en Estados Unidos. Eso por un lado. Por el otro, me parece mucho mejor que la poesía no tenga ningún papel en el cambio de la sociedad porque dejaría de ser poesía y se convertiría en una herramienta de algo, perdiendo su pureza y su esencia.

Es muy curioso, Laura, que te digan que la poesía no puede contribuir en cambiar nada en Colombia, como si las personas que te lo preguntaran supieran cómo hacerlo. Me gustaría saber cómo ellos han contribuido y qué eficacia han tenido, para considerar a las artes en general como una condenadas.

-        Si pudieras ser un poeta, serías… Blaise Cendrars

-         Si pudieras ser una poetisa, serías… Safo (qué delicia sería el vivir al menos un día en Lesbos!!!!)

-         Si pudieras ser un poema, serías… Dygnum Est, de Elytis

-         Si pudieras ser uno de tus poemas, serías… Expedición Botánica

-         Si pudieras ser un libro de poemas, serías… Residencia en la tierra

-         Si pudieras ser un lugar de Colombia, serías… Barú

Y la última

Te gusta una mujer y un amigo en común de ambos te dice que el secreto para conquistarla es regalarle un libro, en lugar de flores, en la primera invitación a salir que le hagas. Decidido a hacerlo ¿Cuál crees que sería el libro ideal para lograr la conquista?

“Las personas del verbo”, de Jaime Gil de Biedma, sin pensarlo dos veces y sin lugar a dudas. Allí hay de todo: amor, pasión, sexo, camas, moteles, pero también viajes, lunas, estados de ánimo que coinciden con las etapas sinuosas del enamoramiento. Se respira una libertad, un cierto feliz libertinaje, acompañado por una demoledora inteligencia y una sensibilidad siempre contenida pero con alto sentido de la carnalidad. Como lo recuerda en uno de sus poemas, siguiendo a John Donne, que el misterio del mundo es el espíritu, pero el cuerpo es el lugar donde se le lee. Y esa autocompasión fingida no era más que un disfraz para enamorar, tal como el propio GdBiedma lo confesó al decir que él empezó escribiendo poesía para divertirse y que le fue cogiendo el gusto hasta que se convirtió en una adicción, para lo cual tuvo que inventarse un personaje inteligente, guapo y bebedor llamado Jaime Gil de Biedma.





FRAY GERUNDIO DE CAMPAZAS, O DE LA NADA AL TRIANGULO

14 02 2006

Por Ricky Mango

www.rickymango.podomatic.com

José Francisco Isla. Autor de Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes

José Francisco Isla. Autor de "Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes"

Cuando, en 1620, don Luis de Góngora y Argote se dirigía en un soneto al fraile trinitario y famoso predicador Hortensio Félix de Paravicino llamándole “Hortensio mío”, no podía imaginar que la Historia le tomaría tan en serio. En efecto: más de ciento treinta años después, la imitación gongorina en España gozaba todavía de tan buena salud como para inspirar a Francisco José de Isla, jesuita de carácter por lo demás extremadamente bondadoso, una feroz sátira de las costumbres de la clerecía rampante, y especialmente de sus desafueros en el púlpito.

El Barroco en Europa, desde luego, no había sido una broma. Desde que, tres siglos antes, Petrarca consiguiera, con la pureza de su lenguaje, elevar la literatura de su tiempo sobre los procelosos mares de la Edad Media, la ola había recorrido mucho camino. A España llegaría, naturalmente, tarde y menguada, y aquí casi todo el mundo se tomaría tan a pecho lo del retorno a los clásicos que ni siquiera se enteraron de que en el país de al lado algunos ciudadanos lanzaban miradas torvas al pasar por la Bastilla. Para entonces el Barroco español había engordado ya más de la cuenta, se había devorado a sí mismo y todavía encontraría fuerzas (como los frailes más avispados se encargaron de demostrar) para de los huesos hacer algún que otro caldo con que comer caliente.

En medio de esa panorámica de agotamiento, en que el Imperio salía todos los días a la calle como el buscón don Pablos, en ayunas y con unas migas de pan hábilmente esparcidas por la pechera para simular hartura, nació Francisco José de Isla, de una familia de hidalgos de provincias que consiguió darle una educación, para la época, más que aceptable. Según parece, el muchacho era despabilado y nada hacía sospechar en un principio que terminaría por tomar los hábitos de los de Loyola. Consta, incluso, que a los quince años se echó una novia, si bien los argumentos que suelen aducirse para explicar por qué no se casó con la chica e ingresó repentinamente en la Compañía son, en el mejor de los casos, dudosos.

Sea como fuere, el caso es que el noviciado, primero, y su condición de jesuita, después, le dieron ocasión para aprender francés y, posteriormente, filosofía y teología en Salamanca. Sin duda leyó a Feijoo en edad muy temprana, y sin duda se sintió atraído por la personalidad de aquel asturiano tozudo y erudito, náufrago cultural contra la corriente de una España apicarada y supersticiosa, y ecléctico y brillante como él mismo. Acababa Felipe V de regresar aliviado al trono, después de la truncada experiencia de abdicación en su hijo Luis, de dieciséis años, aficionado entre otras cosas a escaparse por las noches para ir a robar fruta al huerto de Palacio.

El intento de reforma de la sociedad española se había puesto -tímidamente- en marcha, pero no sería sino hasta Carlos III, medio siglo después, cuando se haría evidente que la maquinaria estaba demasiado oxidada. Los tira y afloja del Estado con la Santa Sede se habían sucedido, en forma de rupturas y reconciliaciones, desde el comienzo del siglo, y los intentos de establecer de una vez por todas un Concordato efectivo por el que se redujese siquiera en cantidad moderada la plétora de curas y frailes que sobrecargaba el país y se lograse una cierta independencia orgánica con respecto a Roma no cuajarían hasta 1753, ya con Carlos III. Para entonces, las quejas de ciertos sectores del pueblo contra los abusos de los frailes no podían pillar a nadie desprevenido.

En las fechas en que se publicó la obra principal de Isla, fray Gerundio de Campazas, la sociedad española podía dividirse, culturalmente hablando, en dos estratos claramente diferenciados: la aristocracia cultivada, en contacto más o menos directo con los acontecimientos europeos, y el resto. Isla, como no pocos otros jesuitas, era afín al primero de esos grupos, y no es descabellado suponer que las primeras aventuras de fray Gerundio se gestaron en animadas charlas de salón en las que la alta sociedad, a falta de haberse inventado la televisión, mataba el aburrimiento mofándose de los paletos. La Ilustración surtía en toda Europa efectos de borrachera, y debía de estar muy mal visto tomársela a chacota. Se daba, incluso, el caso de cierta dama parisina de alcurnia que, para no perder el tiempo entre sarao y cenáculo literario, transportaba en su carroza un cadáver sobre el que practicaba con aprovechamiento la disección anatómica.

Salió, pues, en ese siglo a la luz la “Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes”, y fue un éxito de ventas inmediato. Más de la mitad de la primera edición se vendió en un solo día, y hasta se afirma que don Carlos III no paró de reír desde la primera hasta la última página. Este testimonio, sin embargo, parece exagerado. Hay en el fray Gerundio no pocas páginas para nosotros omitibles, e incluso para Carlos III probablemente algo indigestas. Otras, sin embargo, nos resultan maravillosamente actuales y hasta, en muchos aspectos, anticipatorias.

Encontramos en ellas, entre otras abundantes sorpresas y ataques de somnolencia, los rudimentos de un tratamiento psicológico de los personajes, el coqueteo constante con lo que ahora llamaríamos sociología y periodismo, la descarada descripción de los predicadores como antepasados de nuestros modernos publicistas y, sobre todo, el afán por la descripción minuciosa de gestos y de todo tipo de movimientos. Obsérvese, si no, esta implacable acumulación de acciones casi nimias en uno de los personajes: “El bueno del predicador levantó [sus ojos], le miró con serenidad, sacó las manos debajo del escapulario, reclinó el codo derecho sobre el brazo de la silla, refregóse la barba, echó después mano a la manga, sacó la caja, dio dos golpecitos pausados sobre la tapa, abrióla, tomó un polvo, y encarando al ex provincial, le dijo muy reposado…”

No es esta, como puede verse, la escritura de un pobre fraile provinciano ajeno a su siglo. Los estudios científicos y las descripciones técnicas e industriales estaban, allende nuestras fronteras, a la orden del día. Los Principia Mathematica de Newton llevaban ya más de setenta años publicados, e incluso en Francia se habían editado curiosas obras divulgativas como un cierto ‘Newton explicado a las mujeres’. En el último medio siglo habían sido inventados el termómetro de mercurio, el cronómetro y el pararrayos, y se empleaban ya en Europa los altos hornos, las taladradoras de metales y la laminación del acero. Sin embargo, haciendo gala admirablemente de su habilidad para escurrir el bulto, se había cuidado Isla unas páginas más atrás de ironizar sobre la medicina moderna en un inesperado párrafo: “[El padre lector], sobre abundar de un humor escolástico flavobilioso, que hiriendo en un momento las fibras del celebro, se comunicaba rápidamente al corazón por el nervio intercostal, con movimiento crispatorio, y de aquí, por una instantánea repercusión, volvía al mismo celebro, donde agitaba con igual o mayor crispatura las fibras que se ramifican en la lengua, estaba tan furiosamente poseído de todas esas vanas inutilidades, que era capaz de chocar con el mismo sol, si pretendía alumbrarle en este punto”.

¿Burla de la medicina, o burla de la medicina nacional? Difícil es saberlo. Todo el libro es un constante alarde de equilibrio sobre la cuerda floja en el que, atacando a determinada colectividad o individuo, o a su obra, elogia a continuación con entusiasmo ciertas particularidades suyas, para curarse en salud. Mientras que, en cierto momento, lo vemos arremeter sin reparos nada menos que contra el preceptor de Fernando VI, sólo unas líneas más arriba el insulto más grave que le ha dedicado a Erasmo es el de “perillán”. Esta sensación permanente de habérselas con un individuo resbaladizo cuyas verdaderas opiniones se inscriben en la categoría del misterio teológico no abandonará al lector hasta la última página. Se mire por donde se mire, en el rompecabezas de la obra y vida de Francisco José de Isla hay siempre una pieza que no encaja. Esto es, sin embargo, lo que hace de él un personaje perfectamente contemporáneo de su época. La Historia nos podrá ilustrar, ya que no aclarar, esa incongruencia.

En efecto, cuando Felipe V, terminada la guerra de sucesión, se encontró con el poder en las manos, la transformación de España que pedían los nuevos tiempos era, como mínimo, una cuestión de prestigio. Bajo ese espíritu favorable a la Ilustración, la infiltración de aires extranjeros entre la aristocracia no se hizo esperar, hasta el extremo de que más de uno, confundiendo la gimnasia con la magnesia, sustituiría el cultivo del intelecto por el afrancesamiento más extravagante. Sin embargo, los espíritus lúcidos (y probablemente Isla era uno de ellos) comprendieron, o intuyeron, el alcance de las nuevas corrientes.

Se daba la circunstancia de que la enseñanza (la enseñanza de la aristocracia, se entiende; la del pueblo nunca llegó a pasar del nivel de catequesis) estaba bajo el control de los jesuitas, y éstos, que de tontos no tenían ni un pelo y que, entre otras cosas, a los profesores de matemáticas y de ciencias naturales los traían del extranjero, pronto se encontraron pillados entre dos fuegos: ¿cómo conciliar la razón con el dogma? La verdad es que corrían malos tiempos para los defensores de la fe: el catastrófico terremoto de Lisboa de 1755 puso en no pocos aprietos al Dios cristiano, al ocurrir precisamente en un siglo tan delicado como aquél. Voltaire, que estaba en todas, aprovechó la ocasión para escribir un poema, no precisamente lírico, sobre el particular.

Consecuencia de aquel juego de fuerzas debió de ser ese estilo particularmente serpenteante que, bien por astucia natural, bien porque el sentido común aconsejaba al escritor sensato avanzar en meandros, caracteriza la narración en el fray Gerundio. Con el pretexto más fútil, el narrador emprende la deriva hacia territorios alarmantemente alejados de la historia que se cuenta, para terminar depositándonos en las respetables alturas de los cerros de Ubeda. Recurso éste que acusa claras huellas cervantinas, aunque elaboradas a la manera propia, como cuando, con reiteración un poco machacona, el autor interrumpe nuestra lectura lleno de campechanía para toser, estornudar, aspirar polvos de rapé e incluso sonarse las narices, y luego prosigue tan campante.

Otras veces, nos afea nuestra impaciencia por conocer el desenlace de una situación, o se defiende de muy buen humor frente al flagrante delito de concluir un capítulo sin haber contado nada de lo que se anunciaba en su título. O bien, se enzarza en una escalada de conjeturas con el pobre lector indefenso, lo anonada con un “…Ya va largo el paréntesis. Cerrémosle)”, o le manda literalmente a paseo. Incluso, en una ocasión, zanja una de esas disquisiciones de propia cosecha con algo así como un flaubertiano “fray Gerundio soy yo”. En la segunda mitad de la obra, las estocadas caricaturescas a diestro y siniestro y el placer de la burla por la burla alcanzan a veces cotas surrealistas, como cuando, con ocasión de una cena concurridísima en la casa de Antón Zotes, se nos pone de pronto a desbarrar sobre la disposición de las habitaciones en la vivienda, especula luego con la posibilidad de bajar y subir hasta el pajar las viandas con ayuda de unas sogas, y termina con una supuesta cita textual en la que un francés recomienda que la cocina se instale cerca del comedor a fin de que los platos lleguen a la mesa “ni más fríos, ni más calientes de lo que conviene”.

Como es de suponer, en 1758 esos eventuales ecos cervantinos están ya bastante desfigurados. Es comprensible: la situación del país distaba mucho de seguir siendo la misma. A pesar de que el propio Isla manifiesta varias veces su admiración por don Miguel, y su propósito de acabar también de un plumazo con los excesos en el púlpito, en fray Gerundio el significado de los dos héroes de Cervantes aparece mucho más confuso, cuando no intercambiado. Los quijotes gerundianos -los predicadores- son sospechosos de cualquier cosa, menos de idealismo, y los sanchos en cambio, que son quienes deberían poner la necesaria nota de cordura, cuando no son obtusos familiares de la Inquisición, son santos varones de alguna Orden desdibujados por la mediocridad. El nuevo Quijote redivivo, el insensato Gerundio, triunfa en todos sus lances frente a los admonitores morales “a la antigua”. Es, para colmo, aclamado por el pueblo -al terminar uno de sus sermones, sale literalmente en hombros de la multitud- y, en fin de cuentas, nadie le desengaña. La estulticia ha acabado por imponerse.

Si hemos de creer en lo que nos relata Isla, no era para menos. La degeneración de la oratoria sagrada y, como telón de fondo, las marrullerías cotidianas de los frailes en el país parecían haber ascendido a la categoría de plaga. Entre bromas y veras, Isla nos va dejando ver algunas estampas vivísimas de la sociedad de su tiempo. En el púlpito los predicadores, luciendo una compostura cuidadosamente atildada y unos movimientos estudiados al milímetro, enhebraban con teatral vehemencia una sarta tras otra de despropósitos culteranos, sazonados con abundantes latinazos traídos por los cabellos y, como quien dice, a rastras.

Entre los golpes de efecto utilizados, de los cuales el del susto no era seguramente el más popular (sólo a medias podía tener gracia el que se achacase un aborto en la misa de once a los efectos del temor de Dios), el más usado probablemente era el de contar chistes. Y ciertamente no todos eran tan blancos como aquel malévolo chascarrillo con que cierto religioso habría dado principio a su sermón en las honras fúnebres de un tal fray Eustaquio Cuchillada y Grande, exclamando, en medio de un silencio sobrecogedor: “¡Al maestro cuchillada, y grande!” Efecto parecido lograba otro predicador gerundiano comenzando su discurso con un solemne: “Niego que Dios sea uno en esencia y trino en personas” y aclarando a continuación, no sin antes haber saboreado a sus anchas el pasmo del auditorio que rebullía bajo sus pies: “…Así lo dice el ebionista, el marcionista, el arriano, el maniqueo, el sociniano. Pero yo lo pruebo contra ellos con la Escritura, con los Concilios y con los Padres”.

Los títulos de los sermones tampoco les iban a la zaga en chispa, y, si los que cita Isla se usaron en la realidad, uno no puede resistir a la tentación de quitarse el sombrero. Qué decir, si no, de prédicas con títulos tales como “El máximo Mínimo”, “Mujer, llora y vencerás”, o “El Lazarillo de Tormes” (este último en alusión, naturalmente, al Lázaro bíblico y no al otro). Como los tiempos estaban malos, componer un buen sermón de mucho aparato constituía una fuente nada desdeñable de ingresos, sobre todo en especie, y los frailes, en consecuencia, se esmeraban. Las festividades y actos religiosos hacía ya tiempo que se habían convertido en impresionantes ritos paganos y, ante aquel público que ya no era ni creyente ni agnóstico, sino todo lo contrario, la competencia del teatro era seguramente temible. Por eso, el fraile que quería arrimar su docenilla de chorizos o su pareja de buenos borregos no tenía más remedio que acicalarse con primor, ensayar minuciosamente todos sus ademanes y las inflexiones de su voz, y… componer un buen sermón, claro.

Para que pudiese considerarse aquilatado, el sermón tenía que ser, al mismo tiempo, chabacano y abstruso. La primera cualidad no debía de ser tan difícil de lograr como la segunda, e Isla nos relata una y otra vez, con ejemplos tomados de la realidad, cómo se construye un buen sermón culterano. Antes que nada, el predicador deberá enumerar mentalmente las diversas menciones que está obligado a hacer en su prédica; a continuación, elevará su contenido a las más sublimes alturas. Para lograr ese fin, ningún truco es despreciable. Recurrir sin miramientos a la mitología clásica o a cualquier otro mito pagano, entrar a azadonazos en el huerto de las Sagradas Escrituras, o traer a colación chuscas similitudes fonéticas con locuciones latinas depredadas en un diccionario de citas, todo vale con tal de que el ingenuo feligrés reconozca en la metáfora o en el latinazo disparatados el apellido de su madre, el nombre de pila de quien paga el sermón, o alguna alusión bíblica a la festividad que se conmemora. La construcción de tales prédicas, en fin de cuentas, no se diferenciaba mucho de aquel delicioso galimatías “lógico” que a muchos nos encantaba recitar de pequeños: “¿Nada? Pues el que nada, no se ahoga; el que no se ahoga, flota; flota, es una escuadra; y una escuadra es un triángulo.”

En 1767, una pragmática real ordenaba a los jesuitas abandonar inmediatamente el país. Una de las piezas que no encajaban en el panorama político español había sido apartada del juego (aunque no por eso el rompecabezas se cerraría, como se vio después). Los dominicos ganaban la batalla por el control de la enseñanza y los jesuitas, después de bastantes avatares y no pocas penalidades, se instalaron por fin en Italia, sólo seis años antes de que, en 1773, un breve papal ordenase la extinción absoluta de la Compañía. Durante el viaje, Isla cayó gravemente enfermo, pero con el tiempo se recuperó y, después de algunas penúltimas peripecias, terminó por encontrar asilo en Bolonia, en casa de los condes Tedeschi. Allí transcurrieron sus últimos años, y allí fue donde, en un acto de bondad que de ningún modo se contradecía con su vida pasada, tradujo del francés el Gil Blas de Lesage con la sola finalidad de sacar de apuros a un padre de familia valenciano, que se había quedado ciego.

Porque, en su vida privada, Isla fue probablemente un hombre bueno. Seguramente creyó en la posibilidad de un siglo de las luces autóctono en España, pero el peso de la tradición, y la cruda realidad social, que él de ninguna manera ignoraba, lo volvieron sin duda pesimista. Nunca entendió que lo que en Europa se estaba gestando era una concepción del mundo en la que Dios no era necesario, concepción que no cabía en su esquema de ideas basado en una justicia social paternalista. Aunque justo es decir que, ilustrado o no, compartía con los progresistas europeos de su tiempo una idea muy particular de la democracia: Voltaire la resumió certeramente cuando comentaba que no había que enseñar las nuevas teorías a los criados, no fuera que luego, faltos de fe, le robasen a uno las cucharas.

En 1781, Isla exhalaba su último suspiro. Faltaba muy poco tiempo para que en Europa ocurriesen grandes y graves acontecimientos. Uno, sin embargo, se siente inclinado a pensar que el jesuita también se habría reído de ellos. Podemos imaginar, para divertirnos, que, en virtud de una traviesa ficción “gerundiana”, el propio Isla hubiese podido escuchar, sólo tres años más tarde, las últimas palabras atribuidas a Diderot en su lecho de muerte: “El primer paso hacia la filosofía es la incredulidad”.

El, sencillamente, no se las habría creído.





Entrevista con Andrés Neuman.

30 01 2006

Laura García- Tengo la impresión de que no crees mucho en eso de “era de las comunicaciones”, que más bien piensas que lo que falta precisamente es “comunicación” o al menos lo que esa  palabra significa en esencia. ¿Es así? ¿Algo de eso querías decir en La vida en las ventanas?

Andrés Neuman. Tomado de su web www.andresneuman.com
Andrés Neuman. Tomado de su web www.andresneuman.com

Andrés Neuman- No digo tanto como que los actuales medios de comunicación nos incomuniquen, pero sí que, desde luego, no garantizan que nos comuniquemos. Y que a veces vivimos en el espejismo de creer que, gracias a la existencia de tantos medios para hablarnos, hoy tenemos mucho más que decirnos que antes. Creo que los teléfonos móviles, chats, e-mails y demás innovaciones no demuestran que hoy estamos menos solos, sino que precisamente son la prueba de que seguimos sintiéndonos solos. Umberto Eco dijo: si no hay información no hay comunicación. Es cierto que no siempre tenemos qué decirnos. Y yo añadiría: si no hay emoción o inteligencia, esa información no me interesa.

LG- Eres un autor muy versátil, vas del cuento a la novela y la poesía, con destreza, abarcas mucho y aprietas más todavía, pero al leerte me parece que escribes con más placer cuentos, ¿te inclinas más por la narrativa corta? ¿Hay una preferencia del género del cuento por sobre la novela?

AN – Es difícil decir con qué disfruto más, porque es como si me preguntas qué prefiero: si los besos, los abrazos o los mordiscos. Realmente gozo con cualquier acto de escritura, y siempre siento que en él hay algo de artesanía y algo de magia, de revelación. Además, no creo demasiado en la división tajante de los géneros. La poesía ayuda a la narrativa, le da temblor, le presta el ritmo. La narrativa le arrima a la poesía todas sus historias, sus ganas de contar, la construcción de los personajes, el orden. Y el ensayo les proporciona a ambas sustancia, conceptos, problemáticas. En el fondo creo que todo escritor se comunica con todos los géneros cada vez que escribe una página. Al menos así lo percibo yo.

LG- ¿Crees que escribir y publicar cuentos, hoy día, coincide con los gustos de los lectores modernos, no existe una preferencia tanto comercial, como literaria, por la novela?

AN- La preferencia comercial, seguro. La literaria, eso habría que verlo. Quiero decir que la mayoría de índices de venta no responden a los auténticos gustos literarios de la gente, sino al éxito o fracaso de las campañas publicitarias, de determinadas políticas editoriales o de famas coyunturales. Por supuesto, también se venden buenos libros. Eso ha sucedido y sucederá siempre: García Márquez, Saramago o Vargas Llosa venden casi tanto como Isabel Allende, Paulo Coelho o quien demonios sea. Pero, básicamente, pienso que si las editoriales tuvieran la voluntad de apostar con decisión por el hermoso género del cuento, si se molestaran en crear un catálogo coherente de buenos cuentistas y les prestaran atención, obtendrían más respuesta del público de lo que muchos creen. Cheever, Borges o Carver no necesitaron escribir novelas para llegar a infinidad de lectores, ni ningún editor insensato les dijo que los publicaría más tarde, cuando le trajeran una novela.

LG- La poesía, si estás de acuerdo conmigo, es otra cosa, prácticamente nace de esa inspiración que le da por aparecer, cuando se le antoja, sin embargo, dentro de la poesía, también tiendes a lo breve, como los haikús. Dentro del mismo género, ¿también te inclinas por esa brevedad? ¿Consideras que hay una mayor dificultad a la hora de intentar esa brevedad?

AN- Sí, la poesía es otra cosa, o es “la” cosa. Aunque no creo que la brevedad sea una cuestión de dificultad sino de pulso, de ritmo interior. Preferiría no decir: “las novelas de mil páginas son más difíciles que los sonetos”. Ni tampoco: “el haiku o el microcuento son más artísticos que las novelas de Tolstói”. Eso sería una tontería. Más bien pienso que hay personas que hablan mucho y otras que hablan poco. Gente que canta bajito y otra gente que grita. Apetitos constantes y fugaces, y otros voraces y más esporádicos. Depende del temperamento de cada cual. Tal vez el talento de un escritor consista en averiguar cuál es su ritmo, su pulsión y sus proporciones, para poder encontrar un estilo. Como dijo Rubén Darío: yo persigo una forma que no encuentra mi estilo… A mí me interesa sobre todo leer a los escritores que persiguen un estilo. ¡Pero ojo! No me refiero a los que escriben siempre igual: esos, precisamente, ya han dejado de buscar.

LG- Hay un poema tuyo, que me llevó a la curiosidad de leer tus otros libros de poesía, me atrajo especialmente por su sencillez y sensualidad, se llama “Los cuerpos”, me hizo recordar que el gran Roberto Bolaño se refirió a ti como un autor “Tocado por la gracia”, palabras por cierto muy elogiosas y doblemente valorables teniendo en cuenta quien las decía, pero, para ser “Tocado por la gracia”, ¿debiera existir una inspiración, una musa, una idea… algo, cuál es ese “algo” que te mueve a los versos finales? ¿De repente alguna mujer te ha inspirado?

AN- Bueno, lo primero que tengo que decir es que Bolaño, como solía hacer con todas sus pasiones, exageró su entusiasmo al decir eso. Aunque fueron

Andrés Neuman. Tomado de su web www.andresneuman.com

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palabras que yo le agradecí de corazón, porque además las dijo antes de conocernos. O, mejor dicho, nos conocimos gracias a que un día él escribió generosamente esas líneas en un periódico. Dicho esto, creo que sería necio pensar que la escritura y sus progresos dependen de entes superiores e incontrolables, como si la paciencia, el rigor, el oficio o la experiencia no fueran por lo menos la mitad (o más) del asunto. Pero tan necio como eso sería suponer que la escritura es un mero problema de entrenamiento o insistencia. No todo el mundo que se entrena bate un récord del mundo. No todos los futbolistas juegan igual después de una semana con idénticos ejercicios. No cualquier que estudia aperturas se convierte en Kasparov. Y supongo que con las artes sucede exactamente igual. Por eso pienso que la inspiración existe, sin ninguna duda, te hablo de una inspiración terrenal, completamente humana y carnal, por supuesto. Defínela como quieras: un temblor emocional, un momento de lucidez extrema, un golpe de suerte en mitad del caos, lo que sea. Pero existe. Y, por supuesto, sólo les llegará a quienes se sienten a menudo delante de un papel en blanco. ¿Qué nos mueve justo al finalizar un poema, al rematar un cuento, qué clase de estremecimiento nos dicta una palabra antes del punto final? No tengo ni idea, la verdad, creo que sería una pregunta casi para los neurólogos. Pero estoy seguro de que es una mezcla muy sutil entre la concentración y la distracción, entre la atención máxima y una extraña dispersión. Algo tenso y relajado al mismo tiempo. Perdón por la insistencia: como hacer el amor.

LG-. Volviendo a la narrativa, me gustaría hablar de la que, en mi concepto, es tu mejor novela: Una vez Argentina, es fácil pensar que se trata de una novela con muchos elementos autobiográficos, pero yo encuentro que más bien te recorres de principio a fin a ti mismo, y en el trayecto, recorres la historia de un país y de muchos fantasmas y a pesar de que entre las líneas se puede jugar con ese comodín que es la ficción, qué sensaciones te quedan como autor, cuando vez ese espejo tuyo y de los tuyos, vuelto novela? Había algún objetivo o ambición particular al construir esta novela?

AN.- Estoy de acuerdo en que el punto de partida autobiográfico era una excusa para empezar a bucear. Mi infancia es sólo una entre las muchas infancias que se cuentan en el libro, y hace de hilo conductor entre mi pequeña memoria y las memorias de decenas de personajes o ancestros que tuvieron una vida fascinante y a muchos de los cuales nunca llegué a conocer. Podría haber cambiado los apellidos, fingir que no se trataba de mi familia, pero estoy convencido de que la esencia de la narrativa no depende tanto de las fuentes de información objetivas sino de su tratamiento, del lenguaje, de las formas. Así que trabajé declarando abiertamente esas fuentes familiares, para dirigirme a otro asunto que me interesaba más: ¿qué es la ficción? Pienso yo que un simulacro de memoria. ¿Qué es un personaje? Pienso que un semejante posible, un prójimo imaginario. Y, ¿qué es una autobiografía literaria? Muchas veces es contar no tanto lo que vivimos como lo que no pudimos vivir, lo que no pudimos ver. Para eso contamos algo: para que suceda. Creo que nadie cuenta literalmente lo que sabe o lo que le ha sucedido, porque entonces no tendría sentido molestarse en hacerlo. La escritura sirve para preguntar, para aprender lo que ignorábamos. Incluso quien pretenda contar su vida acabará inventándola o confesando todo lo que no sabía.

LG.- ¿De esta obra, qué fue lo que más te costó decir en ella de ti mismo?

Andrés Neuman. Tomada de www.andresneuman.com

¡Qué pregunta más sagaz y más indiscreta! Digamos que varias cosas me dieron cierta vergüenza, pero sentía que debía contarlas porque el libro las necesitaba. Es mejor no decir cuáles, porque entonces, además de ponerme colorado, en cierta forma degradaríamos a los personajes de la novela y los convertiríamos en un simple reflejo de “realidades”  externas, como si una novela fuese un simple desahogo personal de su autor. Pero todo lo que se cuenta en el libro, incluyendo todo lo que allí digo de mi infancia, pretende tener un sentido más o menos metafórico y universal, más o menos relacionado con la historia del país y narrativamente útil para el resto del libro. Así que llegó un momento en que incluso el material inicialmente más íntimo se convirtió en  materia narrativa. Cuando corregía la novela trataba de pensar sólo en el efecto literario que produciría en un lector. En Una vez Argentina          hay mucho cierto y mucho inventado. ¿Qué más da? Las biografías verdaderas no existen: prueba a contar una misma anécdota que hayas compartido con amigos o familiares próximos, y verás como no hay dos versiones iguales. Afortunadamente.

LG.- Mencióname alguna (s) lectura (s) que ha sido fundamentales para ti, o bien un autor (es)

Mencionaré sólo algunos, podrían ser muchos más. De adolescente recuerdo que me impresionaron Poe, Cortázar, Girondo, Stendhal o Kafka. Más tarde me conmovieron César Vallejo, Rilke, Flannery O’Conor, Truman Capote, Carson McCullers, Arreola, Virgilio Piñera, los haikus de Issa Kobayashi, Tolstói, siempre Tolstói. Como verás, no he mencionado a Borges. Pero ha sido a propósito.

LG.- Y en la actualidad, ¿has descubierto algo interesante?

Desde luego. Supongo que me daría más prestigio decir que ningún autor contemporáneo me interesa y todo eso, pero no es así. Por decir algunos libros al azar, en los últimos años para mí fueron auténticos descubrimientos Niños en el tiempo de Ian McEwan, Nocturno de Chile de Roberto Bolaño, Hermana muerte de Justo Navarro, la Poesía vertical de Roberto Juarroz, una antología de Carilda Oliver que se llama El discurso de Eva, los cuentos completos de John Cheever, Muchacha punk de Fogwill, Una cuestión personal de Kenzaburo Oé, ¡tantos…! O no tantos.

LG.- ¿Qué estás escribiendo ahora? ¿Me darías una pista?

Para desgracia de mis lectores, amenazo con publicar en octubre un libro de cuentos titulado Alumbramiento. Y, no satisfecho con eso, preparo poemas y he empezado a escribir una novela. Eso se llama gula.

JUEGO DE SUPUESTOS

-  Si pudieras ser un libro, serías…no, no, prefiero estar al otro lado de la ficción, del lado de la vida, y después contarlo.

- Si pudieras ser un poema, serías… alguno de César Vallejo, y así viviría permanentemente emocionado.

- Si pudieras ser un lugar, serías… supongo que una playa serena.

- Si pudieras ser otro escritor, serías…Goethe o Shakespeare, pero no tengo demasiadas esperanzas al respecto.

- Si pudieras ser una canción, serías… cualquiera de los Beatles, yeah, yeah, yeah. O, concretando un poco: cualquier canción de los álbumes Revolver, Sargent Pepper, White Album o Abbey Road. Como decía Peter Handke: “Gracias, Dios mío, por crear a los Beatles”.

- Si pudieras ser un momento de tu vida, serías… ninguno, de verdad; detesto la nostalgia. El futuro, es decir el presente inmediato, siempre me tienta más que repetir o congelar ningún momento. Para congelar los instantes ya está la literatura, ¿no?

Y la última:

- Te gusta una mujer y un amigo en común de ambos te dice que el secreto para conquistarla es regalarle un libro, en lugar de flores, en la primera invitación a salir que le hagas. Decidido a hacerlo ¿Cuál crees que sería el libro ideal para lograr la conquista?

Tal vez los Sonetos de la dama portuguesa, de Elizabeth Barrett Browning; porque en ese precioso librito, en lugar de ser el poeta el que habla y habla mientras su amada calla, es ella la que dice los poemas de amor y su hombre la escucha.

SOBRE ANDRES NEUMAN

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es hispanoargentino. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, donde impartió clases de literatura hispanoamericana. Su primera novela, Bariloche (Anagrama, 1999), fue elegida entre las diez mejores del año por El Cultural. Su segunda novela, La vida en las ventanas (Espasa, 2002), fue Finalista del Premio Primavera. La tercera, Una vez Argentina (Anagrama, 2003), fue Finalista del Premio Herralde. Ha publicado los libros de cuentos El que espera (Anagrama, 2000) y El último minuto (Espasa, 2001). Es autor de los poemarios Métodos de la noche (Hiperión, 1998, Premio Antonio Carvajal), El jugador de billar (Pre-Textos, 2000), El tobogán (Hiperión, 2002, Premio Hiperión) y La canción del antílope (Pre-Textos, 2003). Ha sido incluido en las principales antologías sobre joven poesía española. Es autor de la colección de haikus Gotas negras (Plurabelle, 2003) y ha traducido el Viaje de invierno de Wilhelm Müller (El Acantilado, 2003). Es el coordinador del proyecto Pequeñas Resistencias, una tetralogía sobre el cuento actual escrito en castellano en todo el mundo, encargándose de la edición del primer tomo: Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (Páginas de Espuma, 2002). Ha preparado también la edición de la antología de Carlos Marzal Poesía a contratiempo (Maillot Amarillo, 2002). Actualmente es columnista y guionista de tiras cómicas en el diario Ideal.

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